5 #2
Arranco la colcha, la sábana bajera, la almohada, lo tiro todo al suelo. Empujo la cama contra la puerta de mi habitación. Choca contra las cosas esparcidas. La empujo con todas mis fuerzas. Estoy de pie entre el somier, la pared y la ventana. Tengo aún menos espacio que antes, pero respiro mejor. Estoy loca de rabia y de inquietud. Nunca me he enfadado tanto, ni siquiera con mis padres, no conozco este sentimiento, me siento capaz de cualquier cosa. Miro la ventana y lo sé, lo visualizo claramente, bastaría con abrirla y saltar. Es simple. Otros lo han hecho antes que yo. En el momento en que esta idea se me pasa por la cabeza, me sobrevienen unas náuseas irreprimibles. Me pongo a cuatro patas y arrojo todo lo que puedo, veo mi vida desfilar al revés, retrocedo en el tiempo. Vomito mi angustia y, en medio, las rodajas de manzana de la mañana. Vomito ese «no» y la espeluznante idea de saltar como Morgane. ¿Cómo he podido pensarlo siquiera? Mi pelo se empapa de esta inmundicia. No pido ayuda.
Sé que nadie vendrá.
He limpiado el suelo, frotando con frenesí el vómito y la bilis que ha salido después. Lo he vuelto a dejar todo en su sitio, aunque, en realidad, ya nada lo está. He dormido. Como un tronco. Despertar atroz, la cabeza dentro de una prensa, mal aliento. Entonces, ¿lo de ayer pasó de verdad? ¿El carné de identidad? ¿El «no»? ¿Se lo van a quedar para que me quede? Tengo que largarme de aquí. Esta tarde es el entierro de Lewis. Un día de desesperación y tristeza inconmensurable del que nadie me habla. No existo. Esta mañana, justo antes de que James se fuera a llevar a Simon a la guardería, Monica se ha mareado y se ha caído en la cocina. James ha llamado a una ambulancia. Desde entonces, no tengo noticias. Estoy atrapada entre dos pesadillas, dos paredes, ni siquiera poniéndome de puntillas veo nada.
La casa está silenciosa. La hermosa casa. Iba a ser el comienzo de mi nueva vida. Ahora siento que me retiene, que me vigila. La casa es mi caja, yo soy su objeto. ¿Cómo voy a salir de aquí? Tengo que recuperar como sea mi carné de identidad. Y luego llamar a mis padres para que me rescaten. Pero antes debo asegurarme de recabar toda la información necesaria. Primero, telefonear al padre de Irina. Sí, eso es, para saber. A continuación, a mis padres. Se lo contaré todo, vendrán a buscarme, no me dejarán aquí. Si tengo que renunciar a mis estudios, pues nada, lo haré. Pero es difícil pensar, hay demasiadas cosas mezcladas: el miedo, lo inédito, la locura, la decepción, la paranoia. ¿Lo he entendido bien? ¿Tengo los códigos, el vocabulario? Y este pavor que aplasta entre sus manos mis intestinos. Paso por delante del despacho de James. Tengo la tentación de entrar. No. Irina, y luego mi carné de identidad.
Descuelgo el teléfono y marco el número del padre de Irina.
Responde una mujer:
—Buna ziua? Cine e la telefon?
Arrastra ligeramente la «r», su hija se llama Irina y habla rumano. Me dirijo a ella en francés y en inglés.
—Soy la au pair de Londres, au pair from London.
Un silencio. Luego se aleja del teléfono y grita:
—Vino, Nicolae, e au pair-ul din Londra la telefon!
—Buna ziua? —dice el padre de Irina.
—Sí, yes.
Luego dice, separando las sílabas:
—Irina dis-se-pea-red. Twenty-two weeks. Where she? Where she?
¿Irina ha desaparecido? ¿Desde hace veintidós semanas? Estoy desamparada. El dolor de esas personas que dejaron a su hija marcharse lejos de casa, que confiaron en unos extranjeros poderosos, ricos, gente de bien en todos los aspectos...
Irina, como yo. Irina, mi doble. ¿Dónde estás? La puerta de la entrada se abre. Cuelgo y finjo estar pasando un trapo por la consola. James se encierra en su despacho sin ni siquiera mirarme. Mi carné de identidad.
