Capítulo 3. Después de la ejecución
Los días posteriores a la muerte de Ana Bolena fueron pasando con una rapidez que a Margaret le resultaba casi ofensiva.
La corte no se había detenido para llorar a la mujer que durante tres años había sido reina de Inglaterra; por el contrario, parecía haber acelerado el ritmo para demostrar que nada había ocurrido.
Los preparativos para el matrimonio de Enrique VIII con Jane Seymour avanzaban mientras todavía quedaban en los corredores algunos objetos que habían pertenecido a Ana.
Los criados retiraban tapices, cambiaban muebles de una estancia a otra y transportaban cofres hacia los almacenes de la Corona.
Allí donde pocos días antes había habido vestidos de seda, libros, perfumes y joyas, quedaban ahora paredes desnudas y espacios vacíos.
Margaret observaba aquel proceso desde la distancia, intentando no llamar la atención y evitando, sobre todo, acercarse demasiado a los lugares donde sabía que se estaban realizando inventarios.
La caja de plata permanecía oculta bajo una tabla del suelo de sus aposentos, pero cada vez que pensaba en ella sentía que llevaba una carga mucho mayor que su tamaño.
Eleanor Finch fue la primera en advertirle que debía tener cuidado. La encontró una mañana en una galería próxima a las antiguas habitaciones de Ana y la tomó discretamente del brazo antes de que pudiera continuar.
—No vuelvas a hablar con ese hombre —dijo.
Margaret miró a su alrededor.
—¿Avery?
—Sí.
—Él me habló a mí.
—Entonces evita que vuelva a hacerlo.
Margaret frunció el ceño.
—¿Sabes algo de él?
Eleanor dudó antes de responder.
—Sé que lleva años trabajando con documentos de la Corona y que ha servido a hombres que ahora tienen mucho poder.
—Eso no significa que sea peligroso.
—En esta corte, Margaret, no necesitas que alguien sea peligroso para estar en peligro.
Eleanor soltó su brazo y continuó caminando.
Margaret permaneció unos segundos quieta antes de seguirla.
Sabía que su amiga tenía razón, pero también comprendía que ya no podía limitarse a esconder la caja y esperar que el problema desapareciera.
Avery había preguntado por ella directamente.
Eso significaba que alguien sabía que existía y que, probablemente, conocía suficiente información sobre el antiguo círculo de Ana como para saber que la reina había confiado algo a otra persona antes de morir.
Pocos días después, Enrique VIII anunció formalmente sus intenciones de casarse con Jane Seymour.
La noticia fue recibida con muestras de alegría por una corte que apenas parecía recordar que el rey había tenido una esposa hasta hacía unas semanas.
Margaret asistió a uno de los actos en los que Jane apareció públicamente junto al monarca.
Desde cierta distancia pudo observarla con atención.
La nueva favorita del rey no poseía la seguridad de Ana ni su afición por las discusiones políticas, pero había aprendido rápidamente a moverse en el entorno peligroso que la rodeaba.
Cuando un noble se acercaba, Jane sonreía; cuando alguien intentaba obtener de ella una opinión comprometida, respondía con prudencia.
Margaret se preguntó si aquella serenidad era natural o si Jane había comprendido que, después de lo ocurrido con Ana, cualquier palabra podía convertirse en un arma contra ella.
Cuando el acto terminó, Margaret se encontró inesperadamente cerca de Jane. La nueva reina, todavía no coronada, reparó en ella.
—Tú servías a la reina Ana, ¿verdad?
Margaret hizo una reverencia.
—Sí, señora.
Jane la observó durante unos segundos.
—Debió de ser difícil para ti.
Margaret levantó la mirada.
—Lo ha sido.
Jane pareció querer decir algo más, pero se contuvo.
—¿La querías?
La pregunta sorprendió a Margaret.
—Sí.
Jane bajó los ojos.
—Entonces debes de pensar que la odio.
Margaret no respondió inmediatamente. Sabía que cualquier respuesta podía resultar peligrosa.
—No me corresponde pensar eso de vos.
Jane sonrió con tristeza.
—Una respuesta muy prudente.
—He aprendido a serlo.
Jane sostuvo su mirada unos segundos más y después continuó caminando acompañada por dos damas. Margaret la observó alejarse y no supo qué pensar de aquella conversación. No había percibido hostilidad en la nueva reina. Tampoco complicidad. Solo una especie de cautela que le resultó familiar.
Aquella noche, Margaret volvió a sacar la caja de plata.
La conversación con Jane había despertado en ella una duda que no había considerado antes.
Si la nueva reina sabía algo sobre Ana, quizá podía existir una posibilidad de averiguar qué había ocurrido realmente.
Pero inmediatamente descartó la idea. No podía confiar en nadie.
Ana se lo había advertido y los acontecimientos de las últimas semanas habían demostrado que incluso las personas aparentemente inocentes podían estar atrapadas en la misma red de intereses.
Abrió la carta y volvió a estudiar el fragmento que faltaba.
Había empezado a memorizar algunas de las frases, pero quería encontrar alguna pista adicional.
Utilizó una pequeña lente que había pertenecido a uno de los antiguos secretarios de Ana y examinó los bordes del papel.
