8
No siento lástima por ella. Le susurro mi plan al oído, despacio, para asegurarme de que me entiende bien.
—Cuento contigo.
Empujo la puerta con el mayor sigilo posible. Necesito que no me oigan, que nadie me oiga. Contengo la respiración. Salgo de nuestro calabozo y me encuentro en otras tinieblas. Mis manos son mis ojos. Parece una esclusa, es muy pequeño. Acabo de darme un golpe, he tropezado con las escaleras, me duele, me pongo a cuatro patas y me quedo en esa posición para subir. Cuento los escalones. Son altos. Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho, nueve, diez, once, doce, trece, catorce... Constato que, en efecto, estaba bajo tierra. Por fin veo un haz de luz, que dibuja el perfil de una puerta. La humanidad está detrás. Solo tengo que abrir, pero me invade tal terror que podría dar media vuelta, no parar hasta llegar abajo y encerrarme en la mazmorra para no saber, para no tener que enfrentarme a nada. Me quedo quieta, a cuatro patas, en lo alto de la escalera. De pronto, unos ruidos, unas voces. Hay gente hablando, pero no logro distinguir si el tono es alegre o serio. ¿Dónde nos han encerrado? ¿Qué quieren hacer con nosotras? Me incorporo y abro.
El olor asalta mis fosas nasales; es el olor de Monica y James, su perfume, los productos de limpieza que utilizo todos los días desde hace cuatro meses, huele a limpio. No puede ser: ¡estoy en mi casa de acogida! Abro un poco más la puerta. Estoy en la despensa, ese cuarto anodino donde se guardan las conservas, las botellas y los rollos de papel de cocina. Nunca tuve motivos para entrar en este cuarto, nunca faltaba nada en la cocina, ni en los baños, ni en el lavadero. Cierro de nuevo la puerta secreta, nunca la había visto: queda oculta por la del pasillo que lleva a la despensa. ¡Maquiavélico! Me encuentro en el pasillo, las voces se vuelven más precisas, pero no distingo las palabras. Me veo en el espejo. Mi cara es una costra nutrida de sangre fresca. Mi cuello está deformado por un bulto repugnante. Me acerco, parece que se me ha reventado una vena. La sangre brilla en la herida, la toco. Estoy horrible y me la suda, el espanto inunda mi cuerpo y me impulsa. Arrastro los dedos por la blanca pared; un rastro carmesí irregular marca la pared que me encarcela desde hace semanas. Sé muy bien que esas manchas no desaparecerán, que nunca me pedirán que las quite; se acabó el frotar. Son las manchas de la vergüenza y del fin de un reinado.
Estoy muy cerca del salón, el caudal de voces se vuelve nítido.
—Hay que decidirse. ¿Qué hacemos con ellas?
Reconozco la voz de Monica. Lisa responde lacónicamente:
—De Virginie, nos deshacemos. Ha venido a buscar a Simon, ha roto el contrato, es demasiado peligrosa...
Otra voz la interrumpe:
—Nos deshacemos de ella, muy bien, pero ¿cómo?
¿Es Eve la que ha hablado? Silencio. ¿El evangelio según White ha previsto algo sobre el asesinato, el homicidio? ¿Cómo justifican eso ante el divino?
—¿Quién vota por la supresión del problema Virginie?
Es la voz de Mitchel. ¡No doy crédito! Ha tomado las riendas del asunto. Es escalofriante.
—Tenemos mayoría. Lo apunto en el libro. Ya decidiremos los detalles más tarde.
—¿Y Emmylou? —pregunta una voz masculina.
Mitchel responde:
—Su presencia ha abierto una brecha en nuestra unidad, su sombra se ha infiltrado ahí donde solo debía residir la pureza de nuestra fe. Todos hemos acusado el impacto de ese mancillamiento. Debemos reconocer esta prueba por lo que es: un recordatorio de nuestra fragilidad, una advertencia.
Reconozco ese tono de predicador, es el del libro de confesiones. ¿Es Mitchel el autor de esas oraciones, el evangelista de la comunidad? ¿Qué ha sido del vecino simpático y moderno? Reanuda su discurso:
—No podemos liberarla, lleva a vuestro hijo en su vientre y sabe demasiado. Si sale de la urbanización, pondrá en peligro a nuestra comunidad y perderemos nuestra descendencia. A Emmylou hay que mantenerla confinada. La atamos, montamos guardia por turnos y la vigilamos durante los seis meses que quedan. Hay que ser fieles al designio de Dios y cumplirlo. El Señor nos ha concedido una segunda oportunidad, hay que demostrar que somos dignos de ella.
Mitchel ha concluido su sermón. Lo ha articulado todo muy bien, parece un profesor de catequesis muy plasta. Sobre todo, me da mucho miedo.
Me acerco al escenario. Cada paso me supone un esfuerzo. Tengo ganas de saber y de huir, quiero verlos y esconderme, lo quiero todo y lo contrario. Los observo desde el umbral de la puerta. Están todos aquí. Una familia unida, sólida, convencida de sus derechos, habitada por el destino que debe cumplir. Mitchel está cerca del mueble de la tele, el rostro impasible, la camisa gris abrochada hasta arriba. Holly está a su lado, apoyada en la pared. Tiene los brazos cruzados y su ropa de colores vivos ha dejado de favorecerla. Monica y James están sentados en su sofá, están en su casa, se han reservado los mejores asientos. Están cogidos de la mano. Hoy van vestidos igual, de negro cuervo. Eve se ha sentado en el reposabrazos del sofá, parece aún más delgada que de costumbre, con una mano se alisa el cabello, ya muy lacio de por sí. John está en el centro de la habitación, con su aire de médico de familia. David y Lisa están pegados al ventanal, uno al lado del otro, como dos viejas cotorras mezquinas. Y pensar que yo envidiaba a esta gente...