No he entrado en la habitación de Monica desde hace cuatro días. Empujo la puerta, huele a muerte. Lo que más me aflige es la cama. Devastada, arrugada, apesta a descuido. Cambio las sábanas, limpio el cuarto de baño, quito el polvo y a continuación abro el armario, lo cual es algo inédito. Por lo general, después de planchar coloco la ropa en perchas que dejo encima de la cama y es ella quien se encarga de guardarla. Son sus reglas y siempre las he respetado. Pero hoy ya nada tiene sentido, es el entierro de Lewis. Abro las puertas correderas y miro. Toco. Siento la seda, la cachemira, el satén, el terciopelo, todo es bonito y sedoso. Todo está bien alineado, todo es caro y precioso. Pero he comprendido que en esta casa no hay que fiarse de las apariencias, que el exceso de orden con frecuencia esconde algo. Al diablo le gusta el orden. Debajo de la ropa colgada, una manta marrón. Tiro de ella y aparece un mueble. Es discreto, pero está ahí. Me arrodillo y abro el primer cajón. Parece una farmacia, hay compresas, esparadrapo y... jeringuillas. ¿Para qué sirven? En el segundo compartimento: una bolsa grande de algodón que ocupa todo el espacio. En el tercero: cajas de medicamentos, para el dolor de cabeza, el resfriado... nada interesante. Abro el del medio otra vez. Saco la bolsa de algodón, meto la mano dentro, está suave, mullido y, de pronto, bajo mis dedos, cristal. Hay cuatro viales escondidos ahí dentro. Contienen un líquido transparente y están cerrados con un tapón de aluminio idéntico al que encontré en el baño. En cada uno de ellos, una etiqueta con estas tres letras: «GHB». Me siento lentamente sobre la moqueta aterciopelada del dormitorio, su delicado contacto agudiza mi angustia.
«GHB», conozco ese nombre. Mi padre me hizo leer un artículo en Ouest-France. En una discoteca de Rennes, drogaron a una chica. Un tipo le echó algo en el cubata. Al día siguiente, se despertó desnuda en casa de él, no tenía ningún recuerdo de lo que había pasado. Seguramente había sido violada. La noticia provocó una psicosis en el instituto, las chicas no hablaban de otra cosa. La moqueta se derrite bajo mi cuerpo, es como un vientre blando que se abre y me engulle, es a la vez agradable y asqueroso, tengo ganas de dejarme llevar, dejarme digerir. Desaparecer. En esta caída, retales de sensaciones, el cuerpo de James, náuseas, una mano de hombre en mi espalda, noches agitadas, un sexo en erección, un sueño de plomo, ruido detrás de la pared de mi habitación, Monica llorando, un cansancio abismal, vómitos, Lewis que se aleja solo, cojeando, por una carretera, Morgane prisionera de mi colchón y susurrándome «estoy aquí», Irina de rodillas entre mi cama y el tabique, escribiendo bajo el papel pintado: «Sé por qué estoy aquí». Un revoltijo de imágenes truncadas y efluvios nauseabundos.
—¡Emmylou!
James me llama desde el vestíbulo. Cojo un vial y una jeringuilla, escondo mi botín en la bolsa de la ropa sucia debajo de mi cama. Bajo, sin saber lo que me espera. Está en la cocina, me sonríe con tristeza. Me toca el brazo como para llamar mi atención, reacciono apartándome enérgicamente. Al notar su contacto, todo mi cuerpo se revuelve para escapar de él. Guardo las distancias. Me pregunta si me encuentro bien. Digo que sí con la cabeza y me pego a la pared de la cocina. No podré acercarme a él nunca más. Me dice: «Quería hablarte de esta tarde. Monica ha tenido una bajada de presión arterial muy fuerte, voy a recogerla a la clínica antes de ir a la iglesia. Simon va a pasar el día en la guardería. No puede... no puede... Bueno, ya entiendes...». Su frase queda en suspenso. Toda esta desgracia... Mi dolor compite con mi ira y mi odio hacia esta gente que puede permitírselo todo. James se pone a llorar, no lo consuelo. No puedo bajar la guardia. Sonrío, juego a ser la chica que lo compadece. Pero todo mi ser lo mira y le grita en silencio: «¿Qué me has hecho?».
El cementerio de Highgate se ubica a medio camino entre mi casa y el centro de Londres. Nunca habría imaginado que un lugar así pudiera encontrarse entre nosotros y la ciudad. Para mí, un cementerio es algo fuera de la vista, fuera de la vida, ni siquiera figura en un mapa, como el lugar de donde vengo, Plouhernec. La muerte es una cosa que se esconde, ¿no? Monica acaba de volver de la clínica. Parece un espectro. James lleva un traje negro, ha dejado de ser guapo. Yo no tengo nada que ponerme. No había previsto enterrar a nadie en Inglaterra. A diferencia de la cena en casa de los vecinos, Monica no me ofrece nada de su ropero. Se acabó lo que se daba. Desde que salí de la urbanización y pedí mi carné de identidad, he desaparecido del campo de visión de mis jefes. Voy a ir al entierro de un niño al que conocí hace tres meses y que no ha vivido más de diez años. Dentro de unos días es Navidad.
Esta tarde voy a encontrarme en medio de una comunidad de personas con las que apenas he tratado, que no saben nada de mí, e iré vestida como una palurda —enésima humillación—, pero yo no soy el problema. Pienso que nadie me verá. He almorzado sola, no he visto a los padres. Sin embargo, estaban en casa. Nunca están lejos. Es asfixiante. Monica baja por las escaleras con su vestido negro, el cabello bien peinado alrededor de su cara blanquecina de madre en duelo.