Capítulo 5. La nueva reina
Margaret observaba aquella transformación con una mezcla de distancia y tristeza.
Había aprendido que en palacio la memoria no desaparecía realmente; simplemente se volvía peligrosa.
Nadie hablaba de Ana en voz alta, pero su ausencia estaba presente en todas partes.
Una habitación que había pertenecido a ella permanecía cerrada durante días antes de que sus objetos fueran trasladados.
Algunos retratos habían desaparecido. Determinados criados habían sido enviados lejos.
Incluso los nombres de ciertas damas dejaron de escucharse en los corredores.
Era como si la corte estuviera intentando borrar no solo a una mujer, sino también las huellas que pudieran recordar que alguna vez había sido amada.
Margaret había conservado, sin embargo, algo que nadie había conseguido encontrar.
La caja de plata seguía escondida. La llevaba consigo cuando abandonaba Westminster y la ocultaba en distintos lugares cuando permanecía allí.
Había llegado a tener tres escondites diferentes y jamás utilizaba dos noches consecutivas el mismo.
El primero estaba bajo una tabla suelta del suelo de sus aposentos; el segundo, dentro de un arcón de ropa que nadie utilizaba porque pertenecía a una antigua dama que había abandonado la corte; el tercero era un pequeño compartimento detrás de una piedra suelta en una pared secundaria de la capilla.
Margaret sabía que aquella precaución podía parecer excesiva, pero después de lo que había descubierto ya no estaba dispuesta a confiar en la suerte.
Una mañana, mientras acompañaba a varias damas de la reina, Margaret vio a Jane salir de sus aposentos.
La reina llevaba un vestido de terciopelo claro y una capa bordada con discreción.
Su embarazo empezaba a hacerse visible, aunque todavía no impedía que caminara con paso firme.
A diferencia de Ana, Jane parecía no necesitar llenar una habitación con su presencia.
Era más silenciosa, más prudente y menos inclinada a desafiar las expectativas de quienes la rodeaban.
Margaret no sabía si aquella diferencia procedía de su carácter o de lo que había aprendido observando el destino de la mujer que la había precedido.
Jane se detuvo al verla.
—Margaret.
—Majestad.
—Ven conmigo.
Margaret obedeció.
Caminaron juntas por una galería abierta hacia uno de los jardines.
Durante unos momentos ninguna habló. El aire frío traía olor a tierra húmeda y hojas marchitas, y desde una zona más alejada llegaban las voces de varios sirvientes preparando los espacios que serían utilizados para una celebración.
—¿Te encuentras bien? —preguntó Jane.
Margaret la miró sorprendida.
—Sí, Majestad.
—No te preguntaba por tus obligaciones.
—Entonces tampoco sé qué responder.
Jane sonrió ligeramente.
—Eres demasiado prudente.
—He aprendido que la prudencia es necesaria aquí.
La reina bajó la mirada durante unos instantes.
—Sí. Lo es.
Margaret no esperaba aquella respuesta. Jane continuó caminando.
—He oído decir que serviste a Ana durante varios años.
Margaret sintió que el cuerpo se le tensaba.
—Así es.
—¿La conocías bien?
—Lo suficiente.
Jane permaneció callada antes de preguntar:
—¿Era como dicen?
Margaret comprendió inmediatamente que no se refería a una cuestión concreta.
En la corte circulaban demasiadas versiones sobre Ana: ambiciosa, orgullosa, cruel, seductora, manipuladora, incluso responsable de desgracias que no podía haber provocado.
Cada persona parecía tener una Ana diferente en su memoria.
—Era una mujer complicada —respondió Margaret.
Jane la miró.
—Eso no es una respuesta.
—Es la única que puedo daros sin mentiros.
La reina guardó silencio durante unos segundos.
—¿La querías?
Margaret recordó el último día en la Torre, la mirada de Ana, sus manos sosteniendo la pequeña caja de plata y aquel beso sobre su frente.
—Sí.
Jane respiró lentamente.
—Entonces debes de odiarme.
—No.
—¿No?
—No sois responsable de todo lo que ocurrió.
Jane se detuvo.
—Eso es algo que nunca había escuchado decirme.
—Porque aquí todos tienen miedo de decir la verdad.
La reina la observó durante un largo instante.
—Quizá tú también deberías tener miedo.
Margaret sintió que aquellas palabras podían contener más de lo que parecían.
—Lo tengo.
Jane volvió a caminar.
—Entonces eres más sensata de lo que parece.
Margaret no respondió. Había aprendido que algunas conversaciones debían terminar precisamente cuando empezaban a revelar demasiado.
Aquella misma tarde, Margaret recibió un mensaje de Nicholas Reed.
El joven escribiente había conseguido encontrar nueva información sobre los documentos desaparecidos.
