4 #3
El médico y mi jefa hablan por encima de mí como si yo no existiera. John no me pregunta qué me pasa, cómo me siento. Me gustaría hablarle de las migrañas, de toda esa niebla en los ojos, del cansancio profundo, extenuante. Del agotamiento. No, él actúa como si ya lo supiera. Ni siquiera me mira a la cara cuando me palpa las piernas, el vientre, donde se demora, el cuello... No sé lo que busca y no tengo fuerzas para preguntárselo. Si fuera la au pair de Mitchel y Holly, otro gallo cantaría. Me cuidarían, me hablarían, me tendrían en consideración. John me pide que me levante para ver cómo me desplazo, si no me mareo. Me tiende el brazo. Le digo que tengo hambre y que me gustaría bajar. Me dice: «Sí, pero despacio, agárrate a la barandilla». Llaman a la puerta. Es Eve, la esposa de John, con su hija. Ha venido a buscar a su marido para que los acompañe a alguna parte, no he entendido adónde. Es la primera vez que veo a su hija, la devoro con los ojos; cruzarse con alguien en Hidden Grove es algo inaudito. Me recuerda a alguien... a alguien que... John me empuja amablemente hacia la cocina.
Morgane, te envidio. Puedo decírtelo en la intimidad de mi habitación, donde llevo acostada un día y una noche, quizá más: te envidio. Nunca conocerás el mundo de los adultos. Soñábamos con él, sentadas en nuestras camas, en el autobús, frente al mar. Era nuestro Grial. Pero este mundo es complicado y sucio. Está podrido. Desde tu muerte, me he visto envejecer, caminar por la línea de la vida, ir a la escuela de periodismo, trabajar en una redacción de prensa escrita, salir de fiesta, tener novio, dos hijos, un coche donde apretujar nuestra vida cotidiana, vacaciones en el camping de la isla de Groix. He atravesado todo eso mentalmente, y después me he dado la vuelta y te he visto a ti, ahí, atrapada en tu edad eterna. Dieciocho años. Mi alma gemela conservada en el ámbar del tiempo. Hoy, toda esta mierda mitiga el dolor de tu desaparición, porque sé que tienes suerte. Tu humanidad nunca habría soportado esta negrura. Ahora voy a cerrar mi cuaderno y te deslizaré de nuevo entre el colchón y el somier, en pleno centro de la cama. No me fío, cualquiera podría verte, podría leernos. Quiero salvaguardarte.
Mitchel acapara todo mi interés: es el amante de mi jefa, el jefe que me hubiera gustado tener, el padre de un niño invisible, el único vecino simpático y normal. Quiero saber más. Esta mañana, espío su partida desde la ventana, quiero entrar en su casa. Quiero mirar sus objetos, ver la habitación de su hijo, sus muebles, su vajilla. ¿También formará parte del club de las villas gemelas? Voy a aprovechar su ausencia para que su au pair me abra la puerta y así conocerla. Tiene pinta de ser tímida, pero estoy segura de que es simpática, a imagen y semejanza de sus jefes. Puede que me dé información sobre mi propia familia y sobre Irina, la desaparecida. Tengo la sensación de estar acercándome a una verdad.
Llamo a la puerta de Holly y Mitchel. Kristina no responde, insisto varias veces. Nadie. Sé que está ahí. Es posible que no se atreva a abrir cuando está sola. Para tranquilizarla, digo en voz alta:
—Kristina, es importante, necesito consejo.
La puerta se entreabre. Tiene la mirada huidiza. No quiero ser brusca con ella, pero tiene que dejarme entrar cueste lo que cueste. Le explico que necesito saber cómo comportarme con mis jefes, pues no siempre entiendo lo que esperan de mí.
—¿Puedes ayudarme?
Imito su forma de actuar, no reacciono como la chica desesperada y nerviosa que puedo ser a veces, me ajusto a su talante: tranquila y tímida. Veo que duda.
—¿Puedo pasar unos minutos? ¡Estoy tan cansada! So tired.
Entreabre la puerta; sigo el movimiento y avanzo con precaución para no asustarla.
Nos dirigimos a la cocina, no me invita a sentarme, se queda de pie al lado de la mesa, con los brazos cruzados sobre su holgada chaqueta negra. Es guapa, con su melena castaña por los hombros, no muy gorda, como diría mi madre, Holly en versión austera. Su color es el negro. Su cara es como una miniatura: la nariz, los ojos, la boca, todo es pequeño, cincelado y concentrado en el mismo lugar. Extraño y atractivo.
—Estoy contenta de poder hablar contigo, no tengo noticias de mi familia, me siento sola.
Ella me escucha, pero no suelta prenda.
Como su silencio me incomoda, susurro señalando con el dedo el piso de arriba:
—El pequeño duerme, ¿es eso? Chist.
No responde, debe de ser obvio. Sé que solo tengo unos minutos y quiero enterarme de todo lo que pueda.
—¿De dónde eres?
—Eslovaquia.
—¿Cómo llegaste aquí?
Como se encoge de hombros, continúo:
—¿A ti también te pidieron muchas cosas, una carta, una foto, un análisis de sangre?
No está a gusto.
—¿Has salido alguna vez de la urbanización?
Se toma su tiempo para responder:
—Holly me ha prohibido salir sola. Demasiado peligroso.
