El secreto de la reina hereje Capítulo 6. El hombre de la biblioteca
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Capítulo 6. El hombre de la biblioteca

Los días siguientes transcurrieron bajo una tensión que Margaret procuraba disimular incluso ante Eleanor.

La corte había entrado en una de esas etapas en las que aparentemente no ocurría nada extraordinario y, sin embargo, todos parecían estar pendientes de algo que nadie se atrevía a nombrar.

Jane Seymour avanzaba en su embarazo y la proximidad del nacimiento del heredero había convertido cualquier comentario sobre la sucesión en un asunto delicado.

Los hombres del Consejo hablaban en voz baja, los embajadores buscaban señales en cada gesto del rey y las damas intercambiaban rumores sobre el futuro del reino mientras fingían ocuparse únicamente de vestidos, ceremonias y preparativos.

Margaret había aprendido a observar sin participar.

Sabía que una palabra pronunciada en el lugar equivocado podía ser más peligrosa que una puerta abierta.

La caja de plata permanecía escondida bajo una tabla del suelo, pero Margaret había trasladado el pequeño papel encontrado dentro del medallón a un lugar distinto.

Lo había cosido en el interior de una de sus enaguas, protegido entre dos capas de tela, porque ya no confiaba en ningún escondite permanente.

La carta de Ana seguía en la caja, junto al medallón, pero Margaret había comenzado a copiarla palabra por palabra en una hoja que guardaba fuera de Westminster.

Si alguien encontraba la caja, todavía conservaría una parte del secreto; y si encontraba la copia, tendría que descubrir dónde estaba el original.

Aquella duplicidad le producía una inquietud constante, porque cuanto más intentaba proteger la verdad, más lugares debía crear para ocultarla.

Eleanor fue la primera en advertir que Margaret había cambiado.

—Ya no duermes.

Margaret levantó la vista de la costura.

—Duermo.

—No lo suficiente.

—¿Desde cuándo eres médico?

—Desde que llevo años viendo cómo las personas se engañan a sí mismas.

Margaret sonrió ligeramente, pero Eleanor no se dejó distraer.

—¿Qué has encontrado?

Margaret dejó la aguja.

—Un nombre.

—Eso no es bueno.

—Edward Vale.

Eleanor frunció el ceño.

—No me suena.

—Era un funcionario relacionado con documentos de sucesión.

—¿Y qué tiene que ver contigo?

Margaret dudó.

—Creo que Ana lo conocía.

—¿Lo crees o lo sabes?

—Todavía no lo sé.

Eleanor se acercó a ella.

—Entonces deja que siga siendo así.

—No puedo.

—Sí puedes.

—No después de lo que me dijo Ana.

Eleanor bajó la voz.

—Ana está muerta, Margaret.

—Lo sé.

—Entonces quizá su secreto debería morir con ella.

Margaret la miró.

—¿Y si no era su secreto?

Eleanor no respondió. Margaret volvió a tomar la aguja.

—Eso es lo que más me preocupa.

Aquella misma tarde recibió un mensaje de Nicholas Reed.

No había escrito ninguna explicación. Solo una dirección y una hora.

Margaret acudió poco antes del anochecer.

La biblioteca donde Nicholas la esperaba se encontraba en una zona antigua del complejo de Westminster, alejada de las dependencias utilizadas habitualmente por la corte.

Era una estancia larga, de techo bajo, con estanterías de madera oscura que llegaban casi hasta las vigas.

El olor a pergamino, polvo y cera impregnaba el aire.

Había pocas ventanas y la luz del exterior apenas alcanzaba el fondo de la habitación.

Nicholas estaba junto a una mesa cubierta de documentos.

—Pensaba que no vendrías.

—Me dijiste que era importante.

—Lo es.

Margaret dejó la capa.

—¿Qué has encontrado?

Nicholas señaló una silla.

—Siéntate.

—Prefiero estar de pie.

—Como quieras.

El joven sacó varios documentos.

—He seguido el nombre de Edward Vale hasta 1535.

Margaret se acercó.

—¿Y?

—Aquí aparece trabajando para la administración de Cromwell. Pero eso ya lo sabíamos.

—¿Qué más?

—Que antes había trabajado para otra persona.

Margaret lo miró.

—¿Para quién?

Nicholas colocó un documento delante de ella.

—Para la familia Boleyn.

Margaret sintió que el pulso se le aceleraba.

—¿Ana lo contrató?

—No exactamente. Trabajó para el padre de Ana durante un tiempo. Después aparece vinculado a la casa de Ana cuando ella todavía no era reina.

—Entonces la conocía.

—Sí.

Margaret pasó los dedos por el borde del documento sin tocar la tinta.

—¿Qué hacía?

—Copiaba correspondencia, revisaba cuentas y, ocasionalmente, verificaba documentos legales.

—Documentos de sucesión.

—Entre otras cosas.

Margaret levantó la mirada.

—¿Y por qué pasó después al servicio de Cromwell?

—No lo sé.

—¿Hay alguna explicación?

—Solo una anotación.

Nicholas sacó otro papel.

—Esto aparece en un registro de 1534. Dice que Vale fue transferido temporalmente a una oficina bajo supervisión directa de Cromwell.

—¿Temporalmente?

—Eso dice.

—¿Y luego?

—Luego desaparece de los registros.

Margaret sintió un escalofrío.

—Como Rooke.

Nicholas la miró.

—Exactamente.

El silencio llenó la habitación.

—¿Crees que los dos están relacionados?

—No lo sé.

—Pero tú sí sospechas algo.

Nicholas respiró profundamente.

