El secreto de la niñera Corinthians 134-7 #3
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Corinthians 134-7 #3

Los niños vuelven del colegio. Lewis necesita ayuda para subir a su habitación. Simon viene corriendo a darme un beso. Me doy cuenta de que no tengo ni idea de lo que hace durante el día, quiénes son sus amiguitos, las cuidadoras de su guardería. ¿A qué barrio de Londres va? ¿A qué juega? Son las tres y media y es mi momento de júbilo. Este hombrecito, su sonrisa, su piel. Los primeros días, Monica observaba atentamente el momento del reencuentro, nos miraba, incluso nos vigilaba, pero ya llevo casi dos meses aquí y se ha relajado. Parece que confía en mí. Cuando estoy con Simon, dejo mi ira en un cajón y descubro lo que es un niño. De mi hermana pequeña casi no me ocupé, cada una hacía rancho aparte. Y si entrábamos en contacto era sobre todo para darnos guantazos y birlarnos las pertenencias. De Simon, por el contrario, estoy pendiente. Me encanta pasarle la mano por el pelo, que vuelve a su sitio natural en cuestión de segundos. Simon se ríe, se retuerce. Me fijo en una marca marrón que tiene detrás de la oreja derecha, del tamaño de una moneda pequeña. ¿Un lunar, una marca de nacimiento? Nunca la había visto. Monica asoma la cabeza y me pide con su mejor sonrisa que le dé la merienda y lo bañe. Me ha preparado un té, me espera en la mesa de la cocina, «¡Ojo, está caliente!». Le doy las gracias. Da un paso hacia nosotros y luego se para, como conteniéndose de saltar sobre su hijo para estrecharlo entre sus brazos. Lewis hace los deberes en su cuarto. Monica se ha pintado los labios, parece contenta. Yo estoy pendiente de la hora. Tengo las cinco de la tarde en el punto de mira. 17 h M. La puerta de la casa se cierra de un portazo. Llevo a Simon al primer piso, a su habitación, para ver a su madre desde arriba. Monica parece dirigirse a la casa del vecino simpático, Mitchel. Lewis grita, me necesita, «Rááápido», se ha pinchado la mano con una grapa; abandono a regañadientes la bow-window. 17 h M. ¿«M» de Mitchel? Pero ¿por qué no ha escrito Mitchel, simplemente?

La luz de la mañana me despierta.

Es extraño, he olvidado cerrar los postigos. Odio eso. Por lo general, solo consigo dormir si no hay ningún resquicio por donde pueda colarse la luz; de lo contrario, siento que me están robando la noche.

Hace buen tiempo. Tengo la impresión de haber dormido diez horas.

Sueño-coma. Vuelvo en mí.

He soñado con Morgane. Estaba ahí, me hablaba, y yo le decía: «Pero ¿estás viva?». Y ella me miraba como si no entendiera de qué le estaba hablando.

Sentí un calor en las entrañas, una dulzura que no había sentido desde su muerte, un alivio loco, demencial.

Morgane estaba viva.

Y entonces abrí los ojos.

Ha sido el sueño más triste de mi vida.

—¿Siempre has querido ser periodista?

James no suele estar presente durante la cena, pero cuando lo está, se entrega, se interesa por los demás, a menudo por mí. Monica siempre tiene cara de preocupada. Como si tuviera algo atascado en algún sitio. No me gusta hablar de mí, pero como he venido a aprender inglés, me lanzo:

—Yes, he querido ser periodista desde que tenía nueve años, para mí es una forma de vivir otras vidas que no son la mía.

Monica me mira con extrañeza, parece impaciente, juguetea con su grueso anillo de oro, una serpiente enroscada alrededor de su dedo índice, parece que está viva, sus escamas se superponen y atenazan lentamente a su presa. ¿Algún día tendré yo también una joya venenosa que concite la atención y la envidia de todo el mundo? No sé si Monica está agobiada por mi culpa o molesta con su marido, pero está a años luz de la belleza radiante, segura de sí misma y alegre que me recibió a finales del mes de agosto. Dejo de hablar, es posible que esté ocupando demasiado espacio. James pregunta a sus hijos cómo les ha ido el día. Me levanto para ayudar, recojo los platos de la cena. Monica me sigue a la cocina. Sin pronunciar palabra, abre el frigorífico, coge el postre y vuelve al salón. No he conseguido hablar con ella, llamar su atención. Después de cenar, escribiré a Virginie, ella pasó un año con esta familia, quizá pueda orientarme; es posible que mi comportamiento no sea el apropiado para una au pair. ¿Tiene Monica algún quebradero de cabeza que la roe por dentro? Pienso en Lewis. Día tras día, una inquietud se ha ido tejiendo a su alrededor, un capullo de gusanos de seda, hilos finos pero densos que lo ahogan, que lo borran. Cuando camina, se arrastra un poco más que antes y la muleta golpea el suelo con algo más de fuerza para paliar la nueva debilidad.

