El secreto de la niñera 5 #3
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Está tan guapa como aterradora, coge su abrigo y su sombrero oscuro. Entiendo que es hora de irse. James sale del salón y también coge su abrigo en el recibidor. Abre la puerta. Durante un instante, me pregunto si van a olvidarse de mí, si piensan que voy a quedarme en la casa. James me dice sin volverse: «Emmylou...». Deja la puerta abierta y sale. Lo sigo y me meto en la parte trasera del coche. Ambiente gélido, cielo cargado de lágrimas, gris lúgubre, asientos neutros y fríos, me froto las manos para calentarlas. En señal de duelo, los vecinos han apagado las luces navideñas, las casas han dejado de brillar. La luz ha sido desterrada de este día. Monica le pregunta a James en qué zona del cementerio está el crematorio. Esta palabra provoca en mí una arcada. Me siento incómoda. No quiero tener un aspecto más infeliz que ellos. Monica me echa una ojeada por el retrovisor. No le gustaría que estuviera más enferma que ella. La víctima es ella. «Crematorio». Mi cerebro asocia a Lewis con un féretro en llamas, una imagen insoportable; el pensamiento es tan fuerte, tan loco, que no puedo reprimirlo. Lo suelto como un globo cuyo hilo serpentea entre mis dedos. Se ahoga en las nubes. No es más que un punto. Ha desaparecido. Todo ha terminado. Nunca ha existido.

Monica apoya una mano en el muslo de James. Es el primer gesto de amor que veo entre ellos, es hermoso y desesperante. Pienso en Mitchel y en ella. Pobre James, si él supiera. La muerte seguramente acerca a las personas, o lo borra todo, o impide pensar demasiado, un poco de todo a la vez. Veo sus nucas rígidas, blanquecinas. Tengo la extraña sensación de ser su hijo único, abrochado en el asiento de atrás. Pero sin el amor, sin la atención. Fuera desfilan las casas residenciales, la Navidad lo ha invadido todo: guirnaldas luminosas a lo largo de los troncos y las ramas de los árboles, abetos profusamente decorados y lucecitas intermitentes en los marcos de las gigantescas ventanas. Esta normalidad, esta indiferencia a nuestra desgracia, recrudece el dolor.

Aparcamos delante de la entrada del cementerio. La inmensa verja de hierro forjado está abierta de par en par y devora tanto a los paseantes con mochila como a las familias en duelo. A primera vista, parece un parque salvaje, nada que ver con nuestros cementerios en Francia, donde el hormigón y la tristeza dominan la naturaleza, donde las tumbas se apelotonan unas contra otras por falta de espacio. Aquí, la vegetación es omnipotente y pone coto a la desesperación: árboles gigantes, maleza que esconde los pequeños senderos que llevan a las criptas... El crematorio se encuentra a la derecha. Un discreto cartel lo indica. Es un sencillo edificio de ladrillo rojo, coronado por una chimenea. El detalle es escalofriante. Entramos, todas las caras me resultan familiares, son las de los vecinos. Todos van vestidos de negro, todos llevan sombrero. ¿Conocen las razones de la muerte de Lewis? Había mucha más gente en el entierro de Morgane, amigos, amigos de amigos, tenderos del barrio, compañeros de trabajo de los padres, incluso mi tío y mi tía, mi prima, todo el mundo quería a Morgane. Aquí estamos en petit comité. Mitchel abraza a James y le susurra algo al oído, palabras de consuelo seguramente. Una mujer enclenque, que uno imagina al servicio de la muerte, se acerca a nosotros y nos indica que avancemos. Estoy abatida. Intento captar la mirada de alguien, una mirada que comprenda. Holly me roza y me aprieta el brazo. Llegamos a una sala que parece una capilla moderna. Las paredes son de hormigón blanco y, en lo alto, unas vigas dibujan un techo de catedral. Una amplia cortina de terciopelo rojo oculta la pared del fondo, a la manera del telón de un escenario de teatro. No consigo dar un paso más. Veo a los vecinos sentarse de dos en dos, en familia, en las sillas dispuestas en semicírculo. Lo último que quiero es acercarme, solo tengo ganas de irme. Alguien me empuja y me vuelvo. Es Monica, que quiere pasar. Me deslizo hasta la penúltima fila para esconderme.

La sombra de la mujer reaparece delante de la cortina carmesí. Se inclina hacia James para preguntarle si ya han llegado todos, si estamos listos, si están listos. James se da la vuelta. No sé por qué, hago lo mismo. John y Eve hacen su entrada. Adivino tras sus pasos a su hijita y a su au pair, Nela. ¿Es este un lugar adecuado para una niña tan pequeña? Se sientan detrás de mí.

Unos acordes de guitarra y una voz femenina que canta sobre un más allá por encima del arcoíris, sueños que soñamos que se vuelven realidad. Una cancioncilla. Una canción infantil en un crematorio. Cruel. Insoportable. Reconozco Over the Rainbow.

Se abre la cortina.

Aparece el féretro de Lewis. Una minúscula caja blanca para un ser humano que no ha tenido la oportunidad de crecer. Encima, su foto enmarcada —su cabecita morena, su tez lívida, su semblante serio— y una corona de flores azules. Mitchel se levanta para rendir homenaje a Lewis. A mi alrededor, los ojos se cierran y las cabezas se inclinan.