Holly se levanta, tiene la tez cenicienta, señala a Monica.
—¡Si no fuera por ella, nada de esto habría pasado! ¡Ella! —exclama.
La comunidad se queda pasmada. Mitchel la mira fríamente, sin amor.
—Es ella quien rompió el pacto cuando dejó que Virginie volviese a su país. Cegada por sus ansias de venganza, dejó que sus celos la devorasen y puso en peligro a la familia para satisfacer su odio.
Monica la mira fijamente, altiva y tranquila. Clava sus ojos malvados en los de Holly.
—¿Celos? ¿Cómo puedes juzgarme por eso? Tú también los has probado. No te gustó, pero no tuviste elección. Te los zampas todos los días, en todas las comidas. ¿Estás saciada, Holly? No, porque el objeto de tu codicia está encadenado a tu vida, los celos a perpetuidad.
Monica está exultante. Mitchell permanece inmóvil. James, hastiado, le dice a Monica:
—Por favor, ten un poco de decencia.
Monica no tiene decencia. Continúa:
—Te tocaron las sobras, Holly. El pobre Mitchel, que no pudo casarse con la que quería. El pobre Mitchel, que ama a otra. El pobre Mitchel, al que le buscaron una prima como premio de consolación. Una prima incapaz de tener hijos. Cuando se está maldito...
Mitchel se acerca a Monica. Su ira parece contenida desde hace años. Es un mármol de frustraciones y desgracias. Le habla con absoluta calma:
—Monica, por favor, no abras las heridas del silencio.
Pero la cosa no queda ahí. En un duelo siempre hay un perdedor, un herido grave, un moribundo. Holly quiere hacer daño y dice con voz cortante:
—Yo, al menos, no me acuesto con mi hermano.
¿Es la vulgaridad o la violencia de la sentencia lo que paraliza a los White? Monica sonríe y replica:
—Sin embargo, tu Mitchel soñaba con follarse a su hermana. Pero los padres eligieron al menor en detrimento del mayor, James en detrimento de Mitchel. Reginald y Eileen, papá y mamá, hágase vuestra voluntad para salvaguardar la pureza de nuestra familia.
Al final de su monólogo, se pone a llorar. Las murallas de su maldad se desmoronan. Reconozco esas lágrimas, las mismas que derramó detrás del tabique que separa su habitación de la mía. ¿Qué ser humano puede soportar esta demencia?
James y Monica, hermano y hermana, unidos por la voluntad de sus padres. Mitchel, el hermano mayor decepcionado.
Me agarro a la pared para no caerme. Ya no consigo recordar el camino que me ha traído hasta aquí. ¿A quién voy a contarle esto? ¿Quién me creerá? Mitchel le dice a Monica:
—Respeta a mi mujer, hazme el favor. Cuando Lewis cayó enfermo, fui yo quien diseñó nuestras casas, yo quien imaginó y convirtió Hidden Grove en un santuario, yo quien encontró la manera de hacer fluir sangre nueva por las venas de nuestra familia, yo quien salvará nuestra descendencia. Algún día, nuestros padres volverán con nosotros. Mereceremos de nuevo y plenamente nuestro nombre y su respeto.
El hijo desafortunado en el amor ha encontrado una función en la familia, una misión, y se la cree a pies juntillas. Mitchel. Vuelvo a pensar en la etimología de su nombre, que tanto me gustó: Mika’el, «semejante a Dios» en hebreo. Mitchel, el príncipe de todos los ángeles negros. El tipo simpático de la barbacoa, el alma buena de la urbanización. El menda se cree Dios de verdad. Mitchel, el príncipe de todos los ángeles negros. Eve toma la palabra, su voz aguda recuerda al canto de un pájaro:
—Mitchel, te las das de buen samaritano, de salvador. Pero ¿a qué precio? ¿A David y Lisa también les chantajeas? ¿Treinta mil, cuarenta mil libras por comprar su silencio? ¿Así es como proteges a nuestra comunidad desde hace años? Monica y James, ¿vosotros también pagáis vuestra deuda en efectivo? ¿Cada año un poco más, porque el secreto es cada vez más difícil de guardar?
Mitchel mira fijamente a Eve. Sin remordimientos.
Al principio, no me ven. Mis dedos rojos se aplastan contra el respaldo blanco de las sillas alrededor de la mesa. Dejo un rastro en su decorado de locos de atar. Ya nadie finge. Sigo avanzando. Acaricio el mantel, ahora ya manchado y arruinado. Querían sangre nueva. Imprimo a su mundo el color que merece: sangre sucia.
Entro en el campo de visión de James, que no logra articular palabra, levanta la mano y me señala con el dedo. Holly se da la vuelta. Pasmada. Monica, que siempre tiene el sentido de lo prioritario, deja escapar un:
—¡Mi mantel!