El secreto de la niñera 5 #4
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Salimos del crematorio. Cada paso es una tortura. ¿Qué va a ocurrir ahora? La empleada de la funeraria sostiene entre sus manos un jarrón de porcelana coronado con una tapa. Se acerca a los padres. Les entrega el objeto inclinándose y luego desaparece. Es comprensible, tiene otros seres humanos que reducir a cenizas. James se encarga de llevar el jarrón. Monica llora. Nela se acerca a mí y me susurra que Lewis está en la urna. Porque es una urna. No conozco esta palabra, es como un pequeño ataúd para las cenizas. Se dice incluso «urna funeraria», «funeral urn». Son sus jefes quienes le han explicado cómo se desarrollaría la ceremonia. Es afortunada, la tienen en cuenta.

James y Monica salen con su hijo de polvo y se adentran en el cementerio. Todos los seguimos, los unos detrás de los otros, en una procesión silenciosa. Tengo la impresión de entrar en un bosque prohibido poblado de robles, plátanos, tilos y todos esos árboles cuyo nombre ignoro, una red vegetal que parece haber sido tejida por una araña. No se ve a tres metros. Hay que apartar las ramas, levantar una pierna para no tropezar con las raíces, es un largo paseo por el campo, solo que falta la alegría. A ambos lados del camino, cada veinte metros, una cruz celta, una estela mortuoria en forma de piano, una tumba sobria y decrépita, devorada por el musgo húmedo. La naturaleza es una fuerza invisible que inmoviliza la tristeza, te sientes atrapado, sepultado, digerido poco a poco. Veo a Morgane bajo tierra, las raíces que entran en su féretro en descomposición y atraviesan su cuerpo, imagino los hongos creciendo boca abajo desde la madera de la tapa, cerca de su boca, como una promesa de festín en el más allá, los gusanos que pululan en sus órganos calientes, haciendo sus nidos. Toda esa vida que se deleita con la muerte, que se alimenta de ella. Una energía sin fin.

Mitchel y Holly se me acercan. Cada uno me coge de un brazo. ¡Cuánta amabilidad! Mitchel me explica que no es habitual que puedan enterrarte en este cementerio, solo hay cincuenta nuevas tumbas al año. Solo pueden enterrarte aquí si tu familia tiene una tumba o «a concession for a family columbarium», como es el caso de los White, que son muy privilegiados. En este punto pierdo el hilo. Holly aclara que el columbario es un panteón donde se pueden poner varias urnas de personas de la misma familia. Highgate es un cementerio prestigioso, continúa Mitchel. Forma parte de los Magnificent Seven, los siete cementerios que se construyeron en torno al centro de Londres en el siglo XIX para liberar a las parroquias del centro de la ciudad, que estaban desbordadas de cadáveres. En el pasado, los estudiantes de medicina saltaban las verjas y desenterraban cadáveres para sus prácticas. «Stop it, Mitchel!», le ordena Holly. «¡Vas a asustar a la muchacha con tus historias!». Les pido que repitan muchas palabras que no conozco. Caminamos durante un buen rato. Este cementerio es inmenso. En algunas tumbas veo coronas trenzadas con ramas de pino, acebo y bayas rojas; en otras, farolillos llameantes. Aquí también es Navidad. Con el dedo, Holly señala una cripta a la derecha: «Estamos al final de la avenida egipcia, y este mausoleo blanco pertenece a un banquero londinense muy famoso, Julius Beer. Vivió a finales del siglo XIX. Perdió a su adorada hija, que tenía ocho años. Se sumió en una tristeza tan profunda que mandó erigir esta tumba para ella. Si te acercas al cristal, en el interior puedes ver una estatua de mármol blanco de su hija conducida al cielo por un ángel. Más tarde, lo enterraron a su lado con su esposa». Holly está muy emocionada. Mitchel añade que a veces vienen a pasear por aquí y que jamás habrían imaginado que un día vendrían por un niño al que conocían y querían. «Siempre pensamos que las desgracias les ocurren a otras personas y, secretamente, eso nos sirve de consuelo». Los escucho, acunada por sus palabras, reconfortada por su contacto, me rodean y me prestan la atención que necesito, pero no olvido su parecido con los miembros de la urbanización, con James y Monica. ¿Quiénes son en realidad para ellos? ¿Primos hermanos, primos segundos? ¿Y cómo se explica la relación entre Mitchel y Monica? Si de veras son primos, es retorcido, ¿no? Tampoco olvido la habitación infantil en su casa, donde todo estaba envuelto en plástico, la cuna vacía, su au pair sin niños que cuidar. ¿Han perdido un bebé o están esperándolo? Me gustaría preguntárselo, pero no me atrevo. ¿Quién soy yo para ser indiscreta? Desde hace unos minutos floto en una indolencia que no había sentido en meses.

