El secreto de la reina hereje Capítulo 4. El nombre borrado #2
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Capítulo 4. El nombre borrado #2

No eran letras completas. Parecían los restos de una palabra.

Margaret tomó una hoja y comenzó a dibujar lo que veía.

Había tres trazos verticales y una curva.

Los comparó con la escritura de Ana, recordando la forma en que la reina trazaba determinadas letras y tratando de reconstruir el nombre a partir de aquellos restos incompletos.

La forma de las letras le permitió aventurar una posibilidad.

Podía tratarse de una «E». Después venía algo parecido a una «d».

Y finalmente una letra que podía ser una «w».

Margaret volvió a mirar el medallón: E. V.

Quizá las iniciales no correspondían a la persona cuyo nombre había sido borrado.

Quizá pertenecían a alguien relacionado con ella.

La posibilidad era todavía demasiado débil para considerarla una respuesta, pero bastaba para establecer una nueva conexión entre el documento, la estrella y aquel nombre que alguien había considerado necesario arrancar de la carta de Ana.

Al día siguiente, Nicholas Reed acudió a buscarla. La encontró en un corredor poco transitado y habló sin detenerse.

—He encontrado algo.

Margaret caminó junto a él.

—¿Qué?

—El documento que buscabas no está en Westminster.

—¿Dónde está?

—Eso es lo extraño.

Nicholas bajó la voz.

—Según el registro, fue trasladado en 1534 a una dependencia privada de la Corona.

—¿Por qué?

—No lo sé.

—¿Quién autorizó el traslado?

Nicholas la miró.

—No querrás saberlo.

—Precisamente por eso quiero saberlo.

El joven tragó saliva.

—Thomas Cromwell.

Margaret se detuvo. Nicholas siguió caminando unos pasos antes de darse cuenta de que ella ya no estaba a su lado. Se volvió.

—No he dicho que Cromwell lo destruyera —aclaró—. Solo que autorizó el traslado.

Margaret se acercó de nuevo.

—¿Y después?

—Después no hay registro.

—¿Desapareció?

—Oficialmente, sí.

—¿Y en realidad?

Nicholas la miró con seriedad.

—En realidad, alguien tuvo que llevárselo.

Margaret comprendió que había encontrado la primera conexión sólida entre la carta y la búsqueda de la caja.

Ana había investigado aquellos documentos; Cromwell había intervenido personalmente en su traslado y, después, en algún momento que los registros ya no permitían reconstruir, habían desaparecido de la documentación oficial.

Aquello significaba que la ausencia no era necesariamente una prueba de destrucción, sino también la posibilidad de que alguien hubiera intervenido para retirar los documentos de los lugares donde podían ser encontrados.

Y si alguien había hecho ese esfuerzo, entonces aquello que contenían debía de haber sido considerado suficientemente importante como para justificarlo.

—Nicholas, necesito que hagas una cosa más.

—No.

—Ni siquiera sabes qué voy a pedirte.

—Precisamente.

Margaret casi sonrió.

—Necesito saber quién tenía acceso a esos documentos en 1534.

Nicholas negó con la cabeza.

—Eso puede meternos en problemas.

—Ya estamos metidos en problemas.

El joven la miró durante unos segundos y finalmente suspiró.

—Déjame un día.

—Te esperaré.

Cuando Nicholas se marchó, Margaret permaneció sola en el corredor, intentando ordenar las piezas que acababan de aparecer ante ella.

El documento había existido, había estado relacionado con la sucesión y los derechos dinásticos, había sido trasladado por orden de Cromwell y después había desaparecido de los registros.

No sabía todavía qué contenía ni quién lo había retirado, pero por primera vez tenía algo más que sospechas: tenía una secuencia de hechos que comenzaba a coincidir con las advertencias de Ana.

Entonces escuchó una voz detrás de ella.

—No deberías hacer eso.

Se volvió.

Thomas Avery estaba a pocos pasos.

—¿Hacer qué?

—Buscar documentos que ya no te pertenecen.

Margaret sintió que el miedo se convertía lentamente en enfado.

—Nunca me han pertenecido.

—Entonces deja de buscarlos.

—¿Por qué?

Avery se acercó.

—Porque algunas cosas pueden destruir a quien las encuentra.

—¿Y quién decide qué cosas deben permanecer ocultas?

Avery la miró fijamente.

—Las personas que comprenden las consecuencias.

—¿Y vos las comprendéis?

