El secreto de la reina hereje Capítulo 7. El heredero
42%

Capítulo 7. El heredero

Margaret había guardado el mensaje encontrado sobre su mesa.

No se lo había mostrado a Eleanor ni a Nicholas.

Tampoco había mencionado al anciano de la biblioteca.

Cuanto más avanzaba en su investigación, más comprendía que hablar podía poner en peligro no solo su vida, sino también la de las pocas personas que habían decidido ayudarla.

La advertencia —«Dejad muerto a Edward Vale»— había permanecido durante días en su memoria.

Había intentado descubrir quién podía haber entrado en sus aposentos, pero ninguna puerta había sido forzada y ninguno de los guardias había visto a un desconocido.

Aquello la inquietaba más que una amenaza abierta.

Alguien había entrado con la tranquilidad de quien sabía exactamente dónde estaba cada cosa.

Una mañana, mientras Margaret acompañaba a la reina, Jane la observó durante largo rato antes de hablar.

—Pareces preocupada.

—No más que de costumbre, Majestad.

—Eso no es cierto.

Margaret sonrió.

—Quizá me preocupe demasiado.

Jane apoyó una mano sobre su vientre.

—Todos esperan algo de mí.

—Es normal.

—No. No lo es.

Margaret la miró. Jane continuó caminando despacio por la galería.

—Cuando una mujer se convierte en reina, todos creen que deja de pertenecer a sí misma. Si sonríe, interpretan la sonrisa. Si guarda silencio, buscan un significado. Si enferma, todo el reino enferma con ella. Y ahora todos esperan que les dé un hijo.

—El rey lo espera.

—El rey espera un hijo varón.

Margaret guardó silencio. Jane la miró de reojo.

—¿Crees que si fuera una niña estarían decepcionados?

—Creo que no me corresponde responder.

Jane sonrió débilmente.

—Siempre prudente.

—He aprendido de vos.

—No. Tú aprendiste de Ana.

Margaret sintió un pequeño estremecimiento. Jane se detuvo.

—No pretendía incomodarte.

—No lo habéis hecho.

—Sí.

Margaret bajó la mirada. Jane suspiró.

—A veces pienso en ella.

Aquello sorprendió a Margaret.

—¿En Ana?

—Sí.

—¿Por qué?

Jane tardó en responder.

—Porque sé que ocupó este lugar antes que yo. Y porque todo lo que me rodea me recuerda que una reina puede dejar de serlo mucho más deprisa de lo que cualquiera imagina.

Margaret no encontró una respuesta adecuada. Jane se acercó a una ventana.

—¿Crees que ella sabía que iba a morir?

Margaret recordó la caja de plata.

—Creo que sabía que podía morir.

Jane volvió la cabeza.

—¿Y te dijo algo?

Margaret sintió que aquella pregunta era más peligrosa de lo que parecía.

—Me pidió que no olvidara que había sido una mujer.

Jane permaneció en silencio.

—Eso habría sido propio de ella —dijo finalmente.

La conversación terminó poco después, pero Margaret salió de aquella habitación con la sensación de haber visto por primera vez una grieta en la imagen serena de la nueva reina.

Jane no parecía interesada en Ana por rivalidad ni por curiosidad.

Había algo más profundo en su mirada: el conocimiento de que ocupaba un lugar construido sobre una caída y de que cualquier mujer podía ser reemplazada si dejaba de cumplir aquello que el rey esperaba de ella.

Mientras tanto, Margaret continuaba investigando a Edward Vale. Nicholas había cumplido su promesa. Unos días después encontró a Margaret en la biblioteca y le entregó un pequeño paquete envuelto en tela.

—No lo abras aquí.

—¿Qué es?

—Documentos.

—¿De Vale?

Nicholas asintió.

—He encontrado una copia de un registro privado.

Margaret tomó el paquete.

—¿Dónde?

—En una colección que perteneció a un antiguo funcionario.

—¿Cómo has conseguido acceder a ella?

Nicholas sonrió con cansancio.

—No preguntes.

Margaret guardó el paquete.

—¿Qué dice?

—Eso es lo extraño.

—¿Qué?

—Vale no aparece como un simple funcionario.

—¿Entonces?

Nicholas bajó la voz.

—Durante varios años estuvo encargado de comprobar genealogías relacionadas con la sucesión.

Margaret sintió que el misterio adquiría una nueva forma.

—¿Genealogías?

—Sí. Linajes, matrimonios, legitimidad de herederos, derechos de sangre.

