El secreto de la niñera 7 #4
93%

7 #4

Tengo los ojos cerrados y las manos apoyadas en el suelo. No sé si he dormido o he delirado. Ha sido largo. Estaba aquí y en otro lugar. Me incorporo y me apoyo en la pared. No viene nadie. ¿Nos van a dejar morir? ¿Ese es el plan? La ira ha perdido efecto, mi cuerpo se ha enfriado, intento calentarme las manos con el aliento. Exhalo un hilo de aire tibio, me tiemblan los labios, están agrietados, necesitan agua. El frío como una obsesión.

—Virginie, ¿estás despierta?

—Sí.

—¿Cómo has entrado en la urbanización?

—Cogí el Eurostar de las cinco de la mañana en París, luego vine directa en taxi y esperé detrás del recinto a que salieran los coches que llevan a los niños al colegio.

—¿No tenías miedo de que te pillaran?

—Aproveché las idas y venidas, nadie se fijó en mí.

Un destello raja la oscuridad. Un ribete de luz recorta perfectamente la pared de enfrente. Tardo unos segundos en comprender lo que está pasando. Una puerta se abre, una sombra se inclina, oigo un ruido de cristal. La puerta se cierra de nuevo. Apenas unos segundos. La noche vuelve a rodearnos.

—¿Has visto eso?

—Lo he visto.

Me levanto rápidamente. He podido calcular el tamaño de la habitación. Es tan grande como el dormitorio de mis jefes. Me dirijo hacia la puerta. Busco la bandeja y, en cuanto la identifico, me abalanzo sobre el vaso de agua. Lo siento por Virginie. No debo perder de vista la salida. Antes de hoy, nunca había bebido agua. Nunca. Cada sorbo es un aluvión de vida. El fuego de mi garganta se apacigua. La angustia de la privación se desvanece. Siento una profunda gratitud. Tengo ganas de besar, de amar, de reír. En mi bolsillo, mi horquilla. Mi existencia depende de ella. Busco a tientas la cerradura. Lo exploro todo a mi alrededor. Nada. Vuelvo a empezar ampliando la búsqueda, me tomo mi tiempo. La encuentro, estaba más hacia el centro de la puerta. Introduzco mi herramienta con el mayor sigilo posible, me cuesta controlar mis movimientos, tiemblo. Tengo un frío infinito. Empujo y espero un poco, manipulo y aprieto un poco más. Virginie me pregunta qué hago. Oigo un ruido. Mierda. Se ha roto. La horquilla se ha roto en dos. Me derrumbo. La frase de Virginie danza a mi alrededor: «Querían una chica hundida en la mierda».

Lloro.

Lloro por todo este desaguisado, por mis sueños ñoños, lloriqueo por mi ingenuidad. ¿Por quién me tomé? ¿Por una futura periodista? ¡Pobre imbécil! Todo el mundo lo sabía, todo el mundo dejó que me fuera pensando que estaba acabada. No vi nada. Estaba tan orgullosa de ir a buscar mi nuevo carné de identidad al ayuntamiento... Una llave de libertad que se abría como un libro, con mi bonita foto dentro, una promesa de otros lugares, de aventuras. Ahora estoy atrapada, encerrada. ¿Dónde? ¿En qué casa? Mis jefes no tienen sótano. ¿En la de los vecinos? ¿En la quinta villa? El aire helado, sí, quizá sea eso. Es el de la casa «en venta», donde solo está encendida la calefacción en la planta superior. Joder, de repente tengo una idea:

—Virginie, ¿llevas encima tu carné de identidad?

No responde. ¿Qué le pasa? Me levanto y me acerco a ella.

Se ha dormido otra vez. Rebusco en los bolsillos de su pantalón. Delante, nada. El carné debe de estar en su bolso, pero obviamente se lo habrán quitado. Miro en su chaqueta. Encuentro un pañuelo de tela en el único bolsillo. Decido girar a Virginie hacia un lado y le palpo los bolsillos traseros. Bajo la tela de los vaqueros noto una silueta rectangular. Es su carné. Lo saco.

Querían una chica hundida en la mierda. Sí, pero las chicas hundidas en la mierda no tienen nada que perder.

Doblo el carné para que sea más rígido y lo deslizo entre la puerta y el marco para descorrer el pestillo. Lo acciono de arriba abajo, de abajo arriba. Aguzo el oído, atenta al clic liberador. Empujo. No ocurre nada. Me río. ¿Me he creído una ladrona profesional? Soy patética. Rematadamente. Pero ¿acaso me sorprende? No, todo encaja en esta historia. Y desde el principio. Es posible que alguien nos vigile, nos custodie. Me acerco a la puerta y pego la oreja. Algún ruido tendrá que filtrarse tarde o temprano. Cierro los ojos y me concentro. Nada. Detrás, otro vacío, ¿otra noche? No hay nadie. Intento escuchar a través de la madera. Es desesperante. Aplasto el carné con la mano sana. Imagino la cara de Virginie en la foto, una cara administrativa, sin sonrisa, despejada, el pelo recogido. ¿Qué tengo que perder? Intento deslizar otra vez el carné. Esta vez, mi gesto es firme, no le doy elección. El pestillo se retrae, la puerta se abre. Por el resquicio, todo está oscuro. Me pongo a cavilar, tengo que darme prisa. ¿Y si alguien vuelve? Me inclino para coger el otro vaso.

—¿Virginie?

Me dan ganas de echarle el agua en la cara para despertarla de una vez por todas, pero no quiero que grite.

—Virginie, voy a echarte agua en la cara, no te asustes. Tengo que hablar contigo, escúchame.

Meto los dedos en el vaso y le humedezco las sienes, el cuello, los labios. Los tiene fríos y agrietados.

—Virginie, ¿me oyes?

Sale de su letargo.

—Escúchame bien, es importante. Voy a salir.

La sacudo un poco y vuelve en sí.

—¿Estás ahí, me oyes?

Me agarra blandamente de la sudadera y me dice:

—Creí que ese dinero me salvaría. No me dejes.