6 #3
Estoy pariendo, hace un daño de mil demonios. No me atrevo a mirar entre mis piernas separadas. Tengo la impresión de que voy a expulsar los órganos, me quema, me desgarra, gimo, chillo. Estoy en la quinta casa, en la silla ginecológica. En mi mano, otra mano. ¿Un consuelo? Monica está ahí, pero no me mira a mí, está escrutando mi entrepierna. Para ella, solo soy una tierra fértil, un vehículo. El médico tiene la cara de John. Grita: «¡Ya viene!». Arroja sobre mi vientre una masa caliente, pegajosa y movediza. No quiero saber. Monica me tira del brazo: «¡Pero bueno, míralo! Es tu hijo». Miro y veo la cabeza adulta de James, me sonríe y agita sus puñitos de recién nacido. Me desmayo.
Cuando abro los ojos, la cama de Simon está empapada en sudor. Y, como cada vez que despierto, la ducha fría, la realidad que se impone brutalmente: estoy embarazada, soy prisionera, Virginie me ha tendido una trampa. ¿Por qué? ¿Por qué me ha arrojado a esta pesadilla? Ella, la amiga de mi amiga Morgane, no lo entiendo. Además, tuve que suplicarle que me pusiera en contacto con la familia, me dio la impresión de que quería guardarse su sueño inglés para ella sola. No tiene sentido.
Se abre la puerta.
James lleva a su hijo de la mano, se acercan a mí. El niño se ríe, me señala con el dedo y dice: «Milou, Milou, bed!», «¡Milou, Milou, cama!». James me tiende la mano y me ayuda a levantarme. Me pide amablemente que me dé una ducha y que vaya a preparar la habitación de Lewis para Simon, como Monica me ha sugerido. Este pirado no se achanta ante nada.
Es nuestra primera cena a cuatro. No, me equivoco, seguimos siendo cinco: Monica, James, Simon, su anhelado bebé y yo. Me da miedo mirarlos a los ojos ahora que lo sé. Estoy estupefacta. ¿Qué podemos contarnos? ¿Cómo me comporto? No me imagino hablando con ellos. El pequeño está a la mesa, no puedo montar un escándalo, estoy atrapada una vez más. Monica sirve la comida y me pregunta:
—¿Has podido trasladar las cosas de Simon a la habitación de Lewis? ¿Está todo listo para su noche?
Pienso: «Está todo listo para su vida, es más bien eso lo que querías decir, ¿no? ¿El resto de su vida en la piel de Lewis? ¿Y el resto de mi vida? ¿Le importa a alguien? ¿Cómo puede preguntarme eso con ligereza cuando su hijo está muerto y yo estoy embarazada del próximo? ¿Cuál es la idea después? ¿Que me quede a vivir aquí para ocuparme del recién nacido? ¿Hasta cuándo? ¡Qué delirio!». A James parece que todo le resbala, se dedica a leer un dosier mientras se toma una copa de vino. Esta gente se comporta como si todo fuera normal. Ante mí, dos opciones. O vuelco la mesa, grito y le salto a Monica al cuello, que es lo que me muero por hacer, o les sigo la corriente en esta locura de la vida cotidiana que sigue su curso como si nada para enterarme de más cosas y descubrir la manera de escapar. Quiero recuperar las riendas, dejar de sufrir, no voy a hacer lo que se espera de mí, a ser lo que debería ser, lo que soy: la desesperada, la que está jodida. No voy a inquietarlos.
Me siento.
Dejo que Monica me sirva su ragú a la inglesa. James deja su dosier y ayuda a Simon a comer. Una familia ideal. Si a mí me trajeron para concebir a su bebé, ¿trajeron a las otras au pairs para concebir a sus primeros hijos? ¿Irina, la desaparecida, consiguió escapar? Si fue ella quien escribió en nuestra habitación «Sé por qué estoy aquí», ¿huyó con su bebé? Simon me llama: «¡Milou, Milou!». Me tiende un trozo de pan de molde. «Take, Milou!», «¡Toma!». Adorable Simon. Simon y su cabello moreno, un muchachito regordete, de complexión robusta, un muchacho como los que pueden verse en Plouhernec recogiendo cangrejos con los dedos en las rocas o jugando al fútbol todos los días del año en el estadio, delante de las casas adosadas.
No puedo creerlo.
¡Simon! Lo llamo con todas mis fuerzas, grito en silencio.
«¿No comes nada? ¿Prefieres una ensalada, algo más ligero?», me pregunta Monica. Sus palabras son como un jarro de agua fría sobre mis nervios como brasas. La miro con cara de loca. Me cuesta controlar mis emociones.
Estaba equivocada.
