El secreto de la niñera 2 #4
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Monica nos hace subir al coche, ata a Simon en su sillita, agarra el cochecito y lo arroja al maletero. Luego rodea el vehículo, abre la otra puerta y, con el mentón, me ordena que me siente. En la parte de atrás, como un bebé. Me degrada. No vuelve a abrir la boca, la cierra a cal y canto. Cuando entramos en casa, le da la merienda a su hijo y me despide con la mirada. Subo a mi habitación. Las siete y veinte, oigo a James cuando vuelve del trabajo. Abro la puerta de mi cuarto. Murmullos, Monica le cuenta lo que ha pasado. Entiendo que estoy en una prisión que no lleva escrito su nombre, no me prohíben salir, pero si lo hago, me castigan. Me siento mal, empiezo a morderme las uñas. Soy incapaz de bajar a cenar, de acostar a los niños. Estoy paralizada. Rígida, tendida en mi cama. Para huir de la angustia, me sumerjo en esta novela en la que todo es peor que mi vida, una historia que me reconforta: American Psycho.

Devoro la obra maestra de Bret Easton Ellis. Este tipo está completamente grillado, pero hay algo en su exploración del mal que me fascina. Son las nueve y media de la noche, los niños ya están acostados. Salto de la cama para lavarme los dientes. No se ve luz por debajo de la puerta del dormitorio de los padres. ¿Estarán durmiendo? Mi planta está sumida en la oscuridad. En la casa reina un silencio absoluto. Sin embargo, distingo sombras en la escalera. ¿Hay un intruso? Me siento atraída, quiero saber. Bajo los escalones con la agilidad de un gato doméstico. Una tenue luz danza en las paredes de la cocina, contoneándose con desparpajo a medida que avanzo. Oigo unas voces, son las de James y Monica. Se superponen. Percibo palabras susurradas.

—Thank you, Lord, you are great and you forgive our sin. We were reckless and we take full responsibility for it, we failed but the child is safe. We are worthy of your offering.

«Gracias, Señor, eres grande y perdonas nuestro pecado. Hemos sido imprudentes y asumimos toda la responsabilidad, hemos fallado, pero el niño está a salvo. Somos dignos de tu ofrenda».

Un largo silencio.

A continuación, ruidos de asfixia, como si alguien se ahogara o estuviera ahogando a otra persona. No veo nada. Mi imaginación cabalga por las llanuras del lejano oeste de mis terrores. Oír y no ver nada: un tormento. Sombras negras ribeteadas de luz reptan por las paredes, intento distinguir las formas: unas manos, unos hombros, un cuello... El miedo me empuja al frente de la escena. Entro en el salón, me acerco al rincón de oración. Monica y James están de espaldas, de cara a la pared. Entre ellos, la cruz. Ella los une. Monica + James. Sensación de déjà vu. La llama alargada de una vela blanca confunde sus contornos, suaviza sus siluetas. Me parece ver que cada uno sujeta al otro por el cuello con una cuerda. Se están estrangulando mutuamente. Todo mi ser grita y quiere huir. No me muevo. La tormenta en mi cabeza contrasta con el silencio caliente de la escena. Sé que no debo ver esto. Lentamente, retrocedo y desaparezco en la escalera. ¿Es posible que mañana nada de esto haya existido?

El despertar tiene un gusto de acero. Siento nostalgia de mis primeros días en esta casa. La escena de ayer es una herida, y la noche no la ha cauterizado. ¿Por qué mis jefes estaban sujetos por una cuerda delante de la cruz? ¿Por qué se castigaban? ¿Porque salí de la residencia con Simon? Es imposible, eso sería una locura. Esa escena representada en el corazón de la noche bajo la fina llama de una vela brota a cada segundo y barre el resto de mis inquietudes. Esa es su única virtud. La mancha detrás de la oreja de Simon ha dejado de ser un problema. La crisis nerviosa de Monica a raíz de mi salida de la urbanización ha quedado en anécdota.

Me levanto mecánicamente y bajo a hacer mi trabajo. Monica está en la cocina con los niños, me ve y me sonríe. Parece en plena forma, como si hubiera dormido profundamente y le esperara un día maravilloso. «Morning!». Le sigo el ritmo para no vacilar. Sonrío y me pongo a cortar la fruta. Trabajar, estudiar, no reflexionar. Básica, ser básica. Limitarme a mis tareas, no indagar, no rebuscar. James ya se ha ido.

