El secreto de la niñera Corinthians 134-7 #5
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Corinthians 134-7 #5

Una arcada me saca del sueño. Tengo la sensación de salir de un coma convulso. Miro mi pequeño despertador de plástico, son las tres y doce de la madrugada. Inmóvil, los brazos a ambos lados del cuerpo, intento recuperar la calma, despegar del todo los párpados. No quiero dormir más. Detrás de ellos, el espanto. Enciendo la lamparita de noche y me aferro a lo que conozco: el papel pintado. Mis ojos se pasean por los coloridos motivos de animales entrelazados, se esfuerzan por reseguirlos, por perfilarlos, por recortar sus contornos. Mi vida no es en absoluto un cuento de hadas, pero no suelo tener pesadillas. Sin embargo, el espeluznante veneno de ese mal sueño sigue circulando bajo mi piel. Me duele la cabeza. Me levanto, muevo brazos y piernas, quiero deshacerme de este parásito, solo tengo unos cuantos metros cuadrados para hacerlo, pero en este instante prefiero estar aquí antes que en cualquier otro lugar de la casa. Mi cama está debajo de la ventana, quizá no sea lo ideal, el silbido del viento llega a mis oídos, debe de ser eso lo que perturba mi sueño. La falta de aislamiento. Intento tirar de la cama para alejarla. Solo la desplazo veinte centímetros. Miro el espacio que he creado. Sigo moviendo brazos y piernas, tengo que hacer que el aire circule aquí dentro.

Me doy cuenta de que el papel se ha despegado un poco a la altura del rodapié. Me sorprende que en esta casa perfecta haya un acabado mal hecho. Me tumbo en la cama para ver mejor, tiro despacio del papel pintado, una franja entera del decorado se desprende, dejando al descubierto el yeso blanco, en bruto. Unos trazos que parecen hechos con lápiz llaman mi atención. Me acerco, hay algo escrito con letra de médico. No consigo leerlo, está demasiado oscuro, imposible acercar la lámpara de noche hasta esa esquina. Lo toco con la punta de los dedos, el lápiz debió de incrustarse ligeramente en la pared. Me acuesto de nuevo, estoy agotada, mañana lo veré.

«Emmylou, hi! Emmylou, hello!». Una voz detrás de la puerta. Es Monica. No he oído el despertador, me levanto, me pongo los vaqueros y la sudadera de todos los días. Empujo la cama contra la pared para volver a dejarla en su sitio. «¡Ya voy! Morning and so sorry...». Bajo las escaleras, el cansancio me cae encima, me lastra los pies, cada paso es un esfuerzo. Tengo los brazos rígidos. Llevo aquí setenta y cuatro días, he bajado y subido por estos escalones una media de veintitrés veces al día, he pasado unas trescientas cincuenta veces por delante del bucólico cuadro del comedor. «Morning!». Monica está cortando la fruta de manera ostentosa, capto el mensaje. Cuando veo a James, mi corazón empieza a latir descontroladamente. El sueño de la noche anterior vuelve como un fogonazo, su silueta, el calor de su cuerpo... Me siento muy incómoda. Está elegante a más no poder con un traje negro y una camisa blanca de Dior; lo sé, la he planchado ya quince veces, conozco cada palmo de su tela, cada pliegue, cada botón, el cuello no tiene ningún misterio para mí, tengo la impresión de ser el algodón que ciñe su cuello, de sentir su piel espesa y fresca de la mañana. Este pensamiento no me gusta un pelo, me entran ganas de vomitar. Quiero lavarme todo el cuerpo, con mucha fuerza. En el tiempo que Simon ha tardado en pasarme un trozo de pan, James ha desaparecido. Me he levantado tarde, Monica me indica que vaya a vestir a Simon, ella ya está desbordada, no habla, hace gestos apresurados. Me llevo al crío. Frente al espejo de su habitación, se mira de arriba abajo. Qué hombrecito tan entrañable. Me pongo detrás de él, me arrodillo para estar a su altura, mi pelo le enmarca la cara. Atrapa un mechón rubio, lo acaricia, se lo pega a la mejilla. No sonríe, está en otra parte. Le doy un beso en la sien. Monica aparece de súbito en la habitación: «Hurry up! ¡Date prisa!». Se abalanza sobre su hijo y lo abraza con fuerza, como si no lo hubiera visto desde hace tres semanas.

Los observo mientras se suben al todoterreno. Hace un tiempo característico de Bretaña: lluvia, nubes y la promesa del sol oculto detrás. Monica coloca a Simon en su sillita, le da un beso y comprueba varias veces que tiene bien abrochado el cinturón, se pone en el asiento del conductor, vuelve a comprobar el cinturón, cierra la puerta y se acomoda de una vez por todas. Pienso que tiene rasgos obsesivo-compulsivos, me inquieta. Cuando arranca, un Jaguar beige se dirige hacia la verja del recinto, se para a nuestra altura, la ventanilla del conductor se abre y reconozco a David, el padre de las gemelas, el espárrago esnob. Ambos intercambian unas palabras que no distingo, pero leo en los labios del hombre: «See you tomorrow night». Mañana es jueves, la noche en que los vecinos vienen a cenar a casa. Cuando la verja se cierra tras los coches de lujo, subo a mi habitación. Quiero ver qué hay escrito detrás de mi cama. Tengo el corazón desbocado. Abro los postigos de la ventana para que entre el máximo de luz y tiro del somier con todas mis fuerzas. Deslizo la mitad de mi cuerpo entre él y la pared, me tumbo y, escritas en pequeñas letras negras inclinadas hacia delante como si huyeran, descubro estas palabras:

«I know why I’m here», «Sé por qué estoy aquí».

Lo releo varias veces, paso el dedo por las letras para comprobar que no estoy soñando.