El secreto de la niñera Corinthians 134-7 #4
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Corinthians 134-7 #4

Ninguna etiqueta, ningún nombre ni lista de ingredientes. Agito con cuidado el frasco, me recuerda al tinte moreno de mi madre para sus dichosas canas, que le salieron cuando tenía veinte años. Y es que me hablaba tanto del tema que he desarrollado una verdadera fobia a llegar a la veintena. A ser vieja tan joven. ¿Monica se tiñe el pelo? ¿Es este acaso el secreto de su moreno insolente, de su elegancia? ¿O es James quien se tiñe? Para salir de dudas, me dispongo a verter un poco de producto en la pila, pero entonces oigo pasos en la escalera. Lo recojo todo. Me muerdo y me relamo los labios para hacer desaparecer el rojo hurtado. Monica entra en su habitación, está magnífica, enfundada en uno de sus muchos leggings de gimnasio —hoy ha elegido el azul real—, con el pelo recogido hacia atrás y atado en alto con un coletero de terciopelo blanco. Sus brazos son finos y largos, como los brazos de Barbie. Su esbelta figura se detiene un instante cuando me ve frente al lavabo. Se acerca, me mira y, con una carcajada, se inclina hacia mí. Me pone la mano en la mejilla y, con el pulgar, borra lo que imagino que es un resto de maquillaje. Me he quedado petrificada, no me atrevo a moverme. Me siento humillada, como una chiquilla a la que han pillado sisando. Monica sale del cuarto de baño diciendo con un tono divertido:

—Emmylou, ¡haz como si no estuviera aquí!

La inquietud se infiltra en todo aquello que no me dicen. Quizá sea por pudor, para no agobiarme, por olvido o por desprecio, «¿para qué íbamos a decírselo?». A la duda le gustan estos intersticios, se cuela por ellos como un veneno lento, luego se seca y se queda ahí. Mi ignorancia es abismal, todo me resulta una incógnita: ¿por qué Lewis tiene las piernas lastimadas y cada vez le cuesta más caminar? ¿Monica tiene realmente una cita con Mitchel? ¿Adónde van los niños durante el día, quién se ocupa de ellos? No sé cómo salir de la urbanización. No conozco a la au pair de los vecinos, ni a esos invitados sombríos que vienen todas las semanas sin hacer el menor ruido. No sé nada de la religión, de las creencias de la familia... Una parte de mí piensa en los sucesos más sórdidos que he leído en la prensa sobre las sectas, sobre esa gente totalmente tarada que de la noche a la mañana se aleja de la sociedad para vivir su fe, una fe siempre de pirados. ¿Por qué Lewis se negó a que leyéramos juntos la Biblia? ¿Por qué estaba a disgusto? Además de partirme el lomo limpiando, planchando y ordenando, además del estrés y el cansancio de mis horas de repaso para los exámenes, estas inquietudes me corroen viva.

Monica nunca se aleja mucho de mí. No trabaja, pero necesita ayuda con la casa y los niños, para «aligerarla», como me dijo James. Pero ¿aligerarla de qué? Yo hago de todo, y ella, tan poco... La oigo trajinar en la cocina y decido salir de su dormitorio para intentar tener una conversación con ella. Me dirijo al rincón de oración para limpiarlo. Agito el plumero sobre el banco mientras acecho sus movimientos. ¿Mira en mi dirección? No. En esta casa silenciosa, donde la música nunca hace vibrar el aire, le doy un empujoncito a la silla. El ruido de las patas contra el suelo tal vez la haga reaccionar.

—¿Emmylou? ¿Todo bien? —pregunta asomando la cabeza.

—Sí, gracias, es una habitación inspiradora —le digo señalando el rincón de oración.

—Thanks!

Le muestro la biblia y exclamo:

—¡Mi abuela tiene una igual en su casa!

Ella arruga la frente, se echa hacia atrás un mechón, como hace siempre que está un poco disgustada y se dispone a poner los puntos sobre las íes.

—Mmm... ¿La misma biblia? ¡Me extrañaría!

Se da cuenta de que ha reaccionado con brusquedad porque, acto seguido, me guiña un ojo y dice:

—La nuestra es única, es inglesa.

—Perdón, ¡creía que solo había una!

Parezco sinceramente apenada e ingenua.

—Esta es la King James Version, la «Biblia del rey Jacobo», el libro de los protestantes. Es una traducción de 1604.