—Lord our God,

»We come to you with heavy hearts, full of pain and sorrow. We know why our dear child was taken from us so soon. Your will is done and we know that love can forgive everything. Grant us the grace to remember Lewis with love and gratitude, and to live each day knowing that your promise of eternal life is true. In the name of Jesus Christ, our Savior, we pray.

»Amen.

«Señor, Dios nuestro,

»Venimos a Ti con el corazón apesadumbrado, lleno de dolor y de pena. Sabemos por qué nuestro querido hijo nos ha sido arrebatado tan pronto. Tu voluntad se ha cumplido y sabemos que el amor lo perdona todo. Concédenos la gracia de recordar a Lewis con amor y gratitud, y de vivir cada día sabiendo que tu promesa de vida eterna es verdadera. En el nombre de Jesucristo, nuestro Salvador, oremos.

»Amén».

«Sabemos por qué nuestro querido hijo nos ha sido arrebatado tan pronto... ¡Sabemos! Pero ¿qué saben ellos?». Y de nuevo estas palabras que ya he leído en la biblia de los White: «El amor lo perdona todo, lo disculpa todo». ¿Todo, de verdad? ¿Los White perdonan a Dios o es el amor de Dios lo que se lo perdona todo a los White? Pero ¿qué hay que perdonar? ¿Qué han hecho?

De repente, no consigo escuchar nada más, es todo una ida de olla. Estoy aquí y en el funeral de Morgane, estoy en mi cuerpo sacudido por oleadas de náuseas. Estoy atrapada en una casa atrapada en una urbanización atrapada en un país extranjero. Cautiva. ¿Cómo irme, cómo volver a mi casa, a ese hogar que tanto he detestado, del que tanto he querido huir? Lo lamento todo, dejadme volver. La pared se abre sobre las últimas notas de música. Al fondo, un agujero enorme, llamas en danza. La congregación se echa hacia atrás, los «oh» recorren la comunidad, es un atisbo del infierno. ¿A quién se le ha ocurrido semejante escenificación? Mientras el féretro avanza hacia el intenso fuego, Monica se desmorona. James la sujeta a tiempo y la estrecha contra él. El féretro ha entrado, la cortina se cierra. Mi cerebro carbura como un loco para no imaginar lo que ocurrirá a continuación. ¿Cómo puede esa maldita cortina hacer olvidar algo así? Y la música almibarada... Es peor, todo es peor. ¿Qué va a pasar ahora? James y Monica se levantan. Salen despacio de la sala y se apostan delante de la puerta. ¿A qué esperan? Dejo que todo el mundo me adelante. «Sorry for your loss». Hacemos cola para dar el pésame. Me vuelvo y veo a John, a Eve, a la au pair y a la niña. No sé si es por las lágrimas, que me nublan la vista, pero abro y cierro los ojos varias veces y veo que esos cuatro humanos alineados tienen un aire familiar. No son cuatro personas de la misma familia, sino un padre, una madre, una hija y la niñera. Oigo a la madre decir: «Edwige, haz el favor de portarte bien». Miro fijamente a la niña, es menuda, morena, de cabellos finos y ojos verdes. ¿Se parece a su padre? Sí. ¿A su madre? Aparte del pelo largo, no mucho. ¿A la au pair? Totalmente. Sí, totalmente.

James y Monica no han esperado a que les dé el pésame. Ahora están rodeados de los vecinos. Pero ¿dónde está la familia? ¿Los tíos, las tías, los primos, los sobrinos? Los abuelos están muertos. Bueno, por lo menos los padres de James, si entendí bien la conversación sobre el tema en plena noche.

Han preparado una mesa. La misma mujer que tiene un pie en la vida y todo lo demás en la muerte hace las veces de camarera. Me acerco, sirven ginebra y whisky: «No, gracias, agua para mí». También hay salchichas y canapés de aperitivo. Al cabo de unos minutos, todo el mundo tiene un vaso en la mano, las voces se elevan, casi parece que reina un buen ambiente. Estos brindis fúnebres me fascinan; estás en el fondo del hoyo y, de golpe, lo riegas todo con unas gotas de alcohol y la vida reanuda su curso. Me apoyo en una pared junto a una planta verde, que es para mí como una colega. Quiero desaparecer. Veo sin mirar, veo las caras, los movimientos, las siluetas, las actitudes. Todo este mundo en duelo se mueve, se inclina, se lleva un vaso a los labios, conversa, apoya una mano en un brazo, se seca las lágrimas. Extraña sensación de armonía, de baile coherente. ¿Será por la afinidad, el mimetismo de personas que viven juntas en la misma urbanización desde hace varios años, la comunidad de Hidden Grove? Los pómulos, las sonrisas compasivas, los ojos tristes, las nucas inclinadas. De pronto, lo veo: sus rasgos y sus gestos como una danza silenciosa, una coreografía milenaria. Algo en común, inefable y obvio, cada persona es una variación de la precedente, una versión apenas modificada del mismo modelo. Fragmentos de un mismo espejo. El puzle se reconstruye lentamente a mi alrededor. Las au pairs se parecen a los niños que se parecen a los padres que se parecen entre ellos. Vértigo. Entiendo que soy la única extranjera en esta pintura en movimiento.

Y ellos saben que lo sé.

En sus miradas, leo una dulce amenaza: de la sangre no se escapa, de la familia no se huye.