Capítulo 3. Después de la ejecución #2
—Porque si alguien te ha seguido, esta casa dejará de ser segura.
Margaret se volvió.
—¿Creéis que me siguen?
Harwood permaneció unos segundos en silencio.
—Creo que desde la muerte de Ana hay demasiadas personas haciendo preguntas.
Margaret salió de la casa con una sensación de inquietud que no desapareció durante el viaje de regreso.
La conversación había confirmado algo que hasta entonces solo sospechaba: Ana había estado investigando un asunto relacionado con la sucesión mucho antes de su caída y algunas personas habían considerado necesario impedir que esa investigación continuara.
Cuando llegó a Londres, encontró la corte transformada por una nueva noticia.
Jane Seymour estaba embarazada. La alegría se extendió por el palacio inmediatamente.
Los nobles comenzaron a hablar del futuro heredero y Enrique parecía más satisfecho que en mucho tiempo.
Margaret observaba aquellas celebraciones desde una posición discreta y no podía evitar pensar en la carta.
La cuestión del heredero había sido importante antes de la caída de Ana y ahora volvía a ocupar el centro de la política del reino.
La sucesión ya no era solamente una preocupación de la familia real.
Era una cuestión capaz de determinar alianzas, títulos, matrimonios y destinos.
Una tarde, mientras Margaret caminaba por una galería, volvió a encontrarse con Thomas Avery.
—Lady Vale.
Margaret se detuvo.
—Señor Avery.
—Hace unos días estuvimos hablando.
—Lo recuerdo.
Avery caminó a su lado.
—Me han dicho que has estado haciendo preguntas.
Margaret sintió que el corazón se le aceleraba, pero no modificó el paso.
—Pregunto muchas cosas. Es parte de mi trabajo.
—No todas las preguntas son inocentes.
—Tampoco todas las respuestas lo son.
Avery sonrió.
—Ten cuidado, Margaret.
Ella se detuvo.
—¿Eso es una amenaza?
—Es un consejo.
—No necesito consejos de un hombre que busca las pertenencias de una reina muerta.
Avery dejó de sonreír.
—Hay cosas que es mejor que permanezcan enterradas.
Margaret sostuvo su mirada.
—Entonces quizá deberíais dejar de buscarlas.
Avery se acercó ligeramente.
—No sabes lo que estás diciendo.
—Eso es posible.
—Y si descubres algo, tampoco sabrás qué hacer con ello.
Después de decirlo, Avery se apartó y siguió caminando por la galería. Margaret permaneció quieta unos segundos antes de continuar en dirección contraria. Ya no tenía dudas. El hombre sabía que ella estaba buscando respuestas.
Esa noche decidió que debía trasladar la caja.
La envolvió en una tela, esperó hasta que todos durmieran y salió de sus aposentos.
Recorrió un corredor secundario y llegó hasta una pequeña capilla utilizada por los miembros de la corte.
Allí encontró un espacio oculto detrás de una piedra suelta, un lugar que había descubierto años atrás junto a otra de las damas de Ana.
Introdujo la caja en el hueco y volvió a colocar la piedra.
Sin embargo, cuando estaba a punto de marcharse, escuchó voces al otro lado de la puerta. Se escondió detrás de una columna. Dos hombres entraron en la capilla.
—¿La has encontrado? —preguntó uno.
—Todavía no.
—Entonces sigue buscando.
—He interrogado a varios miembros de la antigua casa de la reina.
—¿Y Margaret Vale?
Margaret sintió que el corazón se detenía.
—No parece saber nada.
—¿Estás seguro?
—Por ahora.
Los hombres guardaron silencio.
—No podemos permitir que aparezca ese documento —dijo finalmente el primero—. Si existe, debe desaparecer antes de que alguien comprenda lo que contiene.
Los pasos comenzaron a alejarse. Margaret esperó hasta que la puerta se cerró y permaneció escondida durante varios minutos.
Después salió lentamente de detrás de la columna.
Había escuchado suficiente para comprender que ya no se trataba de una sospecha.
Había hombres buscando la carta y sabían su nombre.
Regresó a sus aposentos cuando faltaba poco para el amanecer.
Sacó la caja del escondite de la capilla y volvió a guardarla junto a sus pertenencias.
Aquella misma noche había comprendido algo que le cambió por completo la forma de mirar lo ocurrido.
Ana no había entregado la caja a Margaret porque fuera la persona más cercana a ella, ni porque fuera especialmente valiente.
La había elegido precisamente porque nadie consideraría importante a una joven dama de compañía.
Había convertido su aparente insignificancia en una protección.
Pero aquella protección empezaba a desaparecer.
Margaret se sentó junto a la ventana mientras el cielo comenzaba a aclararse sobre Londres.
Pensó en Ana, en su última conversación y en la advertencia que había pronunciado antes de morir.
«Lo sabrás cuando alguien venga a buscarla».
Ahora sabía que alguien había venido. También sabía que la persona que había ordenado aquella búsqueda no estaba interesada en un simple recuerdo de la reina.
Querían impedir que un documento saliera a la luz.
Margaret abrió la caja una vez más, tomó la carta y contempló el lugar donde faltaba el nombre.
Después miró el medallón, cuyas iniciales seguían siendo un misterio.
Por primera vez sintió que aquellas dos piezas no eran simplemente pistas, sino partes de una historia que alguien había intentado romper deliberadamente.
Y mientras guardaba de nuevo los objetos, comprendió que ya no podía limitarse a proteger el secreto de Ana: si quería sobrevivir, tendría que descubrir qué había detrás de él antes de que quienes llevaban años intentando enterrarlo descubrieran dónde estaba escondido.