El secreto de la niñera 6 #5
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No doy crédito, esta gente solo sabe mirarse el ombligo. ¿Qué soy yo para ellos, un vientre, una pobre, una débil, una francesa? Su cara está a solo unos centímetros de la mía, veo su mandíbula apretada, sus ojos enrojecidos de odio. Siento que su rabia crece de nuevo, sus manos vuelven a caer sobre mi cuello, le digo con una voz sosegada: «Cuidado con el bebé...». Se para en seco.

He encontrado la clave. Se levanta y se marcha.

Inmóvil en mi cama, aguzo el oído para captar los ruidos de abajo. Intento discernir la voz de Simon. ¿Quién se ocupa de él? El padre enfurecido, la madre dormida por el efecto de la droga que le he inyectado... Lo compadezco. ¿Por qué le ha tocado esta familia? Y, de hecho, ¿a qué familia pertenece? ¿A la de James o a la de Virginie? ¿Cómo puede Virginie vivir sin su hijo? Quizá cuando te violan es diferente, no te encariñas tanto. No, no lo creo. Me preguntó por Simon, precisamente por él, y también me pidió una foto. Había afecto. Una ternura, un vínculo muy fino que ni siquiera el papel de carta más grueso podría ocultar. Lo intuí, pero no le di importancia, lo guardé en algún lugar de mi cabeza. Y ahora es evidente. Virginie quiere a su hijo. Pero, entonces, ¿por qué se marchó? ¿De qué tenía miedo?

No oigo a Simon. Miro la hora en mi despertador: son las cuatro y treinta y cuatro, ya debería estar aquí. ¿Dónde está? ¿Al cuidado de quién lo han dejado?

Escudriño el techo de mi cuarto y tengo la impresión de que ha encogido. No posee el mismo tamaño que el suelo que tiene enfrente. Es imposible, lo sé. Y, sin embargo, lo veo: las paredes a ambos lados intentan tocarse. Arriba, veo que el papel pintado se ha despegado, forma olas a izquierda y derecha, los animales se desplazan, los han liberado. Encima de mi escritorio, un leopardo con la boca abierta recorre la jungla dibujada, su andar felino me fascina. ¿Siguen drogándome? ¿Me están dando otra cosa? Mi habitación está viva y dispuesta a devorarme.

Tiene hambre.

Deslizo la mano sana entre la almohada y su funda para sacar la historia médica de Irina que robé del despacho de James. «Irina Popescu, 19 ani». También hay una fecha: «20 iunie 1994». No me extraña ver un análisis de sangre, yo misma tuve que hacérmelo para convencer a mis futuros jefes de que me escogieran. Nuestra buena salud era un requisito previo para contratarnos. Este detalle no me alarmó. Al fin y al cabo, yo era una desconocida al cuidado de sus hijos, imaginé que era una garantía básica. Leo cada frase del análisis de Irina, está en rumano, pero logro entender algunas palabras:

VIH: negativ

Tată de hemoglobină: 12,1 / 13,4 / 15,1 g/dL

Teste de fer (feritină serică, saturaţie şi transferină): 50 / 140 / 170 µg/dL

Analiza genetică pentru a identifica mutaţii specifice în genele globinei (gena HBB pentru beta-talasemie): negativ

VIH, hemoglobina, hierro... y de pronto esta palabra: «talasemia», la enfermedad de Lewis, una enfermedad genética.

Evidentemente.

Querían asegurarse de que no fuéramos portadoras del gen defectuoso y que no pudiéramos transmitirlo, que fuéramos cuerpos sanos, capaces de reproducirnos. «Sangre nueva». ¡Qué pesadilla! Todo estaba en el análisis. Me habría bastado con leerlo de verdad, con hacer el esfuerzo de descifrar los resultados en lugar de obedecer ciegamente porque mis potenciales futuros jefes ricos lo habían pedido. Sí, señor, sí, señora. Es normal, señor, lo que usted diga, señora. Este análisis es la garantía de procreación para esta familia de pirados. Irina no tenía el gen de la talasemia, estaba lista para su uso. Pero, entonces, ¿qué le pasó? ¿Qué le hicieron?

La puerta se abre bruscamente. Por instinto, cierro los ojos. Reconozco a John, el médico, su olor a sudor rancio. Noto que se acerca a mi mano herida. Luego coloca un estetoscopio sobre mi corazón. Unos segundos más tarde, sus dedos corren por mi vientre. Palpa mi redondez. Sin duda quiere comprobar que todo va bien después de la caída. ¿Cómo está el feto? Ni siquiera he pensado en ello, quizá he soñado que todo se para y que el golpe detiene la vida que se desarrolla dentro de mí. Vuelvo a ver a John en el funeral de Lewis con su hija que se parece a su au pair; él también forma parte de la comunidad. ¿Quién es? ¿Un primo de Monica? ¿Él también ha mandado fabricar a su hijo? ¿Por las mismas razones? ¿Es portador del gen de la enfermedad? ¿De la enfermedad familiar? ¿Cuántos comparten este terrible secreto?

