6 #2
Hoy es Navidad. Han vuelto a encender la guirnalda luminosa del abeto que decoré con Lewis mientras nos tomábamos un chocolate caliente. Nunca me dejan sola. James o Monica siempre están en la cocina, el salón o el despacho. Siempre presentes. Nunca lejos de la entrada. El bolso de Monica ha dejado de ser accesible, imposible echarle el guante al mando a distancia de la verja. Finjo ser una adorable au pair que no da problemas, porque dentro de unos días todo habrá terminado, me habré ido. Pienso en mis padres, pienso en todo lo que echo en falta y en todo lo que nunca he visto, su solidez —a falta de amabilidad y apoyo—, su sencillez. Voy a venerar esta vida, prometido, voy a amarla como nunca. Pienso en todo lo que les voy a decir. ¿Me creerán? Bajo a desayunar, temo el momento de cruzarme con Monica y James. Ambos están en la cocina. Me ofrecen lo que están comiendo ellos. Han preparado una variedad de sándwiches de pan de molde con tarama, pepino y paté. No tengo ningunas ganas de estar con ellos. Me dan asco y me aterran. ¡Hay tantas preguntas que no puedo hacer! Pero no debo perder los estribos, tengo que ser paciente. Saco un plato del armario. «¿Un poco de té?», me pregunta Monica. Asiento, me sirve. James me cuenta que ha hablado con Simon, que le ha explicado con palabras sencillas que su hermano se ha sumido en un sueño profundo, porque estaba muy cansado y era lo mejor para él. Y concluye: «Así que ya lo sabes. Ya sabes cómo hablarle». Saber eso no es saber mucho, la verdad, pienso. ¿Por quién me toman? Monica añade que, a partir de ahora, prefiere que Simon duerma en la habitación de Lewis. A mí eso me parece extraño, y seguramente se me nota en la cara, porque añade de inmediato: «La habitación de Lewis es más grande, Simon estará contento». Le pregunto si tengo que guardar la ropa y los juguetes de Lewis en alguna parte para hacerle sitio a Simon. Me responde con sequedad: «No toques nada». Luego se corrige, inclinando la cabeza hacia la izquierda: «Thank you so much, Emmylou!». Muy perturbador... Cambiar al crío de habitación cuando acaba de perder a su hermano mayor, haciéndole ocupar el lugar del muerto. Simbólicamente, es un desvarío total, ¿no? Termino de comer, recojo la mesa y salgo de la cocina antes que ellos. Subo a estudiar. En el recibidor, distingo un sobre encima de la consola, al lado del teléfono que ya no suena.
Me acerco, veo la «V» mayúscula de Virginie, reconozco mi letra. Es la carta que le confié a Kristina. La traición me desmoraliza. Pero la letra «V» se me queda grabada en la retina. «V» como en el libro de cuentas de la quinta casa. Intento recordar la cifra. ¿Diez mil libras? ¿Quién habría pagado diez mil libras a Virginie? ¿Y por qué motivo?
Me siento derrotada, me vuelvo instintivamente hacia la cocina, Monica me sonríe levantando su taza de té como si brindara a mi salud. En este instante comprendo que mis padres no van a venir. Corro a mi habitación, subir las escaleras es un infierno, apenas me da tiempo de tumbarme cuando las paredes comienzan su danza y tengo la sensación de ser un líquido, un charco. Pienso que desaparecer podría ser incluso agradable. Vuelvo a ver a Monica y su taza de té, pienso en la que he bebido. El té envenenado.
Sensación de déjà vu. Oigo la voz de John, el vecino médico. ¿Cuánto tiempo hace que estoy en cama? Esta vez no voy a abrir los ojos, voy a escuchar. Sé que me han drogado. Pienso en todos los tés que James y Monica me han servido. El tradicional té inglés, el té educado, el té que paraliza. Me llega el olor de John, un olor de hombre, un efluvio repugnante de sudor que me recuerda a James. John se acerca. ¿Me habrá puesto los dedos debajo de la nariz para asegurarse de que no estoy muerta, de que todavía respiro? Podría saltarle al cuello, despellejarle la mejilla, masticarla. Me atengo a mi objetivo: salir de aquí. Respiro profunda y lentamente, como si aún estuviera dormida. Mi hermana y yo jugábamos a eso cuando queríamos hacer creer a nuestros padres que ya estábamos dormidas. El vecino parece nervioso cuando reprende a Monica:
—Pero ¿qué has hecho? No puedes dárselo así como así, es muy fuerte. ¿Se puede saber qué mosca te ha picado?
Monica responde:
—Chist, la vas a despertar...
John continúa:
—Si lleva tres horas durmiendo es porque se te ha ido la mano, ¿no?
Luego susurra:
—¿Te das cuenta de que es peligroso para tu bebé?
Su voz se aleja bruscamente, como si mi cuerpo se estuviera precipitando dentro de un pozo. Mi cerebro, como un alumno aplicado, el primero de la clase, levanta la mano y pregunta: «¿De qué bebé están hablando?».
Pero mi cuerpo lo sabe. Mi mano posada sobre mi vientre ligeramente abultado. Los pechos sensibles. Todo cobra sentido. En esta gran locura, todo cobra sentido. «Ha llegado sangre nueva, una esperanza ofrecida por tu gracia para recuperar la pureza de antaño». Yo soy la sangre nueva.
La portadora de su bebé.
