El secreto de la niñera 4 #2
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Una descarga de alegría y, a estas horas, poco tiempo para hurgar. Me acerco a la pila de carpetas: veo números y comprendo que son facturas extremadamente bien clasificadas. Cero interés. Constato que la fotografía de los cuatro miembros de la familia ya no está en su sitio. Lástima, porque me hubiera gustado comprobar el color de pelo de Simon. ¿Era rubio, como me pareció? Ahora lo dudo, con toda esta neblina en mi cabeza. Levanto el tapete que protege el escritorio. El despertador antiguo que han dejado encima pesa una tonelada: acompasa mis pesquisas con su tictac militar. La manecilla grande, la pequeña y el segundero, tres viejos carcas que van a su aire, tienen una misión: descuentan el tiempo sin despegar los dientes. En los cajones hay carpetas con el membrete de un abogado. Son casos de James. Algunas carpetas están marcadas con un «confidencial» en rojo, lo que explica que la puerta esté cerrada con llave. En caso de robo, el hurto de estos documentos sería gravísimo. James pondría en riesgo su carrera, imagino. Parece un abogado importante, nunca habla de sus clientes ni de los juicios. También hay una biblioteca llena de libros. Les echo un vistazo rápido: numerosas obras de derecho inglés y una biblia. Decididamente, cada habitación de la casa tiene la suya. No sé lo que busco. Tal vez algo que me tranquilice. Paso las manos por encima de la biblioteca. Me dispongo a arrodillarme para mirar debajo, pero me digo que es ridículo. Y, además, me ahogo. Lo prohibido, el tiempo que se desgrana, el temor a que me sorprendan. Salgo del despacho, pero algo me incita a volver a entrar, el instinto. Me pongo a cuatro patas, palpo debajo de la biblioteca y toco algo. Es frío, duro. ¿Una caja? No consigo atrapar el objeto. Me tumbo en el suelo. Una caja de galletas Carr’s metálica roja y gris. La agarro y la empujo hacia mí. Le quito el polvo, nadie la ha tocado desde hace varios meses. La abro. Hay un montón de documentos en su interior. Expedientes médicos, nombres de médicos, certificados. El corazón se me sale por la boca, intento respirar despacio, pero no lo consigo. Lo primero que veo es mi cara, la foto que elegí para presentarme a la familia. Parezco feliz, relajada. No me reconozco con ese aspecto, parece algo lejano. Sobrevuelo rápidamente las páginas, tropiezo con mi minúsculo currículum, mi carta de motivación, mis análisis médicos. Y la foto de otra chica que no conozco. Parece tener la misma edad que yo. Luego están el retrato y el dosier de Virginie, que no hojeo por completo. No entiendo. Vuelvo al dosier de la desconocida. Solo tengo tiempo de leer su nombre: «Irina». ¿Puede que no la seleccionaran para mi puesto y la tengan en reserva? Oigo la llave en la cerradura de la entrada. Miro debajo de la pila de hojas y descubro dos carnés de identidad. Reconozco el mío, tiene una esquina doblada. Apenas ha viajado y ya está hecho polvo: la historia de mi vida. No tengo tiempo de echarle un vistazo al otro. Cierro la caja y la dejo en su sitio empujándola con el pie. ¡Qué caja fuerte ni qué ocho cuartos! Mi preciado carné a salvo de los ladrones, ¡la gran promesa de Monica! No me lo puedo creer.

Pero ¡qué tonta! El terror se aferra a mis mejillas. Tengo frío y, de pronto, también mucho calor. No lo había pensado: puedo cerrar la puerta del despacho, por supuesto, pero no puedo echar el cerrojo porque no tengo la llave. Inevitablemente, James se dará cuenta. «¿Emmylou? ¿Emmylou?», me llama Monica. No tengo elección, cierro la puerta con delicadeza. Solo son las once. Sé, desde ya, que mi jornada será una bola de angustia que el tiempo sádico se complacerá desgranando en largos minutos. Empiezo a ver borroso otra vez. Avanzo apoyándome en las paredes. Llego a la cocina y me abalanzo sobre el frigorífico. Rápido, una excusa. «Monica, sorry, but ¡no queda leche para los niños!».

Esta tarde, los niños han ido al oftalmólogo con su padre para la revisión anual. Monica me ha pedido que les prepare unos sándwiches para la tarde. Cuando vuelvan, estarán cansados y hambrientos, así será más rápido. Mientras tanto, yo tengo una cita delante de la ventana de mi cuarto de baño para ver si Monica acude a casa de su amante. Sale por la puerta de atrás, son las cinco de la tarde. Es puntual. Tengo la vista borrosa y, ahora, migraña. La puerta se abre, pero esta vez Monica no se demora, entra corriendo. Así que se trata de una costumbre. Su forma de ser adúltera, dicho sea de paso, no es muy perspicaz. «17 h M» en su agenda. Podría haber escrito «fisio» o cualquier otra cosa, pero la inicial del amante... Ni siquiera yo, la novata, me habría atrevido. Voy a echarme un rato, no me quedan fuerzas, ya estudiaré en otro momento. Solo es un día, qué se le va a hacer. Tengo que recuperarme antes de que vuelvan los niños. Oigo entrar a Monica, que, como siempre, me llama a gritos desde la escalera: «¡Emmylou! ¡Emmylou!». Su voz y mi nombre se diluyen en mi sueño.

