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«I know why I’m here».
Estoy atónita. ¿Quién ha podido escribir eso? ¿Los antiguos propietarios, Virginie, otras ocupantes de la habitación? Ahora me doy cuenta de que no sé quién sucedió a Virginie, quién cuidó de Simon al nacer. Ni de Lewis en sus primeros años. No me lo he preguntado y nadie me ha contado nada al respecto. En esta casa no se habla de las otras au pairs. ¿Discreción, pudor, miedo a herir, voluntad de no comparar, empezar de cero, no apenar a los niños? No tengo tiempo para largas cavilaciones, tengo que reanudar rápidamente las tareas domésticas y luego ponerme a estudiar, llevo retraso con el temario para el examen de admisión, que es en junio. ¿Y si no estoy preparada?, me pregunto con angustia. La matrícula para el examen no ha sido gratuita, mis padres no se sacrificarán dos años seguidos; para empezar, no tienen demasiada fe en mí. Pero no pienso tirar la toalla. Es la oportunidad de mi vida, mi punto de mira. Saco un tubo de pegamento de mi estuche y fijo el papel que se ha soltado; no quiero que nadie me pueda acusar de estropear mi habitación. Vuelvo a dejar la cama en su sitio.
Estoy sentada a la mesa, en medio de los niños, enfrente de sus padres. Tengo la sensación de ser una adolescente, de estar aquí sin estarlo. Taciturna. Observo, ya que no puedo hablar. Cuanto más tiempo pasa, menos a gusto estoy en esta casa; el suelo firme que pisé el día de mi llegada se vuelve cada vez más blando, imprevisible, accidentado. Pensaba que podría integrarme y conocer a la familia, adoptar sus códigos, pero cada día me sumerge un poco más en una niebla y una inseguridad nueva. La mancha detrás de la oreja de Simon, el comportamiento desconcertante de Monica, sus citas secretas, la imposibilidad de salir cuando quiero, el ojo que me acecha, la frase flipante en el papel pintado, las paredes que lloran, las oraciones de Lewis que me están prohibidas. En esta casa, cada vez es todo más oscuro.
Así que esta noche escudriño a los padres para entender lo que pasa. Tal vez sea yo, que estoy devorada por el cansancio, que no estoy a la altura de este entorno que no es el mío y que, a todas luces, es más complejo de lo que imaginaba. Monica. James. Tienen un carácter diferente y, sin embargo, se parecen, sin duda por los efectos de una larga vida en pareja, un cierto mimetismo. Los dos son morenos y altos. Sí, son personas altas. Lo digo porque mis padres, por ejemplo, son bajitos y achaparrados. Parecen dos cómodas. Pero James y Monica tienen algo más en común. Una nariz fina, pómulos prominentes, brazos y dedos interminables. Un porte. Podrían ser hermanos.
El baño es el momento dulce del día. Son las cinco y media, y Simon está sentado en la alfombra antideslizante, entretenido con sus juguetes de plástico. Un baño cada dos días, ha pedido la madre, tampoco vamos a rasparle la piel al niño. Y nada de champú, de eso se encarga ella los fines de semana. Me ha explicado que a Simon no le gusta que le toquen la cabeza, eso es solo cosa suya. Paso la esponja redonda por su pequeño cuerpo rechoncho, la deslizo delicadamente por el cuello, subo por detrás de las orejas, le hago cosquillas en las mejillas y repito lo mismo en sentido contrario... No veo la mancha detrás de la oreja. ¿Dónde se ha metido? Miro a izquierda y derecha. Ha desaparecido. No salgo de mi asombro. Pero entonces, si no era una mancha de nacimiento, ¿qué pudo haberle marcado la piel? Se lo comentaré a Monica. Simon hace molinillos con los brazos, lo salpica todo de agua. Se ríe con una risa que sale de las entrañas, que no encuentra ningún obstáculo, ningún decoro, que no conlleva ironía alguna, un chorro puro. Miro a Simon retozando y me digo que, gracias a él, soy a la vez una adulta responsable y una niña alegre; en estos momentos, valoro la suerte que tengo de ser au pair.
He pasado toda la noche dándole vueltas a la mancha que aparece y desaparece en la piel de Simon, y, al despertarme, he tenido una idea. Descabellada. Espero a que el coche de Monica desaparezca tras el recinto y corro con mi cubo de productos de limpieza al dormitorio de los padres. La cama está completamente despanzurrada, el edredón, mitad en la cama, mitad en el suelo, sugiriendo algo indecente. Hay prendas y ropa interior tirada por el suelo, recuerdos de una noche no del todo tranquila. Nunca he entrado en la habitación de mis padres por la mañana, nunca me habrían dejado vislumbrar su intimidad, son demasiado pudorosos. No soy una mojigata, pero no me siento a gusto. Esto dice mucho de lo que soy para Monica y para James. Una asistenta, invisible, una chica que limpia y ordena en la sombra de su humanidad. Voy al cuarto de baño y abro el armario, cojo el frasco de tinte y me echo una gotita en la mano, la extiendo y la dejo secar. Vuelvo a colocar cuidadosamente el frasco detrás del bote grande de crema hidratante. Paso del cuarto de baño al dormitorio, pienso que se me va la pinza. ¿Qué quiero demostrar? ¿Qué voy a hacer con este descubrimiento? ¿Qué significa? ¿Es trivial o escalofriante? Me hago la pregunta, pero conozco la respuesta: es escalofriante. Enciendo la radio en la repisa de la ventana, reconozco el éxito de Shania Twain: Man! I Feel Like a Woman! Subo el volumen. Oh, oh, oh, sí, quiero ser libre, sentir lo que sienten los hombres, sentirme mujer, ¡la, la, la, la! Hey! La canción me electriza y me entran ganas de mandarlo todo a paseo. Bailo como una loca hasta el final del tema. Me miro la mano. La mancha marrón es idéntica a la que había detrás de la oreja derecha de Simon.
