El secreto de la niñera 6 #4
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Monica pega un grito animal y se vuelve hacia mí con los ojos desorbitados. Con la mano intenta agarrar lo que acaba de penetrar en su cuello. Se tambalea, está frente a mí, su boca roja hace un mohín. Pienso: «Ahora no se hace la listilla». La dejo sola en el trastero, con la jeringuilla y sus chillidos de animal malherido, y salgo corriendo. Abro la puerta de la casa, no veo a ningún vecino ni a ninguna au pair. Corro hacia la izquierda, detrás de los árboles: el muro de piedra. Voy a intentar trepar por él, no tengo nada que perder. Parece kilométrico. Rápidamente llego a la mitad, pero me faltan puntos de agarre. Imposible avanzar. Bajo de nuevo despacio. Respiro y me concentro. Recuerdos fugaces de mi iniciación a la escalada en el colegio. No mirar nunca abajo, siempre arriba, pensar solo en el objetivo. Unas piedras que se han salido de su sitio me permiten agarrarme. Estoy casi en la cima, es una locura. Tengo un sobresalto de alegría, un chute de adrenalina, mis piernas son como dos ganchos asegurados en la roca, nunca me había sentido tan fuerte. Me aúpo empujándome con los pies y lanzo la mano izquierda con todas mis fuerzas para pasarla al otro lado del muro. El dolor que me atraviesa es desconocido; es como el dolor que se siente al haber perdido un miembro. Por un lado, mi mano empalada en algo que no veo y que paraliza toda la palma, cientos de dientes afilados clavados en mi piel, mis nervios, mis tendones, como la mordedura de un animal horrible y, por el otro, el resto de mi cuerpo a punto de resbalar. Dentro de unos segundos, me quedaré colgando solo de los dedos. Y la carne se desgarrará. Tengo que retirar la mano. Pienso en la playa. Pienso en mi padre haciendo bricolaje conmigo, en Morgane y yo encima de su manta, en la mirada a veces dulce de mi madre. Pienso en todo lo que quiero, y arranco la mano.

La sangre gotea encima de mi cabeza, me cae por los ojos, por la nariz, por la boca, es espesa. No quiero ver la herida que me devora entera, no soy más que este sufrimiento. No puedo bajar, mi mano ha quedado inutilizada, estoy atrapada arriba. De pronto, un grito. Al pie del muro, Kristina. Tiene el rostro desfigurado por el pánico. Me llama:

—Can I help? ¿Puedo ayudarte?

No le respondo, no puede hacer nada. El dolor me entumece, las piernas y la mano sana ceden, caigo al suelo cubierto de hojas y tierra, sobre las piedras en las que nunca había reparado. Es un suplicio, la espalda y las nalgas se han llevado la peor parte. Kristina se arrodilla junto a mí, todavía lleva la ropa negra y holgada, como si siguiera de luto. Nunca me he atrevido a preguntarle por qué. La au pair de Holly y Mitchel observa mi herida y constata:

—It’s bad, really bad, es muy grave.

Le respondo:

—Te lo suplico, ve a tu casa, llama a Emergencias.

Ella duda. Le grito:

—¡Diles que estoy embarazada!

Su rostro se descompone.

—Pregnant! ¡Estoy embarazada de esos tarados, Kristina!

Está postrada a mi lado. Con mi mano sana, toco la suya y vocalizo lo más despacio que puedo:

—Kristina, llama a Emergencias, por favor.

Es mi única salida. Veo que se levanta con precaución. La miro y veo a mi madre, mi madre embarazada de mi hermana pequeña. Una silueta muy delgada que carga con el peso de su vientre. Kristina tiene los mismos andares. ¿También está embarazada? La llamo:

—Kristina.

Grito:

—¡KRISTINA!

No vuelve.

Estoy tumbada boca arriba, no me atrevo a mirarme la mano, sé que está hecha jirones. No quiero afrontar los estragos, no soy valiente. Querría estar en brazos de mi madre, mi madre gruñona, mi madre cansada, pero siempre ahí cuando me duele algo. Si supiera lo mucho que la necesito... Espero que Kristina llame a Emergencias. Una vez en la ambulancia, podré explicarlo todo, mi embarazo, mis jefes locos, la droga, los falsos vecinos, la comunidad enferma, la consanguinidad de sus miembros. Me protegerán, seguro. El cuerpo médico ha prestado juramento. Me salvarán. Tengo que irme antes de que hablen con Monica. No me atrevo a imaginar de lo que son capaces esta mujer y sus vecinos, su familia. Debe de estar grogui en el suelo del trastero, con la jeringuilla clavada en la nuca. ¡Toma GHB! Dormirá dos o tres horas, el tiempo justo para largarme de aquí. ¿Es posible que Kristina también esté embarazada? Tienen una habitación sin vida, con todo envuelto en plástico, cierto, pero sus jefes, Mitchel y Holly, los simpáticos de la urbanización... No, ellos no... Mitchel, el vecino alegre y atento, el tipo abierto de mente, majo. Me lo imagino tumbado encima de Kristina, violándola tantas veces como sea necesario para dejarla embarazada. ¿Mismas casas, mismas prácticas?

Oigo una sirena. Es una sirena de coche de policía o de ambulancia. No sé si debo alegrarme o preocuparme. Veo que se abre la verja, el sonido de la sirena se acerca. Una voz dice:

—Hello, hello! ¡Por aquí!

