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Pero antes de eso, nada. Hay algo que desentrañar, pero me atasco. Los minutos pasan, dejo el libro y cojo el otro más grueso. Es de cuero blanco. No hay nada en el lomo, pero la cubierta tiene una «W» dorada inmensa. ¿Otra biblia? No es oficial, porque el texto está escrito a mano, lo descifro.
Oh, Señor, creador del cielo y de la tierra, nos dirigimos a ti en este día, portadores de la herencia de nuestros antepasados, unidos por la sangre y la fe. Nosotros, hijos de un linaje preservado en la pureza, hemos escuchado Tu llamada en el susurro de los vientos y el canto de las estrellas. Cuatro generaciones han transcurrido desde que nuestros padres y madres sellaron su unión bajo tu mirada, con el poderoso deseo de preservar esta pureza que tú nos has confiado.
Traduzco lentamente, lo mejor que sé. No conozco todas las palabras, pero el estilo parece ampuloso, como una gran oración llena de deferencia hacia Dios.
En la claridad de tu designio, hemos mantenido los lazos sagrados de la familia, sin fallar ni desviarnos. Los frutos de nuestras entrañas nacieron de la unión de nuestras sangres, y creímos, oh Altísimo, que ese era el camino trazado para nosotros. Caminamos juntos, bajo tu luz, apartando toda tentación ajena, para no dañar lo más valioso que tú nos has dado.
Vértigo.
Son oraciones, pero también confesiones. Unos seres humanos que se dirigen a Dios. La pureza desde hace cuatro generaciones... El cementerio, los nombres en el columbario familiar y el mismo apellido compartido por todos los miembros: White. Un mismo patronímico para personas de la misma sangre que quieren preservar su pureza. ¿Qué implica eso? ¿Quién es quién? ¿Quién está con quién?
Sigo leyendo:
Oh, Señor, en tu silencio sagrado, una sombra se ha abatido sobre nuestra comunidad. El fruto de nuestro linaje, un niño amado, ha sido golpeado por la enfermedad. Juntos hemos implorado tu misericordia, buscando en nuestros corazones los pecados ocultos, las faltas inconfesables que podrían pesar sobre todos nosotros. Que nuestros padres nos perdonen si, en nuestra búsqueda de la pureza, nos hemos desviado del camino que tú nos habías trazado. Hemos percibido el murmullo de la duda, la pregunta insidiosa que se ha colado en nuestras mentes colectivas: «¿Acaso, en nuestro fervor comunitario, nos hemos desviado de Tu designio? ¿La pureza que tanto atesorábamos, esa promesa común, se ha vuelto contra nosotros?». Los cuerpos de nuestro linaje han empezado a debilitarse, su vigor, sostenido por nuestra unidad, se marchita como una flor privada de sol.
Lewis es el niño aquejado de la enfermedad. Devoro el texto dividido en oraciones, en conjuros, me tiemblan las manos, hago un esfuerzo infinito para no desmayarme.
Oh, tú, que escrutas los corazones y los riñones, hemos comprendido nuestro error, y de ese entendimiento han nacido el tormento y el deseo de huir de las miradas acusadoras de los demás. Hemos cerrado nuestras puertas y hemos levantado muros alrededor de nuestra morada. Hemos decidido vivir recluidos para renacer mejor. Ha llegado sangre nueva, una esperanza ofrecida por tu gracia para recuperar la pureza de antaño, aquella que tanto hemos atesorado y, sin embargo, hemos corrompido. En este aislamiento, esperamos recuperar la pureza perdida, recomenzar nuestro linaje con una nueva promesa, la de la rectitud y la redención.
«Ha llegado sangre nueva, una esperanza ofrecida por Tu gracia para recuperar la pureza de antaño...». Mastico y mastico estas palabras. «Sangre nueva...». Tengo una intuición espeluznante.
Oh, tú, que eres nuestro refugio y nuestra fuerza, nada te ocultamos, escucha nuestra verdad. Una de las nuestras, muy querida por todos, ha desaparecido. No hemos podido protegerla, se ha desvanecido como un suspiro en la noche. Señor, perdónanos, reconocemos nuestra impotencia y nos encomendamos a tu misericordia. Concédele la paz y a nosotros la redención.
