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Monica tiene el don de hacer preguntas que no lo son. Ni siquiera espera la respuesta. Lo tendré en cuenta para más adelante, cuando también yo tenga una asistenta doméstica. Me parto de risa. Como si eso pudiera ocurrir. Como si, algún día, yo fuera a tener el dinero necesario para esclavizar a mi mundo. Cuando desvisto a Simon para meterlo en la bañera, que se está llenando, veo que lleva cosido el nombre de Lewis por dentro del pantalón azul. Vaya, reciclan la ropa del primero. Es lo único que tienen en común con mi familia, mi hermana nunca se ha puesto ropa nueva. A los padres les gusta eso; a los niños, mucho menos. Sin embargo, Monica y James tienen recursos económicos.
Durante la cena, oriento la conversación hacia los niños, los suyos son so cute, monísimos. Monica y James están encantados. Simon habla cada vez mejor y se esfuerza por mostrarnos que existe y que tiene voz y voto. Aprovecho este momento de convivencia para compartir mi entusiasmo.
—He conocido a la au pair de Mitchel y Holly. Es muy simpática, pero aún no he visto a su hijo. ¿Es niño o niña?
Monica y James se miran como si se hubieran preparado desde hace mucho tiempo para responder a esta pregunta.
—Es una larga historia... No te lo tomes a mal, pero preferimos guardar discreción sobre este asunto.
No es cosa mía y, de paso, me entero de que hay un problema.
Morgane, menos mal que estás aquí. Aun muerta, estás más presente que todos estos vivos a mi alrededor. Esta noche les he hecho una simple pregunta a los padres sobre el hijo de nuestros vecinos y he cosechado la respuesta menos tranquilizadora del mundo. Pues, mira, la Emmylou de antes habría aceptado esta nebulosa, esta puerta que se te cierra en la cara: Tranquila, bien modosita... la chiquilla de la limpieza. La vida de los adultos es muy complicada. Tengo que aprender a aceptar las zonas prohibidas y todas las cosas que se callan. Pero desde que mi día a día ha empezado a cojear y la aguja juega con cada centímetro de mi piel, solo tengo un deseo: meter un pie en la puerta. Para ver, para entender.
Virginie no responde a mi carta. A lo mejor le molestan mis quejas, mis preguntas, ¿o es que le resbalan? Pienso arrancar las respuestas a mis preguntas. Mañana iré a hablar con Mitchel.
Tengo una idea.
Estoy esperando a que mi vecino vuelva, he constatado que todos los días llega antes que Holly, en torno a las tres de la tarde. He terminado mis tareas, he guardado mis productos en el lavadero y he doblado mi ropa. Me he dado cuenta de que ya hablo como mi madre, lo que no es buena señal. Ella nombra todas las mierdas de su vida con adjetivos posesivos, mi, mis: «mi colada por doblar, mi comida por preparar, mi casa por limpiar». Una posesión que no la enriquece, sino que la rebaja cada día un poco más.
Decido tomarme un tiempo para mí, me pongo a rebuscar. En la biblioteca, alrededor del televisor, en los sitios donde están expuestas las fotos de la familia perfecta. Hay dos grandes cajones que nunca he explorado. En el de la izquierda encuentro multitud de cintas de vídeo, películas compradas y otras tantas copiadas con los nombres escritos a mano de forma más o menos legible, un poco de cine inglés y muchas producciones norteamericanas. Lo cierro y paso al segundo. Descubro una selección de novelas encuadernadas en piel —para mí es un signo claro de gente que no lee, pero compra el objeto-libro para aparentar—, una pila de revistas —siempre de lujo, reconfortante espejo de su vida— y, en medio, un álbum de fotos. Lo hojeo, es un batiburrillo de imágenes de los niños a distintas edades, un álbum hecho a toda prisa. Simon sale moreno en las fotos. Y Lewis, sin muletas, no parece mucho más joven, debe de tener nueve años. ¿Qué ha pasado en un año? Hay muchas fotos de vacaciones. Nunca he viajado, no reconozco los destinos, pero el cielo siempre es azul. El corazón me da un vuelco cuando descubro una foto de Virginie balanceando la cuna de Simon, que sale en primer plano; se ve un gorrito azul de ganchillo. Simon tiene unos meses. Lewis está a la izquierda de la au pair, y ambos sonríen. El injerto había arraigado bien. En otra imagen, Lewis es claramente más pequeño, en torno a los dos años. Luce el pantalón azul real que Simon llevaba ayer. Curioso. El parecido entre los dos hermanos es sorprendente. ¿Es natural o ha sido subrayado por los padres?
Me gusta sumergirme en los archivos familiares. Pero lo que me choca es la ausencia de una cronología. Cuando veo el contenido del cajón con las cintas de vídeo clasificadas y etiquetadas... Me parece extraño. ¿Un álbum, solo uno, y tan mal organizado?