«Simon, tú no tienes nada que ver con Mitchel. Sin duda eres hijo de tu padre, tienes la misma sonrisa, de oreja a oreja. Y reconozco la forma suave y ovalada de las uñas de tu progenitor. Te he cogido tantas veces las manos y he mirado tantas veces las de James, tan bonitas... En cambio, ¿qué has heredado de tu madre, aparte de tu falso pelo moreno? Nada. No te pareces a tu madre, aunque ella se muera por lo contrario y esté dispuesta a todo, incluso a teñirte el cabello de bebé rubio. ¿Y por qué? ¿Lo sabes?».
«Sangre nueva».
Mis padres no vendrán. No tengo forma humana de avisarlos. No están preocupados, los conozco, irme fue una decisión mía. Las cartas no se envían, el teléfono ya no funciona, el recinto no se abre, he registrado cada rincón de la casa, todos los bolsillos de la ropa: ni rastro del mando a distancia. Soy su prisionera. Han sabido ponerme cadenas, su chiquillo en mi vientre; el terror y la vergüenza me confinan. ¿Qué va a ser de mí? ¿Cuánto tiempo durará esto? ¿Qué dirán papá y mamá? No lo soportarán, me repudiarán, casi puedo oírlos: «Te largas, tú y el crío». Es una vergüenza para ellos, para mí. ¿Puedo abortar? ¿De cuántas semanas exactamente estoy embarazada? No consigo llevar la cuenta, el calendario está borroso, todo se me escapa; por más que intento remontar la línea del pasado, flaquea.
Me resulta imposible dormir. Son las cuatro y cuarenta y seis. Tengo náuseas; ahora sé por qué. Ya no puedo dormir boca abajo, me duelen los pechos. Estoy hecha un ovillo en la cama y nos veo, a Morgane y a mí, en la playa de Bréhec. Es junio. La vegetación que rodea esta cala está repleta de clorofila, la ligera brisa hace chasquear los mástiles de los barcos alineados en el puerto, nos bañamos en bragas después de clase, no estaba previsto, pero hace un tiempo magnífico. Tenemos diecisiete años y cero ganas de volver a casa. El mar está un poco frío, pero las olas y la claridad del agua nos atrapan. Somos felices y aún no lo sabemos. La cosa que tengo en el vientre viene a ensombrecer este recuerdo, a ensuciarlo todo. Estoy aterrorizada, no tengo manera de informarme sobre el embarazo, los síntomas, nunca he hablado de eso con mi madre ni con mis amigas, nunca pensé en quedarme embarazada, al menos no hasta dentro de muchos años, décadas. Este secreto me desquicia, este secreto en mis entrañas, que se hincha y que cambia mi cuerpo, este secreto que yo no he buscado me devasta. Vuelvo a contar, intento reconstruir la cronología de mi vida para saber si puedo abortar. Ocho, nueve, diez semanas, ¿hasta cuándo es todavía posible? Nunca me he interesado por este asunto. ¿En qué momentos me han drogado? ¿La víspera de los días en que estaba enferma, extremadamente cansada? ¿Cuántas veces ha pasado James por mi cuerpo? ¿Cuántas veces me ha penetrado con su sexo? Quisiera abandonarme, extirparme de mí misma, arrancar la carne que crece dentro. Me estoy volviendo loca. No me atrevo a decirles que lo sé.
Bajo como una furia al salón, abro el cajón de debajo del televisor y cojo el álbum de fotos, busco la única foto en la que se ve a Virginie paseando a Simon, con Lewis a su lado. La arranco de la página y vuelvo a mi habitación. Me cuesta mirar esta imagen. La sostengo durante un buen rato contra mi abdomen. Pero me he prometido ser valiente, tengo que avanzar. Lentamente, cojo la foto y la examino con detalle, escudriño el rostro de Virginie paseando con Simon. Simon, adorable niño regordete, rubio, fornido. Un pequeño bretón. Es evidente. Tengo que vivir con esta verdad insoportable y aceptar que las últimas zonas sólidas de mi mundo se desmoronan. Simon es el hijo de Virginie.
«Sangre nueva».
Me precipito por las escaleras, no sé ni qué hora es. He perdido la noción del tiempo, corro como una descosida. En la palma de mi mano derecha, la jeringuilla llena de la droga que he robado de la farmacia secreta en el dormitorio de Monica. Mis jefes ni siquiera me han despertado. Están de vacaciones, es Navidad. Debí de quedarme profundamente dormida después de las horas de insomnio. Ya no me necesitan. Al fin y al cabo, nunca me han necesitado para el día a día de los niños, el pequeño va a la guardería y la madre siempre está en casa. Lo que les interesaba era mi vientre. Miro fuera, no veo el coche de James, no oigo a Simon. ¿Han salido? Busco a Monica. No está en el salón ni en la cocina. Oigo ruido en el trastero. Nunca entro ahí. Es el almacén de las conservas, los pañales y los licores. El reino de la madre de familia. Me acerco con sigilo. Está de espaldas, lleva un jersey de cuello redondo de cachemira blanca, está rebuscando en lo alto de los estantes.
Le clavo la aguja en la nuca y le inyecto el líquido en la carne.