Capítulo 4. El nombre borrado
Durante varias semanas evitó hacer preguntas.
No volvió a visitar a Edmund Harwood y tampoco se acercó a Thomas Avery, procurando mantener con ambos la distancia necesaria para no despertar nuevas sospechas.
Se concentró en sus tareas, cumplió con sus obligaciones y procuró no destacar, convencida de que la mejor forma de sobrevivir en aquella corte era convertirse en alguien a quien nadie considerara digno de atención.
Sin embargo, cuanto más intentaba apartar el asunto de su pensamiento, más presente se hacía.
La carta de Ana seguía abierta sobre su mesa cada noche y Margaret había empezado a copiar cuidadosamente las partes que podía leer, no porque quisiera desafiar las instrucciones de la reina, sino porque comprendía que conservar únicamente el original podía ser un riesgo.
Si alguien encontraba la caja y se la arrebataba, necesitaba recordar al menos el contenido esencial de aquellas palabras.
También había comenzado a dibujar el símbolo del medallón en diferentes hojas, comparándolo con los sellos y emblemas que veía en documentos de la corte y tratando de encontrar alguna correspondencia que pudiera explicar su significado.
Ninguno coincidía exactamente con aquella estrella de ocho puntas rodeada por un círculo, y cada comparación infructuosa aumentaba la sensación de que se encontraba ante algo que había sido deliberadamente apartado de los símbolos que Margaret conocía.
Una tarde, mientras Margaret ayudaba a ordenar varios libros que habían pertenecido a la antigua casa de Ana, encontró un pequeño volumen de oraciones encuadernado en cuero verde.
Lo reconoció inmediatamente porque había visto a la reina utilizarlo años atrás, en momentos en que todavía podía permitirse cierta intimidad entre sus libros y sus pensamientos.
Lo abrió sin esperar encontrar nada, pero entre dos páginas apareció una hoja muy fina, casi transparente, que parecía haber permanecido allí durante años.
Margaret la tomó con cuidado y reconoció enseguida la escritura de Ana.
Se sentó junto a una ventana para aprovechar la luz y leyó.
«No todo lo que se oculta está perdido. Algunas cosas deben esperar».
Debajo aparecía la misma estrella de ocho puntas que había visto en el medallón. Margaret cerró el libro de golpe. Aquello no podía ser casualidad.
Esperó hasta quedarse sola y volvió a abrirlo.
La hoja contenía además una fecha: 1532.
Margaret recordó que aquel había sido el año en que Ana había regresado a Inglaterra después de sus años en Europa y cuando su relación con Enrique comenzaba a adquirir una importancia decisiva, una época en la que todavía no podía imaginarse hasta qué punto su presencia alteraría la corte, la sucesión y el equilibrio político del reino.
Pero ¿qué podía haber sucedido entonces para que Ana necesitara ocultar documentos relacionados con la sucesión?
La pregunta se instaló en la mente de Margaret con una insistencia que ya no podía ignorar.
Guardó la hoja en el libro y decidió buscar información sobre aquella fecha, convencida de que si Ana había escrito aquel mensaje junto a un símbolo que también aparecía en el medallón, la respuesta debía encontrarse en algún lugar de los archivos que todavía no había consultado.
No tuvo que esperar mucho para encontrar una pista.
En una de las bibliotecas secundarias de Westminster, Margaret conocía a un escribiente llamado Nicholas Reed, un joven de unos treinta años que llevaba años copiando documentos administrativos y que, precisamente por ocupar una posición que muchos consideraban insignificante, tenía acceso a registros que podían pasar inadvertidos para quienes buscaban documentos más importantes.
Margaret esperó hasta encontrarlo solo, cuando nadie pudiera escuchar una conversación que ya de por sí sabía que debía mantener en secreto.
—Nicholas, necesito pedirte un favor.
El escribiente levantó la mirada.
—Eso suele significar que quieres algo que no debería darte.
Margaret sonrió.
—Solo necesito consultar unos registros antiguos.
—¿De qué año?
—1532.
Nicholas dejó la pluma sobre la mesa.
—¿Por qué 1532?
—Estoy intentando comprobar algo relacionado con la antigua casa de la reina.
El joven la observó durante unos segundos.
—Margaret, ya no existe ninguna antigua casa de la reina. Existe la casa de la reina Jane.
—Lo sé.
—Entonces no entiendo.
Margaret se inclinó hacia él.
—Precisamente por eso necesito comprobarlo.
Nicholas suspiró y se levantó.
—Ven.
La condujo hasta una sección de los archivos donde se almacenaban registros de correspondencia y documentos administrativos.
Durante casi una hora revisaron diferentes volúmenes, pasando páginas envejecidas y examinando anotaciones que, en su mayoría, no tenían relación alguna con aquello que Margaret buscaba.
Ella buscaba referencias a Ana, a la sucesión y a cualquier documento relacionado con 1532, tratando de encontrar una coincidencia entre aquella fecha, la estrella de ocho puntas y los documentos que habían desaparecido.
