El secreto de la niñera 4
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No tengo derecho a salir de la urbanización. Lo sé. Aquí las cosas funcionan así, no lo dicen, pero lo sabes. Es terrible, porque eso te encadena más si cabe, no puedes rebelarte ni oponerte, puesto que nada se ha dicho con palabras, no hay reglas explícitas.

A mi alrededor se han levantado los muros de una cárcel invisible. Nadie los toca, pero todo el mundo los evita. Quisiera huir, pero no tengo fuerzas. Es más fácil quedarte haciendo tu trabajo y cerrar el pico que planear una salida. Tengo un objetivo y me aferro a él. ¡Estoy tan cansada! Cada vez más. Bueno, depende del día. Alterno los momentos en los que me siento en forma con los de absoluto agotamiento. Incluso me echo siestas, aunque muy cortitas, porque me da vergüenza. Soy joven, pero tengo demasiado trabajo. A veces no me queda otra opción.

Cuando los niños han llegado a las tres y media, Monica no me ha llamado y yo no me he despertado. Incapaz. Postrada. Al final, he conseguido levantarme en torno a las seis menos cuarto y he bajado al primer piso. La puerta de Lewis estaba entornada, me he asomado por la fuerza de la costumbre y lo he visto en la cama, de espaldas, arropado por el edredón. He entrevisto su cabeza de pájaro desgreñado y su cuello, raquítico. Precisamente es su cuello lo que me ha dado pena. Revelaba toda su debilidad. El niño guardó cama hasta el día siguiente. Pero, por la mañana, nadie hizo el menor comentario al respecto.

Desde que Mitchel habló con mis jefes, trabajo menos. Monica vino a verme. James no, porque, lo he captado bien, la limpieza de la casa, aunque no la hagas tú, es cosa de mujeres. Monica me propuso que me ocupara únicamente de las habitaciones cada dos días, igual que de los baños.

Bendigo a nuestro vecino, al tiempo que maldigo la estupidez de Monica, que no ha sido capaz de tener esta revelación por sí sola. Limpiar la misma habitación todos los días no sirve absolutamente de nada. Es vergonzoso, es explotación, una pérdida de tiempo que impones a los demás, ¡me cago en su mente enferma! Le di las gracias. Me preguntó cómo iban los estudios y le dije: «Con dificultades, pero voy a hincar los codos».

Media tarde, lluvia regular, cielo garabateado deprisa y corriendo. Un día inglés. Aparto la mirada de la ventana para mirar mis cinco libros: el temario del examen de admisión a periodismo.

Veo mis manos encima del escritorio, siento mis piernas bien afianzadas en el suelo. Todo está ahí, en su sitio. Excepto mi cabeza. No lo consigo. Consumida por el cansancio. Me muero de agotamiento. Pero ¿cómo narices es eso posible a los dieciocho años? Me levanto y voy a darme una ducha, pensando que el agua fría puede modificar mi estado.

Miro por el ventanuco del cuarto de baño, uno de los múltiples ojos de la casa a la vida de la urbanización. Reina la paz, las amas de casa aún no han ido a recoger a los niños. De repente, veo que alguien sale de casa de Mitchel por la puerta trasera, la del jardín. Es todo un acontecimiento para una observadora hambrienta como yo. Es una mujer, lleva un sombrero negro. No distingo su cara, pero reconozco ese porte elegante, seguro de sí mismo: Monica. Apenas ha puesto un pie fuera, da media vuelta y se inclina hacia el interior de la casa, besa a alguien. My God! Un adulto, alguien de su estatura. Holly no está, Mitchel, sí, y mi jefa no es de las que besan a una au pair. ¿Monica y Mitchel?

Tengo la impresión de haber presenciado una escena prohibida, no quiero imaginar nada inapropiado, pero mi cabeza no tiene dudas, se trata de un beso, algo en su cuerpo, el ángulo de inclinación, todo lo delata. Fuck, fuck, fuck. Monica se vuelve y aprieta el paso hacia nuestra casa. Que le den a la ducha, ante todo quiero ver su mirada, ver su semblante. Soy joven, pero reconozco el amor cuando lo veo.