La citó en una pequeña sala próxima a los archivos, donde había pocas posibilidades de que fueran escuchados.
Cuando Margaret entró, Nicholas ya estaba allí.
—Has tardado.
—No podía abandonar a las damas sin una excusa.
Nicholas cerró la puerta.
—He encontrado los nombres.
Margaret sintió que el corazón se aceleraba.
—¿Los nombres de quienes tuvieron acceso al documento?
—Sí.
Sacó una hoja doblada y la colocó sobre la mesa.
—En 1534, los documentos estuvieron bajo custodia de tres personas. Dos eran funcionarios menores. El tercero era un secretario que trabajaba directamente para Cromwell.
—¿Su nombre?
Nicholas señaló la hoja.
—Edmund Rooke.
Margaret leyó el nombre.
—¿Qué ocurrió con él?
—Murió.
—¿Cuándo?
—1535.
—¿Antes de la caída de Ana?
—Un año antes.
Margaret frunció el ceño.
—¿Cómo murió?
Nicholas dudó.
—No he encontrado una causa clara.
—¿Qué significa eso?
—Que en un registro aparece enfermo. En otro, simplemente desaparece de las nóminas. Después alguien escribe que sus documentos personales fueron entregados a la administración.
Margaret volvió a mirar el nombre.
—¿Y los otros dos?
—Uno fue enviado al norte. El otro abandonó el servicio de la Corona poco después.
—¿Sabes dónde están?
—No.
Margaret levantó la mirada.
—¿Y el secretario?
—Rooke.
—No. El otro.
Nicholas comprendió.
—Hay algo más.
—¿Qué?
—El segundo funcionario se llamaba Edward Vale.
Margaret sintió que el aire parecía detenerse.
—¿Vale?
—Sí.
—¿Cuál era su cargo?
—Copista y encargado de verificar documentos de sucesión.
Margaret recordó inmediatamente las iniciales del medallón.
E. V.
—¿Qué sabes de él?
—Muy poco.
—¿Estaba relacionado con Ana?
—No lo sé.
—Nicholas, necesito que averigües todo lo que puedas.
—Margaret, ya he hecho demasiado.
—Por favor.
El joven la miró con preocupación.
—Si alguien descubre que estoy buscando información sobre Edward Vale, no podré ayudarte.
—Entonces no vuelvas a hablar conmigo.
—¿Qué?
—Hazlo por separado. No necesitamos saber lo que hace el otro.
Nicholas permaneció en silencio.
—Tienes razón —admitió finalmente—. Volveré cuando sepa algo.
Margaret guardó la hoja.
—Gracias.
—No me las des todavía.
Antes de salir, Nicholas se detuvo.
—Margaret.
—¿Sí?
—Si ese nombre aparece en el medallón, quizá no sea una pista para encontrar a alguien.
—¿Qué quieres decir?
—Quizá sea una advertencia.
Aquellas palabras la acompañaron durante todo el día.
Edward Vale. E. V. La verdad tiene dos nombres.
Por primera vez Margaret comenzó a pensar que quizá había interpretado mal el medallón.
Tal vez las iniciales no señalaban a una persona viva.
Tal vez pertenecían a alguien que había muerto y cuyo nombre había sido borrado deliberadamente de los registros.
Si era así, ¿por qué Ana había conservado el objeto?
¿Por qué había decidido entregárselo precisamente a ella?
Esa noche regresó a sus aposentos antes de la hora habitual y cerró la puerta.
Sacó la caja de plata del escondite y colocó el medallón junto a la carta.
La pequeña estrella parecía distinta bajo la luz de la vela.
Margaret tomó un paño y limpió cuidadosamente el borde del objeto.
Entonces descubrió una pequeña hendidura en la parte posterior.
Introdujo la punta de una aguja y presionó.
Se escuchó un pequeño clic. La parte posterior del medallón se abrió. Margaret se quedó inmóvil. Dentro había un fragmento diminuto de papel. Lo extrajo con unas pinzas. El papel era tan pequeño que apenas podía contener unas palabras. Margaret acercó la vela. Solo había una línea.
«Edward Vale no era quien parecía».
Margaret sintió que el corazón le golpeaba el pecho. Volvió a leerla. Una vez. Dos veces. Tres. Entonces escuchó un ruido al otro lado de la puerta. Guardó rápidamente el papel dentro de la caja.
—¿Quién es?
Nadie respondió. Margaret se levantó y permaneció inmóvil. Volvieron a llamar. Esta vez más despacio. Tres golpes. Margaret miró la caja de plata. No podía ser una coincidencia. Se acercó a la puerta sin hacer ruido y preguntó:
—¿Quién está ahí?
Una voz masculina respondió desde el corredor.
—Soy William Harrow.
