El secreto de la reina hereje Capítulo 6. El hombre de la biblioteca #2
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Capítulo 6. El hombre de la biblioteca #2

El silencio que siguió fue profundo. Finalmente, el anciano se acercó a una de las estanterías y retiró un libro grueso. Detrás había un pequeño hueco en la pared. Sacó un sobre.

—No debería enseñarte esto.

Margaret no se movió.

—Entonces no lo hagáis.

El anciano la miró sorprendido.

—¿Por qué?

—Porque si lo veo, ya no podré fingir que no sé nada.

—Eso ya no puedes hacerlo.

Margaret comprendió que tenía razón. El anciano abrió el sobre. Dentro había una pequeña hoja. La colocó sobre la mesa. Margaret reconoció inmediatamente la escritura. Era de Ana. Solo había unas pocas líneas.

«Si algo me sucede, no busquéis la verdad en quienes hablan de mí. Buscadla en aquellos que tuvieron razones para temer lo que yo sabía.»

Margaret leyó la frase dos veces.

—¿Cuándo escribió esto?

—No lo sé.

—¿Quién os lo entregó?

El anciano cerró el sobre.

—Edward Vale.

Margaret levantó la mirada.

—Entonces estaba vivo después de la fecha de su supuesta muerte.

—Sí.

—¿Cuándo lo visteis por última vez?

El hombre guardó silencio.

—Decidme cuándo.

—Poco antes de la caída de Ana.

Margaret sintió que un frío profundo le recorría el cuerpo.

—¿Y dónde está ahora?

El anciano la miró con una tristeza que no había mostrado hasta entonces.

—Eso es lo que nadie ha conseguido averiguar.

Margaret tomó la hoja. La letra de Ana parecía más viva que nunca.

Por primera vez comprendió que la reina había sabido que podía morir y había preparado caminos para que determinadas informaciones sobrevivieran a su muerte.

No había dejado una única pista, sino varias.

La caja de plata era una de ellas. El medallón, otra.

Edward Vale, quizá, había sido otra. Y ahora Margaret empezaba a comprender que la desaparición del funcionario no podía separarse de los documentos que había ayudado a conservar.

Alguien había decidido que aquellos papeles eran demasiado peligrosos para permanecer en los archivos, y alguien había decidido también que el hombre que conocía su contenido debía desaparecer de la historia.

—¿Por qué me estáis contando esto? —preguntó Margaret.

El anciano la miró fijamente.

—Porque te pareces a ella.

Margaret frunció el ceño.

—¿A Ana?

—No en el rostro.

—Entonces, ¿en qué?

El hombre tardó unos segundos en responder.

—En la manera de mirar cuando sabes que alguien te está mintiendo.

Margaret guardó la hoja dentro de su vestido.

—¿Puedo volver?

—No.

—¿Por qué?

—Porque si vuelves, alguien sabrá que te he hablado.

Margaret comprendió la gravedad de sus palabras.

—¿Quién?

El anciano apagó una de las velas.

—La misma persona que lleva años asegurándose de que Edward Vale permanezca muerto sobre el papel.

Margaret salió de la biblioteca cuando ya había oscurecido. Caminó por los corredores sin mirar atrás, aunque sentía la necesidad de hacerlo a cada paso. Nicholas la acompañó hasta una zona donde debían separarse.

—Margaret.

Ella se detuvo.

—¿Sí?

—Lo que acabamos de escuchar cambia todo.

—Lo sé.

—¿Qué vas a hacer?

Margaret miró hacia las ventanas oscuras de Westminster.

—Encontrarlo.

—¿A Edward Vale?

—Si está vivo, sí.

Nicholas bajó la voz.

—¿Y si no lo está?

Margaret apretó la mano sobre la caja escondida bajo sus ropas.

—Entonces encontraré quién decidió que debía desaparecer.

Se separaron.

Margaret continuó sola hacia sus aposentos.

Ya no pensaba únicamente en Ana ni en la carta incompleta.

Pensaba en una red de documentos que había existido antes de la caída de la reina, en hombres que habían desaparecido y en una sucesión cuya historia podía ser más complicada de lo que nadie estaba dispuesto a admitir.

Pero sobre todo pensaba en una frase que había leído una y otra vez: «No busquéis la verdad en quienes hablan de mí.

Buscadla en aquellos que tuvieron razones para temer lo que yo sabía».

Aquella frase había sido escrita por una mujer que conocía perfectamente el peligro que la rodeaba y que, incluso cuando su propia vida comenzaba a desmoronarse, había pensado en lo que ocurriría después de su muerte.

Al llegar a su habitación, Margaret encontró la puerta entreabierta.

Se detuvo. Recordó las palabras de William Harrow: alguien había estado preguntando por ella.

Empujó lentamente la puerta. Todo parecía estar en su sitio: la cama, la mesa, la silla junto a la ventana, el arcón.

Margaret avanzó hasta el lugar donde escondía la caja, levantó la tabla y comprobó que seguía allí.

La tomó y verificó que estaba cerrada. Respiró aliviada. Entonces vio algo sobre la mesa.

Una pequeña tira de pergamino. No estaba allí cuando había salido. La tomó. Solo contenía cinco palabras.

«Dejad muerto a Edward Vale.»

Margaret permaneció inmóvil, con el mensaje entre los dedos.

Ya no quedaba ninguna duda de que alguien conocía sus movimientos, de que alguien sabía que había comenzado a buscar al hombre cuyo nombre había sido borrado y de que aquella persona estaba lo bastante cerca para entrar en sus aposentos sin ser descubierta.

La caja seguía intacta, pero Margaret comprendió que aquello no significaba que estuviera a salvo.

Quizá quien había dejado el mensaje no buscaba todavía arrebatársela.

Quizá quería darle tiempo para comprender que la estaban observando, que cada pregunta tenía un precio y que Edward Vale era algo más que un nombre escondido en un documento.

Margaret guardó el pergamino junto a la carta de Ana y volvió a cerrar la caja con manos temblorosas.

Afuera, la noche había cubierto Westminster y el viento golpeaba las ventanas con una insistencia casi humana.

Por primera vez desde que Ana le había entregado aquel pequeño objeto de plata, Margaret entendió que el verdadero peligro no consistía en descubrir un secreto del pasado, sino en descubrir que alguien seguía dispuesto, en el presente, a matar por mantenerlo oculto.