No es Kristina. No distingo el vehículo entre los árboles, pero veo que ha entrado y se ha parado. Se abre una puerta. Un hombre pregunta:

—¿Es aquí? ¿Es usted quien ha llamado?

¿Está hablando con Kristina? Alguien responde. No puedo más, me duele tanto, ayudadme. Pasos en mi dirección. Estoy aterrorizada, pero me río, me siento aliviada, me orino encima. Dos hombres con monos azules se acercan a mí, yo les sonrío.

—How are you, young lady? —me pregunta uno, preocupado por mi salud.

Tengo ganas de besarlos. De contárselo todo. Pero me trago las palabras impacientes. Primero que me atiendan en la ambulancia, primero salir de esta urbanización de enfermos. Me deslizan en la camilla y me levantan. Me miran la mano, hablan rápido entre ellos, capto algunas palabras: «hand», «surgery», «mano», «operación». Solo unos metros más y se habrá acabado. Descubro el voluminoso vehículo blanco con una franja roja en el lateral, la palabra «ambulance» que despeja cualquier ambigüedad. Mientras giran la camilla, avisan en voz alta de que está todo en orden:

—It’s fine, we’ve got her back!

Busco a Kristina, pero al otro lado de la ventanilla del vehículo veo una cara.

Holly.

Mirada glacial. Nunca la había visto así. El dolor se intensifica. La puerta se cierra. Uno de los enfermeros se queda a mi lado y me dice:

—It’s going to be okay, todo va a ir bien.

Lo dudo. Espero a que arranquen. Los ojos de Holly desaparecen. Espero el sonido tranquilizador del portal al abrirse, pero no oigo nada. El vehículo circula despacio, parece dar vueltas sobre sí mismo. Aparca. Por la ventana horizontal veo árboles y hojas que se aplastan contra el cristal. Nos hemos parado en el ángulo muerto de la urbanización, cerca del muro que he intentado escalar. El conductor abre la puerta trasera, sube y me dice:

—Bueno, vamos a curarte eso...

Tengo la sensación de que me han pisoteado el pecho, lloro como una niña pequeña, entiendo que no saldremos de este recinto. Que me van a curar aquí.

Que me van a retener aquí.

Uno de los enfermeros se ocupa de mi mano lacerada. Me dice: «Respira bien, voy a desinfectar la herida». Una sensación helada paraliza mis dedos y la palma de mi mano, es un alivio, el dolor desaparece durante unos segundos, luego la sensación de que mi mano se quema, de que se está asando. Chillo, me retuerzo como una alimaña. Me colocan una mascarilla en la cara. Respira, respira fuerte. Mis ojos se hunden en mi cráneo, mi cuerpo se proyecta en un espacio paralelo donde todo se ha vuelto gigantesco, fuera de mi alcance. Oigo a los enfermeros a lo lejos, muy lejos. Siento que me trituran la mano, como si hurgaran dentro, extraen los trozos de piedras y hojas que se han incrustado en la herida al caerme. El gas anestésico no alivia el dolor, lo aleja, como si flotara fuera de mí, nunca había sentido nada igual, he perdido el control. El enfermero me quita la mascarilla y me limpia la sangre de la cara. Quiero decirles: «Please, ¡por favor! ¡Me tienen secuestrada, me hacen daño! ¡Llévenme al hospital!». No cruzo su mirada, no consigo vocalizar, tengo la boca de algodón, los labios entumecidos. Me dicen: «Te curarás. Descansa». Fingen no saber nada. La palabra de Holly ha tenido más peso que la de Kristina. Holly les ha impedido que me lleven al hospital. Se obedece a los poderosos. Los enfermeros continúan con sus recomendaciones. Hay que desinfectar la mano y volver a vendarla todas las noches. Tengo la palma destrozada, tardará varias semanas en curarse. Me vuelvo loca. Les digo: «Estoy embarazada. I’m pregnant!».

No me oyen.

Levanto una pierna que proyecto con todas mis fuerzas contra uno de los hombres. No se lo esperaba y se da un golpe en la cabeza. No quiero morir aquí. El otro tipo me inmoviliza inmediatamente, vuelve a colocarme la mascarilla en la cara y el olor a gas se intensifica. No puedo mover ni la parte inferior ni la parte superior del cuerpo, tengo la lengua de trapo y se desliza al fondo de mi boca. Me han encarcelado viva.

Salgo de mi sopor sin sueños entre las manos de James. No consigo saber si quiere reanimarme o estrangularme, pero todo se aclara bruscamente, noto la crispación de sus dedos alrededor de mi cuello, oigo su voz retorcida, furiosa, que dice: «Crazy, crazy, ¡loca!». Me zarandea. Ha perdido toda su elegancia. Intento hablar, pero no sale ningún sonido, apenas me deja respirar. Es la primera vez que tenemos un contacto consciente y tan violento. Prefiero esta agresión a plena luz a las violaciones regulares que he debido de sufrir en la penumbra de mi habitación. Intento ver su mirada, está loco de rabia. ¿Va a matarme? Afloja las manos y llora tapándose la cara. «¿Qué hemos hecho? ¿Otra vez con lo mismo? Lo mismo...». ¿De qué está hablando? Parece un niño que espera que lo consuelen. Estoy estupefacta. Solo pienso en una cosa: no avivar su ira. No quiero morir por culpa de su locura. Entonces, James me mira de nuevo y me pregunta: «¿Qué le has hecho a mi mujer, freak, pedazo de tarada? ¿Acaba de perder a su hijo y tú la atacas?».