Cuando me despierto, tengo la sensación de que comienza un nuevo día, y eso me horroriza. Un nuevo día en un día ya empezado. Una muñeca rusa infernal. No consigo recordar lo que he hecho esta misma mañana. Me devora la inquietud. Me quedo acostada un buen rato, con la mirada fija en el vacío, los brazos a los lados, intento emerger, busco un hilo de Ariadna al que aferrarme para salir de este lodazal, pero estoy perdida en mi propia cabeza.

Y vuelvo a recordarlo todo, la angustia se concreta. La angustia de que me descubran. ¿Cómo justificar que la puerta del despacho ya no esté cerrada con llave? Mi cerebro me presenta la factura de mis despropósitos. ¿Y el polvo de la caja que he limpiado con la manga? ¿Y las huellas de mis dedos? He debido de dejar huellas por todas partes, ¿cómo voy a explicarlo?

Bajo a preparar la merienda que Monica les dará a los niños y por la que, como cada día, acaparará agradecimientos y besos. Me sirve un té, luego vuelve a hundir la nariz en su agenda y un dedo en el bucle de un largo mechón castaño. Está muy concentrada organizando sus citas de deporte, peluquería, esteticista, padres de alumnos, sus escapadas a casa de Mitchel. Esta mujer no me gusta. Me da mala espina.

Mientras unto mantequilla de cacahuete en las rebanadas de pan de molde, veo de nuevo la cara de Irina. Guapa, morena, cara fina, ojos más bien claros, aunque no he tenido tiempo de determinar su color. Se parece vagamente a Virginie, pero en morena. Su mirada me incomoda. ¿Quién es? ¿Una au pair rechazada? ¿La chica que sucedió a Virginie? Nadie me ha hablado nunca de ella. Y Lewis, ¿por qué nunca la ha mencionado? Los niños suelen irse de la lengua: «Pues Irina era así y Virginie era asá, no como tú». Es como si Lewis hubiera hecho borrón y cuenta nueva con el pasado. Como si las empleadas pasaran por su vida sin dejar rastro. Dejo la merienda en un plato. Algo me molesta. La aguja que juega conmigo desde hace semanas se me clava en la piel de la nuca. La descarga es violenta. Siento frío en la espalda, un frío indescriptible. En ese momento, Monica entra en la cocina y extiende la mano para coger los sándwiches. De ella solo veo los contornos, la cara, una papilla humeante, la migraña reaparece para dar otra vuelta al ruedo. La voz de Monica me llega desde muy lejos, tengo la impresión de estar en la misma habitación pero a treinta metros de ella; mi brazo, que se extiende en su dirección, se me antoja inmensamente largo. Me responde con un gracias deformado, su boca es desproporcionada, monstruosa. Pastosa.

El segundo carné de identidad.

En la caja había dos carnés, el mío y otro. Virginie tuvo que marcharse necesariamente con el suyo.

Entonces, el segundo documento, ¿de quién es?

¿Por qué lo guardan ahí?

Nadie se marcha sin su carné de identidad. ¿A quién pertenece?

Irina.

¿Es tuyo, Irina?

Pero entonces, si ese es tu carné, ¿dónde estás tú?

Me despierto. Tengo la sensación de salir de un largo coma. Monica está a la cabecera de la cama. Quiere saber si me encuentro mejor, parece muy preocupada. Me presenta a John, nuestro vecino, es médico. Ha venido para hacerme un reconocimiento. «Nos has dado un buen susto. Te has desmayado delante de mí...». Monica habla y habla. Es el acontecimiento del día para ella, noto una mezcla de temor y excitación ligada al minidrama que ha presenciado. Es algo que siempre podrá contar a sus vecinos, a sus amigas: me ha salvado. La oigo, pero he dejado de escucharla. Tengo el estómago revuelto. La impresión de que mi cama es una balsa a la deriva en un mar crispado. John me toma la tensión sin despegar los ojos de Monica. «Tiene la tensión muy baja, no es buena señal». Monica responde que, claro, no es buena señal. John añade que necesito reposo si quiero salir adelante. Monica asiente, parece muy preocupada. ¿Piensa en las tareas domésticas que quedarán sin hacer? ¿En las habitaciones que limpio cada día, espacios donde el polvo y la vida no tienen cabida? ¿Piensa en su tiempo libre, que le escamotearán mi salud frágil y mi necesidad de descanso?