Capítulo 8. La corte de las seis reinas
Los años comenzaron a pasar con una rapidez que Margaret solo comprendió cuando descubrió que algunas de las personas que había conocido en los primeros meses posteriores a la muerte de Ana ya no estaban en la corte, mientras que otras habían envejecido lo suficiente para parecerle desconocidas.
El nacimiento del príncipe Eduardo había traído durante un tiempo una sensación de estabilidad, pero aquella tranquilidad resultó tan frágil como todo lo demás en la corte de Enrique VIII.
Jane Seymour murió poco después del nacimiento de su hijo, y con su muerte Margaret volvió a contemplar el mismo fenómeno que había presenciado tras la caída de Ana: los rostros cambiaban, los vestidos cambiaban, los nombres desaparecían de las conversaciones y la corte encontraba rápidamente una nueva manera de continuar.
El rey lloró a Jane y durante un tiempo pareció sinceramente afectado por su pérdida, pero el reino siguió adelante, porque en Westminster incluso el duelo tenía que ceder ante las necesidades del poder.
Margaret había cumplido veinticinco años cuando Jane murió.
Seguía conservando la caja de plata, aunque durante aquellos meses había permanecido casi olvidada en uno de sus escondites.
No porque hubiera dejado de importarle, sino porque había comprendido que buscar respuestas demasiado deprisa podía ser más peligroso que esperar.
Nicholas Reed había abandonado Westminster poco después de completar sus investigaciones y Margaret nunca llegó a saber con certeza si se había marchado por voluntad propia o porque alguien había considerado conveniente que desapareciera de su entorno.
Eleanor continuaba cerca de ella, aunque ambas habían aprendido a no hablar del asunto cuando había otras personas presentes.
El anciano de la biblioteca había desaparecido de repente y nadie supo explicar su ausencia.
Cuando Margaret preguntó por él, le dijeron que había sido trasladado a otra residencia de la Corona.
Ella sabía que probablemente nunca volvería a verlo.
Durante los años siguientes, la vida de Margaret quedó marcada por las sucesivas transformaciones de la corte.
Enrique VIII volvió a casarse y su nueva esposa fue Ana de Cleves.
El matrimonio duró poco y la reina fue apartada con una rapidez que recordó a Margaret la facilidad con la que el poder podía transformar una vida en una nota al margen.
Después llegó Catalina Howard, joven, hermosa y mucho más vulnerable de lo que parecía.
Margaret la observó desde cierta distancia, incapaz de evitar la comparación con Ana.
Había algo en aquella nueva reina que le recordaba la fragilidad de quienes entraban en el mundo del rey sin comprender del todo las reglas que lo gobernaban.
Una tarde, mientras Margaret ayudaba a ordenar algunas prendas de la reina, Catalina se volvió hacia ella.
—¿Es verdad que conociste a Ana Bolena?
Margaret se quedó quieta.
—Sí, Majestad.
—¿La conocías bien?
—Trabajé a su servicio durante varios años.
Catalina sonrió.
—Todos dicen cosas diferentes sobre ella.
—Eso ocurre con casi todas las personas después de morir.
La reina la observó con curiosidad.
—¿Y tú qué dices?
Margaret dobló lentamente una prenda.
—Que era más inteligente de lo que muchos querían admitir.
Catalina dejó de sonreír.
—¿Eso la hizo peligrosa?
Margaret levantó la mirada.
—Quizá.
—¿Para el rey?
—Para cualquiera que creyera poder controlarla.
Catalina permaneció en silencio. Después bajó la voz.
—¿Te arrepientes de haberla servido?
Margaret recordó la caja, la Torre y las últimas palabras de Ana.
—No.
—Entonces la querías.
—Sí.
Catalina la observó durante unos segundos antes de apartar la mirada.
—Espero que nadie tenga que quererme así cuando yo muera.
Margaret sintió un escalofrío. No respondió. No podía saber entonces que aquellas palabras terminarían teniendo un significado mucho más oscuro.
Cuando Catalina Howard cayó, la corte volvió a cambiar.
Margaret ya no se sorprendía. Había aprendido que las personas podían ocupar una posición extraordinaria un año y convertirse en un recuerdo incómodo al siguiente.
El rey volvió a casarse, esta vez con Catalina Parr, una mujer madura, culta y mucho más consciente de los peligros que la rodeaban.
Margaret encontró en ella algo que no había visto en las anteriores reinas: la capacidad de escuchar sin necesitar hablar inmediatamente.
Catalina Parr comprendía que sobrevivir en aquella corte exigía conocer no solo lo que debía decirse, sino también aquello que debía permanecer sin pronunciar.
Una mañana, la reina la llamó a sus aposentos.
—Margaret, ven.
—Majestad.
Catalina tenía un libro abierto sobre una mesa.
—Me han dicho que sabes leer latín.
