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Monica es la primera en sacar el tema durante la cena. Debe de estar absorta, fascinada, porque no le ha dicho nada a Lewis, que sigue con los auriculares de su discman en las orejas. No tengo el valor de hacerle una seña para que se los quite; parece muy relajado bajo la espuma naranja.
James sonríe. Monica saborea este regusto salado de escándalo, la desgracia ajena que endulza su vida diaria. Ella también quiere más. Se levanta, se dirige hacia la entrada y regresa con un periódico doblado en dos. Lo abre y lee:
—«Éramos tres en este matrimonio, y eso es mucha gente para una pareja. En público, todo iba bien; en privado, todo era diferente».
Monica no se percata de que me siento incómoda por la mención de la pareja, la infidelidad, el matrimonio a tres.
—¿Has visto, James? Suelta lo de la infidelidad de su marido, habla de Camilla, incluso acusa a la familia real de haberla rechazado desde el principio. Mira lo que dice: «El Palacio no me ha ayudado en nada. Nadie estaba ahí para guiarme».
En la portada de The Guardian, el rostro de Diana y esta frase en grandes letras negras: «I will not go quietly». No entiendo realmente el significado, pregunto qué quiere decir, y James, que de los dos es al que le gusta explicar las cosas, me responde:
—Significa que no se va a callar, que nada le impedirá hablar.
Monica está que echa humo. No parece en absoluto prendada de la princesa. Les cuento que anoche, cuando ellos salieron a cenar, vi la entrevista. Monica parece sorprendida, como si yo hubiera hecho algo a sus espaldas, algo malo. He visto su mirada, la ha corregido enseguida, pero la he visto. A James le gustaría saber qué pensé acerca de la entrevista. ¡Estoy tan cansada! Hace unos meses, me hubiera encantado intentar debatir, hablar, mejorar mi inglés; hoy, no me quedan fuerzas. Balbuceo:
—Es... es valiente, esta mujer. Seguro que es la primera vez que ven algo así en el palacio de Buckingham. Ellos procuran mantener las apariencias, y llega ella y dice toda la verdad.
Monica no da crédito:
—¡¿La verdad?! Pero ¿qué verdad? No sabemos nada. Puede que esté contando pamplinas, que quiera hacerse la víctima. Como no se adapta, ¿culpa a los demás, entonces? Es peligrosa, no respeta el trabajo, ¡su trabajo! En una familia, respetas las reglas y te callas.
Su agresividad y su visión de la familia me desconciertan. Miro a James para valorar la situación. Tengo la impresión de estar con mis padres y no saber a qué santo encomendarme. James se dirige a Monica con calma:
—Estoy bastante de acuerdo con Emmylou. Es valiente, esta mujer, no sabemos lo que está viviendo en ese castillo. En mi opinión, ahí dentro no son todos trigo limpio.
Monica me lanza una mirada glacial. El que acaba de hablar es su marido, pero está furiosa conmigo. Se levanta y desaparece en la cocina. Simon aprovecha para tapizar con puré de zanahoria la mesa de su trona. Hago aquello para lo que me han hecho venir: limpiar y ocuparme del crío.
Las seis. Me levanto antes que el resto de la familia para reflexionar. Me echo agua helada en la cara, tengo que tener la mente despejada. A mi jefa no le gusto. Los padres de Simon le tiñen el pelo de castaño oscuro, solo tiene dos años. Lewis tiene diez años y camina con una muleta, cada día con mayor dificultad, con más dolor, y sigo sin saber por qué. Los habitantes de esta urbanización viven en villas parecidas, como si las hubieran dispuesto el mismo día en cajas idénticas. Las otras au pairs son inaccesibles: no consigo cruzarme con Nela, Dory parece ausente de su propia vida y solo he entrevisto a la de Mitchel en el jardín y delante de la casa. Recuerdo la sensación de sencillez y orden que tuve al llegar, me dejó pasmada. Una urbanización sin historias, donde reinan la paz y la fluidez. Pero, bueno, ¿en qué sociedad de seres humanos todo es miel sobre hojuelas? Debería haberlo imaginado, ¡pobre mentecata, hija de pobres que fantasea con ricos! Este recinto del que no puedo salir sin provocar los gritos de mi jefa me resulta insoportable. ¿De qué tenía miedo Monica? ¿De que me escapara, de que le robara a su hijo, de que alguien lo viera, de que alguien secuestrara a su tesoro? Dejo mentalmente en mi pequeño escritorio todas las piedras que se han acumulado en mis riñones. Me veo otra vez a cuatro patas vomitando encima del preservativo usado en la papelera del cuarto de baño de los padres. ¿Por qué iba a usar un preservativo cuando está casada? Las mujeres que llevan mucho tiempo en pareja toman la píldora, ¿no? Quizá uno de los dos esté enfermo o James la ha engañado con otra. No sé nada de relaciones entre adultos, tal vez me estoy comiendo el coco por nada. ¡Es que ni siquiera tengo ganas de pensar en eso! Me asquea, me degrada. Después del desayuno, cuando todo el mundo se ha ido, salgo a la calle. Es un día gris y hace frío, el cielo inglés de diciembre es lo peor. Me la suda; hoy va a pasar algo.
