7 #3
—Monica parecía contenta con el embarazo. Yo no sabía qué pensar, estaba atrapada. Pedí quedarme para ayudar. Prometí que se había terminado con James.
—Eso no tuvo que hacerle gracia a la bruja...
—¡Monica se negó! ¡Le supliqué! No quería volver a verme.
Pobre chica. Empiezo a entenderlo todo. Ojalá fuera un alivio, pero cuanto más avanzo, más se aprieta el tornillo en mi cabeza. La migraña me machaca el cerebro. Intento acercarme a Virginie. No siento lástima, pero necesito su presencia; el vacío, la oscuridad, este mareo, es demasiado para mí. Toco a tientas el banco en el que está tumbada. Me recuerda al rincón de oración de mi casa de acogida. Paso las manos por encima, toco la pierna de Virginie, se sobresalta, ahora está sentada.
—¿Qué buscas? —me pregunta.
—Una biblia.
—¿Una biblia?
No le respondo. Rebusco por todas partes, me arrodillo y palpo el suelo. La he encontrado. Un libraco. En la cubierta reconozco la piel gastada, su entrelazado de venas. Es aún más aterrador y repugnante en la penumbra de este sótano. Percibo el aliento de Virginie. Y su olor. Huele a desodorante de vainilla, a nuestros perfumes baratos de colegialas. Odio la vainilla. Demasiado dulce y empalagosa.
—¿Te pagaron para que no volvieras?
—¿Qué?
—Diez mil, ¿te suena de algo? ¿Te pagaron para que dejaras a Simon?
—¿Cómo lo sabes?
—¿Te pagan cada año?
No responde.
—He visto las cantidades en el libro de cuentas, en la quinta casa.
Silencio.
—La quinta casa...
Pienso: «Sí, la casa donde tuviste a Simon». Pero no insisto.
—Diez mil al año por dejar a tu hijo y encontrar a otra au pair... ¿Es mucho para ti?
Percibo su incomodidad. Dejo que su malestar se prolongue. Me estoy vengando un poco.
—¿Por qué yo? Quiero saberlo.
Cuanto más nos acercamos a la verdad, más se refrena ella. Con mi mano sana, le pellizco la pierna.
—¡Venga, responde!
—¡Me haces daño!
—Esa es la idea. Respóndeme, Virginie.
—Monica quería otra francesa para que Simon hablara francés. Y quería a una chica sana que estuviera hundida en la mierda.
Su respuesta me fulmina: «Una chica sana que estuviera hundida en la mierda». Está todo dicho.
La miseria llama a la miseria.
Me duele la cabeza. Me pesan los ojos. Procuro mantenerlos abiertos, aunque soy consciente de que no sirve de nada; canicas abiertas en la oscuridad, visión sobre nada. Cambio el banco por mi pared-cubito de hielo. Todos los efluvios que he identificado se han cogido de la mano y hacen una ronda a mi alrededor: hongos, vainilla, pis, madera húmeda, cera, sangre seca. El desenfreno de hedores es tal que mi estómago da una vuelta entera. El hambre. Sí, eso es. No me había dado cuenta. Tengo tanta hambre que me hace daño. Es como si mi cuerpo hubiera bebido con una pajita todo el contenido de mi bolsa de comida y siguiera aspirando hasta tragarse los gorgoteos del estómago, a falta de algo mejor. ¿Cuántos días llevamos encerradas aquí?
—¿Virginie? ¿Sabes quién es esa gente? ¿Lo que hacen aquí? ¿Sabes que esos putos pirados son de la misma y única familia, que se reproducen entre ellos desde hace cuatro generaciones? ¿Y todo eso en nombre de qué? De la pureza. La pureza del linaje, el designio de Dios. Son protestantes, pero han pervertido su religión, han escrito su propio evangelio para legitimar su locura, lo han tergiversado todo para que sirva a su causa: «¡Solo respondemos de nuestros actos ante Dios! El amor puede perdonarlo todo. Lo perdona todo, lo cree todo, lo espera todo, lo soporta todo». Está escrito en su biblia, está subrayado, repetido una y otra vez, memorizado por todos los miembros del clan. Incluso Lewis tenía que tragarse todas esas gilipolleces. No quería que leyera la Biblia con él, imagino que se lo habían prohibido. La consanguinidad de esa gente terminó carcomiendo a su descendencia. ¿Lo entiendes?
El mutismo de Virginie me saca de quicio. Las palabras salen de mi garganta en chorros inmundos. El sabor acre del vómito. La verdad hasta la bilis. Ya no puedo detenerme.