Monica y James se han parado al pie de un árbol gigantesco cuyas ramas paralelas se elevan hacia el cielo. Conozco este árbol: es un cedro del Líbano, el cedro de la familia White, el que está dibujado junto a los nombres de Reginald y Eileen White en la biblia de Lewis. Bajo su copa, un enorme monumento de mármol negro dividido en decenas de compartimentos. Ya tiene muchos nombres escritos, pero no consigo leerlos desde donde estoy. Los White deben de ser una familia numerosa. Uno de los compartimentos está abierto. James se acerca y deposita la urna de Lewis, mira a Monica como para preguntarle si está preparada, pero ella no reacciona. Él cierra despacio la puerta, la empuja hasta sellarla definitivamente. El polvo de niño emparedado para siempre, su hijo, su carne, su piel, su sangre, su cotidianidad, su futuro, su legado. No es una vida la que se apaga tras esa puerta, sino todas las vidas de esta familia. Absorbo su tristeza, la mezclo con la mía, y se forma una ciénaga de desgracias que remueve imágenes macabras.

LEWIS WHITE 1986-1996

Monica se derrumba, varios vecinos se acercan corriendo y la sostienen. Veo al pequeño grupo, sólido, solidario, todo brazos y hombros para proteger y consolar. Avanzo también, me acerco mucho al columbario, leo los nombres grabados en letras doradas.

MILLICENT WHITE 1890-1941

WILFRED WHITE 1883-1949

AMbrOSE WHITE 1917-1966

HARRIET WHITE 1919-1969

REGINALD WHITE 1940-

EILEEN WHITE 1942-

JAMES WHITE 1965-

MONICA WHITE 1967-

MITCHEL WHITE 1958-

HOLLY WHITE 1962-

DAVID WHITE 1969-

LISA WHITE 1965-

JOHN WHITE 1963-

EVE WHITE 1969-

LEWIS WHITE 1986-1996

Asimilo la información metódicamente para no caer. Reginald y Eileen no están muertos, al contrario de lo que me contó James. ¿Por qué me mintió? ¿Están peleados? Pero eso no es lo más inquietante. White, ese apellido repetido en el mármol hasta la saciedad. James, Monica, Mitchel, Holly, David, Lisa, John, Eve: ¿miembros de una única y misma familia?

Me vuelvo hacia el bosque y echo a correr.

Corro como una posesa, salgo del sendero para adentrarme en la negrura del sotobosque, huyo. No me cruzo con nadie. Me duelen los pies dentro de mis botines de cuero, los he ceñido demasiado, no quería que los cordones se desataran durante el funeral, ahora me rozan en los tobillos y ralentizan mi carrera. Corro, pero ¿para ir adónde? No conozco este lugar, ¿dónde están las salidas? ¿Y después? Llevo mi bolsa de tela, que me sirve de bolso, y apenas tengo dinero, solo diez libras. El parque del cementerio es inmenso. En la parte donde estoy no hay nadie; debo de estar en el norte de Highgate. Tuerzo a la izquierda, ninguna indicación, atravieso un claro jalonado de lápidas deterioradas, desprendidas. Dientes podridos que bailan en una boca desternillada. Me falta el aliento, no he hecho deporte desde hace meses, me duele todo, huyo de las sensaciones, una amenaza sorda, un pánico monstruoso y nuevo, algo ha quedado atrapado entre mi inconsciente y mi consciente, algo repugnante. Delante de mí, una frontera vegetal, la cruzo, suelto un grito. Veo un rostro con el pelo de hiedra, mirándome con sus desorbitados ojos de piedra. Sin darme cuenta, he subido a una inmensa sepultura coronada por un busto de mujer. Bajo y continúo la carrera, descubro una puerta de hierro gigantesca. ¿Una salida? Es un trampantojo. La verja da a una pared de piedra descomunal. Una salida amordazada, bloqueada. Me tomo unos segundos para respirar, pensar rápido. ¿Puedo trepar por ella? ¿Pasar por encima? Imposible, es demasiado alta. Rompo a llorar. ¿Qué hago aquí? Pero qué narices hago... Voy a seguir el recinto, a bordearlo, terminaré por encontrar una escapatoria.

Me vuelvo y veo a Mitchel.

Pronuncia mi nombre con un tono interrogativo, como si se preguntara qué me pasa. Me gustaría saltar, y sigo avanzando, pero su mirada me paraliza, apoya una mano en mi brazo. Me dice: «Tenemos que irnos ya. No montes un escándalo. Ven». Reconozco su amabilidad, pero también percibo una firmeza, una frialdad nueva, no me deja elección. Caminamos por el cementerio sin pronunciar palabra. Me sujeta el brazo como si temiera que fuera a escaparme, sabe por qué me he ido. Ha venido para llevarme de vuelta. Conoce el lugar como la palma de su mano.

A la entrada del cementerio, James y Monica están sentados en su coche. Veo sus nucas blancas, tensas. Se diría que son unos padres que esperan a su hija fugada, parecen hastiados. Mitchel se inclina en la ventanilla del conductor. James y él susurran unas palabras. Mitchel vuelve hacia mí, abre la puerta y me hace subir al asiento de atrás. James y Monica no me hablan, sumidos como están en su pena. Yo, en mi miedo.