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Una aguja se me ha clavado en la piel, una pequeña aguja muy fina, minúscula, no duele mucho, pero la noto, y me recuerda a cada instante que no es todo miel sobre hojuelas. Me impide estar completamente serena.
El aguijón nunca me pica en la misma zona, depende del día: a veces lo noto en la parte inferior del cuello o entre los omoplatos; otro día se desliza a la palma de la mano; otras veces tengo la impresión de que está en el pie y me imprime una ligera cojera. Un día me senté, miré de cerca para localizarla y apreté la piel alrededor de la zona donde creía que se había hundido, para intentar verla, para hacerla salir. Nada. Otro día, en el cuarto de baño de Monica, tomé prestada la pinza que utiliza para dibujar arcos perfectos sobre sus párpados, pero ni siquiera presionando su herramienta dorada sobre mi piel, restregando, hurgando, encontré nada.
Sin embargo, la aguja está ahí.
Siento una inquietud permanente, un temor a poder descubrir algo incómodo, incomprensible, espeluznante; es como si mi vida cotidiana hubiera empezado a renquear un poco. Pero es imposible quejarse, ¿qué podría decir? Me duele aquí; no, espera, más bien aquí. ¿Qué imagen daría? La de una hipocondríaca, una mentirosa, una plasta. Quiero que me quieran y que me respeten, pero sobre todo no quiero que me compadezcan.
Por eso me callo y, cada día, me pregunto: «¿Dónde se clavará esta vez?».
Aquí.
Ahora.
Esta noche, en una muestra de confianza, Monica me deja acostar a Lewis. Incluso me permite ayudarlo a desvestirse. Es un auténtico acontecimiento para mí. Todo es tan rutinario que el cambio más nimio se convierte en una fiesta. Le pregunto a Lewis cómo quiere que procedamos para quitarle los pantalones. Me dice: «Tira del pantalón con cuidado, pero antes cierra los ojos». Es pudoroso. Lo entiendo. «Y sobre todo mantén los ojos cerrados, closed eyes». Pero cuando le bajo los pantalones, se quedan atascados. Los fuerzo un poco, no quiero hacerle daño. Y, por reflejo, abro los ojos y lo primero que veo son sus piernas, dos palos flacos y deformes. La aguja me perfora la parte baja de la espalda. Reacciono echándome hacia atrás, unos pelos largos y negros surcan su piel lechosa, una piel que nunca ha visto el sol. Parecen hebras de lana resecas e hirsutas sobre un cuero blanquecino. Es un niño, yo soy una adulta, no debería reaccionar así, pero la visión me repugna. Veo decepción en su mirada. «Te he dicho que cerrases los ojos», me regaña, impidiéndome que le pregunte a propósito de ese dolor que lo corroe y que todo el mundo me oculta. ¿Qué enfermedad le deforma así los miembros? ¿Sigue algún tratamiento? Durante la semana, pasa sus días en el Centro Protestante de Educación; los fines de semana está con nosotros: no sé en qué momento recibe atención médica. Cierro los ojos otra vez y consigo ayudarlo. Me dice: «Puedo acostarme solo, gracias». Estoy triste, cuanto más intento acercarme a él, más se aleja, con su cara sombría y sus piernas de madera.
James está sentado en la cocina, con una mano sostiene un vaso lleno anegado en cubitos de hielo y con la otra juega con la botella. Una botella de cristal robusta, decorada con una etiqueta roja y dorada. Bebe Gibson’s London Dry Gin. James está medio de espaldas, va vestido con un pijama a cuadros de color azul marino y verde, la tela es gruesa y dan ganas de acurrucarse en ella. Se vuelve, parece sorprendido y contento de verme. Me sonríe, yo retrocedo un paso. ¿Le sonreía igual a Virginie? Quiere saber si todo ha ido bien con Lewis. Su voz es inusual, pausada y pastosa. Podría aprovechar para preguntarle, para hablarle de las piernas de su hijo, pero no me decido. No quiero romper el diálogo. Si no me han dicho nada antes, ¿por qué iban a hacerlo ahora? Hay tantas cosas que necesito saber, me gustaría profundizar un poco en su religión y en su familia. ¿Quiénes son los abuelos de los niños? ¿Por qué nunca los vemos? Me preparo una infusión y me quedo pegada al frigorífico.
—Sí, todo ha ido bien con Lewis, es muy mono, cute.
Pienso que James podría haber ido a darle un beso a su hijo antes de dormir.
Me lanzo:
—Monica me ha contado la historia de la Biblia del rey Jacobo, yo no sabía que existían varias versiones de ese libro sagrado. En mi familia somos católicos. De hecho, ¿qué diferencia a los protestantes de los católicos?
James hace un esfuerzo por concentrarse:
—Well... Para nosotros, los protestantes, no hay intermediario entre los creyentes y Dios, no vamos a ver a un sacerdote para confesarnos y que nos perdone nuestros pecados. El ser humano es el único responsable ante Dios. Como debe asumir sus actos y responder directamente ante él, eso lo hace mejor. Lo que lo salva es tan solo la fe en Jesucristo, la sola fide en latín. Y solo por la gracia de Jesucristo, la sola gratia, el ser humano es perdonado y sus pecados se borran.
