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Nos han invitado a una cena temprana porque los niños de ambas familias estarán presentes. Son las cinco y media de la tarde. Tengo la sensación de ser una privilegiada. Paso por delante del dormitorio de Monica, la puerta está abierta, la veo delante de su cama, sobre la que hay varios vestidos, parece reflexionar. ¿Cuál de ellos? Entro en mi cuarto y juego a ser ella. Es una noche de fiesta. Extiendo mis dos vaqueros, mi jersey y mis dos sudaderas. Miro, tengo opciones. Monica aparece en el marco de mi puerta. Devora mi espacio en un instante. Su cabello suelto y peinado exhala el aroma de su perfume Chanel, tengo ganas de hundir mi rostro en esa masa flexible. No sé si me siento atraída por la madre que ella podría ser para mí, por el modelo de esposa que proyecta o por la mujer que es. Me siento seducida, incómoda. ¿Por qué me pone en esta situación? ¿Qué busca? «Emmylou, ¿quieres que te preste un vestido para esta noche?». Su sonrisa me desarma. En el fondo, los vestidos me importan un bledo, no me gusta estar sexi ni llamar excesivamente la atención, pero me rindo al encanto de su repentina amabilidad, de su belleza. Acepto. Me coloca delante del espejo. Ha sacado dos vestidos. «El blanco y negro es bonito», comento, pero ella me corrige y precisa: «Negro con un ribete blanco». El otro es burdeos y de terciopelo. Son recatados, me llegan ligeramente por debajo de la rodilla, puesto que soy más baja que Monica. Ella se pone detrás de mí y pasa su brazo por delante para valorar la caída de la prenda sobre mi cuerpo. Mi opinión no cuenta. Monica me pone el vestido de terciopelo rojo en los brazos. Siento que es una noche un poco especial, no he tenido que vestir a los niños, ya están listos. Los tres varones de la familia nos están esperando a los pies de la escalera en traje de chaqueta. James sonríe cuando nos ve bajar. Parece que va a hacer un cumplido, pero cambia de opinión. ¿A quién iba dirigida esa palabra amable? ¿A mí? ¿A ella? Me lo pregunto mientras camino con los padres y sus hijos hacia la casa de los vecinos, rogando que no estuviera destinada a mí.
Esta noche, somos una familia.
Me encanta entrar en casas ajenas. Hace tres meses y medio que fantaseo con estas villas gigantescas, cuyos ventanales ofrecen la única vista a su vida privada. He recorrido tantas veces arriba y abajo mi casa de acogida que estoy ávida de novedades, necesito desplazarme por un espacio diferente, sueño con chocar contra algo, equivocarme de puerta, perderme en un pasillo, no encontrar los vasos, tener que abrir tres armarios antes de localizar la ensaladera, quiero que una lámpara mal orientada me deslumbre, equivocarme de interruptor, engancharme los pies en una alfombra demasiado gruesa. Sorprendedme, perdedme.
—Good eveniiing!
David es quien nos abre la puerta; es tan alto que me entran ganas de reír, tengo la impresión de que va a doblarse a la menor ráfaga de viento. A él no lo ha vestido Monica, eso seguro: pantalones de pana beige, camisa a cuadros rojos y azules, chaleco de lana caqui y botones de cuerno... Está feísimo. Nunca lo había visto sonreír y no le pega nada, pero es un alivio: es un ser humano. Nada más entrar, una bocanada de lujo nos reconforta. Una mezcla de luz cálida, muy amarilla, procedente de varias fuentes —lámparas, plafones, velas— y la humedad que desprenden los radiadores, y los cuerpos también. Huele a madera y fuego, es envolvente. Esta velada me reconciliará con mi trabajo, mis jefes, los ricos y los ingleses. Entramos en el salón, donde tampoco está el ama de casa. Pero ¿dónde se ha metido Lisa? Si tuviera que describir la decoración del lugar para una de esas revistas en papel satinado que los White adoran, diría que es «forestal». Los colores predominantes son el marrón rama de árbol, el verde pino y el naranja hoja otoñal. Nos invitan a sentarnos en un sofá de terciopelo caqui, frente a una cabeza de ciervo colgada sobre la chimenea. Como una Gioconda del cazador, no me quita ojo. Cuando me levanto para impedir que Simon se hunda el atizador en el pecho, siento el dolor de ese ciervo sobre mí. Pero ¡qué mierda es esta! ¿Voy a pagar toda la velada por un asesinato que no he