El secreto de la niñera 8 #2
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Me acerco a ellos y todos retroceden por instinto. Creo que mi cara destrozada y llena de costras les da asco. Me habían escondido en el sótano, pero aquí, a plena luz, soy un feo espectáculo. ¿A qué espero? ¿A una toma de conciencia? ¿A que se disculpen? Nada. Quiero llevar la batuta. Ni siquiera necesito hablar, quiero aterrorizarlos. Eve se ha hundido en el sofá, con la mano sobre la boca. David y Lisa agitan las alas, un poco asustados, como gorriones pillados en flagrante delito. Me paso la mano por el cuello, donde la sangre aún está fresca. Mitchel retrocede, lo cual me tranquiliza, algo le toca y le hace reaccionar. El miedo ha cambiado de bando, para variar. Estoy contenta de que lo descubran. Extiendo mi mano ensangrentada hacia ellos y, cuando avanzo muy despacio, ellos retroceden un poco más. De repente, en ese silencio helado y placentero, oigo.

Toc, toc. Virginie lo ha conseguido. Dos golpes en la puerta de la entrada. Ha entendido el plan. Dos golpes para decir: «He encontrado el mando a distancia y voy a abrir la verja». Corro hacia el vestíbulo. Está abierto de par en par. Tirados en el suelo, veo todos los bolsos que ha registrado para encontrar la llave mágica. Virginie está fuera, extiende el brazo, la verja se abre despacio, demasiado despacio. Cojo el abrecartas de la consola. Corro hacia mi cómplice, veo cómo las paredes de acero negro se entreabren y ya me imagino al otro lado. Pero Virginie cae al suelo, James se ha abalanzado sobre ella y le da un puñetazo en la espalda. ¡Menudo tipejo! Los demás se acercan amenazantes, con Mitchel a la cabeza.

Ven, mi príncipe de los ángeles negros, te espero.

Meto la mano en el bolsillo y saco el abrecartas. Lo agarro como si fuera un puñal y, en el momento en que la copia sádica de Dios se acerca a mí, se lo clavo en el ojo.

Mitchel cae hacia atrás con un aullido de dolor, llevándose la mano al párpado. James corre hacia él. La verja se ha abierto. Levanto a Virginie, que está grogui, y le digo en tono imperioso:

—No desfallezcas, solo quedan unos metros.

Las hojas de la verja empiezan a cerrarse. James grita a los de la casa:

—¡Llamad a Emergencias! ¡Mitch está gravemente herido! Seriously injured!

John se precipita hacia ellos. Yo corro tirando del brazo de Virginie, pero ella me dice que la deje, apenas le quedan fuerzas. Se desploma sobre el asfalto.

¿La dejo y salvo mi pellejo? Se lo ha ganado con creces, ¿no? Pero entonces pienso en Simon. Me agacho al lado de Virginie y le digo:

—Virginie, tenemos que irnos, así podremos salvar a Simon.

—¡Emmylou!

La que me llama es Holly. Está plantada sobre sus dos piernas. Me mira. En la prolongación de sus manos, un rifle. El de David y Lisa, el rifle que decoraba la pared de su salón. Me tiene encañonada. No consigo asociar a esta mujer bohemia y chic con esta arma oscura y rígida. Hay odio en sus ojos. Quiere vengar a su marido y los años de humillación familiar, el desprecio silencioso, la vergüenza reprimida, todo lo que ha sufrido sin decir nada, todo lo que ha ocultado bajo sus capas de ropa colorida. Es su día, su toma de poder, su momento de gloria. No tiene nada que perder, el hijo que llevo en el vientre no es suyo. James grita:

—Nooo, Holly, stooop!

Holly no lo oye, ya no oye a nadie.

Pienso en la verja que se cierra sobre mi libertad. Virginie está a mis pies, hecha un ovillo. Nunca debí haberla esperado. Si corro, Holly me disparará; si me quedo, será para siempre. Entre dos muertes, ¿cuál elegir? Oigo ese ruido tan familiar para mis oídos de las puertas batientes que se juntan para formar una pared negra, uniforme, sin brechas, un recinto perfecto, aislante. La música tranquilizadora y sofocante de Hidden Grove.

Estamos paralizados en un silencio tenso. Buscamos un final. Una sirena rasga el aire. El ruido ensordecedor se acerca. James se dirige a los miembros de su familia, dispersos por la plaza central de la urbanización, y grita:

—¡Ya llega la ambulancia! ¡Abridles!