Estoy estupefacta, la chica se ha resignado. Es dócil, ha aceptado su suerte. Le hago otra pregunta:
—Yo he venido a aprender inglés para mis estudios. ¿Y tú?
—¡Mis jefes me han prometido que me darán la nacionalidad inglesa!
Su rostro se ilumina durante unos segundos y luego se vacía de nuevo.
—¿Cuándo llegaste?
Hace seis meses, me da a entender con las dos manos. Intuyo que esta conversación no le hace ninguna gracia. La sufre. Quiere ponerle fin, avanza hacia la puerta. Va a despedirme y, no sé qué me da, pero le digo:
—¡Enséñame tu cuarto! ¡Me haría mucha ilusión!
Veo claramente en su mirada que me toma por una loca. A partir de ahora, seré la au pair majara de la urbanización. Me dice:
—Vale, y después, ¡trabajo! Work!
Subimos por la escalera. Primer piso, el de los niños, imagino, como en casa de mis jefes, solo que aquí las puertas están cerradas, el niño debe de estar echándose la siesta. Segundo piso a la derecha, el dormitorio principal y la habitación de la au pair enfrente, a la izquierda el cuarto de baño. Exactamente igual que en mi maldita casa. Kristina abre la puerta de su cuarto. Es tan pequeño como el mío y tiene el mismo papel pintado con motivos de la selva, ¡es increíble! No obstante, es más triste. No hay ningún libro, tan solo una pequeña cruz colocada en la estantería al lado de un collar de cuentas de madera, un rosario, quizá. El timbre del teléfono fijo interrumpe este gran momento de convivencia. Kristina me mira, paralizada. Me dice:
—Tengo que responder.
—Sí, claro, ve.
Me observa sorprendida.
—¿Bajas?
Asiento.
—Ve, yo cierro al salir.
Baja corriendo las escaleras. Yo la sigo a un ritmo más razonable, tengo una idea en mente. Cuando llego delante de la puerta del cuarto de los niños, la abro muy despacio. No quiero que me reprochen haber despertado al crío.
Pero no molesto a nadie porque la habitación está vacía. La cuna no está ocupada. No hay vida, ningún signo de infancia. Incluso cuando la habitación de Simon está ordenada, oyes sus gritos, sus risas, su vocecita de dibujos animados, huele a niño, a piececitos, a peluches, a cuello, a alegría, a llanto, huele a baño por venir, a baño reciente. Pero aquí no hay nada de eso. Los juguetes están en sus cajas originales, envueltos en plástico, las mantas bien dobladas, los cojines alineados. Cierro la puerta y bajo a toda velocidad. Soy consciente de lo que he visto, tengo que recuperar la compostura, respirar, no dejar traslucir que lo sé. El pánico ha encendido mi rostro, y la ira también. Tengo ganas de gritar: «Pero ¿por qué eres la au pair de nadie? ¿De qué va esta movida? ¿Qué estás haciendo? ¿De qué eres esclava? ¿Qué te han contado para que vinieras, para que te quedaras, para que no huyeras?». Kristina está en el recibidor, cerca del aparador con el grueso teléfono lacado de color beige. Acaba de colgar. Le tomo la delantera y le pregunto si todo va bien. No tengo ganas de que me interrogue.
—Era Holly, tengo que poner el pollo en el horno —me informa.
—Gracias, Kristina —le digo—. Si necesitas ayuda, estoy aquí. Anything!
Parece sorprendida. Abre la puerta y me dice:
—¡Chist! No le digas a nadie que has entrado aquí, me lo tienen prohibido.
La puerta se cierra detrás de mí. Tengo una sensación de urgencia, quiero recorrer la distancia que separa nuestras dos casas lo más rápido posible. Quiero ponerme a resguardo y, extrañamente, es en casa de mis jefes donde quiero estar. ¿Qué es este infierno? En esta familia hay una niñera y ningún niño. Pero ¿a quién cuida Kristina? Me pregunto qué hace durante el día y quién más en Hidden Grove sabe que Mitchel y Holly no tienen niños. Cuanto más indago, más pronunciada es la caída. Cuanto más averiguo, mayor es mi miedo.
Estoy sola con Simon, lo estoy bañando. Golpea el agua con las manos, se salpica y ríe con ganas. El agua corre por su pequeño cuerpo rollizo, tiene el cabello castaño pegado a la cabeza, está contento. Estoy sentada a su altura en un escabel de plástico y lo observo. De los cuatro miembros de la familia, es él al que siento más cercano, no sabría decir exactamente por qué, pero estoy a gusto en su presencia. Sin embargo, me intriga. Quizá por el cariño excesivo que su madre le profesa. Quizá por su alegría natural. Es el único de su clan que me parece accesible de verdad. Intento vivir el momento, la simple dicha del baño, para no pensar en todo lo demás. Pero la migraña y mi mirada turbia me recuerdan que no estoy bien y que no es normal. Simon coge un barco de plástico azul e intenta hacerlo navegar, después coge un pirata y lo lanza con todas sus fuerzas contra el barco, que acaba volcando. Risas. A nuestro alrededor, vaho. El espejo está empañado. Una evidencia se impone. Miro a Simon y veo a Mitchel. La afabilidad, la sonrisa, la alegría en la comisura de los labios... Simon se parece a Mitchel. Por supuesto, a veces hay seres humanos que se parecen y no tienen un vínculo de parentesco; en esos casos, resulta gracioso y anodino. En este, es aterrador.