El secreto de la niñera 7
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Escribo en un pósit: «02 99 42 88 08» y se lo paso. Ella dice con una voz atemorizada:

—Irina está en el jardín.

No lo entiendo. En el jardín solo veo al perro y a James y Monica corriendo tras él. Ni rastro de Irina. Kristina deja a Simon en el suelo, se levanta un poco el amplio jersey negro. Me muestra un vientre redondo. Luego se vuelve sobre sus talones.

Monica entra hecha una furia en el salón de la casa por la cristalera del jardín. Ya no piensa en el reposo. ¿Ha olvidado quizá que está embarazada? Atraviesa la casa y se dirige hacia la puerta principal. Tiene el rostro consumido por la inquietud. Pasa por delante de Kristina, de Simon y de mí sin mirarnos. Se queda en el umbral y repite varias veces:

—¿De quién es ese perro?

Una voz de hombre le responde:

—Es mío. Come on, Ruster, come on! ¡Vamos, Ruster, ven!

Monica se vuelve y entra de nuevo en casa. Está furiosa. A su espalda, veo que el dueño del perro se agacha y le arranca algo de la boca. ¿Un papel, una rama? Lo tira a un parterre y hace subir al animal a su camioneta de jardinería con el letrero THE JOY OF GARDENING, «la alegría de la jardinería». Simon corre hacia Monica. Aprovecho esos segundos de distracción para ir a buscar lo que el perro ha desenterrado. Es un pedazo de tela gruesa, un trozo de una sudadera, color burdeos. Es más o menos del tamaño de mi palma, me lo meto apresuradamente en el bolsillo del pijama. Entro rápido y subo a mi cuarto. Cierro la puerta, me siento en la cama y saco el hallazgo. Lo huelo. Me echo atrás: huele que apesta. Desprende un olorcillo a mantequilla rancia, un hedor nauseabundo que me provoca una arcada. Tengo la sensación de percibir esta pestilencia por primera vez y, también, de conocerla desde siempre. Huele como en casa de mi abuela, que no tenía frigorífico y dejaba la comida en la mesa de la cocina. Una costumbre que me daba asco en verano, cuando las moscas venían a cenar. Insoportable.

Huele a carne en descomposición.

«Irina está en el jardín».

Corro a vomitar al cuarto de baño. La imagen y las náuseas son tan fuertes que me golpeo la cabeza contra la cerámica.

Voy a acabar en el fondo del jardín, como Irina. Eso es lo que les hacen aquí a las rebeldes. A las que se portan bien, a las educadas, les quitan los bebés y las devuelven a Francia después de obligarlas a cerrar el pico: «O te callas o si no...». ¿Si no qué? ¿Lo contaré todo por ahí y arruinaré tu reputación? Lo tengo crudo. Esperarán a que su hijo crezca en mi vientre y, después del parto, me desecharán. Me estoy volviendo loca, es la gente más tarada que he conocido en mi vida real y literaria, nadie me creerá. Pienso en Kristina, embarazada. Entiendo el horror de la situación: Mitchel y Holly han contratado a la au pair antes del niño. Para que lo fabrique. Para llenar la habitación vacía. ¡Mitchel, menudo cabronazo! ¡Holly, qué asquerosidad de mujer! Nadie me ha traído nada de comer hoy, me siento débil, el estrés extremo consume mis fuerzas, el terror me corroe por dentro. Órgano a órgano. Todo se debilita. No sé si seré capaz de levantarme. Sin embargo, tengo que largarme, no me queda otra.

Morgane viene a verme. Tengo la cabeza hundida en la almohada. Siento la suavidad de su cabello ondulado, reconozco su olor y el timbre melancólico de su voz. Tengo que aguzar el oído para entender lo que dice. Oigo la palabra «suicidio». Una palabra fácil de susurrar, que se desliza sola, con su ese y sus íes, una sinfonía macabra. Repite en bucle esa palabra que ninguna de las dos ha pronunciado nunca. Esa palabra intolerable. ¿Por qué me habla de su muerte? No tengo ganas de oírlo; ahonda en mi soledad, me vacía. Morgane nunca ha sido de las que se quejan o remueven las desgracias. De pronto, lo entiendo, me indica el camino que debo seguir. El suicidio como única escapatoria. Voy a escenificar mi suicidio. Si amenazo con matarme con el bebé, reaccionarán. Eso es lo que me susurras, Morgane.

Creo que se me han adelantado, solo me dan una de cada dos comidas. No sé cuántas horas o días llevo durmiendo. No es posible, no van a matar a su bebé, ¿no? ¿Qué están haciendo? ¿Intentan castigarme, someterme, debilitarme? Acostada, miro el papel de las paredes: está completamente arrugado, hay trozos desprendidos que se doblan como las ramas de una jungla salvaje y forman un arco sofocante sobre mí. Serpientes, panteras, chimpancés, cocodrilos, leopardos, los animales del estampado están despiertos y avanzan hacia mí. Son carroñeros atraídos por el aliento de la muerte. ¿Tienen ganas de probar mi piel, de lamer mi miedo? La habitación es más pequeña que ayer, me cuesta respirar en este calor húmedo, el olor rancio de la tela que el perro ha arrancado del cuerpo de Irina se multiplica por dos. «Irina está en el jardín». Parece una frase estúpida de una clase de inglés de primaria. «Where is Irina? Irina is in the garden». Me veo en clase de sexto, en el colegio de Plouhernec. Es el principio del verano, uno de los últimos días de clase, un día de julio muy caluroso para Bretaña. La ventana está abierta. La clase de inglés me hace sudar la gota gorda: «Where is Bob? Bob is in the kitchen!». El ruido de la ciudad, el viento en los árboles, el crujido de las hojas. Me siento atraída por el vacío.

