5
En el lomo, HOLY BIBLE, seguido de un cedro en miniatura. Tiemblo. Tengo frío. De pronto, la biblia se me cae de las manos, se estrella contra la moqueta, la empujo con el pie para dejarla donde la he encontrado.
En el cuarto de baño, limpio la bañera con lejía, el perfume preferido de Monica después del de Chanel. ¿No querías pureza? ¡Pues dos tazas! Froto y froto. Limpio el inodoro con la misma repugnancia de siempre. Los rastros de los demás me producen de nuevo náuseas, no logro acostumbrarme, cada día es peor. Cuando voy a tirar de la cadena, veo un papelito de color plata flotando. Lo cojo con la punta de mi guante de goma. Es redondo, no sé qué es. Lo dejo en el borde de la pila y sigo con lo mío. La pila del lavabo está llena de pelos de la barba de James y manchada de escupitajos de dentífrico. Froto con la esponja, tratando de concentrarme en otra cosa. Para no vomitar. Pensar que me encuentro mejor. A pesar de la desgracia absoluta que ha caído sobre esta familia, yo revivo, me siento bien. Miro el trocito de papel plateado, tiene un agujero muy fino en el centro. Lo enjuago y lo manipulo. Ya lo he visto antes: cuando mi madre, que acababa de dar a luz a mi hermana, tuvo que ponerse inyecciones por la bajada de tensión. La enfermera vino a casa varios días seguidos. Para mí era todo un acontecimiento. La enfermera clavaba la aguja de la jeringa en un frasco del que extraía las vitaminas para mamá. Sin embargo, no recuerdo que Monica haya recibido un tratamiento de este tipo. Y tampoco James. Me guardo en el bolsillo lo que parece un tapón. Le hará compañía a la horquilla que nunca me abandona.
Al bajar por las escaleras, veo a Monica agarrada a la barandilla. Le veo la cabeza desde arriba. Tiene el cabello aplanado, aplastado. Como si hubiera envejecido muchísimo de la noche a la mañana. Cuando llega cerca de mí, señala la habitación y, con la comisura de sus labios secos, me pregunta:
—Puedo volver a entrar...
No oigo el signo de interrogación. A estas alturas me he acostumbrado. Respondo:
—Sí, por supuesto.
Tengo mala conciencia: cuanto peor se siente ella, mejor me encuentro yo. Cada una sigue su camino. Yo hacia la planta baja para terminar de limpiar, ella hacia su habitación para revolcarse en su duelo. La puerta se cierra, la imagino en su cama, abatida por el sueño y la depresión. Ni siquiera se habrá molestado en quitarse el batín.
Estoy limpiando el frigorífico cuando suena el teléfono. En esta casa, no suena a menudo. Al otro lado de la línea hay algo, lo sé.
James no está, me han prohibido contestar a causa de unos clientes que lo acosan, me lo han repetido mil veces. Pero Diana me susurra esa frase que es muy difícil de traducir al francés y que me gusta por encima de todo: «Don’t play by the rules!». Es una orden dada con mucha dulzura: «No respetes las reglas, rebélate contra el orden establecido». Gracias, princesa.
Me acerco al teléfono.
Levanto el auricular y me lo pego rápidamente al oído, como si temiera que alguien pudiera arrancármelo de las manos. Al otro lado:
—Buna ziua? Buna ziua?
No conozco la lengua, pero entiendo que es un hombre apurado. No es una llamada para preguntar cómo van las cosas. Me aferro al cable. Respondo:
—Yes?
El hombre me dice:
—You speak engleză? Vorbești engleză?
—Sí, inglés.
—Sunt tatăl Irina...
—¿Irina?
—Da asta e, Irina!
De repente, un clic en medio de la frase.
Un grito interrumpe nuestra conversación. Un grito animal, un grito que me deja aterrada. Es Monica. Tengo la impresión de que su locura ha caído desde el segundo piso y se ha estrellado a mis pies. Presa del pánico, cuelgo el teléfono. Me arrepiento al instante. ¡Qué mema! ¿Cómo voy a volver a llamar a ese señor? No me atrevo a subir, me pongo al pie de la escalera y miro hacia arriba para valorar la situación. No veo a Monica. No sé qué hacer. ¿Y si le ha dado un soponcio? Cada escalón es un suplicio. ¿Con qué voy a encontrarme? ¿Qué pasa ahora? Estoy aterrorizada. La habitación de James y Monica está entreabierta, intento ver por la rendija, pero solo vislumbro el vestidor, así que me acerco y, sin querer, empujo la puerta. Monica está echada sobre la colcha de su cama. ¿Ha tenido un accidente? ¿Ha gritado para que colgara? Me acerco a ella, tengo la sensación de ser una cámara que pasa al modo primer plano, pero sin tanta destreza como en la entrevista a Diana: Monica tiene una expresión de hundimiento total y la piel gris. La cara de una muerta. Es fea, la verdadera Monica. Sí, en ese momento pienso eso. Como la he visto hacer tantas veces con sus hijos, me inclino y coloco mi dedo índice debajo de su nariz. Respira. Está completamente perdida en su nuevo mundo. Lo conozco un poco. Un mundo en el que todo tiene un halo negro. Abandono el dormitorio. Le echo una última ojeada a mi jefa. Antes de salir y cerrar con delicadeza detrás de mí, veo un cable que sobresale de la cama, a la derecha de donde duerme Monica. Me acerco y descubro un teléfono fijo que nunca había visto. ¿Estaría guardado en la mesita de noche? Nunca he abierto el cajón. ¿Habrá oído Monica la conversación e intentado ponerle término?