Si me hubiera cruzado con James en el Salón de la Fe y las Creencias, habría abandonado el estand católico para convertirme al protestantismo.
—¿Sus padres también son creyentes?
Me aventuro en su árbol genealógico. La casa está tranquila. La noche sabe lo que hace, ha corrido su velo de intimidad. Es suave como la seda, pero sigo en guardia. James toma un sorbo de su fuerte bebida y me corrige:
—¡Eran creyentes!
Entiendo que están muertos.
—Nuestros padres eran muy piadosos —continúa—, filántropos muy apreciados por la comunidad. Philanthropists? ¿Entiendes? Gente que hace el bien, por así decirlo. Eran miembros devotos de su Iglesia, ayudaban a los más necesitados del barrio, la gente los quería mucho.
Me habla de sus maravillosos padres, menea los cubitos de hielo en su vaso, está en otra parte. Me pregunto por qué utiliza la palabra our: «Our parents». ¿Monica y James están hasta tal punto fusionados que los padres del marido se conviertan en los de la esposa? ¿O se refiere James a sus hermanos y hermanas, de los que tampoco he oído hablar nunca?
Esta tarde, Monica ha tenido que marcharse apresuradamente. Una cita olvidada, me ha dicho en un soplo mientras salía por la puerta. Se ha llevado a Lewis. James está en el trabajo. Yo me quedo con Simon. Lo veo en plena forma. Los sábados hay más movimiento en la urbanización, todo el mundo se queda en casa, es el momento de pasearse, de cruzarse con los otros residentes. Visto al hombrecito con su chaqueta de tweed y le pongo un gorro rojo dándole un beso en la mejilla; está feliz, él también parece contento de salir. Lo subo al cochecito; él coge su peluche de león, y yo, su biberón lleno de agua. En la calle hace frío, pero ha salido el sol. Nos cruzamos con Mitchel y Holly. Detrás de ellos, veo a una chica que se parece a la que vi con Mitchel en su jardín. La chica a la que él le tocaba el brazo. Supongo que es su au pair. Carga con la compra, no se vuelve para mirar. Pero ¿quién cuida de su hijo? La pareja de encantadores vecinos nos saluda y nos sonríe.
—¿Vais a dar un paseo? —me pregunta Holly.
—Sí, por ahí —respondo vagamente.
—Have fun —dice volviéndose—. ¡Que os divirtáis!
La verja del recinto se abre para dejar pasar a un todoterreno, el coche habitual de las mujeres que viven aquí. Eve me reconoce y me saluda con un gesto. Decido salir del recinto. Es la primera vez. Siento una sensación feroz de libertad. Desde mi llegada a bordo del Jaguar de mi jefe, no he vuelto a pasar por esta carretera, no he vuelto a ver estos árboles, no he vuelto a respirar el aire que flota más allá de Hidden Grove. La carretera es perfecta, un lazo de asfalto que serpentea por el bosque. Sin embargo, no hay acera, y ahora que soy una transeúnte con un niño, tengo que encontrar una solución: ¿por dónde circulo sin que me atropellen los coches que pasan a toda velocidad? Veo un caminito de tierra que discurre entre las villas y la carretera. Pasar por ahí con el cochecito no es un camino de rosas, está lleno de hierbas y de piedras, pero al menos caminamos a resguardo. El paseo es agradable, tengo la sensación de que podría caminar sin tener que detenerme nunca más, es embriagador, empujo el cochecito cada vez más rápido, mis pasos se desatan, mis pies disfrutan de cada zancada, devoro cada metro. A la izquierda, veo algunas casas. A diferencia de las de mi urbanización, son todas diferentes, todas tienen una cara, un porte, una personalidad, no se copian, son únicas. Siento que he recuperado el aliento. Pienso: «Tendría que haber salido antes. ¿Por qué he permanecido encerrada? ¿Por qué me he dejado embotar por el trabajo y la presión de un examen incierto y lejano?». En el fondo, nadie me ha obligado a salir ni me lo ha impedido. Nadie, de acuerdo, pero el inmenso cansancio, sí. Este agotamiento desconocido que, cada día, me chupa los nervios y los mastica como una bestia inmunda que se nutre de mis fuerzas a mi sombra.
En cambio, al aire libre, cada paso abre mis pulmones, me libera. De pronto oigo los pitidos de un coche. Es Monica, que me mira furiosa. Se para a nuestra altura. Ojos furibundos, gritos. No lo entiendo todo, pero parece indignada por haberme encontrado fuera con Simon. Me pregunta: «WHY?! WHY?! WHY?!». ¿Por qué he salido? ¿En qué estaba pensando? ¿Por qué no la he avisado? Me da miedo. Está aterrorizando a Simon, que se echa a llorar y, cuando se pone a berrear, Monica se calla. No quiere asustar a su hijo, se arrodilla y lo estrecha con fuerza entre sus brazos: «Darling baby, mi pequeñín...». No entiendo nada de esta escena, es una exageración total. ¡No he puesto en peligro a su hijo! No iba caminando en medio de la carretera. ¡Solo estábamos fuera del recinto! Su locura me paraliza, me quedo callada.