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«No olvides». Detrás de mí, una voz que quiero. Me vuelvo, es Morgane. Me dice: «Sea cual sea tu decisión, nunca estarás sola». Desde su muerte, nunca hemos estado tan unidas. Quisiera tocarla, estrecharla entre mis brazos, darle las gracias, compartir mi pena con ella, el temor que me inspiran las próximas semanas. ¿Podré abortar? ¿Debo tener el niño? ¿Mi niño? Apenas me atrevo a pensarlo. Morgane desaparece, la veo alejarse con partes enteras de mi vida, de mi infancia, tengo que aceptarlo, es un dolor nuevo. Un dolor que me libera.
—¡Emmylou, hija mía!
Mi padre nunca me había llamado así.
—Hija mía...
Ya no hay pudor y sí mucho amor.
Plouhernec, miércoles 14 de agosto de 2019
Cuánto he maldecido esta población. Cuánto he deseado huir de ella. Plouhernec, el poblacho bretón perdido a orillas del mar, el villorrio alejado de las grandes urbes y los grandes destinos turísticos, con sus casas adosadas y sus gentes sencillas apiñadas, buena gente, mi familia, la gente bien de verdad.
Nunca pensé que tendría ganas de volver, que me gustaría observar a los niños corriendo en la orilla del mar, caminando entre las frescas olas, jugando al voleibol, de pícnic incluso cuando llueve. A los cuarenta y un años, sabemos de qué es capaz la vida, sabemos que la felicidad no existe, que es una alegría difractada en cientos de guijarros que hay que recoger a la mínima oportunidad. No siempre encuentras tesoros, pero existen, y hay que saber reconocerlos. Hay que atreverse a elegir, a tomar decisiones.
Dentro de unos días vuelvo al trabajo. Ahora soy periodista y escribo en las páginas de sociedad de un importante periódico nacional. Adoro mi trabajo. Entrevisto a personas corrientes que han vivido historias extraordinarias. Aprobé el examen de periodismo a la primera, con notas excelentes... excepto en inglés. He hecho mi vida en París, porque es el único lugar en el que me siento segura. Me gusta perderme en sus calles, entre la multitud, no reconocer las caras. Ser libre.
—Va, mamá, ven a bañarte, cuando te metes está buena.
Es guapo, Simon. Tiene veinticinco años, es un chico de aquí, robusto, deportista. Virginie lo ha criado sola en Plouhernec con la extraña sensación de que eran tres. Porque Simon también se parece mucho a su padre. Ese padre al que él siempre se ha negado a ver, cuya cara nunca ha visto.
Cuando Simon cumplió los veinte, me pidió que le hablase de Hidden Grove. No quería preguntarle a su madre, no podía. Lo entiendo. Se lo expliqué, nunca le he hablado mal de su madre, me tragué mi ira hace mucho, y el tiempo ha hecho su trabajo. Le conté los hechos, omitiendo los detalles sórdidos. Lo que le interesaba a Simon eran las condenas, los castigos. A su padre le cayeron veintiún años de prisión, como a Mitchel y a todos los hombres de la comunidad. Saldrán el año que viene. A Holly la condenaron a veinte años por complicidad en secuestro y violación y por homicidio involuntario. A Eve y a Lisa las condenaron a doce años. Actualmente están libres. Reginald y Eileen —los padres de Mitchel, James y Monica— murieron pocas semanas después del juicio. De tristeza, al parecer. Simon también me pidió que le hablara de Lewis. No olvida que tuvo un hermano, no lo recuerda, pero piensa en él. Reuní los recuerdos felices que tengo de Lewis —son pocos— y se los regalé a Simon. Nunca le dije que James y Monica lo dejaron morir, que no lo curaron para no contravenir la voluntad de Dios y porque el sufrimiento era para ellos una prueba y una purificación espiritual.
Para mí, cada nuevo día es un día por reconstruir. Superar la huella de la violencia, las noches de droga, las violaciones, el terror, la pesadilla de esos ciento veintiséis días ingleses. La sensación de ser una superviviente, y no doy gracias a Dios por ello.
Pienso a menudo en Irina, Dory, Kristina y Nela. Mis hermanas en el dolor. Durante el juicio me enteré de que Irina había muerto pocos días después de saber que estaba embarazada. Cayó de la ventana de su habitación, nuestra habitación. Se partió la crisma y el cuello contra las baldosas de la terraza. La comunidad la enterró en el jardín de mis jefes por superstición. Eso es lo que James explicó al tribunal. Conocí a los padres de Irina en los pasillos del Crown Court y los estreché contra mi pecho. Tuve la impresión de que los conocía desde siempre. Nela crio a Edwige, para su gran felicidad, en su casa, en Letonia. Se enamoró y ahora tiene un padre para su hija. Dory no quiso hacerse cargo de las gemelas. Estaba demasiado rota, sufría demasiado. Volvió a su casa, en Irlanda, y no he vuelto a saber nada de ella. Kristina interrumpió su embarazo. En Inglaterra, ya en 1997, el plazo para abortar era más largo que en Francia. La ley establecía veinticuatro semanas si el embarazo ponía en peligro la salud física o mental de la mujer, sobre todo en caso de violación. Regresó a su ciudad natal, Bardejov, en Eslovaquia, donde es paisajista. Más tarde tuvo un hijo. Un niño deseado y al que quiere.
A menudo imagino a mi hija, hoy tendría veintidós años. La veo, rubia como yo, adora el agua y se adentra lejos en el mar. Cuando vuelve, se tumba en su toalla a mi lado y se pone los auriculares para escuchar música. La miro con el amor que una madre siente por su hija.
—¡Emmylou!
Simon me saca de mi ensoñación y me pregunta si puede tumbarse a mi lado. Le sonrío y respondo que sí.
El sitio está vacío porque yo lo he decidido.
Estoy en paz.
Estamos bien, vivimos en tribu con nuestros fantasmas.