Margaret reconoció inmediatamente al antiguo guardia de las habitaciones de Ana. Abrió. William entró rápidamente y cerró detrás de sí.
—No enciendas más luces —dijo.
Margaret lo observó.
—¿Qué sucede?
—He venido porque alguien ha estado preguntando por ti.
—¿Quién?
—No lo sé.
—¿Avery?
William negó con la cabeza.
—No.
—Entonces, ¿quién?
El guardia la miró con gravedad.
—Un hombre que llegó esta tarde a Westminster.
—¿Cómo se llama?
—No quiso decirlo.
—¿Y qué buscaba?
William tardó unos segundos en responder.
—A ti.
Margaret sintió que el miedo regresaba, pero esta vez era distinto. Ya no era el miedo de quien sospecha que alguien puede descubrir un secreto. Era el miedo de quien empieza a comprender que el secreto también está buscando a quien lo guarda.
—¿Qué dijo?
—Preguntó si eras la muchacha que servía a Ana Bolena.
Margaret permaneció en silencio.
—¿Y qué le respondiste?
—Que había muchas muchachas que habían servido a la reina.
—Bien.
William bajó la voz.
—No fue suficiente.
—¿Qué quieres decir?
—Me describió tu aspecto.
Margaret sintió un escalofrío.
William continuó:
—Sabía que tenías los ojos verdes. Sabía que tenías una pequeña cicatriz en la mano izquierda. Sabía incluso que solías llevar el cabello recogido de determinada manera.
Margaret miró instintivamente su mano.
—¿Quién puede saber esas cosas?
—Alguien que te ha observado.
El silencio que siguió fue más inquietante que cualquier amenaza. Margaret cerró la caja y la escondió bajo sus ropas.
—William, necesito que me hagas un favor.
—Dime.
—Si vuelven a preguntar por mí, no digas dónde estoy.
—No pensaba hacerlo.
—Y si preguntan por la caja...
William la miró.
—¿Qué caja?
Margaret comprendió que había cometido un error al mencionarla. Pero William no hizo ninguna pregunta.
—Eso mismo responderé —dijo y después salió.
Margaret cerró la puerta y apoyó la espalda contra ella.
Durante unos instantes permaneció allí, intentando recuperar la calma.
La habitación estaba en silencio y, sin embargo, le parecía que todo había cambiado.
El descubrimiento de Edward Vale había abierto una puerta que no sabía cerrar.
Ahora sabía que las iniciales del medallón correspondían probablemente a aquel hombre, pero también sabía que alguien había escrito que Edward Vale no era quien parecía.
Y si Ana había decidido conservar aquella advertencia hasta sus últimos días, debía de haber tenido una razón.
Margaret se acercó a la ventana. Desde allí podía ver las luces dispersas de Londres y, más allá, la oscuridad sobre el río.
Pensó en Ana durante sus últimos días, en la serenidad con la que había entregado la caja, en la forma en que había pronunciado aquellas palabras que entonces parecían incomprensibles: «Sabrás cuándo alguien venga a buscarla».
Margaret había supuesto que Ana hablaba de los hombres que pretendían recuperar sus documentos.
Ahora comenzaba a preguntarse si había querido decir algo más.
Quizá sabía que la búsqueda continuaría después de su muerte.
Quizá sabía que el verdadero peligro no estaba en lo que la caja contenía, sino en lo que podía revelar.
Volvió a abrirla. Colocó el pequeño papel junto a la carta.
Luego escribió en una hoja las palabras que había conseguido reconstruir: Edward Vale.
1534. Documentos de sucesión. Cromwell. La verdad tiene dos nombres. Debajo escribió una última pregunta.
¿Quién era realmente Edward Vale?
Margaret contempló aquellas palabras durante largo rato.
Afuera, las campanas anunciaban una nueva hora y los corredores de Westminster comenzaban a quedar vacíos.
La corte dormía confiada en el futuro de la nueva reina y en el hijo que todos esperaban que naciera.
Pero Margaret sabía que debajo de aquella tranquilidad existía otra historia, una historia hecha de documentos trasladados en secreto, nombres eliminados, hombres que habían desaparecido y una mujer muerta que había previsto que alguien continuaría buscando la verdad después de ella.
Hasta entonces había pensado que Ana le había entregado la caja para preservar un secreto.
Ahora comprendía algo mucho más inquietante: quizá Ana no había confiado en Margaret para esconderlo, sino para descubrirlo.
Y si aquello era cierto, la joven sabía que ya no estaba protegiendo únicamente la memoria de una reina caída; estaba caminando hacia el mismo lugar del que otros habían intentado borrar toda huella, siguiendo un nombre que había sido cuidadosamente arrancado de la historia y que, sin embargo, acababa de regresar a su vida con la fuerza de una amenaza.