3
No lo encuentro.
Me tomo mi tiempo y miro en cada estante, detrás de cada frasco. Nada. Rebusco en la papelera. Nada. Es como si el tinte se hubiera evaporado; peor aún, como si nunca hubiera existido. Yo soy quien vacía los cubos de basura todos los días, lo habría visto, mide unos doce centímetros. ¿Dónde lo han escondido o tirado? Mi cuerpo autómata se sienta en el borde de la bañera, y mi cabeza, que planea por encima, se dice: Puede que ese frasco no haya existido nunca, puede que esté loca, puede que invente historias a causa de la rutina, la lengua extranjera, los nuevos valores, los ritos religiosos, el alejamiento, la muerte de Morgane, la casa, el encierro, las paredes que veo y las que imagino. Estoy al borde del colapso, ya no sé lo que hago, ya no sé nada. Me siento como en un cuento de Richard Matheson, estoy bien jodida. Mi cerebro se pone a vomitar mis lecturas nocturnas. Ahí están, todos mis compañeros de piso tarados, pero ¡a quién se le ocurre vivir rodeada de esta panda de pirados! ¿Por qué lo hago?
¿Por qué no tengo una vida normal, de chica normal, que devora novelas románticas, que se apunta a danza, que tiene novio? Pero ¿se puede saber qué estoy haciendo con mi vida?
Le doy una patada a la papelera con todas mis fuerzas, todo se derrama por el suelo, todo se esparce. ¡Qué placer hacer lo contrario de mi trabajo! La antítesis de mi profesión de chica que todo lo ordena, de chica que todo lo hace desaparecer. Como no me queda nada que perder, decido hacerme más daño si cabe, caer muy bajo. Escudriño el fondo de la papelera, pequeños trozos de ellos, desechos de humano, lo peor de la humanidad, lo que no quieres, lo que escondes. Lo que veo me da asco: bolitas de pelo, bastoncillos de algodón amarillentos por haber hurgado en orejas sucias, un envoltorio de jabón aplastado y un preservativo usado, manchado de semen. Vomito.
Se abre la puerta.
Estoy a cuatro patas vomitando sobre el contenido de la papelera. Monica me mira fijamente, permanece inmóvil. No sé si tiene ganas de destriparme, si le doy pena o si todo le resbala. Me observa. Los trocitos de mi vómito cubren el resto de los deshechos.
—Lo siento, Monica, creo que tengo el estómago revuelto.
Su mirada cambia y adopta un semblante compasivo, una expresión que todavía no le había visto. Le pega. Añado que voy a limpiarlo todo, claro. Para ella, es una obviedad.
Estoy tumbada en mi cama, boca abajo, con los brazos metidos debajo de la almohada. Siento el algodón de la sábana bajera, froto mi cuerpo contra su suavidad natural, me acomodo. Quiero dormir, voy a descansar, no quiero despertarme, no quiero tener pesadillas, solo dejar que el algodón de la noche absorba mi cuerpo y dormir. Estoy al filo del sueño. Lo veo desde mi sitio, en equilibrio. Me balanceo ligeramente, cualquier movimiento en falso puede hacerme caer, pero sigo ahí arriba. De pronto, bajo mi pecho, una sensación de calor; bajo mis manos, otras manos; mi mejilla reposa sobre otra mejilla, y mis cabellos se enredan con otra cabellera. Delicioso, espantoso. Hay alguien en mi colchón. Estoy a un tris de gritar, pero al final me abandono a esta extrañeza. No tengo nada que perder, nada que lamentar. Y luego una evidencia: es Morgane.
Mi doble soterrado.
Estamos tan cerca... Tengo ganas de llorar, de estrecharla contra mí, de decirle: «Ya está, ya está... todo ha terminado». Pero no puedo, ella vive en su mundo.
Recluida.
Mi cama zozobra. Me encuentro abajo; ella, arriba. Ahora ha entrado en mi habitación. Ella vive mi vida y yo descubro su limbo. En ningún momento nos reuniremos; ella siempre a ras de mí. ¿Por qué no se ha ido del todo?
Cuando bajo a desayunar por la mañana, no consigo ponerme la máscara de la chica servil y lo bastante tonta como para sentirse contenta de serlo; tengo el semblante torcido. Este detalle no se le escapa a Monica, que finge preocuparse por mí.
—Emmylou, pareces muy cansada. ¿Quieres tomarte la tarde libre para recuperarte? Yo puedo ocuparme de los chicos.
No me apetece nada hacerme la víctima, me apetece decirle que puedo apañármelas, pero respondo:
—Sí, gracias.