Oigo un grito. Estoy sentada en la repisa de la ventana de mi habitación. Mis piernas se balancean. Dos pisos por encima de la terraza. Es la voz de Monica. Un rugido que sale de sus entrañas, que ha desgarrado todos sus órganos, que acarrea todas las iras y los odios acumulados. Ni siquiera logro darme la vuelta, me siento blanda, flotante. ¿Me han drogado otra vez? La comida, han echado algo en la comida. Creen que pueden guardarme como un vegetal en mi invernáculo, bien calentita para gestar a su mocoso, un poco viva, pero tampoco demasiado, lo justo para alimentar al niño. No recuerdo haber abierto la ventana y haberme sentado aquí, en equilibrio. Tengo un vértigo de locos.

Suicidio.

El consejo de mi amiga, mi única ayuda. Menos mal que te tengo, Morgane. Debo despejarme. Ahora es el momento decisivo. Debo aterrorizarlos, conseguir que teman perder al bebé. Con la poca lucidez que me queda, me doy una patada en el trasero. ¡Joder! Concéntrate, ahora es el momento. Con toda la lentitud del mundo, levanto un pie para subirme al travesaño, gano altura, mi mano sana se agarra a la pared, planeo sobre el jardín negro. Monica vocifera a mi espalda:

—¡NO! ¡NO!

Lo ha entendido. Me aferro para no caer, sé que el ímpetu de sus gritos puede precipitarme contra el suelo. Pero no quiero morir. Todavía puedo escapar. Respiro y me concentro. Aguantar para asustarlos lo suficiente. Monica llama a su marido.

—¡James, se va a tirar por la ventana!

La oigo pronunciar la palabra «suicidio» en inglés: «su-i-said». Suena más despiadado y espeluznante que en francés. Cada sílaba es un paso hacia una muerte atroz. Monica añade:

—No lo soportaré, otra vez no.

James responde:

—I know, darling, lo sé.

¿«Otra vez no»?

Noto una corriente de aire en la espalda, James ha entrado en la habitación. Está con Monica. Los noto a los dos, saturan mi espacio con su angustia. Les anuncio:

—Voy a saltar y todo habrá terminado.

Monica le susurra a James:

—¡Venga, dile algo! Damn it!

James se me acerca y me dice con su voz más tranquila y grave:

—Emmylou, go down! Tienes que bajar.

—Si no me dejan volver a mi país, encontraré la manera de matarme.

James le dice a Monica:

—Se matará tarde o temprano, tiene que volver a su país.

—¡¿Con mi bebé?!

Monica no da crédito a sus oídos. Es una afrenta.

—Never! ¡Jamás!

Luego empieza a golpear a James y grita:

—I hate you! ¡Te odio!

Yo me inclino hacia el vacío y repito:

—Voy a saltar, no puedo más, voy a saltar, no puedo más...

Estoy decidida. Apenas finjo, me siento agotada y el suicidio me parece una salida dulce. No será más doloroso que todo lo que estoy soportando aquí. Pienso en ello como en un final posible. Es un lujo poder escribir el último capítulo de tu vida. La experiencia de la elección llevada al extremo. James me suplica:

—¡Por favor, no te muevas! Voy a ayudarte a bajar. Cuidado, me acerco, ¡deja que te ayude!

Ellos creen que han salvado a su bebé, yo creo que me he salvado a mí misma. Todos hemos ganado, ¿no? En el momento en que pongo el pie en la cama, Monica levanta la mano. No tengo tiempo de ver lo que sostiene, pero siento un dolor agudo y profundo, el de la aguja que me ha herido durante semanas, la que se me clavaba aquí y allá, la que acosaba y torturaba mi cuerpo. Acaba de atravesarme el cuello. Ha desgarrado algo.

Las olas lamen la arena blanca en el mayor de los silencios y, cuando el mar se retira, se oye el canto de los miles de guijarros que arrastra y hace rodar hasta su vientre. Es su tesoro, su pitanza. El movimiento es infinito, mece. Me siento bien, floto, soy el agua salada, soy la miríada de granos de arena, soy la lluvia que salpica la superficie, soy el sol que lucha por abrirse paso. Soy todo eso. Gritos. Soy muy grande, soy inmensa, nadie puede atraparme, este es mi reino. Soy el paisaje, soy la vida, soy el mundo. Un chillido. El cielo es negro. El granizo viene a tocar otra música, a contracorriente. Tengo mucho frío. Soy muy pequeña, recojo mi cuerpo entre mis brazos. Tirito. Se oyen ruidos de muebles que alguien está moviendo. ¿Hay gente peleándose abajo? Hago mil esfuerzos por salir de mi letargo, intento tensar los músculos, quiero saber. Pero tengo los ojos pegados, la boca demasiado blanda y mi mente ha reanudado el camino hacia la playa.

He abierto los ojos. Ya no veo los animales salvajes del papel pintado, ni tampoco la ventana. No veo nada. Está oscuro. No sé dónde estoy. No oigo ningún ruido. Tengo la sensación de estar en el fondo de un pozo. Tengo un hambre de lobo. Tengo un agujero en el estómago, podría caerme en este vacío de mi cuerpo.

El piso helado me indica que estoy tumbada en el suelo. ¿Cuánto tiempo llevo postrada aquí? ¿Dónde estoy?