Capítulo 9. La carta completa
Margaret salió de Westminster al amanecer, acompañada únicamente por un criado de confianza que conocía el camino hacia Kent y por una pequeña cantidad de equipaje que no llamara la atención.
Había decidido no contarle a Eleanor el verdadero motivo del viaje hasta estar lejos de la corte.
No quería ponerla en peligro y, sobre todo, no quería que nadie pudiera obligarla a revelar adónde había ido.
La carta sin remitente estaba escondida en el interior de su vestido, junto a la copia de los documentos sobre Edward Vale, mientras la caja de plata viajaba oculta en un compartimento cosido en el forro de su capa.
Después de tantos años había aprendido que un objeto pequeño podía contener una amenaza mucho mayor que cualquier arma, y aquella vez tenía la certeza de que lo que llevaba consigo podía comprometer a personas que ni siquiera sabía todavía que formaban parte de la historia.
El camino hacia Kent transcurrió bajo un cielo gris y pesado.
Las lluvias de los días anteriores habían convertido algunos tramos en barro y los caballos avanzaban con dificultad por los caminos secundarios.
Margaret pasó buena parte del trayecto contemplando el paisaje sin verlo realmente.
Pensaba en Ana, en aquella última mañana en la Torre y en la forma en que había pronunciado cada palabra, como si supiera que el tiempo se agotaba.
Durante años Margaret había interpretado la entrega de la caja como un gesto desesperado de una mujer que quería proteger un secreto.
Ahora comenzaba a pensar que quizá Ana había tenido una visión mucho más amplia.
Tal vez sabía que no podía confiar en nadie de su entorno inmediato y que la única forma de conservar ciertos documentos era entregarlos a alguien que estuviera lo suficientemente alejado del poder como para pasar inadvertido.
A media mañana, el criado que la acompañaba señaló una bifurcación.
—La casa está a menos de una hora.
—¿Conoces a la familia?
—No.
—¿Has estado antes allí?
—Una vez, hace años.
Margaret lo miró.
—¿Quién vive ahora?
—No lo sé.
Aquella respuesta no la tranquilizó. Continuaron avanzando por un camino cada vez más estrecho, mientras el paisaje parecía alejarse de las rutas habituales y de cualquier lugar donde Margaret pudiera esperar encontrar ayuda.
La dirección de la carta los condujo finalmente hasta una pequeña propiedad situada lejos de las principales rutas.
La casa era antigua, de piedra oscura, con un tejado inclinado y ventanas estrechas.
No parecía una residencia importante, pero tampoco una vivienda abandonada.
Había humo saliendo de una chimenea y un pequeño huerto detrás de la casa.
Margaret desmontó.
—Espera aquí.
El criado asintió. Caminó hasta la puerta y llamó. No hubo respuesta. Volvió a llamar. Finalmente escuchó pasos. La puerta se abrió y un hombre de unos cincuenta años apareció ante ella.
—¿Quién sois?
—Busco a alguien.
—Aquí no hay nadie que pueda ayudaros.
Margaret sacó la carta.
—Recibí esto.
El hombre la miró. Su expresión cambió inmediatamente.
—Entrad.
Margaret cruzó el umbral. El hombre cerró la puerta.
—¿Quién os ha enviado?
—No lo sé.
—¿No os han dicho el nombre?
—No.
El hombre observó la carta.
—Entonces finalmente ha ocurrido.
—¿Qué ha ocurrido?
—Alguien ha decidido continuar.
Margaret sintió que aquellas palabras confirmaban sus peores sospechas. El hombre la condujo hasta una habitación pequeña donde había una mesa, dos sillas y una chimenea.
—La búsqueda.
—¿Vos conocíais a Edward Vale?
El hombre se volvió.
—No personalmente.
—Entonces, ¿cómo sabéis de él?
—Porque mi padre trabajó con él.
Margaret se quedó inmóvil.
—¿Quién era vuestro padre?
—Thomas Bell.
El nombre no le decía nada. El hombre continuó:
—Fue escribiente de Edward durante un tiempo.
—¿Y qué ocurrió?
—Mi padre murió hace doce años.
—¿Os dejó documentos?
El hombre dudó.
—Sí.
—¿Dónde están?
—Esperaba a que alguien viniera.
—¿Por qué?
—Porque mi padre me pidió que no los entregara a nadie que no llevara una determinada señal.
Margaret sintió un escalofrío.
—¿Qué señal?
El hombre la miró.
—Una estrella de ocho puntas.
Margaret no respondió.
—La tenéis, ¿verdad?
Ella llevó la mano instintivamente hacia la caja oculta bajo la capa.
—¿Quién os habló de ella?
—Mi padre.
—¿Qué sabía?
—Que algún día aparecería una mujer preguntando por Edward Vale.
Margaret sintió que el aire de la habitación se volvía más pesado.
—¿Una mujer?
—Sí.
—¿Dijo quién?
—No.
—¿Cuándo os lo dijo?
—Poco antes de morir.
El hombre se acercó a un armario.
—Esperad aquí.
Desapareció durante unos minutos y regresó con un pequeño paquete envuelto en tela. Lo dejó sobre la mesa.
—Esto es lo que dejó mi padre.
Margaret lo abrió. Dentro había varias hojas dobladas y un pequeño libro. Reconoció inmediatamente la escritura del primer documento. Era la de Ana.
—¿Cómo puede estar esto aquí?