El hombre guardó silencio.

Margaret sostuvo su mirada.

—Entonces decidme qué contenía el documento.

—No lo sé.

—Mentís.

Avery endureció el rostro.

—Ten cuidado con las acusaciones.

—Y vos tened cuidado con las amenazas.

Avery se apartó.

—Algún día comprenderás que Ana Bolena no murió por una sola razón.

Margaret sintió que aquellas palabras le atravesaban el pensamiento.

—¿Qué queréis decir?

Pero Avery ya se alejaba por el corredor.

Margaret permaneció inmóvil, observándolo desaparecer, mientras las palabras de Avery adquirían un peso que no había tenido ninguna de sus advertencias anteriores.

Había querido obtener una respuesta y, sin embargo, había conseguido algo mucho más inquietante.

Por primera vez alguien había reconocido, aunque de manera indirecta, que la caída de Ana tenía más dimensiones de las que la historia oficial parecía admitir.

No sabía si Avery hablaba desde el conocimiento, desde el miedo o desde la culpa, pero había elegido cuidadosamente sus palabras, y Margaret sabía que un hombre como él no habría pronunciado aquella frase sin comprender que podía cambiar la forma en que ella interpretaba todo lo ocurrido.

Aquella noche Margaret volvió a leer la carta.

Lo hizo lentamente, línea por línea, intentando reconstruir el momento en que Ana la había escrito y buscando en cada palabra alguna señal que pudiera haber pasado inadvertida.

Imaginó a la reina sentada ante una mesa, rodeada de documentos, sabiendo que cada palabra podía ser peligrosa y que incluso el papel podía convertirse en una prueba contra ella.

Imaginó también la mano de alguien arrancando el fragmento donde aparecía un nombre, no con la intención de destruir toda la carta, sino precisamente de eliminar aquello que permitía relacionarla con otra persona.

Después recordó las palabras de Avery: Ana Bolena no murió por una sola razón.

Margaret volvió a mirar las iniciales del medallón y comprendió que todavía no sabía a quién pertenecían, pero ya podía estar segura de que estaban relacionadas con la carta y con aquello que Ana había intentado preservar.

Al acercar el medallón a la vela descubrió algo que hasta entonces había pasado inadvertido.

En el borde interior, justo debajo del grabado, había una inscripción diminuta que apenas podía distinguirse bajo la luz vacilante.

Margaret necesitó varios minutos para descifrarla, girando lentamente el objeto entre los dedos hasta encontrar el ángulo adecuado. Solo consiguió leer cuatro palabras.

«La verdad tiene dos nombres».

Permaneció inmóvil. Después volvió a mirar el lugar donde faltaba el nombre de la carta.

Comprendió entonces que alguien no había arrancado aquella parte para ocultar una simple identidad.

Había eliminado una conexión. Una persona llevaba uno de los nombres; otra, quizá, llevaba el segundo.

Y Ana había dejado el medallón precisamente para que alguien pudiera reconstruir aquello que sus enemigos habían intentado separar.

Aquella posibilidad transformaba el significado de todo lo que Margaret había encontrado hasta entonces, porque ya no se trataba solamente de descubrir quién había sido borrado de una carta, sino de comprender qué relación había unido a ese nombre con el otro y por qué alguien había considerado necesario romper deliberadamente aquella conexión.

Margaret guardó el objeto y la carta dentro de la caja de plata y cerró lentamente la tapa.

Durante unos instantes permaneció sentada en la oscuridad, consciente de que acababa de cruzar una frontera de la que ya no podía regresar.

Había empezado buscando una explicación para las últimas palabras de una reina moribunda, pero ahora sabía que detrás de ellas existía una investigación antigua, un documento desaparecido, un nombre borrado y hombres dispuestos a impedir que alguien volviera a encontrarlo.

Fuera, las campanas de Westminster marcaron la medianoche mientras la corte dormía bajo la autoridad de Enrique VIII y celebraba la promesa de un nuevo heredero.

Margaret, sin embargo, comprendía que cuanto más avanzaba hacia la verdad, más peligroso sería regresar, porque ya no estaba siguiendo únicamente las huellas de Ana, sino también las de aquellos que durante años habían tratado de borrar lo que la reina había descubierto.

La caja de plata ya no era únicamente el legado de Ana Bolena; era una llave, y ella acababa de descubrir que la cerradura que debía abrir llevaba años esperando a alguien que se atreviera a introducirla.