—A partir de ahora tienes que quedarte acostada, nada de salir de la habitación.

Abro los ojos y miro a John, asustada. ¿Atrapada en este ataúd? ¿Sin volver a salir? ¿Cuántas semanas, meses? Él añade:

—Tienes que guardar cama, es demasiado peligroso para ti.

Lo agarro del brazo. Le suplico:

—Espere. No diré nada de Nela ni de su hijita. Se lo prometo. ¡Deje que me marche!

John me observa impasible y sale de mi prisión cerrando la puerta tras él. No lo oigo bajar las escaleras, y eso que es gigante y tiene el paso pesado. Susurros al otro lado de la puerta. Salgo de la cama y pego la oreja a la madera, procurando no hacer ruido. Reconozco la voz de Monica, que le pregunta:

—Dime, ¿de cuántos meses estoy embarazada?

John responde:

—Yo diría que de casi tres.

Tres meses, una mano acaba de hundirme el plexo. Hago el cálculo... Doce semanas, sin duda es demasiado tarde para abortar... Tengo ganas de morir. Siguen hablando en voz baja. Es necesario descansar, descansar mucho después de la caída. La placenta ha tenido que acusar el golpe, hay que ser prudentes. Monica responde:

—Sí, voy a hacer reposo. Un reposo absoluto.

Me he quedado petrificada contra la puerta de mi celda, me asfixio. Esta mujer se ha apropiado de mi vida y de mi cuerpo. ¡Llevo a su bebé y es ella la que está embarazada! La imagino acariciándose el vientre, saboreando el momento, entusiasmada ante el deber de cuidarse. Lo cree a ciegas. Está embarazada de tres meses. Va a hacer reposo. Va a tener un hijo. Yo seré su esclava para siempre. El cepo se ha cerrado.

No hay ni un solo perro en esta urbanización. Es sorprendente, son la clase de personas que suelen tenerlos, personas con dinero y tiempo, personas que tienen a personas que se lo hacen todo y que, por tanto, disponen de tiempo libre para ocuparse de un animal. Sin embargo, ningún perro se pasea por aquí. Por eso me sorprende oír un ladrido. No es un gañido débil, no, es un ladrido que sale de una garganta gruesa, sólida, y que resuena contra unos dientes de depredador, de cazador. Se acerca, está armando un ruido de locos, la clase de ruido que te hace pensar: «Se va a liar una gorda, una crisis en toda regla». Lo sabes, va a pasar algo. Hace tres días que estoy acostada en mi cama, que James me trae de comer, que monta guardia delante de mi habitación. Todo apunta a que ha dejado de ir al trabajo. Es una angustia infernal. Aparte de tirarme por la ventana, no veo otra salida. No he vuelto a ver a Monica desde que la ataqué, debe de tenerme miedo, a mí o a la realidad. Yo estoy embarazada y ella no. Sí, eso es, debe de estar acojonada, debe de estar jugando a la mujer embarazada en su bonita casa de tonos blancos y beige, tranquilizadores, despreocupados, los colores de los ricos. Seguro que se recuesta en el sofá, resoplando ligeramente, sujetándose la zona lumbar, imaginando a su futuro bebé. Visualizo de nuevo la foto en la que posa radiante con su recién nacido. Simon, al que no parió, al que nunca llevó en su vientre. Oigo su perorata sobre la elección del nombre durante el embarazo, ¡escuchaba tanto a Simon ¿quiere jugar, comer? No tengo ni idea, nunca he tenido un animal de compañía. Mis padres estaban demasiado ocupados como para permitírselo. Este espectáculo me relaja. Veo al enorme chucho pisar los parterres. Está arruinando las futuras flores y los preciosos arbolitos. Esta locura me regocija, la vida irrumpe en este jardín demasiado controlado. Veo a Monica, intenta ahuyentar al animal. Corre tras él:

—Go, go away, ¡vete!

James se acerca a ella y, presa del pánico, le pregunta:

—Pero ¿de dónde ha salido este bicho?

La escena es cómica, ¡no es más que un perro! Los dos están fuera y mi puerta ya no está vigilada. Suena el timbre. Varias veces. Nadie responde. Bajo despacio las escaleras. Miro por la mirilla y veo que es Kristina. En sus brazos, Simon. Se me hace raro, abro la puerta. La au pair de Mitchel y Holly da un paso atrás, no esperaba encontrarme. No la dejo hablar, le suplico:

—¡Llama a mis padres!