—Mi padre dijo que Edward se lo entregó antes de desaparecer.
Margaret levantó la primera hoja con manos temblorosas. Era un fragmento de una carta. No una copia. El papel coincidía con el de la carta que Margaret conservaba. La parte que faltaba. Durante unos segundos no pudo respirar.
—¿Qué es esto? —preguntó el hombre.
Margaret apenas consiguió responder.
—La otra mitad.
Colocó cuidadosamente el fragmento junto a la carta que llevaba años guardando. Los bordes coincidían. No había duda. Había encontrado la parte perdida. Durante unos minutos nadie habló. Margaret leyó. La carta comenzaba donde terminaba la otra.
«...no puedo confiar en quienes me rodean. Hay personas que conocen la existencia de estos documentos y que harán cuanto sea necesario para impedir que salgan a la luz».
Margaret continuó leyendo.
«La cuestión no se refiere únicamente a mi posición ante el rey. Tampoco a Elizabeth. Lo que está en juego es anterior a nosotros y podría afectar a la propia sucesión de Inglaterra».
Margaret levantó la mirada. La frase confirmaba lo que había sospechado. Siguió.
«Edward Vale me ha mostrado los registros y me ha explicado aquello que otros han intentado ocultar.
No todos los derechos de sangre fueron reconocidos cuando correspondía.
Existe una línea que ha sido apartada de los registros oficiales y cuyo nombre no debe ser pronunciado mientras quienes conocen su existencia sigan al servicio de la Corona».
Margaret sintió que las manos le temblaban. La carta continuaba.
«Si alguien intenta recuperar estos papeles, no confiéis en las promesas de quienes digan actuar por el bien del reino. Los hombres que más hablan de estabilidad suelen ser los primeros en temer aquello que puede alterarla».
Margaret tragó saliva. Después apareció el nombre. No estaba completamente borrado en el fragmento. Se distinguían varias letras: Ed... Pero debajo había otra palabra: Vale.
Margaret cerró los ojos.
—¿Qué dice? —preguntó el hombre.
—Que Edward Vale conocía la existencia de una línea de sangre que había sido excluida de los registros oficiales.
El hombre permaneció en silencio. Margaret siguió leyendo.
«No sé cuánto tiempo me queda. Si estas palabras llegan a manos de alguien que no sea de absoluta confianza, destruidlas. Si llegan a Margaret...»
Margaret se quedó paralizada. El hombre se acercó.
—¿Qué ocurre?
Ella continuó.
«...decidle que no confíe en el primer nombre que encuentre».
Margaret levantó lentamente la mirada. Su propio nombre estaba allí. Ana había escrito su nombre. No como una posibilidad. No como una persona elegida al azar. La había previsto. Había dejado aquellas palabras pensando específicamente en ella.
Margaret volvió a leer el párrafo.
«Si Margaret recibe estos documentos, significará que no he podido terminar lo que empecé. Ella deberá decidir si la verdad debe conservarse o desaparecer. No le pidáis que confíe en nadie. Ni siquiera en quienes hayan sido mis amigos».
Margaret dejó caer la hoja sobre la mesa. Durante años había pensado que la caja era un legado. Ahora comprendía que también era una elección. Ana había dejado en sus manos la decisión de qué hacer con una verdad capaz de afectar la sucesión.
—¿Por qué no os entregaron esto antes? —preguntó Margaret.
El hombre negó con la cabeza.
—No lo sé.
—¿Quién os dijo que esperarais?
—Mi padre.
—¿Y él cómo lo sabía?
—Edward se lo dijo.
Margaret permaneció en silencio. El hombre señaló el pequeño libro.
—Hay algo más.
Margaret lo abrió. En su interior había una lista de nombres. Algunos pertenecían a funcionarios que conocía. Otros no. Pero uno de ellos hizo que su respiración se detuviera.
Thomas Avery.
Margaret levantó la mirada.
—¿Quién es ese hombre?
El hombre frunció el ceño.
—No lo sé.
—Trabaja para la Corona.
—Entonces quizá sea uno de ellos.
—¿Uno de quiénes?
El hombre señaló la lista.
—De los hombres que buscaban los documentos.
Margaret volvió a mirar el nombre. Avery. El hombre que la había amenazado. El hombre que sabía que estaba buscando algo. El hombre que había dicho que Ana Bolena no había muerto por una sola razón. De pronto, muchas conversaciones adquirieron un significado diferente.
—¿Hay más?
—Sí.
El hombre señaló un nombre situado más abajo. Margaret lo leyó.
Edmund Harwood.
Margaret sintió una punzada. Su antiguo secretario. El hombre que le había hablado de la sucesión. El hombre que había conocido a Ana. El hombre que le había dicho que quizá la carta había sido entregada para sobrevivir.
—No —murmuró.
El hombre la observó.
—¿Lo conoces?
—Sí.
—Entonces quizá debas tener cuidado con él.
Margaret volvió a examinar la lista. Había seis nombres. Dos estaban tachados. Tres permanecían visibles. El último no era un nombre. Era una inicial: E.
Margaret recordó el medallón.
—¿Qué significa esa letra?
—No lo sé.
—¿Estás seguro?
—Mi padre nunca me lo explicó.
Margaret cerró el libro.
—¿Dónde está Edward Vale?
El hombre la miró.
—No lo sé.
—¿Crees que está vivo?
—Mi padre lo creía.
—¿Por qué?
—Porque recibió una carta suya muchos años después de su desaparición.