Después de varios minutos descubrió algo que no había visto antes.
En la parte inferior había una pequeña mancha de tinta con forma irregular.
Parecía un accidente, pero cuando inclinó el papel pudo distinguir debajo de ella una palabra casi borrada.
«Westminster».
Margaret se quedó inmóvil. Volvió a leer la línea anterior y después la siguiente.
La palabra aparecía junto a una fecha que correspondía a un periodo anterior al nacimiento de Isabel.
Eso significaba que el asunto al que se refería Ana no había comenzado durante los últimos meses de su reinado. Era algo mucho más antiguo.
Margaret se levantó y comenzó a caminar por la habitación. Westminster. Documentos. Sucesión. El nombre eliminado. Las iniciales del medallón. Todo parecía formar parte de un mismo asunto, pero faltaba una pieza que permitiera comprenderlo.
Al día siguiente decidió buscar a alguien que pudiera ayudarla.
No podía preguntar directamente por la carta, así que necesitaba encontrar a una persona que hubiera conocido bien los archivos de Ana.
Recordó entonces a Edmund Harwood, un antiguo secretario que había trabajado durante años para la reina y que había desaparecido de la corte poco después de la caída de su señora.
Margaret había oído que vivía en una pequeña propiedad al norte de Londres y que todavía conservaba relaciones con algunos antiguos servidores de Ana.
Encontrarlo no fue sencillo. Durante dos días tuvo que preguntar discretamente por él sin mencionar su verdadero interés.
Finalmente consiguió que un antiguo criado le proporcionara una dirección.
Margaret esperó hasta disponer de una tarde libre y abandonó el palacio acompañada por una mujer que podía pasar por su pariente.
El viaje fue incómodo y silencioso. A medida que se alejaban de Westminster, Margaret sentía que la presión de la corte disminuía, aunque sabía que no podía considerarse completamente segura fuera de sus muros.
La casa de Harwood era pequeña y estaba rodeada de árboles. El antiguo secretario abrió personalmente la puerta. Era un hombre de unos cincuenta años, delgado, con cabello gris y un rostro marcado por el cansancio. Cuando reconoció a Margaret, permaneció inmóvil durante unos segundos.
—Tú eres Margaret Vale.
—Sí.
—Pensé que ya no quedaba nadie de la casa de la reina que quisiera hablar conmigo.
Margaret bajó la mirada.
—Quizá por eso he venido.
Harwood abrió más la puerta.
—Entra.
La condujo hasta una pequeña habitación donde había estanterías llenas de libros y documentos. Una chimenea apagada ocupaba una de las paredes. Margaret se sentó mientras el hombre cerraba las contraventanas.
—¿Quién sabe que estás aquí? —preguntó.
—Nadie.
—Eso espero.
Margaret lo miró.
—Necesito preguntaros algo sobre la reina.
Harwood permaneció de pie.
—Pregúntame.
—¿Ana estaba investigando documentos relacionados con la sucesión?
El antiguo secretario no respondió inmediatamente. Su rostro cambió ligeramente.
—¿Por qué preguntas eso?
—Porque creo que dejó algo que tenía relación con ese asunto.
Harwood se acercó a la ventana.
—¿Qué dejó?
Margaret dudó.
—Una carta.
El hombre cerró los ojos durante unos segundos.
—¿La tienes?
Margaret no respondió. Harwood se volvió.
—Eso significa que sí.
—¿Sabíais que existía?
—Sabía que Ana había escrito algo.
—¿Sobre qué?
Harwood caminó lentamente hacia la mesa.
—Sobre una cuestión que podía resultar peligrosa incluso para una reina.
—¿Qué cuestión?
El hombre la observó con gravedad.
—La sucesión no siempre ha sido tan sencilla como el rey quiere que la corte crea.
Margaret sintió un escalofrío.
—¿Qué significa eso?
—Significa que antes de que Ana llegara al poder ya existían personas preocupadas por quién tenía derecho a heredar Inglaterra.
—¿Y qué tenía que ver ella con eso?
Harwood bajó la voz.
—Más de lo que debería.
Margaret se inclinó hacia él.
—¿Quién era la persona cuyo nombre aparece borrado?
Harwood no respondió.
—Necesito saberlo.
—No.
—Si no me lo decís, no podré entender por qué me entregó la carta.
Harwood la miró durante unos segundos.
—Quizá no te la entregó para que la entendieras.
—Entonces, ¿para qué?
—Para que sobreviviera.
Aquellas palabras dejaron a Margaret en silencio. Harwood se acercó a una de las estanterías y sacó un pequeño libro encuadernado en cuero.
—Ana sabía que determinados documentos iban a desaparecer.
—¿Quién iba a destruirlos?
—No lo sé.
—¿No lo sabéis o no queréis decírmelo?
El hombre la miró con severidad.
—Ambas cosas pueden ser ciertas.
Margaret comprendió que no conseguiría más información aquella tarde. Se levantó y se acercó a la puerta.
—Si recordáis algo más, buscadme.
Harwood negó con la cabeza.
—No vuelvas aquí.
—¿Por qué?