Al despertar, la mancha sigue ahí, a pesar de que me he lavado las manos. ¿Qué hacía ese resto de tinte detrás de la oreja de Simon? Con dos años, aún no es capaz de trepar a los taburetes para alcanzar los armarios, a menos que le haya pedido a su madre que le tiña el pelo. Me río bajo el edredón.
Y luego dejo de reír.
Me levanto, hago la cama y me visto. Bajo mi ventana, el jardín se ve asilvestrado, las lluvias regulares lo han nutrido, pero el otoño lo ha empobrecido. El verde oscuro bordea el rojo, el naranja, el marrón de las hojas aún vigorosas, pero algunas ramas desnudas están esqueléticas y sus retorcidos dedos son amenazantes. Otro día que me quita las ganas de salir de la casa. Echo de menos Bretaña, que ya es decir.
En la cocina, la pequeña familia, la fruta en rodajas, las tostadas, los cereales, la compota y la leche para los niños. Las migas de James, la taza de té con la marca de los labios rojos de Monica. Se va con los niños, vuelve con las manos vacías después del gimnasio. Quiero provocar la conversación antes de que se ahogue en su jornada de ama de casa superocupada y de que yo empiece mi jornada gris. Recojo el lavavajillas. Monica entra en la cocina para prepararse su segundo té, el que la acompañará durante la lectura de su agenda. Me ofrece una taza, es el único miramiento que tiene conmigo desde que llegué.
Deja en la mesa la caja verde que, a estas alturas, tengo grabada en la retina. La inscripción de FORTNUM se nota que disfruta tanto de la explicación como del té. Concluyo que a los ricos les gusta tanto el continente como el contenido.
Le digo:
—¡Simon y Lewis estaban alegres esta mañana!
—Sí, les encanta ir al colegio, ¡ponemos música en el coche y cantamos!
Monica siempre está radiante cuando habla de sus hijos, así que aprovecho su buen humor.
—Sus niños son adorables, en mi casa somos una familia de chicas, ¡es diferente!
Sonríe, pero está claro que le resbala. Saco los platos grandes del lavavajillas y los guardo en el armario blanco.
—Monica, Simon tenía una mancha oscura muy rara detrás de la oreja derecha, del tamaño de una moneda. Se la he visto varios días seguidos y luego ha desaparecido.
La miro de soslayo para ver su reacción, pero no detecto nada.
—¿Una mancha? —pregunta—. No me había dado cuenta. Gracias por decírmelo.
Tiene otras cosas que hacer. Me siento boba por haberla molestado con algo así. Se dirige al salón con su taza. Oigo que deja caer la agenda encima de la mesa. El ploc cuando la abre, el frufrú de las páginas mientras las pasa una a una, el clac del tapón de la pluma estilográfica. Estos sonidos cotidianos ya no tienen nada de reconfortante. Todos estos ruidos se acumulan y me oprimen.
Subo las escaleras para ir a mi habitación. Voy a trabajar, tengo que trabajar. Ahí arriba, el éxito, la escapatoria, mi libertad. Pero, al llegar a la planta de los niños, algo me impide continuar. Siento ardor en el estómago, placer y pánico, gula y asco. No puedo pasar de largo. Entro en el dormitorio de Lewis, que he limpiado y ordenado esta mañana. Cierro la puerta con sigilo. Y me pongo a buscar. Quiero saberlo todo. Saberlo todo de este niño que parece desaparecer un poco más cada día. Habla poco, y cada vez menos. Tengo la impresión de que podría atravesar su piel macilenta sin que se diera cuenta. ¿A qué centro va? ¿Qué parte de sus estudios se dedica a la teología? ¿Cuáles son las otras asignaturas? ¿Qué lee? Empiezo por la pila de libros. Están tan a la vista en su mesilla de noche que nunca los he mirado en detalle, a excepción de la Biblia, que sobresale por su grosor y por su cubierta de piel negra. Miro las novelas dispuestas encima: Truckers (Camioneros), de Terry Pratchett; The Witches (Las brujas), de Roald Dahl; Five on a Treasure Island (Los Cinco y el tesoro de la isla), de Enid Blyton... lecturas infantiles. La biblia se parece a la del salón. La misma cubierta espantosa y viva. En la primera página, la inscripción que ya conozco: HOLY BIBLE, KING JAMES VERSION. Hojeo el libro sagrado y descubro que tiene los mismos pasajes subrayados a mano.
Corinthians 13:4-7