—Lo suficiente.
—¿Y francés?
—También.
—Necesito que revises una traducción.
Margaret se acercó. El texto no tenía relación alguna con Ana ni con la sucesión. Era un escrito religioso. Sin embargo, mientras lo revisaba, Catalina la observaba.
—¿Qué ocurre? —preguntó Margaret.
—Nada.
—Me observáis.
Catalina sonrió.
—Eres difícil de engañar.
Margaret dejó el libro.
—He tenido buenos maestros.
—¿Ana?
Margaret sostuvo su mirada.
—Entre otros.
Catalina cerró el libro.
—Hay cosas que permanecen demasiado tiempo en las personas.
—¿Qué queréis decir?
—Que una reina puede morir, pero quienes la sirvieron siguen viviendo con recuerdos que nadie más posee.
Margaret no respondió.
Catalina continuó:
—Ten cuidado con los recuerdos.
—¿Por qué?
—Porque algunas personas matarían por conseguirlos.
Margaret sintió que aquella frase le resultaba demasiado familiar.
—¿Habéis oído algo?
Catalina negó con la cabeza.
—No. Pero conozco esta corte.
Aquella conversación hizo que Margaret volviera a pensar en la caja.
Habían pasado años desde que Ana se la entregara, años durante los cuales el mundo había cambiado, pero el secreto seguía allí.
Margaret había conservado cuidadosamente las copias de los documentos y había escondido el original en un lugar que nadie conocía.
Con el tiempo había conseguido reunir más información sobre Edward Vale.
Había descubierto que había nacido en una familia menor vinculada a funcionarios de la Corona y que durante varios años había trabajado con documentos genealógicos.
Había encontrado referencias a su presencia en la casa de los Boleyn y posteriormente en la administración de Cromwell.
Después, nada. Su rastro desaparecía poco antes de que Ana fuera acusada.
Pero había una nueva pieza. Un registro encontrado en una propiedad del sur de Inglaterra mencionaba a un hombre con el mismo nombre que había sido visto viajando hacia el continente en 1536.
Margaret no sabía si era él. No tenía pruebas.
Pero la posibilidad había bastado para impedirle abandonar la búsqueda.
En 1544, cuando Enrique VIII emprendió una nueva campaña contra Francia, Margaret viajó durante un tiempo con parte de la corte.
Allí comprendió hasta qué punto el rey había envejecido.
Ya no era el hombre que había conocido en su juventud.
Su cuerpo se había vuelto más pesado, sus movimientos más lentos y su presencia estaba rodeada de hombres que parecían medir cada palabra antes de pronunciarla.
Sin embargo, seguía conservando una autoridad capaz de llenar una estancia.
Una tarde, Margaret observó al rey desde una galería mientras conversaba con varios consejeros. Eleanor estaba a su lado.
—¿En qué piensas?
—En que todo parece igual.
—¿Igual?
—El rey sigue siendo el centro de todo. Pero todos los demás han cambiado.
Eleanor sonrió.
—Eso es lo que ocurre cuando pasan los años.
Margaret negó lentamente con la cabeza.
—No. Aquí ocurre algo diferente.
—¿Qué?
—Aquí las personas cambian porque el rey cambia.
Eleanor la miró.
—Y tú no.
Margaret tardó en responder.
—Yo cambié hace ocho años.
Eleanor comprendió inmediatamente.
—Ana.
Margaret asintió.
—Desde aquel día no he vuelto a ser la misma.
Durante un largo momento ambas permanecieron en silencio.
—¿Todavía tienes la caja? —preguntó Eleanor.
Margaret la miró.
—Sí.
—¿Y sigues buscando?
—Sí.
Eleanor suspiró.
—Pensé que algún día dejarías de hacerlo.
—Yo también.
—Entonces, ¿por qué no lo haces?
Margaret observó al rey a lo lejos.
—Porque cada vez que estoy a punto de hacerlo aparece algo nuevo.
—¿Y si nunca termina?
Margaret bajó la voz.
—Entonces tendré que asegurarme de que alguien pueda continuar cuando yo no pueda.
Eleanor no respondió. Aquella frase quedó entre ambas durante el resto de la tarde.
En los meses siguientes, Margaret comenzó a preparar algo que nunca había pensado hacer.
Copió todos los documentos que había conseguido reunir y escribió al margen las fechas, nombres y lugares que había podido confirmar.
No quería dejar una historia basada únicamente en sospechas.
Había aprendido de Ana que una verdad sin pruebas podía convertirse fácilmente en otra versión del rumor.
Por eso separó cuidadosamente aquello que sabía de aquello que solo sospechaba.
Edward Vale había existido. Había trabajado con documentos relacionados con la sucesión.
Había estado relacionado con la familia Boleyn.