Salgo de la habitación de Simon; he conseguido apaciguarlo y se ha quedado plácidamente dormido. Monica se planta delante de mí, nerviosa. Me ordena que arrope a Lewis. Baja a toda prisa por las escaleras hasta la planta baja, la oigo hablar fuerte con James. Para que el niño no oiga a sus padres discutir, cierro la puerta y me siento cerca de la cama. Lo miro. Su piel es imperceptiblemente más transparente, observo el azul de sus venas. Es la mezcla perfecta de sus padres. Rasgo a rasgo, cada expresión me recuerda a James y a Monica. Es inquietante. Lewis me mira fijamente, como si se preguntara qué hago aquí. Me gustaría poder hablar con él, acercarme un poco, es tan distante...

—¿Estás cómodo, Lewis?

—Sí, gracias.

—¿Ha ido bien hoy en el centro?

—Sí.

—¿Cuál ha sido el mejor momento del día?

—Mmm, no lo sé.

—¿Te gusta alguna asignatura más que otra?

Duda. Ve mi interés y responde:

—Mi clase de theology.

No entiendo esa palabra.

Lo repite varias veces: «theology», y me explica que se trata del estudio de la religión. Es sorprendente que a su edad le apasionen estas cuestiones, pero quizá no lo sea tanto perteneciendo a una familia creyente. Mientras limpiaba su habitación, me he fijado en una gruesa biblia negra metida bajo una pila de novelas para niños en su mesilla de noche. La señalo con el dedo y le propongo que leamos un pasaje juntos. Su rostro se tensa.

—Prefiero leer solo.

Me desea buenas noches.

Hola, Emmylou:

Has hecho bien en escribirme. Es verdad, Monica tiene sus cambios de humor, a veces era así conmigo. Tú ni caso, ve a la tuya. Es lo que yo hacía. Menos mal que está James. Él es menos intenso. No debe de ser feliz, el pobre, con una mujer así. Confía en él. Cuando yo estaba en Hidden Grove, Lewis no llevaba muletas. A lo mejor no es tan grave, ¿no? ¿Cómo está Simon? Echo de menos a los niños. No tengo fotos recientes de ellos, ¿podrías robar una para mí? Por lo demás, todo bien con mi certificado de formación profesional, ¡qué ganas tengo de empezar a trabajar de verdad y ganarme el pan!

Besos,

Virginie

Doblo la carta.

Me alegro de que hayamos encontrado esta estratagema para escribirnos. Para no suscitar las sospechas de James, que es quien envía mi correo, escribo a la tía de Virginie, la hermana de su madre, que tiene otro apellido: Le Bihan. James me comentó guiñándome un ojo que yo le tenía mucho cariño a mi amiga, a esta tal Christine. Le respondí con otro guiño: «Es mi mejor amiga».

Voy rápido a limpiar el baño de los padres. Estoy reventada y no son más que las nueve y veinticinco, pero saboreo la suerte de trabajar para esta gente rica. Son un buen ejemplo para mí, proyectan una imagen a la que me apetece parecerme. Por supuesto, no son perfectos, pero ¿qué esperaba? Al descubrir sus defectos, descubro la complejidad de las parejas y la familia. Quiero conocerlos mejor para comprenderlos más y encajar mejor en su mundo, en la mecánica de su vida. Froto el espejo de encima de la pila y veo una cara sin defectos ni cualidades, un modelo básico de chica. Todo es de tamaño razonable, la nariz, los ojos, la boca, nada sobresale y, por eso mismo, nada llama la atención. No puede ser, tengo que hacer algo con este físico transparente. Tengo que ser capaz de encontrar lo que necesito en el armario del baño. Dejo la bayeta de los cristales en el borde de la pila y abro las puertas muy despacio. Inspecciono los productos de belleza en busca de una mejor versión de mí misma. La estrella del armario es un perfume Chanel Nº 5. Acapara toda la atención. Es un frasco rectangular, transparente, realzado con una etiqueta blanca con letras negras. La elegancia francesa en un hogar inglés. Nunca he olido un perfume de lujo. Desenrosco el tapón y mil aromas me arrebatan: limón, muguete, las rosas del jardín de mi abuelo, incluso hay vainilla y otras fragancias para las que no tengo palabras. Detrás del perfume, un lápiz de labios en su estuche negro brillante, es magnífico y me transmite una promesa de belleza y amor. Lo cojo y le quito la tapa. Deslizo lentamente la barra por el tubo y lo que sale es una maravilla, rojo sangre, graso, lascivo. Lo aprieto contra mi labio inferior, presiono para aplicar el color. El maquillaje deja un trazo sexi, irrevocable. Repito el gesto en el labio superior, con la dificultad añadida de perfilarlo bien, sin salirme de la línea, pasando del dibujo infantil al dibujo de mujer. Mi cara desaparece, devorada por mi boca, solo veo esta hendidura escarlata, provocadora, que me da un aire especial. Su aire. Me gusta. Sonrío y ya soy otra persona. Sigo rebuscando. Detrás de un bote grande de crema hidratante, un frasco translúcido coronado por un aplicador.

¿Para qué sirve?