El secreto de la reina hereje Capítulo 1. La caída de Ana Bolena
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El secreto de la reina hereje

El secreto de la reina hereje

Por Ines de Aranda

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Capítulo 1. La caída de Ana Bolena

Unos golpes discretos en la puerta la hicieron volverse.

Margaret abrió y encontró a Eleanor Finch, otra de las mujeres que habían servido durante años en la casa de la reina.

Eleanor era cinco años mayor, de rostro redondo y cabello rubio oscuro, y tenía esa capacidad de hablar incluso cuando el miedo aconsejaba permanecer en silencio. Entró rápidamente y cerró detrás de sí.

—Han enviado a buscar a la reina —dijo Eleanor, acercándose a Margaret—. Dicen que quieren prepararla.

Margaret sintió que se le cerraba el estómago y apartó la mirada de la ventana.

—¿Para cuándo?

—Para esta mañana.

Eleanor bajó la voz y se acercó todavía más antes de continuar.

—Margaret, tienes que aceptar que no van a detenerlo. Todo está decidido.

—No deberías decir eso aquí —respondió Margaret, mirando instintivamente hacia la puerta.

—¿Aquí? —Eleanor soltó una breve risa sin alegría—. Ya no existe un lugar seguro dentro de este palacio.

Después de decirlo, se quedó unos segundos en silencio, como si hubiera comprendido que aquella frase contenía una verdad demasiado peligrosa. Margaret quiso preguntarle quién había dado la orden, pero conocía la respuesta. El rey. Siempre terminaba siendo el rey.

Ana había sido conducida a la Torre de Londres días antes.

Allí había esperado el juicio mientras sus enemigos presentaban contra ella acusaciones que Margaret consideraba imposibles de creer.

Había escuchado los nombres de hombres que conocía, algunos de ellos antiguos amigos de la reina, y había comprendido que la caída de Ana no había sido solamente el resultado de rumores o de un matrimonio que se había deteriorado.

Había algo más. Los hombres que habían jurado lealtad a la reina ahora declaraban contra ella, y aquellos que habían compartido sus banquetes fingían no haber conocido jamás su intimidad.

Margaret no sabía cuál era la verdad completa, pero sí sabía que la rapidez con que todo había ocurrido era suficiente para inquietarla.

—Tengo que verla —dijo finalmente.

Eleanor la miró con preocupación.

—¿Para qué?

—Porque es mi deber.

—Tu deber no consiste en morir con ella.

Margaret se volvió hacia su compañera y mantuvo la mirada durante unos segundos.

—No he dicho que quiera morir.

Eleanor suspiró y apartó los ojos.

—Entonces procura sobrevivir.

Margaret salió poco después. El camino hacia las habitaciones donde se encontraba Ana estaba vigilado, pero todavía conservaba el permiso necesario para verla.

A medida que avanzaba por los corredores, encontró rostros conocidos que desaparecían rápidamente cuando ella se aproximaba.

Un antiguo funcionario de la casa real fingió estar leyendo un documento.

Dos criados que habían servido a Ana durante años dejaron de conversar.

Una mujer que había compartido con la reina innumerables cenas bajó la cabeza y siguió caminando.

Margaret comprendió que todos tenían miedo de ser asociados con la mujer que estaba a punto de morir.

Cuando llegó a la estancia, dos guardias custodiaban la entrada. Uno de ellos, un hombre corpulento llamado William Harrow, la reconoció y abrió la puerta después de comprobar la autorización que llevaba consigo.

—Cinco minutos —dijo.

Margaret lo miró.

—¿Solo cinco?

—Son las órdenes.

—¿Del rey?

El guardia sostuvo su mirada durante un instante y después apartó los ojos.

—Son órdenes —repitió.

Margaret comprendió que insistir sería inútil.

Entró y dejó que la puerta se cerrara detrás de ella.