Bajo a toda prisa las escaleras y llego al recibidor en el momento exacto en que ella abre la puerta. Le sorprende encontrarme ahí. Tiene las mejillas sonrosadas. Cuelga su sombrero de fieltro en el perchero. Veo claramente que no me sonríe a mí, sino a la vida, a la alegría, al amor. No sé si quiero saberlo. Siento que he caído en una trampa. Los necesito. Sin inglés, no hay escuela de periodismo; sin escuela de periodismo, no hay trabajo, no hay carrera, no hay salida de emergencia, vuelta a la casilla maldita: Plouhernec. Para colmo, le pregunto a Monica, con una voz impostada de alegría, si ha pasado bien la tarde, y me responde: «Sí, he tomado un té con Eve, hemos... hemos hablado de la Navidad». Maldita vacilación... Oh fuck! Estoy de mierda hasta el cuello.

Cortada.

De ahora en adelante, soy dos.

La que limpia y cuida a los niños y la que observa y está al acecho. Ya no me siento segura. Cuantos más días pasan, más me consume la incertidumbre. Avanzo en medio de una realidad opaca, angustiosa. Me da miedo hacer descubrimientos que puedan desestabilizar mi vida diaria. Tengo la sensación de que todo el mundo juega un doble juego. Monica ha fragmentado mi tiempo, me pide que haga un montón de pequeñas cosas. Ha fraccionado las tareas: unas veces preparar la cena, otras planchar vestidos o camisas en el último momento, ordenar la habitación de los niños antes de acostarlos. No duda en interrumpirme en medio de mi hora de estudio para que la ayude a clasificar la ropa que se les ha quedado pequeña a los niños: «Una cosa rápida, ¿no te importa?». Guardar los juguetes que ya no sirven en el garaje: «Is it okay for you?». Apilar algunas cajas, cambiarlas de sitio: «Aquí. No, mejor aquí, gracias por tu ayuda, de verdad». No sé exactamente cuándo ni cómo sucedió, diría que ha sido un proceso insidioso. Esta nueva carga ha abierto un resorte en mi cerebro. Eso, más la falta de respuesta de Virginie y de noticias de mis padres, me está desquiciando. He cruzado el Canal de la Mancha para aprender inglés en casa de unos ricos que están colgados porque mis padres son pobres, ¿y encima no son capaces ni de enviarme una carta? No espero ánimos ni palabras bonitas por su parte, pero ¡preguntarme cómo estoy es lo mínimo! Doble condena. Estoy triste y sola.

El despacho de James. Tengo que entrar como sea, seguro que encierra respuestas, algún alivio para mi inquietud. Nunca me habría atrevido si mi cerebro no hubiera hecho un clic. En mi casa no somos intelectuales, pero somos manitas. Recuerdo aquel día en que mi padre vino a recogerme al instituto debido a la huelga de autobuses. Nos quedamos delante de la puerta de casa como unos idiotas porque él había perdido las llaves. Echó pestes, por supuesto, pero no perdió el aplomo. Se volvió hacia mí y me preguntó: «¿No tendrás una horquilla para el pelo?». Rebusqué en los bolsillos y tenía incluso dos. En el instituto, me molestaba que el pelo se me metiera en los ojos, así que siempre llevaba una o dos horquillas de esas de acero planas que apenas se ven, pero que, gracias a su ejemplar rigidez, sujetan muy bien los mechones. Papá metió el prendedor en la cerradura y la manipuló tranquilamente hasta que consiguió girar el pestillo. Y entramos. Yo tenía quince años y me sentí muy orgullosa de él. Ese fue uno de nuestros raros momentos de complicidad.

Aprovecho que Monica está en clase de gimnasia para abrir el despacho de James. Tengo el corazón desbocado. Me repito que debo andarme con cuidado para no romper la horquilla en el interior, que no pueden pillarme. Siento la presencia de mi padre, como si estuviera a mi lado, taciturno, huraño. Papá, te echo de menos. Nunca pensé que diría eso. Llevo diez minutos intentando desbloquear el pestillo. Monica podría volver dentro de media hora. Hago de tripas corazón por conservar la calma, por no romper la herramienta, entrecierro los ojos, ajusto mi vista un poco borrosa. Desde hace unos días, tengo la sensación de estar volviéndome miope, de verlo todo turbio. ¡Joder, solo me faltaba eso! En este momento se me ocurre una frase tonta: «Las desgracias nunca vienen solas». Clac, el cerrojo ha cedido, solo tengo que empujar la puerta con suavidad para que se abra.