7 #2
Extiendo los brazos para encontrar una pared, un asidero. Un dolor infernal en la mano izquierda. Recuerdo el muro, los dientes que me desgarraron la carne. ¿Cuántos días hace que no han desinfectado la herida? ¿Y que no han cambiado el vendaje? ¿Cuánto tiempo lleva supurando? Olisqueo mi mano. Huelo a Irina. Me estoy pudriendo.
Me obligo a hacer pequeños movimientos para que mi cuerpo se desentumezca. Muevo la boca, me lamo el labio inferior, tiene un sabor metálico y ligeramente amargo. Utilizo la mano sana para tocármelo, está grasiento. Tengo la frente llena. De sangre. Mis dedos se aventuran por mi cráneo y se hunden en una grieta: tengo un agujero en la cabeza. El dolor agazapado desde hace unas horas se libera y descarga todas sus fuerzas malignas. La sangre me chorrea por todas partes, por los párpados, por la oreja. Pero ¿qué me han hecho? Mis dedos bajan por mi cuello, noto un bulto de piel dura. Vuelvo a ver a Monica alzando su mano contra mí. Luego, nada. ¿Una puñalada, una jeringuilla? Después debí de golpearme en la cabeza. Es la madre del niño que llevo dentro, pero nada la detiene.
Por instinto, me llevo la mano al vientre, pero no pienso «Mi bebé». ¡Nunca lo he querido y nunca lo querré! Unos lagrimones ruedan por mis mejillas, no me liberan, me desuellan, son grava y cólera. No sé lo que es tener un hijo y no quiero saberlo. Mierda, ¿dónde estoy?
Me siento apoyándome en la mano herida. La descarga de dolor es horrorosa. Me aprieto los dedos contra la boca y noto la pestilencia. Mantequilla rancia, pus, olor a hierro y a moho. Nadie me ha curado la herida. Estoy en proceso de putrefacción. Tengo el cuerpo agarrotado. Me pongo de pie. Penoso. La oscuridad se me pega a los ojos, mi cuerpo se tambalea, voy a caerme. Extiendo el brazo sano delante de mí y avanzo. Busco un apoyo. Al octavo paso, mi dedo corazón choca contra una superficie dura. Alivio breve en plena secuencia de pánico. Apoyo la palma de la mano en la pared y acoplo la espalda. Respiro para calmarme.
¿Dónde me han encerrado? Pego la oreja al tabique. No circula ningún sonido. ¿Hasta qué punto estoy aislada? No creía que pudiera estar más sola de lo que lo he estado en los últimos cuatro meses. No veo ninguna puerta. Tengo la impresión de que me han enterrado viva. El olor a humedad me recuerda a un sótano. Me da miedo lo que voy a descubrir, las paredes están heladas. Me da miedo pasar frío; un miedo peor que el frío mismo. Quiero quedarme pegada a la pared, acurrucarme contra el hormigón hasta que vengan a buscarme, a tranquilizarme, seré buena, lo prometo, llevadme de nuevo a la luz. Puedo fingir que todo irá bien.
Sin embargo, todo ha cambiado, lo sé.
Me arriesgo a caminar por el centro de la habitación dando pasos cortos, es un salto en el vacío, no tengo ninguna noción del espacio, me da miedo caerme, lastimarme, me da miedo sentir miedo. Tengo la sensación de que avanzo a pasos agigantados, pero apenas araño unos centímetros. De pronto, mis dedos rozan algo, se echan a temblar. Es otra piel. Entre ellas se reconocen, por supuesto. Una piel fría y suave. En mis entrañas se forma un grito que brota a borbotones. Un grito enloquecido, ronco. La piel no reacciona.
Retrocedo. No me atrevo a mover los dedos, a alargar la mano. Aquí hay un cuerpo, un cadáver.
La noche total en la que estoy sumergida acentúa mi terror, mi exhausta mente dibuja rostros, siluetas, imagino a una au pair. ¿Dory? ¿Nela? ¿Qué les han hecho? De pronto, un calor muy sutil. Muevo la mano derecha para sentir de dónde procede la tibieza. Acerco los dedos, que tocan de nuevo la piel. No es una piel muerta, está viva, respira.
—¿Quién eres? —pregunta una boca pastosa—. ¿Quién eres?
No reconozco la voz. Respondo:
—Emmylou.
Silencio.
—Emmylou, estás aquí, has...
Pronuncia las sílabas con dificultad, no entiendo gran cosa de ese balbuceo. Me mantengo en guardia, dejo que la voz continúe.
—¿Dónde estamos? ¿Qué es el...?
La voz se vuelve más clara. No, no es posible... ¿Se puede saber qué hace ella aquí? No puedo creerlo, y sin embargo esa voz... Me siento en el suelo para no caerme. Tengo que calmarme. Necesito pensar, recomponerme. ¿Qué podría estar haciendo ella aquí? No me atrevo a preguntarlo. Preferiría no saberlo. Estoy dividida entre la curiosidad y la ira.
—Virginie, ¿eres tú?
Silencio absoluto, luego:
—Sí.
Apenas oigo su respuesta. Me dan ganas de molerla a palos, zarandearla, gritar. La oscuridad y el silencio juntos, un abismo. ¿Cómo no volverse loca? Me levanto con esfuerzo a causa del dolor, estoy mareada, pero mi agresividad me infunde ánimo. Intento localizarla. ¿Dónde narices está? Mis brazos hacen molinillos en el vacío. Mi rodilla choca contra un mueble, el dolor recrudece mi furia. Le agarro la pierna, parece que está tumbada en el banco contra el que me he golpeado. Dice con una voz pastosa:
—¿Qué... qué haces?
