El secreto de la reina hereje Capítulo 9. La carta completa #2
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Capítulo 9. La carta completa #2

Margaret sintió que el corazón se le aceleraba.

—¿La tienes?

El hombre negó con la cabeza.

—No.

—¿Qué decía?

—Solo recuerdo una frase.

Margaret esperó.

—«Cuando el rey deje de mirar hacia el pasado, la verdad podrá regresar».

Margaret comprendió que aquellas palabras podían referirse al propio Enrique, a su muerte o al final de su reinado.

Si Edward estaba vivo, quizá llevaba años esperando el momento en que el poder que había protegido el secreto desapareciera.

Pero había algo que no podía ignorar. La carta de Ana mencionaba a Margaret.

Había escrito su nombre antes de morir. Había previsto que la caja llegaría a sus manos.

Y había dejado instrucciones para que ella decidiera qué hacer con la verdad.

—¿Puedo llevarme estos documentos?

El hombre permaneció en silencio.

—No quiero esconderlos —dijo Margaret—. Quiero protegerlos.

—Mi padre me pidió que no los entregara a nadie.

—Entonces no me los entregues.

El hombre la miró confundido.

—¿Qué quieres decir?

Margaret separó cuidadosamente la carta de Ana.

—Haz una copia.

—¿Para qué?

—Para que si alguien encuentra una de las dos, no pueda destruir la historia completa.

El hombre comprendió.

—Quieres dividirla.

—Quiero que sobreviva.

Permanecieron en silencio. Finalmente, el hombre asintió.

—Te ayudaré.

Margaret pasó el resto de la tarde copiando los documentos.

Cada palabra debía quedar reproducida con precisión.

No podía permitirse alterar una fecha ni confundir un nombre.

Mientras escribía, comprendió que aquella tarea era diferente de todas las que había realizado durante los últimos años.

Hasta entonces había investigado como una mujer que quería comprender el pasado.

Ahora estaba actuando como alguien responsable de impedir que el pasado fuera destruido.

Cuando terminó, el sol había desaparecido. El hombre encendió una lámpara.

—Hay algo que no te he dicho.

Margaret levantó la mirada.

—¿Qué?

—Cuando recibimos la última carta de Edward, no llegó sola.

—¿Qué más llegó?

El hombre abrió un cajón. Sacó un pequeño fragmento de papel. Margaret lo reconoció inmediatamente. Era el mismo tipo de papel que había recibido en Westminster.

—¿Qué decía?

El hombre se lo entregó.

Margaret lo leyó.

«No confiéis en quien os entregue la verdad demasiado fácilmente».

Sintió un escalofrío.

—¿Cuándo llegó?

—Hace seis años.

—¿Y no me habéis hablado de él?

—No sabía quién eras.

Margaret dobló el papel. Entonces comprendió algo que había pasado por alto.

La persona que le había enviado la carta a Kent sabía que aquel hombre conservaba documentos.

Pero también sabía que Margaret acabaría llegando hasta él.

Eso significaba que alguien había estado guiando sus pasos durante mucho tiempo.

Quizá para ayudarla. Quizá para vigilarla.

Quizá para conducirla exactamente hasta donde querían.

Aquella noche Margaret durmió en una habitación pequeña de la casa.

Antes de acostarse, guardó los documentos originales en un lugar separado de la copia y escondió la caja de plata debajo de la cama.

Había llegado a Kent buscando una respuesta sobre Edward Vale y había encontrado algo mucho más peligroso: una confirmación de que Ana había preparado deliberadamente su futuro después de la muerte.

Su nombre aparecía en la carta. Su destino estaba unido al de aquellos documentos desde hacía años y, sin embargo, Margaret seguía sin comprender por qué Ana había confiado precisamente en ella.

Al amanecer, antes de partir, volvió a leer la carta completa. Esta vez no buscó nombres. Buscó intenciones. Y entonces descubrió una frase que había pasado por alto la primera vez porque estaba escrita casi al final, debajo de una línea parcialmente borrada.

«No permitáis que se confunda la verdad con aquello que conviene que el reino recuerde. Pero tampoco permitáis que la verdad sea utilizada por quienes solo desean cambiar un poder por otro».

Margaret permaneció largo rato contemplando aquella frase.

Finalmente comprendió que Ana no le había pedido que defendiera su memoria ni que castigara a sus enemigos.

Le había pedido algo mucho más difícil: que conservara la verdad sin entregarla a quienes pudieran convertirla en un arma.

La diferencia parecía pequeña, pero cambiaba por completo el sentido de todo lo ocurrido.

Ana no quería que Margaret vengara su muerte.

No quería que destruyera a quienes habían contribuido a su caída.

Quería que aquello que había sido borrado sobreviviera para que algún día pudiera ser comprendido sin las pasiones de quienes habían vivido los acontecimientos.

Margaret dobló lentamente la carta y la guardó junto al medallón.

Ahora sabía que el secreto estaba relacionado con una línea de sangre excluida de los registros, con documentos de sucesión y con hombres que habían desaparecido para proteger o destruir aquella información.

Sabía también que Thomas Avery y Edmund Harwood aparecían en una lista vinculada a la búsqueda de los documentos, aunque todavía ignoraba de qué lado se encontraba cada uno.

Y, sobre todo, sabía que alguien había conseguido anticiparse a cada uno de sus movimientos.

Mientras abandonaba la casa de Kent, con la copia de los documentos escondida bajo sus ropas y el original protegido en un lugar que solo ella conocía, Margaret tuvo por primera vez la certeza de que la verdad que había estado buscando durante casi una década no permanecía enterrada en el pasado.

Alguien seguía moviéndola en el presente, como una pieza dentro de un juego que había comenzado antes de la muerte de Ana y que todavía no había terminado.