—¿Y por qué un hombre así trabajaba para Ana?

—Quizá porque ella necesitaba saber lo mismo.

—¿Qué estaba buscando?

Nicholas la miró.

—Eso no aparece.

Margaret abrió ligeramente el paquete.

—¿Hay alguna referencia?

—Una.

—¿Cuál?

Nicholas sacó una hoja.

—«La rama occidental».

Margaret frunció el ceño.

—¿Qué significa?

—No lo sé.

—¿Y aparece alguna persona?

Nicholas negó con la cabeza.

—Solo una inicial.

Margaret sintió que el corazón se aceleraba.

—¿Cuál?

—E.

El mismo instante en que Nicholas pronunció la letra, se escucharon pasos en el corredor. Ambos guardaron silencio y los pasos se detuvieron frente a la puerta. Margaret cerró el paquete. Después de unos segundos, continuaron alejándose y Nicholas respiró con alivio.

—Tenemos que irnos.

—Sí.

Salieron por una puerta lateral.

Durante los días siguientes, Margaret empezó a estudiar la expresión «rama occidental».

Buscó referencias en libros de genealogía, documentos antiguos y registros de familias nobles.

Encontró numerosas menciones a ramas familiares, pero ninguna que explicara por qué Ana habría estado interesada en una concreta.

La única certeza era que la cuestión estaba relacionada con la sucesión.

Entonces llegó la noticia que toda la corte esperaba.

Jane había entrado en trabajo de parto. El ambiente de Westminster cambió inmediatamente: los corredores se llenaron de sirvientes, mensajeros y miembros del Consejo, el rey abandonó varias reuniones y permaneció cerca de los aposentos de la reina, y las damas fueron llamadas para asistirla.

Margaret se encontró de pronto en medio de una actividad frenética que contrastaba violentamente con la gravedad de las últimas semanas.

Horas después, cuando finalmente llegó la noticia, las campanas comenzaron a sonar.

Era un niño. Un hijo varón: Eduardo. La celebración se extendió rápidamente por la corte.

Margaret observó a los hombres abrazarse y felicitarse, a los músicos preparar instrumentos y a los mensajeros salir hacia Londres.

El nacimiento del príncipe había transformado el estado de ánimo del reino en unas pocas horas.

Enrique VIII tenía por fin un heredero varón legítimo, y todos parecían convencidos de que con aquel nacimiento se había cerrado una etapa de incertidumbre.

Pero Margaret no podía compartir completamente aquella tranquilidad. Mientras contemplaba las celebraciones, recordó la frase que había leído en la biblioteca.

«La sucesión nunca ha sido tan sencilla como la corte pretende».

Y ahora había un heredero. Un heredero cuya existencia podía cambiar el significado de todos los documentos que Ana había querido conservar.

Aquella noche, Margaret acudió a la biblioteca. Encontró al anciano allí.

—¿Qué haces aquí? —preguntó él.

—Necesito una respuesta.

—No deberías haber vuelto.

—Ha nacido un príncipe.

El hombre la miró.

—Lo sé.

—Entonces también sabéis lo que significa.

—Significa que el rey tiene un hijo.

—¿Y qué ocurre con los documentos que Ana investigaba?

El anciano cerró el libro que tenía delante.

—Ahora son más peligrosos.

Margaret se acercó.

—¿Por qué?

—Porque antes podían interpretarse como una cuestión política. Ahora pueden convertirse en una amenaza para la sucesión.

—¿Amenaza para Eduardo?

—No necesariamente.

—Entonces, ¿para quién?

El anciano la miró fijamente.

—Para quienes han construido su poder sobre una determinada versión de la historia.

Margaret sintió que aquella frase confirmaba algo que ya sospechaba.

—¿Ana quería proteger a alguien?

—Quizá.

—¿A Elizabeth?

El anciano negó lentamente con la cabeza.

—No solamente.

Margaret se quedó inmóvil.

—¿Qué significa eso?

—Que el problema no comenzó con Elizabeth.

—Entonces, ¿cuándo?

—Mucho antes.

—¿Con quién?

El anciano guardó silencio. Margaret comprendió que no conseguiría una respuesta.

—¿Por qué nadie quiere decirme el nombre?

—Porque los nombres sobreviven.

—Eso no tiene sentido.

—Sí lo tiene. Los nombres permiten reconstruir las historias. Y cuando una historia puede reconstruirse, también puede cuestionarse.

Margaret recordó la carta.