Ana estaba junto a la ventana. La primera impresión que tuvo Margaret fue que parecía mucho más pequeña que antes.

La reina que recordaba avanzando por los grandes salones de palacio con vestidos de terciopelo, mangas bordadas y collares de perlas parecía haber quedado muy lejos.

Aquella mañana llevaba un vestido oscuro y sencillo.

Su cabello negro estaba recogido bajo una cofia blanca y su rostro, aunque pálido, conservaba una belleza que ni el encierro ni el miedo habían conseguido borrar.

Ana volvió la cabeza al escucharla entrar y durante unos segundos permaneció en silencio.

—Margaret.

—Majestad.

Ana sonrió ligeramente.

—No me llames así.

Margaret cerró la puerta y se acercó.

—Siempre seréis mi reina.

La sonrisa de Ana desapareció lentamente.

—Ya no.

—Para mí sí.

Ana sostuvo su mirada y después se acercó a una silla.

—Siéntate. No quiero pasar estos últimos momentos viendo cómo permaneces de pie como si estuvieras ante un tribunal.

Margaret obedeció. Durante unos instantes ninguna de las dos habló. La lluvia seguía golpeando los cristales y, desde el exterior, llegaban voces lejanas de hombres que preparaban las cosas necesarias para aquel día. Ana inclinó ligeramente la cabeza.

—¿Has hablado con Isabel?

—No me han permitido verla.

Ana cerró los ojos durante un instante.

—Es demasiado pequeña para comprenderlo.

—Algún día lo hará.

—Sí —respondió Ana—. Y entonces tendrá que aprender que ser hija de un rey puede ser una bendición y una condena al mismo tiempo.

Margaret sintió un nudo en la garganta, pero consiguió contener las lágrimas.

—¿Tenéis miedo?

Ana permaneció unos segundos mirando la ventana antes de contestar.

—Por supuesto.

La sinceridad de aquella respuesta sorprendió a Margaret.

—Pensé que diríais que no.

—¿Por qué habría de mentirte ahora?

Ana sonrió con tristeza y se sentó frente a ella.

—Tengo miedo de morir. Tengo miedo de lo que sucederá con Isabel. Tengo miedo de que mi nombre quede convertido en una historia escrita por hombres que me odiaban. Pero hay algo que me preocupa más.

Margaret esperó.

—¿Qué?

Ana miró hacia la puerta.

—Que después de mi muerte alguien encuentre ciertas cosas.

Margaret frunció el ceño.

—¿Qué cosas?

—Documentos.

—¿Documentos sobre qué?

Ana no respondió inmediatamente. Se levantó y caminó hasta un pequeño arcón de madera situado junto a la pared. Lo abrió y comenzó a apartar varios objetos. Margaret observó cómo sus manos buscaban entre ellos hasta detenerse sobre algo que había quedado oculto en el fondo.

—¿Recordarás lo que voy a decirte?

—Sí.

—Aunque no lo entiendas.

—Lo recordaré.

Ana sacó una pequeña caja de plata. Era sencilla, casi austera, y llevaba grabado en la tapa un pequeño espino cuyas ramas se entrelazaban formando un dibujo delicado. Ana la sostuvo durante unos segundos sin entregársela.

—Quiero que guardes esto.

Margaret no extendió todavía la mano.

—¿Qué contiene?

—Una carta y un medallón.

—¿Por qué me lo dais a mí?

Ana levantó los ojos.

—Porque eres discreta.

—Hay muchas personas discretas en vuestra casa.

—Ya no puedo confiar en muchas de ellas.

Aquella respuesta hizo que Margaret sintiera un frío repentino.

—¿Ni siquiera en quienes siguen con vos?

—Especialmente en quienes siguen conmigo.

Ana dejó escapar un suspiro y se sentó de nuevo.

—La corte cambia de lealtades con más rapidez que el viento. Hoy alguien puede arrodillarse ante una reina y mañana negar que la conoció. Tú has visto cómo ha ocurrido.