Irina... ¿Con quién he hablado? Era una voz madura, ronca, cansada, una voz de padre.
¿Por qué ha llamado? Seguramente para recuperar el carné de identidad de su hija, en caso de que lo hubiera olvidado o se hubiera escapado. Es evidente: no sabe dónde está Irina. No debería haberle colgado. ¿Y si no vuelve a llamar? ¿Este tipo de teléfonos tienen la función de devolver la llamada? El manual de instrucciones. Tiene que estar en algún sitio de la casa. Debo encontrarlo rápido, porque imagino que, si esa función está disponible, solo se podrá acceder al último número. Tengo que apresurarme antes de que otra llamada borre el número. Recuerdo que había documentos técnicos en el mueblecito de la tele. Así es, encuentro un fajo de manuales de instrucciones: televisor, vídeo, frigorífico, horno microondas, radiadores, cámara, pero nada para el teléfono. Quizá no lo han conservado. Vuelvo junto al aparato y veo cuatro botones cuyos símbolos no entiendo. Descuelgo y pulso uno: suena ocupado. Un segundo botón: es el altavoz, lo aprieto otra vez a toda velocidad. Presiono el tercero y oigo: «The last number that called you is 00 44 181 1234567». Garabateo el número en la pila de pósits. Con las prisas, no he apuntado la primera cifra. Cuelgo, descuelgo otra vez y aprieto el tercer botón. Obtengo el número completo y me meto el papel en el fondo del bolsillo.
¿Qué te han hecho, Irina?
Se abre la puerta de casa, Simon balbucea. Voy al encuentro del muchachito, que sonríe al verme:
—¿Do ta Lewis?
Miro a su padre, James está lívido. No logro saber si ha hablado con él de la muerte de su hermano. Tengo que encontrar un momento para preguntárselo. James me dice que vaya a acostar a Simon. Es la hora de su siesta, está agotado. Subo al niño a su habitación, le leo un cuento, le doy un beso en la frente y entorno la puerta para que se duerma. Bajo rápidamente, con el corazón desbocado. Me planto delante de James, que se está sirviendo un té en la cocina.
—Me gustaría recuperar mi carné de identidad, por favor.
No responde. No es el momento, lo sé. Reformulo mi petición:
—Me gustaría recuperar mi carné de identidad.
Como presiento que no será suficiente, me invento una buena mentira.
—Lo necesito para mi dosier de la escuela de periodismo. Tengo que enviar unos documentos, es urgente.
James se dispone a salir de la cocina y veo que niega con la cabeza, de espaldas, como si lo sintiera en el alma:
—No.
No estoy segura de haber oído bien, no me creo que me haya respondido eso, es imposible.
—Sorry?
—No, no puedo dártelo —repite.
Luego sale de la cocina. Debe de pensar que es un no que pone término a la conversación, un no definitivo que no admite réplica. Pero, joder, ¡ese «no» me deja por los suelos! «No». Dos pequeñas letras de mierda que se lanzan a mi yugular.
«I can’t give you»... «No puedo»... En vez de «no quiero»... ¿Por qué?
El pánico se ha apoderado de mí. Hago un repaso de todo lo que eso implica. Sin carné de identidad, no hay regreso posible a casa. ¿A no ser que me escape? Explicaré a la policía lo que me ocurre. Pero ¿me entenderán? Peor aún, ¿me creerán? ¿Por qué James no puede devolverme mi carné?
Me necesita.
Se trata de eso, me necesita. Me cuesta pensar con calma. Pero siento que esa necesidad no tiene nada que ver con las tareas domésticas, el cuidado del crío o el duelo. Algo en el fondo de mi ser grita: «¡Peligro!». Tengo la impresión de estar leyendo uno de mis thrillers y de descubrir que el chico que a lo largo de toda la historia parecía supersimpático es en realidad malvado y mezquino. ¡Joder, pero esas cosas no pasan en la vida real! No estoy en una ficción. ¡Eh, oye! ¡Esto es la vida real! Mi cerebro busca en el diccionario un término para describir lo que siento. Las palabras «terror» y «pánico» no son suficientes. Consulta como un enfermo. Indaga. Tiene que encontrar un nombre y dármelo rápido para guiarme. Necesita hacer su trabajo, pero no puede, no encuentra la palabra de mayor rango, más fuerte. Mi cabeza explota contra ese muro desconocido. Subo a mi habitación y cierro de un portazo. Me siento en la cama, tengo la impresión de que mi jaula se ha encogido. Las paredes se han estrechado. Esta noche me aplastarán, no hay duda. Me levanto y tiro todos mis libros y mi ropa al suelo, quiero más espacio, respirar, pensar para comprender, tomar una decisión. ¿Quedarme aquí? Eso sería peor que la muerte.
¿Emparedada? ¿Recluida? ¿Es eso lo que buscan?