¿Quién es el autor de este libro redactado en nombre de la comunidad? ¿Cuál de los habitantes de Hidden Grove es el embajador y viene a escribir regularmente a la quinta casa? Dios en línea directa. ¿A esto se refería James? Esta cercanía de los protestantes con su Dios, sin sacerdotes para confesarse. Sin penitencia, solo el perdón inmediato de Dios, que limpia los pecados.
Oh, Señor, protege nuestra doctrina, fruto de tu aliento divino, reflejo de tu sabiduría insondable. Ella es la estrella que nos guía a través de las tinieblas de la duda, el ancla que mantiene nuestra fe en la tormenta del mundo. Que sea siempre fiel a tu voluntad, firme como la roca bajo Tus cielos, inmutable y pura como la aurora naciente.
¿Nuestra doctrina? Entonces, estos tarados no son verdaderos protestantes, han desvirtuado su religión para legitimar su locura. Es como si hubieran creado su propio evangelio. El evangelio según White. Y todo empezó hace cuatro generaciones... No doy crédito.
Señor, una inquietud sorda pesa sobre nuestras almas, uno de los nuestros ha roto el pacto sagrado que nos unía. Con su desviación, ha abierto una brecha por la que podría infiltrarse de nuevo la desgracia, golpeando nuestros cuerpos y nuestros espíritus como un castigo inevitable. Oh, Señor, protégenos de este flagelo, líbranos de los tormentos de una nueva prueba y concédenos Tu perdón para que podamos volver a caminar bajo Tu luz.
¿De qué pacto habla este pasaje? Decenas y decenas de páginas han sido oscurecidas con la misma escritura, una sola voz para una comunidad de creyentes locos.
Un ruido abajo.
Salgo de la habitación y subo con el mayor sigilo a la segunda planta. Entro en la estancia que se corresponde con el dormitorio de mis jefes, me meto corriendo dentro del vestidor vacío y cierro las puertas correderas. Me hago un ovillo, tengo el corazón desbocado y ganas de vomitar. Aprieto los párpados para aguzar el oído. Aguardo unos pasos, una puerta que se abre, pero nada. ¿Habré imaginado el ruido? Abro los ojos. La luz se filtra a través de la mampara calada, no hay cama con un colchón grueso ni manta de cachemira, sino una butaca grande. Descubro un esqueleto metálico con dos patas horizontales. El asiento es de plástico gris. Me cuesta creer lo que veo. Sin embargo, no cabe duda: es una silla como las que hay en la consulta del ginecólogo, con dos estribos para encajar los pies y ofrecer el sexo al médico. Salgo del vestidor, rodeo la butaca y me dirijo al cuarto de baño. Hay un carrito con utensilios: reconozco un espéculo y los instrumentos que se usan en las operaciones. De repente, la habitación se invierte, pierdo todas las referencias. Me siento despacio en el suelo, necesito tumbarme. Morgane deambula en torno a mí, tiene la cabellera trenzada de hiedras en descomposición, parece salida directamente del cementerio. A cuatro patas en mi habitación, Irina escribe: «Sé por qué estoy aquí», se vuelve y me mira, con los ojos vacíos y el vientre redondo, del que sobresalen dos manitas; James abre la puerta, su sombra monstruosa lo precede, la sombra me posee y reaviva mis náuseas. Virginie se ríe a carcajadas, apoltronada en su sofá, con una risa enfermiza; Edwige corretea por el cementerio entre su mamá y su au pair, se vuelve hacia ellas llamándolas a las dos: «¡Mamá!». Una ira fría me arranca de mi delirio, un cubito de hielo me recorre la columna vertebral. Es imposible. Imposible que Virginie no viese nada. Tuvo que notar necesariamente los comportamientos retorcidos de los padres. ¿Por qué no me dijo nada? ¿Por qué me dejó marchar? La rabia me da fuerzas, me pongo en pie, salgo de la habitación. En el rellano, aguzo el oído, ningún movimiento, me lanzo. Quiero salir de esta casa de locos.
La carta salió ayer.