Margaret tomó finalmente la caja.

—¿Queréis que la entregue a alguien?

—No.

—¿Que la lleve a Isabel?

Ana negó con la cabeza.

—No hagas nada con ella hasta que estés segura de que puedes hacerlo sin poner tu vida en peligro.

Margaret bajó la mirada hacia la caja.

—Entonces, ¿qué debo hacer?

Ana se inclinó ligeramente hacia ella.

—Conservarla.

—¿Durante cuánto tiempo?

—Hasta que comprendas por qué te la entregué.

Margaret levantó lentamente la mirada.

—¿Y cómo sabré que ha llegado ese momento?

Ana sonrió de una manera extraña, casi triste.

—Lo sabrás cuando alguien venga a buscarla.

Margaret sintió un escalofrío.

—¿Alguien sabe que la tenéis?

—Algunas personas saben que existe.

—¿Quiénes?

Ana negó lentamente con la cabeza.

—No preguntes nombres.

—Pero si alguien viene a buscarla...

—Entonces no confíes en quien diga conocer la historia completa.

Ana tomó la mano de Margaret y cerró sus dedos alrededor de la caja.

—Y hay algo más.

—¿Qué?

—No abras la carta delante de nadie.

Margaret asintió.

—Lo prometo.

Ana soltó su mano y volvió a mirar hacia la ventana.

—Quizá algún día alguien pueda contar la verdad sobre lo ocurrido aquí. Pero la verdad no siempre sobrevive porque sea más fuerte que la mentira. A veces sobrevive porque alguien consigue esconderla el tiempo suficiente.

Margaret guardó la caja bajo su vestido.

—¿Queréis que os prometa algo más?

Ana la miró.

—Sí.

—Decidme.

—No permitas que te conviertan en otra víctima de mi caída.

Margaret negó lentamente con la cabeza.

—No puedo prometer eso.

Por primera vez, Ana pareció sorprendida.

—¿Por qué?

—Porque ya soy parte de vuestra historia.

Ana permaneció en silencio. Después se acercó y besó suavemente la frente de Margaret.

—Entonces procura vivir lo suficiente para poder contarla.

Los golpes en la puerta interrumpieron el momento. William Harrow anunció desde el otro lado que el tiempo había terminado. Margaret se levantó y sintió que las piernas le temblaban.

—Majestad...

Ana levantó una mano.

—No.

—Solo quería...

—Lo sé.

Ana caminó hacia ella y la abrazó durante unos segundos. Margaret sintió el olor tenue de su perfume, el mismo que había reconocido tantas veces en los corredores de palacio. Después se separaron.

—Vete —dijo Ana con suavidad—. Y recuerda lo que te he dicho.

Margaret abrió la puerta y salió. Durante las horas siguientes, el palacio pareció contener la respiración.

Margaret permaneció en sus aposentos, incapaz de concentrarse en ninguna tarea.

Había intentado convencerse de que la sentencia podía ser revocada hasta el último momento, pero sabía que aquella esperanza era inútil.

Los hombres que rodeaban al rey habían decidido ya cuál sería el final.

Poco antes del mediodía, escuchó movimiento en los corredores y vio pasar a varios funcionarios.

Nadie hablaba. Después, lentamente, llegó la noticia.

Ana Bolena había muerto. Margaret se sentó en el borde de la cama.

Durante unos minutos no pudo hacer otra cosa que mirar sus manos.

Había conocido a Ana durante cuatro años.

Había visto su ascenso, su matrimonio con el rey, el nacimiento de Isabel y el progresivo deterioro de su relación con Enrique.

Había presenciado conversaciones que nunca aparecerían en las crónicas y había aprendido a distinguir la mujer que existía detrás de la reina.

Ahora esa mujer estaba muerta y el palacio ya comenzaba a prepararse para una nueva vida.

Aquella misma tarde, algunos sirvientes empezaron a retirar objetos de las habitaciones que habían pertenecido a Ana.

