El secreto de la reina hereje Capítulo 14. El final de Enrique
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Capítulo 14. El final de Enrique

Margaret observaba aquel cambio desde la distancia.

Después de tantos años en la corte había aprendido a reconocer las señales que precedían a una transformación política y sabía que los momentos en los que un soberano comenzaba a perder fuerza eran también aquellos en los que quienes lo rodeaban empezaban a calcular el poder que quedaría después de él.

Los hombres que antes buscaban la proximidad del monarca comenzaban a distribuir sus lealtades.

Algunos hablaban del príncipe Eduardo con una confianza que habría resultado impensable unos años atrás; otros mencionaban a Isabel y a María con mayor cautela, conscientes de que el futuro del reino podía depender de cómo se interpretaran las disposiciones sucesorias del rey.

Las conversaciones habían cambiado de tono.

Ya no se hablaba solamente del presente, de las decisiones de Enrique o de los asuntos de la corte, sino de lo que ocurriría después, cuando aquella figura que durante tantos años había dominado Inglaterra dejara de estar allí para imponer su voluntad.

Y precisamente entonces apareció de nuevo el nombre de Edward Vale.

Aquella mañana Margaret recibió una carta sin sello.

No llevaba nombre; solo una dirección. La abrió en privado y encontró una única frase: «El hombre que lo protegió ya no puede hacerlo.

» Debajo aparecía otra: «El documento está más cerca de la Corona de lo que imagináis.

» Margaret permaneció inmóvil durante varios segundos, sosteniendo el papel entre los dedos.

No sabía qué significaba, pero una posibilidad comenzó a formarse en su mente.

El documento podía no haber sido escondido en una casa particular, ni en una iglesia, ni en un archivo secreto.

Podía haber permanecido dentro de la propia estructura de la Corona.

Quizá alguien lo había conservado precisamente porque destruirlo habría sido demasiado arriesgado.

Margaret dobló la carta con cuidado y decidió que aquella misma tarde buscaría a Catherine Parr.

La reina estaba trabajando con varios libros cuando Margaret entró. Durante unos instantes Catherine no levantó la mirada y continuó leyendo, hasta que finalmente dijo:

—Pensé que vendríais.

Margaret se detuvo.

—¿Por qué?

—Porque lleváis demasiado tiempo caminando por los corredores como alguien que espera encontrar una puerta que no sabe si desea abrir.

Margaret sonrió ligeramente.

—Quizá sea exactamente lo que hago.

Catherine cerró el libro y la observó.

—¿Tiene que ver con Ana?

La pregunta sorprendió a Margaret.

—¿Por qué preguntáis eso?

—Porque algunas preguntas sobreviven a las personas que las formularon.

Margaret guardó silencio. Catherine continuó observándola, sin mostrar impaciencia ni exigir una explicación.

—Nunca os he pedido que me contéis vuestro secreto.

—Lo sé.

—Y tampoco os lo pediré ahora.

Margaret bajó la mirada.

—Majestad...

—Pero quiero deciros algo.

Catherine se levantó y caminó hasta la ventana.

—El rey está muy enfermo.

Margaret asintió.

—Lo sé.

—Cuando muera, todo cambiará.

Margaret la miró fijamente.

—¿Creéis que el secreto también?

Catherine permaneció unos segundos contemplando el exterior antes de responder.

—No sé qué secreto guardáis.

—No.

—Pero sé que algunas cosas sobreviven a los reyes porque hay personas que necesitan que sobrevivan.

Margaret sintió un escalofrío.

—¿Cómo sabéis...?

Catherine se volvió hacia ella.

—No lo sé.

Y aquella respuesta fue quizá más inquietante que cualquier confesión.

Margaret salió de la estancia sin obtener una explicación, pero con la certeza de que Catherine había comprendido algo que nunca había llegado a preguntarle directamente.

Durante los días siguientes comenzó a preparar su salida de la corte.

No podía marcharse precipitadamente, porque una partida inesperada habría despertado preguntas y, después de tantos años, había aprendido que las preguntas eran más peligrosas que las sospechas.

Esperó, cumplió sus obligaciones, habló con las personas necesarias, sonrió cuando debía hacerlo y guardó silencio cuando la conversación se acercaba a asuntos que podían resultar comprometidos.

Mientras el invierno avanzaba, la situación del rey empeoraba y los rumores circulaban por Westminster.

Algunos decían que el monarca no llegaría a la primavera; otros aseguraban que se recuperaría.

Nadie sabía qué creer, pero Margaret comprendió que debía abandonar la corte antes de que se produjera el cambio de reinado.

No quería estar allí cuando los hombres que habían servido a Enrique comenzaran a decidir qué hacer con sus archivos, sus enemigos y sus secretos.

Una tarde recibió una nueva nota. Esta vez solo contenía una dirección.