Articula muy bien para que no me pierda nada de su lección de historia religiosa. Monica tiene ganas de comunicar, así que aprovecho su generosidad:

—¿Por qué este rey tiene su propia traducción?

—En Inglaterra, en aquella época, existían varias versiones, cada una con sus partidarios, lo que provocaba divisiones religiosas. De ahí la idea del rey Jacobo I de hacer una sola y única versión en un inglés accesible a todos, para apaciguar las tensiones y unificar el país.

Habla con pasión. Pienso: «Para ser ama de casa, es culta». Se me escapan algunas palabras, pero no tiene importancia, me siento aliviada. No he ido a parar a una secta, sino entre protestantes practicantes y fervientes.

Paso por delante del despacho de James. Es de noche, todo el mundo está acostado, no se oye ni una mosca. Rozo la puerta de madera, creía que era dura e inviolable, pero es blanda. Aprieto un poco más, tengo la impresión de que mis dedos pueden atravesarla, eso me emociona, quiero saber qué hay detrás, poner la otra mano, apartar la materia y acercar el ojo para ver. De repente, la madera se cierra sobre mí, me duele, estoy aterrorizada, se me van a romper los huesos, retiro la mano derecha, que aprieto con la otra, no me atrevo a mirar, tengo la sensación de que está destrozada; finalmente noto que está entera, el dolor ha desaparecido, pero el miedo se ha congelado en mi cerebro. Quiero dar media vuelta y subir a mi habitación, pero mi cuerpo no me obedece, avanza en la oscuridad como un autómata, a través del inmenso ventanal veo el jardín al fondo del salón, las ramas de los árboles negros se doblan zarandeadas por el viento, fuera se ha desatado una tormenta. Mi corazón se para, grito. Una sombra imponente acaba de aparecer en el marco de la puerta, mi mente enloquecida distingue unos brazos anchos, unos hombros cuadrados, unas piernas separadas, bien plantadas. No puedo avanzar ni retroceder. Extiendo los brazos en busca de un interruptor, quiero luz, quiero ver, quiero dejar de tener miedo, no soporto este terror. Mi dedo índice encuentra la fina palanca de acero, la levanto, no ocurre nada, mi dedo se vuelve loco y, a fuerza de ir y venir, la luz termina por brotar. James está frente a mí. La sombra es él. Estoy aterrada y aliviada al mismo tiempo, no sé qué hacer, si reír o llorar... Él sabe. No sonríe. Me coge la mano, me atrae hacia él y me aprieta contra su pecho. Mi miedo se derrite contra su calor y se mezcla con mi asombro. Me agarra la cara. ¿Va a besarme? Da un paso atrás y me ordena silencio. La negrura se abate sobre mí, la electricidad ha dicho adiós muy buenas, y James también. Vuelvo a estar sola con mi pánico. Reúno fuerzas para dirigirme a mi habitación, la veo como un refugio en lo alto de una torre, el trayecto se me hace eterno. Dos pisos arrastrando mi terror, veinte escalones que subir. Me aferro a la barandilla de roble. Llego al primer piso y mi cuerpo se niega a ir más lejos, empuja la puerta de la habitación de Simon; yo no le he pedido que lo haga. Se acerca al crío, que duerme boca arriba, y, al inclinarme, veo la mancha detrás de su oreja derecha, se ha agrandado, la acaricio con el dedo, no tiene relieve, solo es una marca, retrocedo, una aureola negra crece bajo su cabeza, ¡es sangre! Intento gritar, llamar a sus padres, pero no oigo nada. Toco la almohada, siento mi mano, la pruebo, el líquido no es espeso como la sangre, parece agua coloreada, pintura, tinte. Quiero despertar a Simon, pero ronca suavemente, con una leve sonrisa en los labios. Una mano se posa sobre mi hombro, estoy agotada, a punto de caer, en ese instante pienso en la clase de literatura de mi adorada profesora, estudiábamos con ella los grados del miedo, cómo se encarnaba en el vocabulario, dijo: «El miedo es un sentimiento leve, el espanto es un poco más fuerte y el terror es intenso». Lo escribí todo en mi hoja pensando que lo había entendido. No sabía nada. Siento un aliento en la nuca. Morgane está detrás de mí, apoya la barbilla en el hueco de mi cuello y me susurra al oído: «Es hora de irse».