Margaret observó desde un corredor cómo sacaban cofres, vestidos y pequeños muebles.

Dos hombres discutían sobre qué debía enviarse a la Corona y qué podía repartirse entre los miembros de la casa real.

Una joven criada que había servido a Ana rompió a llorar al ver cómo se llevaban un retrato.

Uno de los funcionarios le ordenó que se marchara.

—No hay nada que llorar aquí —dijo el hombre con frialdad.

Margaret lo miró desde la distancia y comprendió que aquella frase contenía exactamente lo que estaba ocurriendo. La corte no quería llorar a Ana. Quería olvidarla.

Esa noche, cuando finalmente quedó sola, Margaret cerró la puerta de sus aposentos y colocó una silla contra ella.

Encendió una vela y sacó la caja de plata.

La puso sobre la mesa y permaneció varios minutos contemplándola.

El pequeño espino grabado en la tapa parecía distinto bajo aquella luz.

Ya no era un adorno. Era una señal. Margaret recordó las palabras de Ana y comprendió que había recibido algo que no podía devolver. Abrió la caja lentamente.

Dentro encontró la carta y el medallón. Tomó primero el medallón.

Era pequeño, oscuro y frío. En una de sus caras aparecía una figura que Margaret no reconoció; en la otra había dos iniciales grabadas con precisión: E.

V. Lo giró varias veces entre los dedos antes de dejarlo sobre la mesa.

Después tomó la carta. El papel era grueso y estaba doblado varias veces.

Margaret reconoció inmediatamente la letra de Ana.

Desplegó la primera hoja. La frase inicial estaba incompleta. Margaret acercó la vela.

«Si estas palabras llegan a manos de alguien que no sea...»

El resto había sido arrancado.

Continuó leyendo. Había referencias a una fecha, a un documento y a una conversación mantenida años atrás.

En una de las líneas aparecía una expresión que le resultó imposible ignorar: «la cuestión del heredero».

Más abajo, otra frase estaba parcialmente borrada.

Y al final de la hoja, donde debería haber aparecido un nombre, solo quedaban unas fibras desgarradas.

Margaret pasó los dedos por el borde del papel. Alguien había arrancado aquella parte deliberadamente.

Volvió a leer la carta desde el principio, esta vez con una atención diferente.

No era una confesión. No era una despedida.

Tampoco parecía un documento destinado al rey.

Era algo mucho más extraño: una advertencia escrita para sobrevivir a la persona que la había redactado.

Entonces Margaret recordó la última frase de Ana.

«Lo sabrás cuando alguien venga a buscarla».

Se levantó y escondió la carta bajo su vestido.

En ese mismo instante escuchó pasos en el corredor.

No eran los pasos apresurados de un criado.

Eran lentos, medidos, y se detuvieron justo delante de su puerta.

Margaret apagó la vela y permaneció inmóvil en la oscuridad mientras alguien llamaba dos veces.

Nadie dijo su nombre. Nadie volvió a llamar.

Después de unos segundos, los pasos se alejaron.

Margaret esperó hasta que el silencio fue completo antes de volver a encender la vela.

Se acercó a la puerta y escuchó durante largo rato.

No había nadie. Regresó a la mesa, tomó la caja de plata y la escondió bajo una tabla suelta del suelo.

Después colocó encima una pequeña alfombra y permaneció de pie contemplando el lugar donde había desaparecido.

Por primera vez comprendió que Ana no le había entregado aquella caja para que guardara un recuerdo de la reina muerta.

Se la había entregado porque sabía que alguien la buscaría.

Y mientras Margaret apagaba finalmente la vela, sin saber todavía quién era aquella persona ni qué contenía realmente la parte perdida de la carta, comprendió que la ejecución de Ana Bolena no había cerrado su historia.

Acababa de convertirla en un secreto que otra mujer tendría que mantener vivo.