Margaret la reconoció de inmediato: era una pequeña propiedad situada al norte de Londres que había pertenecido a Edward Vale, o al menos así aparecía en un registro antiguo.

Acudió al lugar dos días después. La casa estaba vacía.

No había muebles importantes ni signos de una ocupación reciente, pero en una habitación encontró un pequeño arcón.

Dentro había documentos, no muchos: tres cartas, un registro genealógico y una hoja doblada.

Margaret abrió primero la hoja y reconoció la escritura de Edward Vale.

Solo había escrito: «Si Margaret ha llegado hasta aquí, significa que Enrique está cerca del final.

No le entreguéis el original. Todavía no.

» Margaret cerró los ojos y volvió a leer aquellas últimas palabras.

«Todavía no». Aquella expresión implicaba que Edward había previsto incluso aquel momento, pero también planteaba una pregunta que Margaret no podía responder: ¿por qué no debía recibir el documento?

Abrió la primera carta. Era de un hombre cuyo nombre no conocía.

Hablaba de registros de sucesión y de una antigua línea familiar relacionada con la Corona.

La segunda era más reciente y mencionaba a Edward y su desaparición.

La tercera estaba fechada en 1544 y contenía una frase que hizo que Margaret sintiera cómo el pulso se le aceleraba: «El documento permanece donde siempre estuvo.

Nadie lo busca allí porque todos creen que fue destruido.

» El original había permanecido en un lugar que todos consideraban seguro, un lugar que nadie relacionaría con Edward Vale.

La pregunta era cuál. Margaret revisó entonces el registro genealógico.

Había nombres de familias nobles, fechas de matrimonios, nacimientos y muertes, pero una página había sido arrancada.

En el margen de la siguiente aparecía una anotación: «La rama occidental no debe confundirse con la línea reconocida.

» Margaret comprendió que estaba ante una distinción deliberada.

Una rama existía y otra había sido reconocida oficialmente; no eran necesariamente la misma.

Y si la rama occidental tenía un vínculo con la sucesión, la eliminación de un nombre podía alterar el significado de generaciones enteras.

Entonces encontró algo más. En el último documento aparecía una fecha: 1547.

Y debajo, dos palabras que parecían contener una advertencia: «Después de la muerte del rey.

» Margaret se quedó mirando aquellas palabras durante largo rato.

Edward había previsto que el documento no debía aparecer mientras Enrique estuviera vivo.

Eso significaba que el secreto no era solamente peligroso; era dependiente del tiempo.

Había momentos en los que una información podía destruir a quien la poseía y otros en los que esa misma información podía adquirir un significado completamente diferente.

Margaret regresó a Londres con los documentos ocultos bajo su ropa, consciente de que acababa de acercarse más al centro del misterio, pero también de que cuanto más cerca estaba de él, mayor era el peligro.

Dos semanas después, el estado del rey empeoró.

La corte se volvió más silenciosa. Los hombres hablaban en voz baja, los mensajeros entraban y salían constantemente y las disposiciones sucesorias del monarca adquirieron una importancia que ya nadie podía ignorar.

Margaret sabía que había llegado el momento.

Una mañana, mientras caminaba por un corredor, vio pasar a varios hombres relacionados con la administración del rey.

Entre ellos estaba Thomas Avery. Sus miradas se encontraron, pero Avery no se acercó; solo hizo un pequeño gesto con la cabeza.

Margaret continuó caminando, aunque unos pasos después encontró un pequeño papel junto a una columna.

Lo recogió y leyó una sola palabra: «Marchaos.

» Guardó el papel. Por primera vez no sintió miedo, sino tristeza.

Había pasado casi una década en aquel mundo.

Había visto morir a Ana, había visto llegar a Jane, había visto nacer a Eduardo, había visto caer a otras reinas y había visto a Enrique cambiar de rostro sin cambiar de poder.

Ahora comprendía que también aquel poder estaba llegando a su final.

Unos días después, Margaret pidió permiso para abandonar la corte. No dio explicaciones. Catherine Parr la recibió una última vez y la miró con una expresión que mezclaba comprensión y preocupación.

—¿Os vais?

—Sí.

—¿Para siempre?

Margaret sonrió.

—Eso espero.

Catherine permaneció en silencio unos instantes antes de preguntar:

—¿Habéis encontrado lo que buscabais?

Margaret pensó en la carta, en el medallón, en Edward y en Ana.

—He encontrado suficiente para saber que todavía no he encontrado todo.

Catherine sonrió débilmente.

—Entonces quizá sea una buena razón para marcharse.

Margaret la miró.

—¿Por qué?

—Porque hay verdades que necesitan distancia antes de poder ser comprendidas.

Margaret inclinó la cabeza.

—Gracias.

Catherine se acercó y tomó sus manos.

—No dejéis que el pasado os convierta en una prisionera.