El secreto de la reina hereje Capítulo 2. La caja de plata
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Capítulo 2. La caja de plata

Durante los días que siguieron a la ejecución de Ana Bolena, Margaret descubrió que la corte podía acostumbrarse a una muerte con una rapidez que resultaba casi más inquietante que la propia muerte.

Las habitaciones de la reina habían comenzado a vaciarse antes de que el eco de su ejecución se hubiera apagado por completo.

Sus vestidos eran retirados de los armarios, sus libros pasaban a manos de funcionarios y sus objetos personales eran clasificados con una precisión fría, como si la mujer que había ocupado aquellos aposentos durante años hubiera dejado de ser una persona para convertirse en una relación de bienes pertenecientes a la Corona.

Los retratos desaparecían de las paredes y las conversaciones sobre ella eran cada vez menos frecuentes.

Incluso algunas mujeres que habían compartido sus confidencias evitaban mencionar su nombre.

Margaret observaba aquel proceso con una sensación de vacío que no podía explicar y, al mismo tiempo, con el miedo constante de llevar consigo la única cosa que parecía haber sobrevivido a aquella limpieza: la pequeña caja de plata que Ana le había entregado antes de morir.

La había escondido bajo una tabla del suelo de sus aposentos, envuelta en un trozo de tela que utilizaba para guardar algunas cartas antiguas.

No era un escondite perfecto, pero resultaba discreto y, sobre todo, nadie sabía que existía.

Durante dos noches Margaret consiguió convencerse de que no debía abrirla.

La promesa que había hecho a Ana pesaba sobre ella, y aunque la reina le había dicho que podía hacerlo cuando estuviera sola, Margaret interpretaba aquellas palabras como una advertencia.

Sin embargo, la curiosidad comenzó a luchar contra el miedo.

Cada vez que pensaba en la carta incompleta, en el medallón y en las palabras de Ana acerca de documentos que podían desaparecer, sentía que estaba viviendo junto a una puerta cerrada detrás de la cual se encontraba una parte de la historia que nadie quería que ella conociera.

La tercera noche no pudo resistir más. Esperó hasta que el palacio quedó en silencio, cerró la puerta de sus aposentos y corrió el pestillo.

Encendió dos velas y las colocó a ambos lados de la mesa para disponer de suficiente luz.

Después se arrodilló, levantó cuidadosamente la tabla y sacó la caja.

Durante unos segundos permaneció con ella entre las manos.

La plata estaba fría y tenía pequeñas marcas de desgaste alrededor de la cerradura.

Margaret volvió a recordar las manos de Ana sosteniéndola, el tono de su voz y aquella extraña insistencia en que no confiara en nadie que quisiera saber demasiado deprisa. Finalmente levantó la tapa.

La carta estaba doblada en cuatro partes y debajo había un medallón.

Margaret tomó primero la joya. Era pequeña y de forma ovalada, sin piedras preciosas ni adornos propios de una pieza destinada a ser exhibida.

Parecía más bien un objeto personal que alguien había llevado consigo durante mucho tiempo.

En una de sus caras había una figura semejante a una estrella de ocho puntas rodeada por un círculo.

Margaret no reconoció el símbolo. Le dio la vuelta y acercó el medallón a la llama.

En el reverso había dos letras grabadas con una precisión extraordinaria: E. V.

—¿Quién eres? —murmuró sin darse cuenta.

Su propia voz sonó extraña en la habitación vacía.

Margaret dejó el medallón sobre la mesa y tomó la carta.

En cuanto vio la primera línea reconoció la escritura de Ana.

Había visto aquella letra durante años en notas, instrucciones y cartas destinadas a los miembros de su casa.

La inclinación de las palabras, la forma de algunas letras y las pequeñas correcciones realizadas sobre la marcha no dejaban lugar a dudas.

Ana había escrito aquello personalmente.

La primera frase estaba incompleta.

«Si estas palabras llegan a manos de alguien que no sea...»

Margaret acercó el papel a la vela. El resto había desaparecido porque una parte de la hoja había sido arrancada cuidadosamente. El corte no era irregular. Alguien había retirado un fragmento concreto del documento.

—¿Quién te ha hecho esto? —preguntó en voz baja.

Siguió leyendo. Ana mencionaba una conversación ocurrida años atrás, un documento que debía conservarse y una persona cuyo nombre no aparecía.

En varias líneas había referencias a la sucesión y, en una de ellas, Margaret consiguió distinguir las palabras «la cuestión del heredero».

Más abajo aparecía una fecha correspondiente a los primeros años del matrimonio de Ana con Enrique.

El final estaba deteriorado y algunas palabras eran imposibles de leer.

Margaret extendió el papel completamente y lo estudió durante varios minutos.

La carta no tenía el tono de una despedida.

Ana no hablaba de sus sentimientos ni de su matrimonio.

Tampoco mencionaba directamente las acusaciones que habían provocado su condena.