Mitchel aparca. Lo observo desde detrás de la cortina de lino crudo del salón. Dejo que entre. Cuento hasta diez y me acerco a su casa. Llamo a su puerta. Tarda un poco en abrir, supongo que mira por la mirilla. Aparece y sonríe con dulzura y curiosidad. Me deshago en lágrimas. Él se queda estupefacto, desconcertado. Me siento ridícula, pero permanezco fiel a mi plan. Quiero que se sienta obligado a recibirme, a escucharme. Se aparta para dejarme entrar. Un placer nuevo circula por mi cuerpo, ¿alivio o vicio, tal vez? Escruto cada metro de la casa, cuyas habitaciones están dispuestas sin sorpresas, como la mía y la de David y Lisa. Descubro la decoración, a imagen del estilo de Holly: las antigüedades compradas en los cuatro rincones del mundo evocan los países del sur, donde predominan el sol y los colores. Me siento inmediatamente reconfortada. Pero no debo abandonar mi expresión de dolor, tengo que utilizarla. Me siento en el sofá que me indica Mitchel, aprieto las piernas contra el pecho, fuerzo el drama.
—¿Qué ha pasado?
Tardo un tiempo en responder. ¡Tampoco va a ser tan fácil!
—Estoy agotada —le digo—. Trabajo mucho, no consigo repasar para el examen de admisión a periodismo, que es para lo que he venido aquí.
Me sorbo los mocos.
—¿Cuántas horas al día trabajas? —pregunta, apoyando una mano en mi brazo.
Ya está, lo he pescado.
—Cuatro horas limpiando lo que ya he limpiado el día anterior, además de un montón de pequeñas tareas. Pero hay algo más.
—¿Algo más?
—Pasan cosas raras en la casa.
Su silencio me invita a continuar.
—Es el pequeño. Simon. No sé qué le pasa.
Aguardo su reacción. Está pendiente de mis palabras.
—Creo que está enfermo. Tiene una mancha extraña en la piel, no sé...
No se lo cuento todo, le he puesto un anzuelo.
Mitchel se queda paralizado. Veo que intenta ocultar su inquietud. Empiezo a conocer a los adultos al dedillo. Lo dejo reaccionar.
—¿Una mancha?
—Una marca oscura detrás de la oreja...
Reflexiona, ya no es el alegre vecino de Hidden Grove. Está concentrado.
Mi mirada vaga y se fija en el magnífico cuadro colgado frente al sofá. Me fascina por la fuerza de sus colores y la suavidad de sus formas. Una pareja de enamorados flota sobre un paisaje de un rojo intenso, otra está tumbada y parece entrar en la tierra. A su alrededor, un caballo verde, un pájaro amarillo, vegetación de color azul real. Es un sueño.
—¿Quieres que hable con James y Monica para que te den más tiempo para repasar?
Me encojo de hombros.
—Gracias —respondo.
—Y en cuanto a Simon, voy a ver qué averiguo discretamente, ¿vale?
Me siento aliviada, está de mi lado. Este Mitchel nunca decepciona. Señalo el cuadro de la pared.
—¿Quién lo ha pintado?
—Marc Chagall. Lo llamó El Cantar de los Cantares III, porque pintó varios. El Cantar de los Cantares es un texto sagrado para los judíos y los cristianos, un canto de amor maravilloso que se puede leer en el Antiguo Testamento. Es el símbolo del amor de Dios hacia su pueblo, pero también del amor entre un hombre y una mujer. Encontré esta reproducción en un mercadillo de Portobello Road, ¡para mí es sobre todo un bonito objeto decorativo!
Mitchel es menos místico que mis padres de acogida, lo cual me tranquiliza.
Me has robado el corazón, hermana, esposa mía;
has apresado mi corazón con una sola de tus miradas,
con una gargantilla de tu cuello. ¡Cuán dulces son tus caricias, hermana, esposa mía!
¡Cuánto mejores que el vino tus amores!
¡Y la fragancia de tus perfumes es superior a todas las especias aromáticas!
Como panal de miel destilan tus labios, oh esposa;
miel y leche hay debajo de tu lengua;
y el olor de tus vestidos como el olor del Líbano.
Huerto cerrado eres, hermana mía, esposa mía;
fuente cerrada, fuente sellada.
Tus renuevos son paraíso de granados, con frutos suaves.
Con flores de alheña y nardos.
Atenazada por la curiosidad, he abierto la biblia de los padres y he buscado El Cantar de los Cantares en el Antiguo Testamento. He devorado cinco páginas que son un poema loco, carnal, erótico, la carta de amor más hermosa del mundo. Estoy conmocionada. Pronuncio las palabras en voz baja, me queman en los labios, tienen el sabor de lo prohibido.
Me has robado el corazón, hermana, esposa mía;
¡cuán hermosos son tus amores, hermana mía, esposa mía!
Huerto cerrado eres, hermana mía, esposa mía,
huerto cerrado, fuente sellada.