Holly no baja el arma. Resulta aberrante con su ropa hippie y su arma de gran calibre. La verja se abre de nuevo, pero ya no creo en nuestra liberación. Los conductores que les obedecen sin rechistar a cambio de algunos billetes, los enfermeros que te encierran... Me los conozco. No me muevo. El vehículo entra. Holly se dirige hacia él. Ha cambiado de objetivo. Me doy la vuelta. La luz de los faros surca el crepúsculo. Los cabrones van a salirse con la suya una vez más. James corre hacia el vehículo y señala a Mitchel, tendido en el suelo.

—Take care of my brother!

Ha perdido todo su encanto, se diría que un parásito le devora el careto, un parásito invisible e implacable: el pánico. Mitchel yace en el suelo con la mano sobre el ojo reventado. La sangre se filtra entre sus dedos. Detrás de la ambulancia, otro vehículo. Un furgón blanco. En el capó pone: «Police». No entiendo. Las puertas se abren y bajan tres policías. Armados. Nos encañonan con sus pistolas, no sé a quién exactamente. Uno de ellos ordena a Holly que baje el rifle. Con la mirada encendida, ella apunta de nuevo su arma hacia mí. Monica abandona la escalinata de su casa y corre hacia Holly. Está como loca. No teme por mí, sino por su bebé.

Ahora lo sé. Será ella o yo. Yo elijo.

Será ella.

Grito:

—Watch out! ¡Cuidado, Holly! ¡Detrás de ti!

La mujer de Mitchel se vuelve, el disparo sale solo.

Monica se desploma.

Virginie se engancha a mi pierna, llorando. No puedo consolarla. James grita y corre hacia su mujer. Los demás están petrificados. Los policías apuntan a todo el mundo. Entonces veo a Kristina salir de su casa. Con la ropa negra, el cabello negro, parece un ángel desdichado en el atardecer que se derrama. Todo el mundo la sigue con la mirada. Se acerca a mí y me abraza. Le pregunto:

—¿Has llamado a mis padres?

Un policía le grita algo al enfermero con un fuerte acento. Este último se dirige hacia Virginie, despliega una manta térmica y la arropa. Luego se levanta y me arropa a mí también. Nos conduce a la ambulancia. Virginie y yo, apretadas la una contra la otra. Veo que los policías se acercan. Uno de ellos agarra a James de los brazos para ponerle las esposas. Él se deja hacer, lo ha perdido todo. Luego, el policía sortea el cuerpo de Mitchel, que no es una prioridad. Se dirige hacia Holly, apuntándola con la pistola. Le ordena que suelte el rifle, ella grita:

—Fuck! ¡Atiendan a mi marido!

El policía aprovecha su arrebato de violencia para tirarla al suelo y desarmarla.

A veces, la gente rica no es escuchada.

Siento a Virginie contra mí, su aliento como una cuchilla en el aire gélido. Apesta a pánico. Noto una mano en mi espalda, ancha, grande, cálida, sólida. Mi padre. Es inmenso y muy pequeño, nunca lo había visto así, ha perdido sus certezas de patriarca, está devastado.

Los policías suben a los White al furgón. Ponen a Mitchel en una camilla y lo llevan a la ambulancia. Monica lo acompaña. Yace en una funda negra. Su último vestido de gala. Me acerco a un policía, le señalo mi casa de acogida y le explico. Me da permiso para ir.

Simon está durmiendo boca arriba, con los labios abiertos y los puños apretados. Lo abrazo contra mi pecho, cojo la manta de cachemira para protegerlo. Bajo las escaleras por última vez en mi vida, sé que no olvidaré ninguno de sus peldaños, conozco su número, su textura y su música. Doy un portazo al salir. Por última vez. Los malos han sido barridos, pero el miedo sigue latente, su recuerdo es tan poderoso como su presencia. Virginie ve a Simon y corre hacia nosotros, la perdono por este amor que no conozco y que me parece hermoso. Dejo al niño en sus brazos. Ella aprieta su cuerpo dormido. La inocencia acaba de caer por primera vez sobre Hidden Grove.

Papá. Apenas puedo creer que esté aquí. Tengo delante su corpachón de ostricultor. Todavía no ha abierto lo boca. Observa en silencio las grandes casas, los ostentosos coches, los esbeltos árboles y la sangre de Monica en el patio. Está atónito. ¿Siente el peso de mi vergüenza?