Después de hacer la limpieza, me tumbo en mi cama, un lugar en el que, desde ahora, duermen dos personas. Yo en el anverso y Morgane en el reverso. Cojo la antología de cuentos de Richard Matheson. Esta tarde no pienso trabajar, estoy hasta la coronilla de empollar asignaturas que están a tres mil kilómetros de mi vida cotidiana. Leo un cuento increíble: Mad House (Una casa enloquecida). En esta historia, un hombre iracundo es devorado, engullido poco a poco por su casa. Pero ¿quién de los dos tiene la culpa? ¿La casa que se estropea metódicamente y convierte la vida diaria de su habitante en un infierno? ¿O el ser humano roído por una cólera creciente que altera al edificio hasta tal punto que lo incita, día tras día, a vengarse más? Es cautivador e inquietante. Me gusta ese peligro externo a mí. Oigo a Monica, son las tres, se marcha a buscar a los niños. James no está, claro.
La casa desocupada me llama. Bajo las escaleras y paso por delante del despacho. Intento abrirlo, pero está cerrado. Voy al salón, a la biblioteca, pocos libros, algunas revistas gruesas de decoración y de deportes refinados e inaccesibles, como la vela y el golf, muchas fotos enmarcadas. Son ellas las que me interesan. Miro las imágenes del pasado en sus marcos de madera clara, es un bonito álbum de una familia perfecta y feliz, todo lo que uno puede soñar. Imágenes en las que todos están sonrientes, claro, y bien vestidos. Un anuncio familiar gestionado de manera impecable. Pero ¿a quién va dirigido? En mi casa, las fotos hechas con cámaras desechables suelen ser feas. Dicho esto, son instantáneas fieles a nuestras vidas, desordenadas, caóticas, ruidosas y, con los meses de alejamiento, yo diría que enternecedoras. ¡Me estoy ablandando, joder! Aquí las imágenes son bonitas. Siempre con el sol detrás, iluminándolo todo, luces cálidas, inofensivas, tranquilizadoras. En esta foto de vacaciones en el mar, los padres van vestidos con ropa ligera: él en bermudas, ella con un vestido. Posan delante del agua azul laguna, los niños llevan bañador y, sobre todo, tienen el pelo oscuro. De hecho, en las fotos del salón, Simon sale con el pelo oscuro o no sale. Todos los temas de la vida cotidiana de una familia feliz aparecen plasmados: vacaciones, fiestas escolares, boda, actividades extraescolares, nacimiento. La foto en la que Monica sostiene a un recién nacido en brazos es muy bonita. Imposible ver el color del pelo del niño, lleva un gorro blanco. Imposible también saber si es Lewis o Simon. Monica está radiante, increíblemente bien peinada y muy maquillada para ser una mujer que acaba de dar a luz. Está orgullosa de mostrar a su bebé. Yo no sé nada de esa alegría de reproducirse, de haber fabricado a un ser humano y de entregarlo a tiempo, pero no creo que una pueda estar tan en forma solo unos días después de parir. Recuerdo que mi madre, cuando me presentó a mi hermana en la Sala de Maternidad, tenía el cabello graso, aplastado, y una sonrisa tímida que significaba: «Hala, venga, ¿ya estáis contentos con vuestra dichosa foto?». O tal vez, visto ahora con distancia: «Largaos, tengo ganas de dormir». Escudriño la vida de esta gente, su decoración, su pasado verdadero o simulado.
Quiero entender por qué Simon no tiene su pelo original, eso me devora por dentro.
Subo a mi ratonera para escribir a Virginie.
Londres, 28 de noviembre de 1996
Hola, Virginie:
Espero que estés bien. No sé cómo eran las cosas cuando tú estabas aquí, pero yo no doy abasto y estoy agotada. ¿Cómo te las arreglabas? No me dijiste que era tan duro. Además, aquí pasan muchas cosas raras. Monica se puso hecha una furia cuando salí de la urbanización con Simon sin su permiso. He descubierto que el pequeñajo lleva el pelo teñido de moreno. ¿Sabes la razón? Tampoco me habías hablado de su religión. ¿No serán miembros de alguna secta? Presencié una oración superrara. Y Lewis está enfermo, eso es seguro, pero nadie me dice qué le pasa. Puede que nada de esto sea de mi incumbencia, pero no puedo guardármelo para mí, me asfixio, cada vez tengo más miedo.
Dame noticias tuyas, tranquilízame. Besos.
Emmylou
PD: He encontrado esta frase en inglés debajo de la cama de nuestro dormitorio: «Sé por qué estoy aquí». ¿La escribiste tú?
No pensé que me invitarían a cenar en casa de los vecinos. Nunca me han recibido en otra casa, como si yo fuera la marioneta de un solo teatro, de un único espectáculo. No hay muchos metros que recorrer, la residencia de David y Lisa está a la izquierda de la nuestra. Es ella la que ha abierto el baile de los adornos navideños en Hidden Grove: hay guirnaldas luminosas enrolladas a las balaustradas del porche, y grandes coronas de acebo atadas con cintas rojas cuelgan de puertas y ventanas. Han colocado cuatro faroles de hierro forjado en los escalones de la entrada que guían los pasos de los visitantes y emiten una luz cálida.