cometido? Más lejos, hay un rifle colgado en la pared. ¿Es una obra de arte, un recuerdo de familia o de un glorioso día de caza? Lewis se ha sentado en el extremo del sofá, como para no molestar. Se pone a leer la novela que ha traído. Está quieto como siempre, pero sobre todo parece débil. Tengo la impresión de que se aferra al libro para no caer. Monica se ha sentado a su lado y apoya una mano en su muslo, como para impedir que se desmorone. Nuestras miradas se cruzan, parece preguntarme: «¿Por qué te metes?». James, de pie, apoyado contra una pared, habla con David. Justo en ese momento, Lisa hace una entrada triunfal con unos pantalones anchos verdes, un jersey abullonado ocre y un pañuelo multicolor. Lleva una bandeja grande en la que se adivinan filas impecables de canapés. Se vuelve y parece llamar a alguien con los ojos. Dory aparece detrás de ella, mucho menos segura de sí misma, menos señora de la casa con su bandeja cargada con una botella de champán y copas que deja sobre la mesita de madera mientras me lanza miradas incómodas. David se aposta al pie de la escalera y llama a las gemelas: «¡Alice! ¡Abbie! Come on, darlings!». Siento un pinchazo de celos: las niñas parecen ser las invitadas en su propia casa. Risas, pasos precipitados, Alice y Abbie bajan corriendo por las escaleras. Tienen la misma cara redonda de chiquilla de cinco años enmarcada de rizos pelirrojos, el mismo cuerpo rollizo, el mismo vestido naranja de terciopelo. Los padres parecen tan contentos de tener una hija duplicada que se divierten subrayando las copias perfectas, la ropa, los nombres. ¿Quería novedades? Pues voy bien servida. Todo el mundo está aquí, David y Lisa dan por inaugurado el aperitivo. Me empacho de todo lo que puedo ver, escudriñar. Es mi noche. Monica y James no escatiman en cumplidos cuando hablan de mí: soy fiable y muy seria. ¿Han olvidado el episodio de la salida con Simon? ¡Una futura gran periodista, se va a hablar mucho de mí! ¡Recordad su nombre! La situación me incomoda, se pasan de rosca. David y Lisa escuchan educadamente y levantan una ceja de vez en cuando. Me molesta ser el centro de atención. Lisa cambia de tema y le pregunta a Monica si sus dalias han florecido bien este año. Mi mirada se pasea por la estancia. ¿Esta familia también tiene un rincón de oración? Sí, distingo una silla baja en un rincón. Protestantes, creyentes. Si exhiben su práctica religiosa es porque se sienten cómodos y porque, en este país, debe de ser algo corriente. Dory está sentada en un sillón de tartán amarillo. El tejido no le sienta bien al color de su tez. Parece enferma. Es una joven de veinte años, diría, pero parece mucho mayor que yo. ¿Está indispuesta esta noche? ¿O es vergonzosa por naturaleza? Nadie se toma la molestia de presentármela. Lisa le pide que vaya a buscar los rollitos de salchicha, sausage rolls, para los niños. Me levanto para ayudarla. Lisa y David no tienen tiempo de detenerme, ya estoy en la cocina. James asoma la cabeza, necesita un plato pequeño para Simon. Hay un desorden indescriptible en esta estancia, pero distingo el horno, lo reconozco, mi familia de acogida tiene uno igual.
La cocina está dispuesta exactamente como en mi casa de acogida: el horno encima de un gran armario blanco, la pila honda de mármol beige y, debajo, a la derecha, el cubo grande y rectangular de la basura. Mis manos y mi mirada deambulan por esta otra cocina que, sin embargo, me resulta tan familiar. Abro el armario de debajo de la isla por inercia y hay una pila de platos pequeños. Imposible confundirlos, son de color azul oscuro con ramos de flores rosas en el centro. La mano me tiembla cuando la acerco a la porcelana. David y Lisa tienen la misma vajilla que James y Monica. Cojo rápidamente un plato, que dejo al lado de los hojaldres, y corro hacia el armario de los vasos. Vasos de pie transparentes y de tallo corto, con cálices finamente estriados. Los mismos. Abro el cajón de los cubiertos, los cuchillos también son idénticos, con pequeños dientes separados y mangos de cuerno negro tachonados y dorados. Dory empuja la puerta, viene a buscarme. Nos miramos. Yo tengo el plato de hojaldres en las manos; ella, un signo de interrogación en la cara.
No nos diremos nada.