Aquello parecía otra cosa. Una especie de registro de hechos que alguien había considerado suficientemente importante como para dejarlo por escrito.

Margaret volvió al principio. Leyó una segunda vez. Después una tercera. Fue entonces cuando descubrió una frase que en la primera lectura le había pasado inadvertida: «No permitáis que se confunda la verdad con aquello que conviene que el reino recuerde».

Margaret dejó el papel sobre la mesa. Aquella frase la inquietó más que cualquier otra.

Ana sabía que después de su muerte otros decidirían qué debía recordarse de ella.

Pero si la carta estaba relacionada con la sucesión, ¿por qué había alguien interesado en ocultar un nombre?

¿Qué podía haber ocurrido años atrás que todavía pudiera poner en peligro a hombres poderosos?

Margaret intentó ordenar sus pensamientos, pero cuanto más analizaba el contenido de la carta, más preguntas aparecían.

Tomó de nuevo el medallón. Las iniciales seguían siendo «E.

V.». Intentó relacionarlas con las personas que habían formado parte de la corte durante los últimos años.

Recordó nombres de secretarios, embajadores, clérigos y nobles.

Ninguno le pareció inmediatamente evidente.

Quizá no se trataba de un nombre. Podían ser las iniciales de una casa, de un lugar o incluso de alguien que Ana había conocido mucho antes de convertirse en reina.

Margaret estaba a punto de guardar nuevamente el medallón cuando escuchó pasos. Se quedó inmóvil. Los pasos se aproximaron por el corredor. Alguien se detuvo frente a su puerta.

Margaret apagó una de las velas y permaneció completamente quieta. El corazón comenzó a latirle con tanta fuerza que temió que pudiera escucharse desde el otro lado de la madera. Los pasos permanecieron allí durante varios segundos. Después alguien llamó suavemente.

—¿Margaret?

Reconoció la voz de Eleanor Finch. Margaret tardó unos segundos en responder.

—¿Sí?

—Soy yo.

—¿Qué quieres?

—Necesito hablar contigo.

Margaret miró la caja abierta sobre la mesa. Cerró rápidamente la carta, colocó el medallón dentro y escondió ambos objetos bajo una prenda que había dejado sobre una silla. Después abrió la puerta solo lo suficiente para que Eleanor pudiera entrar.

—¿Qué ocurre? —preguntó Margaret.

Eleanor entró y cerró detrás de sí.

—Han estado preguntando por algunas cosas de la antigua casa de la reina.

Margaret sintió que el cuerpo se le tensaba.

—¿Qué cosas?

—Cartas. Papeles. Objetos personales.

—¿Quién pregunta?

Eleanor dudó.

—No lo sé.

—Sí lo sabes.

Eleanor la miró durante unos segundos y finalmente bajó la voz.

—Hay hombres revisando todo lo que perteneció a Ana. Algunos estuvieron relacionados con Cromwell.

Margaret no respondió. Thomas Cromwell era una de las figuras más poderosas de la corte y uno de los hombres cuya influencia había aumentado enormemente durante la caída de Ana. Margaret sabía que no podía permitirse pronunciar acusaciones contra él, pero tampoco podía ignorar la información.

—¿Han encontrado algo? —preguntó.

—Eso es lo que quieren saber.

—¿Por qué?

Eleanor se acercó a ella.

—Porque creen que Ana guardaba documentos que podían comprometer a determinadas personas.

Margaret sintió que la habitación se volvía más pequeña.

—¿Qué personas?

—No lo sé.

Eleanor hizo una pausa y añadió:

—Pero hay un hombre que está haciendo preguntas personalmente.

—¿Quién?

—Thomas Avery.

Margaret reconoció inmediatamente el nombre. Lo había escuchado alguna vez relacionado con la administración de documentos de la Corona, aunque nunca había tratado directamente con él.

—¿Qué quiere?

—No lo sé —respondió Eleanor—. Pero preguntó específicamente por una caja.

Margaret permaneció inmóvil.

—¿Qué caja?

Eleanor la miró.

—Una caja pequeña de plata.

Durante un instante ninguna de las dos habló.

—¿Estás segura? —preguntó finalmente Margaret.

—Eso fue exactamente lo que dijo.

Margaret tuvo que contener el impulso de mirar hacia la mesa. Eleanor lo habría entendido inmediatamente.

—¿Y qué hiciste?

—Le dije que no sabía nada.

—Bien.

Eleanor observó su rostro con atención.

—Margaret, ¿sabes algo?

—No.

La respuesta salió demasiado deprisa. Eleanor mantuvo la mirada sobre ella.

—¿Estás segura?

Margaret respiró profundamente antes de responder.

—Estoy segura de que quiero seguir viva.

Eleanor pareció comprender que no obtendría una respuesta mejor. Se acercó a la puerta.

—Entonces hazme caso. No preguntes demasiado.

—¿Por qué?

—Porque las personas que preguntan demasiado en esta corte suelen acabar teniendo que explicar por qué lo hicieron.