Ahora tengo un punto de referencia, subo por su cuerpo y la sujeto por los hombros. Todo es culpa de esta cabrona. Pego mi cara a la suya. Mira, un poco de sangre, la tengo por todas partes. Froto mi cara contra la suya, se la impregno de rojo y arramblo con sus lágrimas. Embadurno nuestras mejillas. El cabreo me asfixia. Ella se deja, la sacudo, vuelve a caer sobre el banco. Un ruido sordo al desplomarse. No sé si se ha hecho daño, creo que está drogada.
—¿Sabías lo que iban a hacerme? ¿Lo sabías?
No responde.
Estoy suspendida en la oscuridad. Ingrávida. Con los sentidos en guardia. Mi cuerpo ya no pesa nada. La falta de visibilidad me agudiza el olfato. Huele a rancio y a amoníaco. No sé si estos olores guardan alguna relación, pero asaltan mi cerebro al unísono. Un olor agrio, picante... ¡Joder, es orina! Me paso los dedos por la entrepierna y me los llevo a la nariz. Me he meado encima. ¿Cuánto tiempo llevo pudriéndome en este sótano?
Con la acidez, con el polvo. Olores a tierra, a hongos, a madera húmeda, a cera, puede que incluso a velas apagadas. Me gustaría explorar la habitación, pero una náusea ancestral me siega las piernas. Me arrimo a la pared helada, levanto la cabeza para no vomitar. Me esfuerzo por aspirar cada ápice de frescor para conseguir que la presión baje. Sobre todo, no potar. No añadir más hedor al hedor.
—¡Virginie! ¿Por qué me has metido en esto?
No hay respuesta.
¿Está durmiendo la zorra? ¿La muy zorra?
Soy un perro rabioso que no quiere soltar a su presa. Durante estos cuatro meses, he agachado demasiadas veces la cabeza para rascar algunas caricias y me he tragado muchos sapos. Ahora necesito desahogarme.
—¿Te fuiste, abandonaste a tu hijo aquí y me entregaste? A cambio de qué, ¿eh? ¿A cambio de qué? ¿Qué ganaste con eso? Me escribes y me preguntas por el niño, y me pides fotos. «Y, sobre todo, no le digas nada a la familia, no deben saber que nos escribimos, ¡por discreción!». Te has burlado de mí a base de bien.
Estoy a pocos centímetros de ella, le escupo en la cara, no me queda dignidad alguna. Solo oigo su respiración. Y sus movimientos: estira las piernas, se frota la cara, gime como si le hubieran dado una paliza.
¡Mierda, esta oscuridad me vuelve majara!
—No voy a esperar a que vengan a buscarnos.
En estos momentos estoy hablando conmigo misma. He tocado fondo. Virginie no reacciona, ha vuelto a desmayarse. Deslizo las manos por la pared, el ligero olor a madera húmeda tiene que venir de algún sitio. Nunca lo he percibido en casa de mis jefes, donde todo está demasiado limpio, seco y pulido. Olisqueo la pared, olfateo cada recoveco de mi prisión. Mis dedos chocan contra una protuberancia. Poco a poco, recorren el bulto, lo rozan, lo palpan, lo rodean. Mi dibujo hecho a ciegas toma forma, lo veo como a plena luz del día: es una cruz. No doy crédito. ¿Una cruz en un sótano? Vuelvo a pasar el índice por encima, quizá me he equivocado. No hay duda, es una cruz. No sé qué pensar. ¿También rezan en el sótano?
Virginie rasga el silencio. Tiene un hilillo de voz, frágil.
—Él me cuidaba.
—¿Qué?
—Él... me cuidaba...
—¿Qué estás diciendo? ¿De quién estás hablando?
—Veíamos películas juntos. Era la primera vez que alguien me prestaba atención.
Hace una pausa. Todavía tiene la boca pastosa. ¡Se nota que no está acostumbrada a que la droguen! Yo me recupero más rápido. Este detalle me hace sonreír. Me divierto como puedo. Intento comprender. Las películas, la complicidad... ¡James!
—Estaba enamorada. Y ella no lo soportó.
Intento reconstruir la historia: James cuida de Virginie, Virginie se enamora. ¿Y tienen un hijo? No entiendo nada...
—¿Te acostaste con él? ¿Conscientemente?
Me he apartado de la pared, estoy plantada sobre mis piernas, preparada para el combate. Mientras hablo, no paro de gesticular.
—Sí.
Al decir esta palabra de nada, su voz se quiebra. Las lágrimas ahogan sus cuerdas vocales. Quizá, por primera vez, no le ordenarán que se calle, dejará de tener miedo, hablará para salir de su cárcel, de esa cárcel en la que creyó encerrarse ella sola. Erróneamente. Porque la empujaron dentro con su ingenuidad y su enamoradizo corazón.
—¿Te acostaste con él? Pero... ¿no tenías miedo de quedarte embarazada?
Virginie sigue sollozando, la oigo a través de los ruiditos que hace con la boca, con la nariz. Se frota los ojos. En el silencio, todo cobra otras dimensiones.
—Sí, tenía mucho miedo. Pero James me decía que no había ningún riesgo.
—¿Cómo pudiste creer eso?
Virginie no responde a mi pregunta y continúa su relato.
Ahora que se han abierto las compuertas, el agua va a salir en tromba.
—Después, dejó de venirme la regla. Llamaron a un médico, me hizo un análisis de sangre. Estaba embarazada. Me dijeron: «Demasiado tarde para abortar, hay que quedarse el bebé».
Como una patada en el estómago. Me obligo a respirar hondo para no ahogarme bajo el impacto. Para ayudarme, me concentro, digiero sus palabras, las rumio para asegurarme de haber entendido bien. Ese cabrón le hizo un hijo, ella estaba enamorada y él se aprovechó de la situación.