El secreto de la reina hereje Capítulo 2. La caja de plata #2
12%

Capítulo 2. La caja de plata #2

Eleanor abrió la puerta y se marchó. Margaret esperó hasta escuchar sus pasos desaparecer antes de regresar a la mesa.

La advertencia había cambiado completamente el significado de la caja.

Hasta ese momento había pensado que Ana se la había entregado para conservar un recuerdo o proteger un documento.

Ahora sabía que alguien la estaba buscando.

A la mañana siguiente, Margaret acudió a sus obligaciones como si nada hubiera ocurrido.

La corte se encontraba inmersa en los preparativos del matrimonio del rey con Jane Seymour y todo el mundo parecía concentrado en el futuro.

Margaret observó por primera vez a la mujer que estaba a punto de convertirse en reina.

Jane era rubia, de piel clara y expresión serena.

No poseía la presencia magnética de Ana, pero había algo en su manera de moverse que atraía la atención de quienes la rodeaban.

No parecía necesitar imponerse. El simple hecho de haber sido elegida por Enrique bastaba para convertirla en el centro de la corte.

Mientras Margaret atravesaba una galería, escuchó a dos funcionarios conversando cerca de una ventana.

—El rey quiere que todo esté preparado cuanto antes —dijo uno.

—Lo estará.

—¿Y los documentos de la antigua reina?

—Todavía están revisándolos.

—¿Habéis encontrado la correspondencia?

—Parte de ella.

—¿Y lo demás?

El segundo hombre negó con la cabeza.

—Todavía no.

Margaret continuó caminando sin volver la cabeza. Aquellas palabras confirmaban sus temores. No estaban buscando únicamente objetos personales. Buscaban documentos.

Aquella tarde, cuando regresó a sus aposentos, encontró a un hombre esperando en el corredor.

Era alto y delgado, de unos cuarenta años, vestido completamente de negro. Tenía el cabello oscuro, barba corta y una mirada tranquila que contrastaba con la intensidad con que observaba a quienes pasaban. Margaret supo inmediatamente que era Thomas Avery.

—Lady Vale.

Margaret se detuvo.

—¿Sí?

Avery hizo una pequeña inclinación de cabeza.

—Me han dicho que serviste a la reina.

—Así es.

—Durante cuánto tiempo?

—Casi cuatro años.

—Debiste conocerla bien.

Margaret sintió que aquella conversación no era casual.

—La conocía como conoce una dama a la mujer para la que trabaja.

Avery sonrió ligeramente.

—Una respuesta prudente.

—Es la única que puedo darle.

El hombre la observó durante unos segundos.

—Estamos buscando algunas pertenencias de la reina.

—Después de su muerte, muchas cosas han sido inventariadas.

—No todas.

Margaret guardó silencio.

—Una caja de plata —continuó Avery—. Pequeña. Con un grabado en la tapa.

Margaret sintió que el corazón le golpeaba el pecho.

—No sé nada de ella.

Avery la miró directamente.

—Quizá no.

—¿Hay alguna razón para que deba saberlo?

—Solo quiero encontrarla.

—Entonces quizá deberíais preguntar a quienes tenían acceso a las habitaciones de la reina.

Avery dejó escapar una breve sonrisa.

—Eso estamos haciendo.

Después de decirlo, se apartó para dejarla pasar. Margaret entró en su habitación sin volver la cabeza, cerró la puerta y permaneció apoyada contra ella durante unos segundos. Solo cuando estuvo segura de que Avery se había marchado se atrevió a respirar con normalidad.

Aquella noche no volvió a dormir.

Sacó la caja y la colocó sobre la mesa. La abrió y observó nuevamente el medallón y la carta.

Ahora todo parecía diferente. Las palabras de Ana, las iniciales «E.

V.», el nombre arrancado y la búsqueda de Avery formaban parte de una misma historia que Margaret todavía no podía reconstruir.

Pero había comprendido algo fundamental: Ana sabía que alguien iría detrás de aquellos documentos después de su muerte.

Por eso había elegido a una joven sin poder, sin fortuna y aparentemente insignificante para guardar aquello que los hombres poderosos no habían conseguido encontrar.

Margaret tomó la carta y volvió a leerla lentamente.

Esta vez no buscó solamente el significado de las palabras.

Buscó señales. Marcas. Algo que pudiera indicarle por qué Ana había guardado aquel documento.

Al acercarlo a la vela descubrió una pequeña anotación en el margen inferior, casi invisible.

Eran tres letras y una fecha. Las copió sobre otro papel y las contempló durante varios minutos.

Después tomó el medallón y comprobó que el símbolo grabado en él aparecía también, aunque de forma mucho más tenue, en una esquina de la carta. No era una coincidencia.

Margaret comprendió que Ana había dejado aquellas marcas para que alguien pudiera relacionar ambos objetos. Y si la reina había tenido tiempo de prepararlo todo antes de morir, entonces aquello significaba que había sabido con bastante anticipación que podía acabar condenada.

La idea la estremeció. Ana había sabido que podía morir. Había preparado la caja. Había ocultado una parte de la carta. Había elegido a Margaret. Y alguien, quizá incluso antes de que la reina subiera al cadalso, había estado intentando encontrar exactamente aquello que ahora ella escondía.

Margaret cerró la caja y permaneció con las manos apoyadas sobre la tapa.

Durante unos segundos recordó a Ana sentada junto a la ventana, hablando de Isabel y de la historia que otros escribirían después de su muerte.

Entonces comprendió que la reina no había intentado salvarse a sí misma.

Había intentado salvar algo que consideraba más importante que su propia vida.

Margaret tomó la caja, apagó la vela y la ocultó bajo una tabla del suelo, pero esta vez supo que aquel escondite no podía durar para siempre.

Alguien ya sabía que existía. Alguien había comenzado a buscarla.

Y mientras permanecía a oscuras, escuchando los pasos de los guardias al otro lado de la puerta, Margaret comprendió que la pregunta ya no era qué contenía la caja de plata, sino qué verdad había llevado a Ana Bolena a confiarle aquel secreto precisamente en los últimos momentos de su vida.