—James y Monica, ¿cuál es su parentesco? ¿Son primos? En cualquier caso, por sus venas corre una sangre de ciento cincuenta años que nunca se ha aireado, que nunca se ha mezclado, ¡es cosa de degenerados! Pero Lewis cayó enfermo. Era la prueba insoportable de su pecado original, el principio de la decadencia. ¿Y sabes qué le hicieron creer sus padres? Que era un ser en transición, efímero. «Es tu misión en la Tierra, acéptala. Pásale el testigo a tu hermano». Sin embargo, existía un tratamiento para su enfermedad, yo vi la receta en el despacho de James, pero no lo curaron porque había que purificar el linaje, empezar de cero. ¡Menuda escoria! Murió por culpa de la demencia de su familia y nadie le pidió perdón. Nadie, Virginie.
¿Está viendo Virginie mi dedo acusador? Ni siquiera la oigo respirar. Mi relato es demasiado duro para su credulidad y su estupidez de chica extraviada. Virginie, lo que no entendiste cuando aceptaste irte, dejar a tu hijo, cerrar el pico a cambio de una buena tajada, cuando aceptaste hacer de gancho para enviarles otra chica, es que tenían un plan. Tú solo fuiste una excepción, un amorío de James, no necesitaron drogarte y violarte. Les vino como anillo al dedo. Pero no supiste ver a tu alrededor. Más allá. No viste a las otras au pairs, la sangre nueva para oxigenar, para limpiar la sangre mancillada por años de genes gemelos, incompatibles. Todas esas chicas que reclutaron en países extranjeros: Eslovaquia, Irlanda, Letonia, Rumanía, Francia... Bien separadas unas de otras, jovencitas frágiles cuyos padres carecían de los medios o la capacidad para protegerlas. Chicas para embarazar, para fabricar a sus hijos. Chicas sanas, como yo. No has entendido nada. Tampoco viste que los vecinos no eran vecinos, sino primos, hermanos y hermanas, los mismos genes removidos hasta la saciedad, una comunidad contaminada por su secreto. ¿No percibiste sus rasgos comunes, su lenguaje corporal, su infame parecido?
—¿Sabes quién es Irina?
Virginie no responde. Es extraño hablar en la oscuridad y no vernos las caras.
—Irina es la que vino después de ti y antes que yo. Estoy segura de que se suicidó cuando descubrió que estaba embarazada y que no podía salir de la urbanización. Sus padres siguen buscándola, son rumanos y no saben nada. No saben que está enterrada en el jardín de esa familia de ingleses ricos a quienes la confiaron. No saben que, desde hace seis meses, los niños y los vecinos caminan sobre la cabeza y el cuerpo de su hija putrefacta. Si hubieras hablado, si no lo hubieras aceptado todo... ella seguiría viva. Y su bebé también. Yo he tenido más suerte.
El silencio de Virginie ceba mi ira. Vuelvo a su lado, necesito sentirla, tocarla. La cojo del pelo y tiro con todas mis fuerzas hacia mí, quiero que reaccione, que grite, que suplique, que pida perdón por toda su estupidez y su sucia miseria. No consigo nada. La empotro contra la pared y le digo:
—¿Sabes por qué tengo suerte?
Ella murmura:
—No.
Apesta a pánico y lo disfruto.
—Tengo suerte porque, a pesar de todo, estoy viva.
La suelto. Intento recuperar un poco la calma, respiro, respiro, con los brazos a los lados. Virginie habla por fin:
—Y a ti, no te... no...
Las palabras ensucian su boca.
—¿No te tocó?
Su voz se debilita al pronunciar las últimas sílabas. Soy incapaz de responderle. De decirle que estoy embarazada. Sería la primera persona de mi entorno a quien se lo confesaría, sería como dar carnaza a mi pesadilla. Tengo sed. Mis labios están secos, mi lengua es papel de lija. Me cuesta tragar, tengo la impresión de que me han centrifugado la boca, no me queda saliva. ¿Cuánto tiempo hace que no bebo? ¿Cuánto tiempo se puede estar sin beber?
Tengo que dejar de hablar. Ahorrar humedad. Una pregunta más:
—¿Qué narices haces aquí, Virginie? ¿Por qué has vuelto?
Entonces ella me salta al cuello, me golpea, la cabeza, los brazos, la espalda. Le agarro la cara y le aprieto la boca como si fuera a arrancársela. Ella me da un puñetazo en los pechos para zafarse. El dolor es agudo, la suelto. Luego me abalanzo sobre ella.
La empujo con todas mis fuerzas contra la pared, y ella me dice:
—No he venido por ti, he venido por Simon.