De pronto, se abre la puerta de la casa, James está de vuelta, dice a gritos que ha olvidado un dosier. Pienso: «Despacho, habitación secreta, saber más». Le digo a Monica que voy al baño. Veo que la puerta del despacho está abierta. Me acerco discretamente, pero el corazón me frena. Tengo ganas de ver qué esconde esa estancia a la que nadie tiene derecho a entrar. Miro por la rendija. No me lo puedo creer. Estoy frente a mí. Tardo unos segundos en darme cuenta de que estoy en este despacho, que mi cara y mi torso están dentro. Me entra pánico, tengo la sensación de estar en un episodio de The Twilight Zone (La dimensión desconocida). En realidad, estoy frente a un espejo grande que me refleja. El cansancio me juega una mala pasada. Aparto la mirada del espejo y busco con los ojos. Como hambrienta. Debajo del espejo: un escritorio, un voluminoso ordenador gris como los que se ven en la tele, una pila de carpetas. Y un marco con una foto de James y Monica, Lewis y, en brazos de su madre, Simon. La puerta se cierra bruscamente desde dentro. Tengo el tiempo justo de volver a la cocina y seguir desempeñando mi papel. Unos segundos más tarde, James sale del despacho y cierra con llave su guarida. Dos vueltas.

Chapucera. Esta mañana he hecho una limpieza chapucera; estoy empezando a desarrollar estrategias para trabajar menos, todo por sacar más tiempo para el estudio. A veces tengo la impresión de que nunca lo conseguiré. ¡Qué mierda de cansancio latente, pegajoso! Algunos días es insoportable, tengo dolores desconocidos, me molestan los pechos cuando los rozo mientras me visto y cuando duermo boca abajo. ¿Estaré somatizando? Intento verlo de forma racional. Estoy aquí para aprender, para progresar y, aunque el precio es alto, tengo que luchar. Estoy en mi cuarto, estudio el vocabulario de la actualidad y de las ciencias políticas. Es un trabajo titánico. Tengo la impresión de escalar una montaña de palabras complicadas. «Press release, foreign trade, a knock-on effect, blaze, specialized press...». Es un suplicio, pero sé por qué lo hago. No estoy serena. La sesión de castigo en el rincón de oración, el comportamiento lunático de mi jefa, la imposibilidad de salir, la sensación de que las paredes de mi habitación se estrechan para conspirar... Me asfixio.

Y una cosa más.

Mientras intento escribir un artículo en inglés sobre el origen de internet, los cuatro miembros de mi familia de acogida aparecen en las líneas de mi cuaderno de trabajo. Su disposición me resulta familiar. ¡La foto en el despacho del padre! Los miro: James, Monica, Lewis y Simon. Me duele la piel de la cabeza.

El pelo de Simon.

Eso es lo que me ha molestado desde el principio. En la foto, Simon es rubio.

Rubio como el trigo.

Rubio entre las otras tres cabezas morenas.

Peso una tonelada, mi cuerpo es un edificio. No puedo levantarme de la silla. Simon era rubio y hoy es castaño oscuro. ¿Un niño rubio puede volverse castaño de forma natural en tan poco tiempo? No lo creo. Si la naturaleza no tiene nada que ver, ¿a qué padres se les pasaría por la cabeza la idea de teñir a su hijo de dos años? ¿A unos padres a los que no les gusta el color de pelo de su hijo? ¿Unos padres que no aprecian la diferencia? Los tres son morenos y el pequeño es rubio, queda raro en la foto: queremos que nuestro hijo vaya a juego con nosotros, como un bonito bolso de piel cuyo tono puedes elegir. En este mundo es posible, no conozco suficientemente los códigos. Acabo de pensar en esta realidad cuando otra se impone. ¿Y si estos locos buscaban esconder a su hijo para que no lo reconozcan porque está amenazado? ¿Y si los negocios de James hubieran puesto en peligro a la familia? Sí, tiene sentido. Eso explicaría el ataque de histeria de Monica. El niño puede ser trasladado en coche, pero no en el cochecito, sin protección...

El terror me clava a la silla.

Tengo miedo de las preguntas que me hago. Miedo de saber lo que han hecho o lo que tienen en mente. ¿Hasta qué punto están trastornados? ¡Joder, estoy completamente atrapada! No puedo ir a verlos y decirles: «Así que ¿a eso se debía la mancha detrás de la oreja de Simon? ¿Le habéis teñido el pelo a vuestro hijo? No estaréis enfermos, ¡¿no?!». Desencadenaría la ira de Monica, la desconfianza de James, la incomprensión de los niños.

¿Y yo qué hago? ¡Menuda mierda! ¿En qué momento mi vida se ha convertido en una mala versión de las novelas negras que leo? ¿Por qué y cómo se ha invertido todo? ¿Adónde he ido a parar? ¿Por qué me pasa esto a mí? Estos tres meses de encierro me están desquiciando, el cansancio me corroe los nervios y la lucidez. Estoy tan cansada...

Empujo fuerte con los brazos, aparto la silla hacia atrás y, con todo el dolor del mundo y el pánico que entumecen mis piernas, me pongo de pie.

Tengo la sensación de estar fuera de mi cuerpo. Me veo abriendo la puerta de mi cuarto, aguzo el oído para asegurarme de que no hay nadie más en la casa.

Entro en el dormitorio principal. Como una zombi, me veo avanzando hacia el cuarto de baño, me planto delante de la pila, abro el pequeño armario que hay encima y miro dentro.

Ahí siguen los frascos de lujo, el maquillaje de alta gama, todos los accesorios necesarios para tener una buena apariencia. Aparto los productos en busca del tinte de color castaño.