El secreto de la niñera 3 #3
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Durante el resto del cocktail dinner, una expresión que aprendí esa noche —una especie de aperitivo con mucho que picotear porque a la anfitriona de la casa le da pereza preparar una cena de verdad—, me colgué mi sonrisa de escaparate, pero en la trastienda intentaba comprender por qué tenían la misma vajilla. Desde los platos hasta los cuchillos. Desde los vasos hasta la ensaladera. ¿Por gusto? Imposible, mis anfitriones son sobrios y elegantes, mientras que David y Lisa compiten en la categoría de «nuevos ricos». ¿Por qué la cocina está dispuesta de la misma manera en las dos casas? ¿Por dejadez del arquitecto? Comprendo que, una vez descolgados mentalmente los numerosos cuadros, bordados y cabezas de ciervo, arrancadas las pesadas cortinas, resquebrajados los grandes jarrones y tirados por tierra los libros de tapa dura y dorados, la casa de David y Lisa es idéntica a la de James y Monica. No veo qué une a estas dos parejas. Ni siquiera se llevan muy bien. Con un ojo siempre puesto en Simon, escucho su conversación, cada cual cuenta el infierno y la pasión de su trabajo «Menos mal que podemos contar con las bonificaciones» (una prima que te dan si has trabajado bien, no conocía ese concepto); presume de su clase de gimnasia «Mucho más relajada con el nuevo profesor, Jim. ¿Gym/Jim? ¡Ni hecho adrede! ¡Ja, ja!». (risotadas); saborea la calidad de la enseñanza en los colegios privados de los niños «Es caro, pero es la mejor educación que podemos darles a nuestros hijos en Inglaterra». Frases en cascada, exclamaciones ruidosas, excesivas, demostraciones de orgullo, pero sin un verdadero intercambio o debate. No tenemos nada que decirnos, pero nos lo decimos. Cada cual da brazadas en su carril, largos interminables. Seguro que piensan que están pasando una buena velada y que, en la intimidad de su dormitorio, cada pareja comentará lo simpáticos que son los vecinos: «So nice, aren’t they?». Qué velada tan agradable y distendida. Porque ninguno de ellos ha mirado a su alrededor.

Ninguno de ellos ha visto a Dory.

Mientras los vecinos se despiden a la luz de la entrada, descolgando los gruesos abrigos y las bufandas calientes de los percheros de madera, prometiendo volver a verse pronto al mismo tiempo que están contentos de encontrarse por fin en la tranquilidad de su hogar, mientras los niños corretean alrededor de las piernas de sus padres como para recordarles que existen en medio de tanto ajetreo adulto, mientras el frío se cuela por la puerta por fin abierta, nadie se ha fijado en la au pair, uno de los muebles de la casa de David y Lisa. Dory, cuerpo redondo, brazos caídos a los costados, mirada lúgubre, sola frente a todos. Dos ojos desorbitados cuyas profundidades he visto tapizadas de angustia.

Noche pegajosa sin luna ni descanso. No conseguí cerrar la puerta de la casa de David y Lisa. Todos se marcharon, yo me quedé. Pies de plomo. En la oscuridad. Frente a Dory. Muñeca oronda, miembros flácidos, pero mirada dura, de las que se clavan, perturbadora. Atrapadas en el salón en un mudo cara a cara. En una fracción de segundo, mi cuerpo se deslizó hacia el suyo. A diez centímetros de su cara. El mismo silencio aterrador. Me sumerjo en la oscuridad de su ojo, angosto al principio. Para fraguarme un camino y no ahogarme en la víscera grasienta, tengo que empujar con todas mis fuerzas, mis manos resbalan sobre la materia, se agarran de nuevo, intentan avanzar, no morir en este tubo viscoso. Y, de pronto, el vacío, un vacío infinito, caigo. No como una piedra, sino como un pétalo, me siento ligera. Unos segundos de respiro, quisiera agradecerlo, gracias por haber puesto la pesadilla en pausa. Pero no hay nadie a quien dar las gracias en este agujero sin bordes. Las imágenes me golpean la cara, me atraviesan, me sobrevuelan. Mi cerebro pesca algunas escenas: Dory rodeada de las gemelas, con esa redondez compartida que evoca a una madre con sus hijas, todas se arrodillan, rezan y se sujetan con una soga. Cada una tira del cuello de la otra, se tambalean sin cesar. David y Lisa, que se parecen a sus hijas, que se parecen a su hija au pair, codo con codo en el marco de la puerta de su opulento hogar, sonrisa maquiavélica y dedo sobre la boca para imponer silencio. Bruscamente, una cabeza de ciervo montada sobre un cuerpo humano detrás de un ventanal, las manos aterradas ante el ser híbrido intentan arrancar esta boca añadida, tiran, pero no lo consiguen. Ya no puedo respirar. La imagen es insoportable. De repente, la cabeza salta, el cuerpo es el mío, veo mi cara deformada, mi piel morada; espeluznada, intento salir de ahí, hago como cuando era pequeña. Mis pesadillas eran tan realistas y me tenían tan harta que una noche, antes de acostarme, me dije con la mayor de las seriedades: «Cuando estés en tu sueño, dirás en voz alta: “Estoy en el sueño de Emmylou Laénec”, lo dirás y dejará de darte miedo, habrás tomado el control». Logré salir de aquel terror nocturno, pero la sensación, la huella que dejó aquella incursión terrorífica cuya fuente de inspiración es mi vida real, es peor que cualquier otra cosa.

