El secreto de la niñera 4 #4
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De pronto, oigo gritos procedentes de la planta baja. Me siento tentada de salir rápidamente para ver qué pasa, pero no puedo dejar a Simon solo en la bañera, es demasiado pequeño, podría ahogarse. Así que, con una mano, entreabro la puerta. Oigo que Monica dice: «¡Lo llevamos, será lo más rápido! Hurry up!». Y a James, que grita: «No! Oh, no!». No quiero asustar a Simon, de modo que sigo sonriéndole y jugando con él. Luego oigo un portazo. Silencio. Cierro la puerta del baño para que Simon no se enfríe y me concentro en él. Lo envuelvo en su albornoz y lo llevo a su habitación. En la planta de los niños, ni un ruido. Tengo miedo de entender. Con el pequeño en brazos, bajo por las escaleras agarrada con fuerza a la barandilla, con el dichoso dolor de cabeza y el miedo a caerme con el niño. No hay nadie en la cocina. Debe de haberle pasado algo a Lewis.

Preparo la cena de Simon, se come su puré de zanahorias con tranquilidad, el incidente nos ha sumido en una espera silenciosa. Tengo una idea, es una locura. Nadie me ha avisado de nada. Tengo derecho a estar preocupada, ¿no? Cubro a Simon, me enfundo mi chaqueta y voy a llamar al timbre de Mitchel. Pulso varias veces el timbre para indicar el peligro. La urgencia. Funciona, Holly sale a abrirnos. Le sorprende vernos, pero, sin darle tiempo a preguntarme, le suelto: «Monica y James se han ido a toda prisa sin decirme nada, creo que se trata de Lewis». Es la primera vez que veo a Holly desconcertada. Se vuelve y llama a su marido, que no responde. Me propone que entre con Simon. Estamos en el salón, Mitchel llega. Me dispongo a explicarle la situación, pero tengo muchas ganas de ir al baño, así que le encasqueto a Simon en los brazos. Mi reacción le sorprende. Ni siquiera le pregunto dónde está, conozco estas casas al dedillo. En el corredor, fotos de la pareja adornan la pared. Es una cronología inversa de su vida cuando vienes del salón y te diriges al cuarto de baño. Los Mitchel y Holly actuales, elegantes y alegres durante una lujosa fiesta; los Mitchel y Holly jóvenes, treintañeros en un velero con el casco rojo y blanco, Mitchel ya tiene el pelo entrecano, pero rejuvenecen a medida que me acerco al baño, y, por último, los Mitchel y Holly hippies, con mochilas a la espalda y melenas al viento, tienen veinte años y son rubios. El Mitchel original es rubio. Me lo temía tanto como me lo esperaba. Le da sentido a este caos. Cuando vuelvo al salón, nuestro amable vecino tiene todavía a Simon en brazos, están cara a cara, dos perfiles muy parecidos. Holly vuelve de la cocina, mira a su marido y al pequeño. Veo cómo el asombro deforma su rostro. Veo que se esfuerza por no mostrar nada, pero la emoción se impone. ¿Ha descubierto Holly la verdad? ¿Se da cuenta de que Mitchel es el padre de Simon? ¿De que Monica es la mujer secreta de Mitchel? Mitchel sonríe, hace rebotar su dedo índice en la nariz del niño, que suelta una carcajada. Un momento suspendido sobre la escena de un drama. Veo el salón dando vueltas sobre sí mismo, las siluetas soltándose. Holly, la mujer ultrajada, con los brazos muertos a ambos lados del cuerpo, los ojos amarrados a su felicidad, que se le escapa de las manos. Mitchel y Simon, indiferentes a todo.

En cuestión de segundos, Holly se vuelve hacia mí, ha recuperado la compostura y, posando su mano en mi hombro, me dice:

—No te preocupes.

¡No me lo puedo creer! ¿Sabe que lo sé? Prosigue:

—Te llamarán para darte noticias. Estamos aquí si nos necesitas.

Cuando vuelvo a la casa no hay nadie. No hace ni media hora que mi familia se ha ido. Me esfuerzo por mantener la naturalidad, no quiero preocupar al pequeño, soy profesional. Empiezo el ritual de la tarde: cepillo los tres dientes de Simon, le leo su cuento, le hago mimos y le canto su canción de cuna, Good Night, Sleep Tight, les damos las buenas noches a la familia y a los amigos, a los juguetes y a los peluches. Miento cantando que nos veremos mañana. Miento bajo las estrellas de la noche.