Después había desaparecido. Ana había conocido su existencia y había conservado documentos que podían tener relación con él. El resto permanecía oculto.
Una noche, mientras revisaba sus notas, encontró una frase que había escrito años atrás.
«La verdad tiene dos nombres».
Debajo había añadido una pregunta:
«¿Cuáles?»
Durante mucho tiempo había pensado que uno de ellos era Edward Vale.
Ahora comenzaba a sospechar que podía tratarse de algo diferente.
Tal vez dos nombres correspondían a dos personas relacionadas por un mismo derecho.
Tal vez uno de ellos había sido borrado porque podía alterar la historia de la sucesión y el otro porque podía revelar quién había decidido ocultarlo.
La respuesta llegó de una manera inesperada. En 1545, Margaret recibió una carta sin remitente. La encontró entre otros documentos que habían llegado a sus aposentos. El sobre era sencillo y no llevaba sello. Lo abrió. Dentro había una sola hoja.
«Habéis esperado demasiado tiempo».
Margaret sintió que el corazón se aceleraba. Continuó leyendo.
«Edward Vale no fue el único que desapareció».
No había firma. Solo una dirección. Una casa situada en Kent.
Margaret guardó la carta. Esa misma noche buscó a Catalina Parr. La reina estaba leyendo cuando Margaret entró.
—¿Qué ocurre?
—Necesito pedir permiso para ausentarme unos días.
Catalina levantó la mirada.
—¿Adónde?
Margaret dudó.
—Kent.
La reina cerró el libro.
—¿Por qué?
—Una cuestión familiar.
Catalina la observó durante unos segundos.
—Eso no es cierto.
Margaret permaneció en silencio.
—No voy a obligarte a decirme la verdad —continuó Catalina—. Pero si estás a punto de hacer algo peligroso, al menos procura saber qué clase de peligro buscas.
Margaret bajó la mirada.
—Quizá ya sea demasiado tarde para eso.
Catalina suspiró.
—Entonces ve acompañada.
Margaret la miró sorprendida.
—¿Me dais permiso?
—Sí.
—Gracias.
—Margaret.
Ella se detuvo en la puerta.
—¿Sí?
—No dejes que el pasado te convierta en una prisionera.
Margaret sostuvo la mirada de la reina.
—Intentaré que no sea así.
Salió de la habitación con la carta escondida bajo el vestido.
Durante aquella noche no consiguió dormir.
Había pasado casi una década desde que Ana le entregara la caja.
Había sobrevivido a la desaparición de Jane, a la llegada y caída de otras reinas, a los cambios de alianzas y a la transformación del propio rey.
Había visto cómo la corte convertía a las mujeres en símbolos y después las olvidaba.
Y durante todos esos años había guardado el mismo pequeño objeto de plata, esperando encontrar una respuesta que parecía alejarse cada vez que creía acercarse a ella.
Pero ahora había algo diferente. Alguien había vuelto a escribirle.
Alguien conocía a Edward Vale. Alguien sabía que Margaret llevaba años buscando.
Y alguien afirmaba que Edward no había sido el único hombre borrado de aquella historia.
Antes del amanecer, Margaret abrió por última vez la caja de plata antes de emprender el viaje.
Colocó sobre la mesa la carta incompleta de Ana, el medallón, la copia de los documentos y la nueva carta llegada sin remitente.
Durante unos minutos contempló todos aquellos objetos juntos.
Entonces comprendió que el verdadero secreto no estaba en una sola hoja ni en un solo nombre.
Se encontraba en el espacio que había entre ellos, en aquello que había sido eliminado de los registros y en las personas que habían desaparecido cuando podían contar demasiado.
Ana había muerto, Edward Vale había desaparecido y otros nombres habían sido borrados, pero el tiempo no había conseguido destruir completamente las huellas.
Margaret había pasado casi diez años reuniéndolas sin comprender del todo qué figura formaban.
Ahora, por primera vez, podía distinguir el contorno de una historia que se extendía mucho más atrás de 1536 y que sobrevivía a través de generaciones, matrimonios y disputas por la sangre.
Cerró la caja y la guardó bajo sus ropas.
Cuando salió de sus aposentos, el cielo empezaba a aclararse sobre Westminster y la corte despertaba lentamente a otro día bajo el reinado de Enrique VIII.
Margaret caminó hacia las caballerizas sabiendo que estaba a punto de abandonar el lugar que durante tantos años había sido su mundo, pero también comprendiendo que quizá ya no regresaría siendo la misma mujer.
Había llegado el momento de seguir la única pista que le quedaba, aquella dirección en Kent que alguien había enviado después de tantos años de silencio, y por primera vez desde la muerte de Ana Bolena Margaret no tuvo la sensación de estar siguiendo un recuerdo, sino de estar siendo conducida deliberadamente hacia una verdad que otras personas habían pasado una década intentando mantener enterrada.