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Me despierto sobresaltada, son las cinco y cuarenta y cinco. Esta mañana no tengo migraña, ni mareo; es lo bastante raro como para que me llame la atención. Los acontecimientos de la noche afloran de nuevo y me revuelven las tripas. Lewis, hospital, enfermedad. Levanto el colchón para sacar los documentos médicos que he robado del despacho de James. Con ayuda del diccionario, traduzco aproximadamente los resultados del examen: «Análisis genético destinado a identificar mutaciones específicas en los genes (gen HBB para la beta-talasemia). Confirmación genética». ¿Lewis es portador de una enfermedad genética? ¿Una enfermedad transmitida por sus padres? Padecería beta-talasemia. No conozco esa patología.
Me visto, salgo de mi habitación y voy a ver si la de mis jefes está abierta, como todas las mañanas antes del desayuno. Anoche no los oí llegar. La puerta está cerrada. Bajo una planta y entro en el cuarto de Simon. Con el peluche encima de la barriga y los brazos relajados a los costados, duerme a pierna suelta. Decido dejar que descanse un rato más. Veo que la silla salvaescaleras está abajo, no la han utilizado. El cuarto de Lewis también tiene la puerta cerrada. La abro, la cama no está deshecha. Mareo. Me agarro a la barandilla y voy a la cocina. James está ahí, con el traje desceñido de la víspera, la cabeza inclinada sobre una taza de café. No me ha oído entrar. No consigo hablar, me quedo detrás de él, siento asco. Mi presencia es una pregunta en sí. Se vuelve, descubro un rostro devastado, seguramente no ha dormido y ha llorado mucho. No sé si debo preguntarle qué está pasando, dónde está Lewis. Las lágrimas reaparecen, tiene los hombros encorvados por la pena. Esta tristeza... la conozco. Es total, definitiva.
James dice:
—Lewis is dead.
Repito la frase en voz baja.
—Lewis ha muerto.
Niego con la cabeza. No estoy segura de haber oído bien. ¿Puede repetirlo, reformularlo? Mierda, ¿cómo se puede anunciar algo así, de esta forma, durante el desayuno, a primera hora de la mañana, en la cocina familiar, el lugar donde todas las mañanas del mundo la familia se reúne después de una noche de sueño? El lugar donde los niños se frotan los ojos tantas veces, como diciendo: «¡Esto es para siempre, estamos vivos, estamos aquí!». La mañana es el momento en el que todo vuelve a ser posible. Miro a James y lo culpo por todo este sufrimiento, toda esta desdicha. No obstante, sé que no hay otra forma de expresarlo. Lewis ha muerto.
—James, ¿qué ha pasado? ¿Dónde está Monica?
—Monica está en nuestra habitación.
Lewis ha muerto.
La única frase irreversible en el mundo. Simon... Tengo la descabellada idea de no despertarlo, para que no se entere jamás.
No he visto a Monica desde hace tres días y me siento en forma, como cuando llegué. ¿Será por su ausencia, porque han desaparecido sus exigencias, su necesidad de perfección, de que todo esté limpio a más no poder? Ya no tengo las migrañas que me han dejado postrada las últimas semanas, ni la visión borrosa. Sin embargo, las ganas de vomitar persisten. Anoche asistí a una escena extraña: pasé por delante de la habitación de Simon y vi a James, su gran cuerpo adulto doblado en dos. Por el movimiento de su brazo izquierdo, adiviné que acariciaba el pelo de su hijito, era de una belleza y de una tristeza absolutas. Me quedé mirándolos y oí que James le susurraba a Simon: «Mi Lewis, my dear Lewis, cuánto te quiero...».
Tengo la sensación de revivir la desaparición de Morgane. Aquí, la vida ya no es la misma, es gris, muda. Los humanos de ayer son fantasmas condenados a vivir y a rondar por una casa que ya no tiene derecho a ser feliz. Monica ha terminado por salir de su habitación. Ya no come. Va y viene entre el sofá, donde se tumba en pijama de seda, y la habitación de Lewis, donde se encierra. Me la imagino acurrucada en la cama de su hijo, oliendo sus últimos efluvios en la almohada, en las sábanas, llorando, llorando mucho. No me gusta esta mujer, pero siento una pena infinita por ella. Es una sombra. Cuando camina por la casa, se aferra a las paredes, a la mesa de la cocina. Se tambalea. No parece verme. No me habla. Yo pienso en Simon. No he visto que sus padres le explicaran nada. ¿Sabe que su hermano ha muerto? No me atrevo a preguntarlo en esta casa donde reina el silencio. El crío no lo ha mencionado. Con dos años, es pequeño para expresar una emoción. El entierro es dentro de dos días. Ya no podremos seguir fingiendo. James ha vuelto al trabajo. Antes de irse, me ha dicho que limpiara su dormitorio mientras Monica descansa en el salón.
Hace unos días que no limpio la casa. Subo con mi cubo. Descubro un dormitorio en penumbra, los postigos cerrados, la mañana ha renunciado a filtrarse por las rendijas de las persianas. Corro a la ventana para abrir y ventilar. Me va a resultar insoportable trabajar en este espacio de desgracia, la tristeza es demasiado densa, invade toda la estancia. Empiezo por la cama, veo la huella del cuerpo de Monica, toda la pesadez del duelo. Las sábanas están arrugadas, el edredón revuelto, no queda nada de la perfección de esta mujer, ha dejado de aparentar, se ha abandonado. Tropiezo con algo, me agacho y descubro una biblia, ¡otra! Es de cuero negro, como las del salón y la habitación de Lewis, pero el texto de la cubierta es diferente. Leo:
No SIN
Oh my LORD
No REMORSE
Yes, my LORD
Only
Your GRACE
And
Our PURITY
Ningún PECADO
Oh, mi SEÑOR
Ningún REMORDIMIENTO
Sí, mi SEÑOR
Solo tu GRACIA
Y
Nuestra PUREZA