Inclinada sobre él, lo arropo con la manta de cachemira azul cielo. Siento que lo protejo. Le sonrío. Nunca ha estado tan tranquilo. Me pongo en la piel de una madre que sabe muy bien que algo pasa, que está ocurriendo una tragedia, pero que no dejará que la desgracia alcance a su pequeñín. Enciendo la lamparita quitamiedos con forma de conejo. Todo este universo de hadas, repulsivo si lo comparas con lo que pasa en el mundo, es una felicidad frágil. Con la puerta abierta y la luz del pasillo encendida, Simon duerme tranquilo. Bajo a la cocina y recojo la cena. Me termino las sobras y miro el reloj: las ocho y veintitrés. Ninguna novedad. La espera se hace insoportable.

Subo y me tumbo en la cama con un libro, paso las páginas sin entender la historia. Demasiadas cosas que pensar y procesar. Estoy encerrada en esta bonita casa, estoy protegida y, sin embargo, un obstinado temor se ha apoderado de mí. El silencio, la oscuridad, todo me oprime. Tengo un regusto acre en la boca, me levanto para beber agua, no sabía que el miedo tenía sabor, ha contagiado cada una de mis papilas gustativas. Me tumbo otra vez y vuelvo unas páginas atrás. Intento concentrarme en esta nueva novela de Jay McInerney, Model Behaviour (Modelo de conducta): lentejuelas y cinismo en el mundo de la farándula. No quiero pensar en todo lo que he descubierto, pero no logro entrar en la historia, me quedo en lo superficial, las palabras que normalmente me atrapan se me antojan un ejército de caracteres refractarios que protegen con fiereza su mundo. No consigo seguir con la lectura.

Me levanto. Bajo una planta para escuchar la respiración de Simon. Es plácida. Continúo bajando y me acerco a la puerta de la entrada. A través del tragaluz, vigilo, observo los movimientos de la urbanización. Nadie sale ni entra. Deambulo por la casa, enciendo la tele. No consigo concentrarme en la oleada de anuncios ingleses, es una verborrea insoportable. Voy a la cocina a por un yogur. El frigorífico está medio vacío, como siempre. Sorprendente, tratándose de personas ricas; hacen las compras mínimas, hasta tal punto que a mediodía no siempre me atrevo a servirme. Así que como poco. He adelgazado. Estoy desesperada, mano sobre mano. Sigo vagando, paso por delante del despacho de James y, de golpe, tengo la impresión de que una mano salida directamente de la puerta me agarra del cuello y me aplasta la cara contra la madera marrón. Es una exhortación. Busco en mi bolsillo y encuentro la horquilla que siempre llevo encima, la llave maestra para abrir esta estancia prohibida. No sé cuándo volverán, pero algo me dice que van a tardar y que tengo que avanzar, superar el miedo. Dentro, todo está revuelto, como si lo hubieran saqueado. Como si un ladrón hubiera entrado y rebuscado para hacerse con dinero en metálico o documentos valiosos. Los dosieres en carpetas de colores están esparcidos sobre la mesa, todo parece mezclado. Me acerco al escritorio. Siento placer y terror. Dos sentimientos que se funden en una mezcla repugnante. Me siento culpable. Cojo una hoja suelta. Veo sumas en libras esterlinas con muchas cifras. No sé qué es, pero parecen sumas importantes. Sigo rebuscando. Abro una carpeta roja de la que se escapan algunas hojas. Es un documento médico, lo reconozco por el membrete, en el que figuran el nombre de un médico y el de un hospital. Los resultados de una analítica en un inglés científico que no domino: «Red blood cells (erythrocytes), haemoglobin level, Mean corpuscular volume, Mean corpuscular haemoglobin concentration (MCHC), Iron tests (serum ferritin, transferrin saturation for thalassemia research)».

No entiendo nada. Busco el nombre del paciente. «Lewis White».

Una fecha: «25 de febrero de 1988».

En otro documento, los resultados de otro examen: «Genetic analysis to identify specific mutations in globin genes (HBB gene for beta thalassemia). Genetic confirmation».

La prueba es positiva. Entiendo que es un análisis. Leo las palabras: «genéticos», «genes», «mutación»... ¿Qué padece Lewis? Adjunta a esta hoja, una factura de doce mil quinientas cuarenta y tres libras, una suma considerable, ¡el equivalente a cien mil francos! También encuentro una receta con una lista de tres medicamentos que hay que tomar todos los días: «Deferasirox, Folic acid, Hydroxyurea». Nunca los he visto en la cocina ni en la habitación de Lewis.

¿Es posible que nunca le hayan dado el tratamiento?

Dejo las hojas en su sitio. Me pongo en cuclillas para coger la caja de galletas de debajo de la biblioteca. Busco el carné de identidad de Irina. En la parte superior derecha del documento, pone: «Romania». Cojo su historia médica y los análisis de Lewis y subo a mi cuarto. Lo escondo todo debajo del colchón. Me hago un ovillo bajo la colcha. Espero. Fuera, oigo la lluvia golpear el jardín, los árboles, el balancín y todo lo que se le pone a tiro. El cielo, indiferente a nuestras desgracias, vacía su pena.