Me encamino hacia la casa de Mitchel y Holly. De tanto observar cada mañana la urbanización por la bow-window de la primera planta, conozco sus hábitos. A las ocho, Mitchel sale de casa y va en coche al trabajo. Siempre lleva un maletín de piel marrón. Por lo general, se toma su tiempo: arranca las hojas secas del seto, recoge algunas ramas para tirarlas al contenedor de plástico negro y rodea el coche para comprobar que todo está en orden. Y todo está en orden. ¿Qué podría salir mal en una urbanización vigilada y cerrada a cal y canto? Es este lapso de tiempo lo que me interesa. Esos cinco minutos en los que es posible el impacto entre nuestras vidas. Cinco minutos que podrían disipar un poco la niebla. Finjo que me encuentro con él por casualidad.
—¡Buenos días, Mitchel! Good morning, how are you doing today?
—Good, Emmylou.
Le sorprende verme. Yo adopto un aire natural, sé que no podré hacerle mil preguntas. Me gustaría que nos lleváramos bien para que un día me invite a tomar un té, charlar, tal vez incluso tranquilizarme. Tengo que inmiscuirme, enterarme de más cosas sobre mis jefes, sobre la vida en esta urbanización. ¿Desde cuándo viven aquí?
—¿Se va al trabajo?
—Yes, my dear!
He establecido el contacto, intento mantener la conversación. Señalo su villa y la de mis jefes, y le digo:
—Me encantan estas casas, ¿hace mucho que vive aquí?
—Well, ¡ya hace bastantes años! Diría que ocho.
Ya se ha montado en su Mercedes cupé, me dedica una sonrisa simpática, solo me da tiempo a despedirle con la mano. La puerta negra se abre y lo engulle. Vuelvo a casa de mis jefes, decepcionada, no he conseguido gran cosa, he cogido frío en la garganta, me encuentro mal, soy una negada. Subo al primer piso, dispuesta a empezar las tareas domésticas. Por costumbre, echo un vistazo a la urbanización a través del ventanal y, de pronto, distingo a la au pair de Mitchel. La chica también está saliendo de casa. Viste un abrigo holgado, un gorro y una bufanda, todo negro. Bajo por las escaleras como una loca, ni siquiera me entretengo en ponerme el plumífero, estoy fuera y camino hacia ella. Nunca sale al exterior, todavía no hemos hablado.
—Hey! Hello! ¡Soy la au pair de Simon y Lewis!
La chica, cuyo nombre ignoro, se queda inmóvil, la he asustado. No me saluda.
—¡Perdona por abalanzarme sobre ti, encantada!
No reacciona.
De pronto, la puerta de la casa se abre detrás de ella y aparece Holly. Va ultracolorida para ser un mes de invierno: bufanda rosa, abrigo violeta, gorro rojo. Un conjunto encantador, todo de lana. Me saluda y se dirige hacia su coche con tracción en las cuatro ruedas. Abre la puerta del pasajero y, con un gesto, indica a la niñera que suba.
—¿Vamos, Kristina, darling?
Las veo marcharse. Les digo bye-bye con la mano. En el fondo, siento una pizca de envidia, «Kristina, darling...». ¡Es tan cariñosa con su au pair! ¿Por qué no me tocó a mí esta familia? Daría lo que fuera por estar en casa de gente tan luminosa, abierta y feliz.
Entro en casa y subo las escaleras con el cubo de productos de limpieza. Echo un chorro de lejía en el baño de los niños y froto las gotitas de orina amarillenta que han salpicado el reverso de la taza. Repaso la película en mi cabeza: Mitchel, Kristina y Holly. Una familia adorable, unos vecinos simpáticos. Holly incluso comparte actividades con su au pair, salen juntas de casa. Esa complicidad me gusta y me corroe por dentro. Es como haber nacido en el hogar equivocado. Mierda, ¿cuántas veces va a pasarme lo mismo? Yo que pensaba que me había tocado el gordo y resulta que sigo sin dar una. Le doy vueltas a la frustración y, mientras tanto, mi cerebro no deja de cavilar.
Hay un problema.
Mierda.
El niño.
¿Quién lo cuida? No es la primera vez que me lo pregunto.
Todos han salido. Es imposible que lo hayan dejado solo. ¿Dónde está?
Monica vuelve a casa con los niños, son las tres y cuarenta y tres, los pequeños van abrigados con sus parkas azul marino idénticas. Incluso llevan la misma bufanda roja. Uno apoyado en su muleta, el otro en sus dos piernecitas. Auténticos hermanos, aunque no se parezcan mucho. Simon, un poco rechoncho; Lewis, larguirucho y flaco. Me acerco al pequeño, más que feliz por no estar en su cochecito; me pone las manos en las mejillas y me acaricia con torpeza. «¡Milou!». Dice pocas palabras, me encanta mi mote. Tiro de las mangas de su abrigo y mi mirada se cruza con la de Monica, dura y sombría. Me perturba, pero reanudo mi trabajo. Simon lleva un pantalón de pana azul real, un jersey de cachemira gris ratón y una camisa blanca debajo. Muy elegante. «¿Lo bañas y le pones el pijama? Thank you so much, Emmylou».