La mayoría de los registros eran completamente irrelevantes, simples asuntos administrativos que habían sobrevivido al paso del tiempo sin que nadie tuviera ya interés en ellos.
Sin embargo, poco antes de abandonar la biblioteca, Nicholas encontró una anotación que hizo que su mano se detuviera sobre la página.
—Aquí.
Margaret se acercó.
En el margen de un registro aparecía una referencia a una correspondencia privada trasladada desde Westminster a una dependencia de la Corona. No se indicaba su contenido. Solo aparecía una breve descripción: «Papeles relativos a la sucesión y a derechos dinásticos».
Margaret sintió un escalofrío.
—¿Dónde está ese documento?
Nicholas negó con la cabeza.
—Aquí no.
—¿Dónde entonces?
—No lo sé.
—¿Puedes averiguarlo?
Nicholas la miró con preocupación.
—Puedo intentarlo.
—Hazlo.
—Margaret...
—Por favor.
El joven cerró el registro.
—Volveré a buscar mañana.
—Gracias.
Nicholas guardó el volumen y añadió:
—Pero no vuelvas a preguntarme por esto delante de nadie.
Margaret asintió.
—Lo prometo.
Aquella noche, mientras regresaba a sus aposentos, Margaret tuvo la sensación de que alguien la seguía.
No podía ver a nadie detrás de ella, pero escuchaba pasos que parecían mantener la misma distancia, acompasándose con los suyos a medida que avanzaba por los corredores.
Aceleró el paso y, casi inmediatamente, los pasos también lo hicieron.
El eco de las pisadas se mezclaba con el silencio nocturno de Westminster y hacía imposible determinar con certeza de dónde procedían, pero Margaret ya había aprendido que el miedo no siempre necesitaba una prueba visible para ser real.
Giró por un corredor lateral y se escondió detrás de una columna.
Esperó, conteniendo la respiración mientras escuchaba.
Un hombre apareció al fondo. Era Thomas Avery.
Margaret permaneció inmóvil hasta que él desapareció por otro corredor.
No sabía si la había seguido deliberadamente o si simplemente se trataba de una coincidencia, pero después de lo ocurrido en la capilla ya no creía demasiado en las coincidencias.
La presencia de Avery en aquel lugar, precisamente después de haber comenzado a investigar los documentos relacionados con la sucesión, era suficiente para mantenerla alerta.
Al llegar a su habitación encontró a Eleanor esperándola.
—¿Dónde estabas? —preguntó su amiga.
—En la biblioteca.
—¿Buscando qué?
Margaret cerró la puerta.
—Información sobre Ana.
Eleanor se puso de pie.
—Te dije que dejaras de hacer preguntas.
—Y yo te dije que alguien está buscando la caja.
Eleanor guardó silencio.
—¿Qué has descubierto? —preguntó finalmente.
Margaret dudó antes de responder.
—Que Ana estaba investigando algo relacionado con la sucesión desde antes de convertirse en reina.
Eleanor palideció.
—¿Cómo lo sabes?
—He encontrado registros.
—¿Y quién más sabe que los has encontrado?
—Nadie.
Eleanor se acercó a ella.
—Margaret, escucha. No sé qué has encontrado exactamente, pero debes tener cuidado.
—¿Por qué?
—Porque hace dos días alguien preguntó por ti.
Margaret sintió un escalofrío.
—¿Quién?
—No lo sé.
—Eleanor.
—Te juro que no lo sé. Preguntaron dónde dormías, con quién hablabas y cuánto tiempo habías servido a Ana.
Margaret permaneció en silencio. La información confirmó una sospecha que hasta entonces había intentado mantener apartada de su pensamiento: ya no se trataba únicamente de hombres interesados en una caja o en unos documentos desaparecidos.
Alguien había comenzado a reconstruir su vida, sus relaciones y el tiempo que había pasado junto a Ana, como si intentara determinar qué podía saber y hasta dónde había llegado en sus investigaciones.
—¿Qué respondiste?
—Que eras una muchacha sin importancia.
Margaret sonrió con tristeza.
—Quizá eso sea precisamente lo que nos mantenga con vida.
Eleanor no sonrió.
—No estoy segura de que siga siendo suficiente.
Aquella noche Margaret decidió abrir la caja una vez más.
Esperó hasta estar segura de que nadie podía entrar en sus aposentos y colocó la carta sobre la mesa, examinando con detenimiento el lugar donde había sido arrancado el nombre.
Utilizó una pequeña lupa y acercó el papel a la luz, buscando cualquier irregularidad que pudiera haber pasado inadvertida en las primeras ocasiones.
Durante varios minutos no encontró nada.
Después, al cambiar ligeramente el ángulo del papel, distinguió unas pequeñas marcas en la parte inferior del fragmento restante.
No eran letras completas, sino restos apenas visibles que parecían haber sobrevivido al desgarro.