«No permitáis que se confunda la verdad con aquello que conviene que el reino recuerde».

—Ana sabía que podía morir.

—Sí.

—Y dejó documentos.

—Sí.

—¿Para quién?

El anciano la miró.

—Para alguien que pudiera esperar.

Margaret sintió un escalofrío.

—¿Yo?

El anciano no respondió. No necesitaba hacerlo.

Cuando Margaret salió de la biblioteca, la celebración continuaba.

Las campanas seguían sonando y las calles cercanas estaban llenas de personas que hablaban del nacimiento del príncipe.

El reino parecía haber encontrado por fin una certeza, pero Margaret caminaba entre aquella alegría con una sensación opuesta.

El nacimiento de Eduardo no había cerrado la historia de la sucesión; había hecho que la cuestión escondida detrás de la caja de plata adquiriera una importancia que podía ser mucho mayor de lo que había imaginado.

Esa noche abrió nuevamente la carta de Ana y la extendió sobre la mesa.

Había leído aquellas líneas tantas veces que podía recordar casi cada palabra, pero ahora las contempló con una atención diferente.

El fragmento donde faltaba el nombre parecía más grande que antes.

Margaret tomó una vela y examinó el papel por detrás.

Descubrió que en una zona apenas visible quedaban unas marcas de tinta transferidas desde la parte arrancada.

Colocó el papel sobre una superficie limpia y presionó suavemente una hoja de papel fino sobre ella.

Después de varios intentos consiguió distinguir algunas letras.

No formaban un nombre completo, pero eran suficientes para reconocer una palabra.

«legítimo».

Margaret cerró los ojos. Legítimo. Volvió a mirar la carta.

Si Ana había escrito aquella palabra en relación con la sucesión, entonces el secreto podía estar relacionado con la legitimidad de alguien.

No necesariamente con Eduardo. Quizá con otra persona.

Quizá con una rama familiar anterior. Quizá con un derecho que alguien había decidido ocultar.

Entonces comprendió por qué Edward Vale había sido importante.

No había sido simplemente un copista. Había trabajado precisamente con genealogías y derechos sucesorios, y Ana había conservado algo que podía relacionarlo con un asunto que seguía siendo peligroso incluso después del nacimiento del príncipe.

Margaret guardó la carta. Después sacó el pequeño papel encontrado dentro del medallón.

«Edward Vale no era quien parecía».

Lo colocó junto a la nueva palabra que había descubierto. Legítimo. Dos piezas. Todavía insuficientes.

Pero por primera vez podía imaginar la forma del secreto.

No se trataba de una aventura amorosa escondida ni de una traición personal, como había temido al principio.

Era algo relacionado con la sangre, con los derechos de una familia y con la sucesión de Inglaterra, y alguien había considerado necesario borrar su rastro.

Margaret no sabía todavía qué nombre había sido arrancado de la carta.

Tampoco sabía quién era realmente Edward Vale, dónde se encontraba o qué había ocurrido con los documentos que había ayudado a custodiar.

Pero ya sabía una cosa: Ana no había confiado en ella para conservar un recuerdo.

La había elegido porque necesitaba que alguien continuara buscando cuando todos los demás hubieran dejado de hacerlo.

Afuera, Westminster celebraba el nacimiento del príncipe Eduardo como si el futuro del reino hubiera quedado asegurado para siempre.

Los hombres del Consejo hablaban de estabilidad, el rey recibía felicitaciones y la nueva reina descansaba después de haber cumplido aquello que se esperaba de ella.

Margaret, sin embargo, permanecía sola ante la pequeña caja de plata, consciente de que aquel niño recién nacido había cambiado el significado de todo lo que ella había descubierto.

Mientras la corte celebraba la llegada del heredero, ella comprendía que la existencia de un heredero no eliminaba el secreto de la sucesión: lo hacía más peligroso.

Porque ahora cualquier documento que pudiera cuestionar un derecho, cualquier nombre que pudiera revelar una antigua línea de sangre y cualquier testimonio que contradijera la historia oficial podía convertirse en una amenaza para personas que tenían mucho que perder.

Margaret cerró la caja y la escondió una vez más, pero aquella vez no sintió que estuviera protegiendo un objeto.

Sintió que estaba protegiendo una historia que llevaba años esperando su momento, una historia que Ana Bolena había sabido que podía sobrevivir a su muerte y que, precisamente ahora, cuando todo el reino creía que el futuro estaba asegurado, comenzaba a despertar.