—Margaret, he estado buscando documentos durante años. Hay cosas que desaparecen porque se archivan mal, otras porque alguien las destruye y algunas porque alguien se asegura de que nadie vuelva a encontrarlas. Lo que he visto aquí no parece un error.

—¿Qué parece?

—Una limpieza.

Margaret no respondió. Nicholas abrió un cajón.

—Encontré esto detrás de un registro.

Sacó una hoja muy antigua.

—No debería estar aquí.

Margaret la tomó. Era una lista de nombres. Varios estaban tachados. Uno de ellos era Edward Vale. Debajo había una anotación escrita posteriormente.

«Transferido. No conservar correspondencia».

Margaret sintió que la piel se le erizaba.

—¿Quién escribió esto?

—No lo sé.

—¿La letra de Cromwell?

Nicholas negó con la cabeza.

—No.

—¿Entonces?

—Eso es precisamente lo que quiero averiguar.

Margaret volvió a leer la frase.

—No conservar correspondencia.

—Sí.

—¿Por qué?

—Porque alguien no quería que quedara constancia.

Margaret levantó la mirada.

—¿De qué?

Nicholas tardó en responder.

—De lo que Vale sabía.

La puerta de la biblioteca se abrió y ambos se volvieron.

Un hombre anciano entró lentamente. Debía de tener más de sesenta años.

Vestía una túnica oscura y llevaba consigo un manojo de llaves.

Tenía el cabello completamente blanco y una expresión severa, pero no parecía sorprendido de encontrar a Margaret y Nicholas allí.

—¿Quién os ha dado permiso para consultar esos registros?

Nicholas se puso de pie.

—Maese Alcott.

—No he preguntado vuestro nombre.

—Lo sé.

El anciano observó la mesa.

—¿Qué estáis buscando?

Nicholas guardó silencio. Margaret respondió:

—Documentos de 1534.

El anciano la miró directamente.

—¿Por qué?

—Porque necesito saber qué ocurrió con Edward Vale.

La expresión del hombre cambió. Fue apenas un instante, pero Margaret lo vio.

—No conozco ese nombre.

—Sí lo conocéis.

—No.

—Habéis reaccionado al escucharlo.

El anciano se acercó a la mesa.

—Muchacha, llevas demasiado tiempo en esta corte si has aprendido a interpretar los rostros de los hombres.

—Y vos lleváis demasiado tiempo aquí si creéis que no puedo hacerlo.

Nicholas la miró con preocupación. El anciano, sin embargo, no se enfadó.

—¿Quién eres?

—Margaret Vale.

Por primera vez el hombre perdió completamente el color del rostro. Margaret lo advirtió.

—¿Conocíais a mi familia?

El anciano no respondió.

—¿Conocisteis a Edward Vale?

—No.

—Entonces decidme por qué habéis palidecido.

El hombre cerró los ojos durante unos segundos.

—Porque ese nombre debería estar muerto.

Margaret sintió un escalofrío.

—¿Qué significa eso?

El anciano se acercó a la puerta y comprobó que el corredor estuviera vacío. Después regresó.

—Edward Vale no murió cuando dicen los registros.

Nicholas se levantó lentamente.

—¿Qué?

El anciano habló en voz baja.

—Fue borrado.

Margaret sintió que aquella palabra contenía algo mucho más grave que una simple desaparición.

—¿Por quién?

El anciano negó con la cabeza.

—No hagas esa pregunta.

—Necesito saberlo.

—No.

—¿Por qué?

—Porque si sabes quién lo hizo, tendrás que preguntarte por qué.

Margaret se acercó.

—Ya me lo estoy preguntando.

El hombre la observó durante unos segundos.

—¿Qué tienes?

Margaret no respondió.

—Tienes algo que perteneció a Ana.

Nicholas la miró sorprendido.

—¿Cómo lo sabéis?

El anciano no respondió.

Margaret comprendió que aquella reacción confirmaba algo.

—¿Conocíais a Ana?

—Sí.

—¿Trabajasteis para ella?

—No.

—¿Entonces?

El anciano miró hacia los estantes.

—Yo era el encargado de conservar aquello que la Corona no quería que se perdiera.

Margaret sintió que el significado de aquella frase se extendía mucho más allá de aquella habitación.

—¿Y qué era?

—Documentos.

—¿Sobre qué?

—Sobre la sucesión.

Margaret se quedó inmóvil.

—¿Ana los conocía?

—Los había visto.

—¿Y Edward Vale?

El anciano bajó la voz.

—Edward Vale fue quien le mostró algunos de ellos.

Margaret cerró los ojos durante un instante. La caja, la carta, el medallón y las iniciales comenzaban a encajar.

—¿Qué contenían esos documentos?

El anciano tardó en contestar.

—Información sobre derechos dinásticos anteriores a los acuerdos que el rey quería considerar definitivos.

Margaret sintió que el suelo parecía desaparecer bajo sus pies.

—¿Queréis decir que había otra persona con derechos sobre la sucesión?

El anciano la miró.

—Digo que la sucesión nunca ha sido tan sencilla como la corte pretende.

Aquella frase era casi idéntica a la que Edmund Harwood le había pronunciado meses atrás. Margaret comprendió que no se trataba de una coincidencia.

—¿Qué ocurrió con esos documentos?

—Algunos fueron trasladados.

—¿Por Cromwell?

El anciano guardó silencio.

—¿Fue Cromwell?

—No pronuncies nombres que no necesitas pronunciar.

—Necesito respuestas.

—Las respuestas pueden matar a una persona tanto como una espada.

Margaret sostuvo su mirada.

—Ana murió.

El anciano bajó los ojos.

—Precisamente.