Ahora lo sé.

Hay algo detrás de este mundo que se esfuerza por parecer hermoso.

—¿Cree que usted será reina?

—No, no lo creo. Me gusta reinar en el corazón de la gente, pero no me veo convirtiéndome en reina de este país.

Acabo de encender la televisión, son las nueve y media de la noche, imposible concentrarme en mis apuntes, estoy cansada, revuelta, dolorida, y los padres siguen cenando en casa de unos vecinos. Cuáles, lo desconozco, siempre me dicen lo menos posible. Me he quedado de pie delante de la pantalla, con el mando a distancia en la mano para convencerme de que solo estoy zapeando y enseguida subiré a repasar la asignatura de la Unión Europea. Pero no puedo. Estoy hipnotizada por un rostro de una dulzura y una tristeza abismales. La que habla es la princesa Diana. Está sentada en su salón, en un sofá de tela blanca con un acabado de tachuelas doradas. La decoración es clara y elegante, femenina. Han colocado numerosos marcos de fotos encima de una elegante mesa lacada en marrón, donde se distinguen siluetas de todos los tamaños, sus hijos, cabe suponer, su familia. Luce unas piernas interminables, enfundadas en medias muy finas y negras, y una falda corta oscura a juego con una chaqueta de terciopelo oscuro. La cámara abandona rápidamente el plano general para acercarse a su cara levemente inclinada hacia la derecha, su seña de identidad, su maldición. Tiene unos ojos inmensos perfilados de negro.

—Creo que a mucha gente no le gustaría que fuera reina. Cuando digo «mucha gente», me refiero al establishment con el que estoy casada, porque han decidido que estoy destinada al fracaso.

La fuerza de esta entrevista. Habla plácidamente y con gran sobriedad, las frases son cortas, contundentes, entiendo su inglés sin trabas. Me acerco al sillón y me siento lentamente. No salgo de mi asombro. Compruebo el canal que estoy viendo. BBC One.

El periodista le insiste:

—¿Por qué cree que piensan eso?

—Porque yo pienso de otra forma, no me atengo a las normas, escucho a mi corazón, no a mi razón, y eso supone un problema. Puedo entenderlo, pero alguien tiene que estar ahí para querer a la gente y mostrarlo. No tengo mucho apoyo en esta familia, me ven como una amenaza, estoy aquí para hacer el bien, no soy una persona destructiva.

—¿Por qué la ven como una amenaza?

Pero ¡qué bueno es este periodista! Deja hablar a Lady Di, la escucha y, al mismo tiempo, sabe imponerse y formular las preguntas correctas. Envidio a muerte a este entrevistador que nunca seré si no mejoro mi inglés. Me fascina esta mujer, me cautiva su valentía, su sinceridad. La audacia de convocar a la televisión a tu casa para decir simplemente la verdad y hacer que todo estalle, incluso sin quererlo. El descaro de plantarle cara a la familia real, de desenmascarar su cobardía, su crueldad. Está hablando ante millones de personas. En las clases de inglés del año pasado hablamos de esta cadena, la BBC One. En un día bueno tiene quince millones de espectadores... Esta noche, la cadena batirá todos sus récords de audiencia.

«¿Por qué la ven como una amenaza?».

Hechizada, me acerco, me siento en la mesa baja, estoy a treinta centímetros de la cara de Diana. El cámara ha renunciado a filmar el entorno, zoom a toda máquina. Devora a la princesa. Estoy... estamos tan cerca que creo oler el perfume de su piel, los efluvios de sus rubios cabellos, bien peinados y, sin embargo, ligeros y vivos. En este instante, uno querría ser su amante, su madre o sus hijos para tener derecho a deslizar los dedos por su pelo, sentir su calor, para consolarla, para decirle: «Calma, calma... Todo se arreglará».

—Creo que todas las mujeres fuertes de la historia han tenido que enfrentarse a esta clase de situación. Y es su fuerza lo que causa confusión y miedo. ¿Por qué son fuertes? ¿De dónde sacan esa fuerza? ¿Adónde van con ella? ¿Cómo van a utilizarla?... ¿Por qué la gente, el público, sigue apoyándome? Cuando digo «público», me refiero a todas las personas con las que me cruzo, y son muchas.

Me he quedado a ver toda la entrevista, no sé cuánto tiempo ha durado. Es lo más increíble que he presenciado jamás, nunca había visto una bomba atómica explotar de una forma tan amortiguada. Vuelvo al sillón y dejo que los programas de BBC One sigan desfilando. Su voz. Una voz pálida y plácida, sin historias, una voz que se toma su tiempo, que no deja lugar a dudas, una voz con todas las palabras en su sitio, palabras fuertes, justas.

Esta mujer tiene un poder. El poder de hacerte existir. Con ella a tu lado, ya no estás sola.

Ya no estoy sola.

Esta tarde, la BBC emite de nuevo algunos fragmentos de la entrevista a la princesa.

—Oh my God! No me lo puedo perder por nada del mundo. ¡Está completamente zumbada! He leído en The Guardian que lo había contado todo: su bulimia, su depresión, lo de su amante... ¡Tenía un amante!