Abro los ojos. Después de la visita de Monica y John, me he dormido otra vez. El sueño reflejo, protector, para no volverme loca. Ahora es de noche. Tengo ganas de vomitar. Es más fuerte que las náuseas, es como una poderosa ola que me sacude el cuerpo y lo derriba. La repulsión. El descenso a los infiernos. Creía que estaba enferma y cansada. Estoy embarazada. Tengo dieciocho años y estoy embarazada. No me lo puedo creer. Hice el amor por primera vez este año con Tristan, es mayor que yo, ha repetido el último curso de bachillerato, es mi primer novio. Intento contar: tres veces. Hago esfuerzos por recordar... Sí, siempre usamos preservativo. Tengo ganas de arrancarme el vientre, molerlo a palos, quiero hacerlo desaparecer. Aprieto los puños, me muerdo el interior de las mejillas para no golpearme. ¿De quién estoy embarazada? ¿Cómo ha podido ocurrir? Me hago preguntas cuyas respuestas conozco, respuestas que corren como lágrimas, una lluvia ácida de evidencias y desgracias pasadas, de terrores futuros. La droga, James. Pero ¿por qué yo? ¿Por qué otro hijo? Lewis, enfermo, muerto. «Los cuerpos de nuestro linaje han empezado a debilitarse». Otro hijo. ¿Para reemplazarlo? «Esperamos recuperar la pureza perdida, recomenzar nuestro linaje con una nueva promesa, la de la rectitud y la redención». Simon ocupa el lugar de Lewis y deja libre el del hijo menor; el hijo menor por fabricar. ¿Por qué yo? Monica ha parido a sus hijos, tiene un vientre, ¿no?
«Sé por qué estoy aquí».
Oigo la voz de una chica a la que no conozco y que me resulta extrañamente cercana.
«Sé por qué estoy aquí».
Irina, oigo tu voz.
«Una de las nuestras, muy querida por todos, ha desaparecido. No hemos podido protegerla».
«Entonces, ¿tú también? Pero ¿dónde estás?».
«Se ha desvanecido como un suspiro en la noche».
«¿Y tu bebé? ¿Dónde está?».
Salgo a duras penas de la cama, me pongo otro jersey encima, tengo mucho frío. Me repugna desplegarlo sobre mi vientre. Llevo a alguien que no he buscado dentro de mí. Le tengo miedo. No podré volver a dormir jamás. Camino hasta el cuarto de baño. No tengo ganas de verme, me doy asco, no tengo la culpa, pero no puedo mirarme, me odio. Pobre chica. Me cruzo con mi reflejo en el espejo pegado a la puerta, tengo el vientre abultado, como si hubiera crecido durante las últimas horas de sueño, como si se hubiera atrevido a salir. Me molesta. Me desabrocho los vaqueros, me agacho para hacer pis, estoy sentada en el inodoro, noto la orina caer, noto el interior de mi sexo, los labios, los mayores y los menores, todo, tengo la impresión de que es enorme, de que ocupa todo el espacio y de que está sucio, abominablemente asqueroso. Una sensación de irreversibilidad, nunca volveré a ser la misma. Soy la más minúscula de las muñecas dentro de una muñeca rusa. Embarazada, encerrada en la habitación más exigua de una casa, prisionera de una urbanización perdida en una ciudad extranjera de un país que no es el mío.
Han echado una vuelta definitiva a mi cerrojo.
Bajo las escaleras y llego a la primera planta, la de los niños. Empujo la puerta de la habitación de Simon. Es la que hay que dejar libre para su bebé. El bebé que llevo en mi vientre. ¿Cómo se han atrevido a concebir esta idea? Es tan delirante que dudo, me digo que nada de esto es real, que estoy confundida. Vuelvo a ver a James inclinado sobre Simon, tumbado en su cama en la linde del sueño. Le susurra: «Mi pequeño Lewis, te quiero, te quiero tanto...». Simon ha ocupado el lugar de Lewis, el bebé ocupa el de Simon, y todo está en orden.
Hemos cerrado nuestras puertas y hemos levantado muros alrededor de nuestra morada. Hemos decidido vivir recluidos para renacer con más fuerza.
No es un arrebato de locura, es un plan. James... ¿Cuántas veces me ha...? No alcanzo a formular las palabras. ¿Cuántas veces me ha... forzado? ¿Cuántas veces me ha penetrado..., violado? Cuando tú no quieres, cuando no sabes, se dice «violado», ¿no? James me ha violado. Palabras que desgarran mi inocencia. Tengo mucho frío, me meto en la cama de Simon, me hago un ovillo bajo el edredón. ¿Cómo voy a escapar de ellos? Y aunque lo consiguiera, siempre sería prisionera de mi útero, de lo que crece dentro. Un rayo atraviesa mi cuerpo. Esta quemazón, esta sensación, la conozco bien, es la de la toma de conciencia, la de una revelación. Joder, ¿cuánto tiempo hace que no me ha bajado la regla? No he prestado atención, he tenido retrasos importantes con frecuencia, sobre todo en momentos de estrés. Mientras repasaba para el examen de selectividad, recuerdo que no me vino durante tres meses. Cuento rápidamente, me vuelvo a ver a mediados de septiembre buscando tampones en mi maleta, ¿y desde entonces? Nada. Hace dos meses y medio, puede que tres, que no me ha venido la regla. ¡Qué idiota!