El secreto de la niñera Corinthians 134-7 #2
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Corinthians 134-7 #2

Después de ordenarlo todo, James ha encendido el televisor del salón, nunca había visto una pantalla así de grande. Me he quedado en el umbral de la puerta para mirar. Al cabo de unos minutos, James se ha dado la vuelta. Parecía sorprendido de verme, me ha sonreído y me ha preguntado: «¿Quieres quedarte a ver la película? Esta noche ponen Loco por Mary, con Ben Stiller y Cameron Diaz, es muy divertida». Luego ha leído en voz alta el resumen de la película, del que no he entendido ni la mitad: «Ted, el pringado, decide recuperar a su amor de juventud, la espléndida Mary. Contrata a un detective privado, Pat Healy, para localizarla. Convencido de que está frente a un degenerado, Healy se marcha a Miami y encuentra a Mary. Ella es guapa, amable, cuida de niños con discapacidad y está soltera. Decidido a quedarse a Mary para él, le cuenta a Ted que la chica ha engordado, está paralítica y tiene cuatro hijos. Pero Tucker, un arquitecto, también está enamorado de Mary. Se alía con Healy para deshacerse de Ted, que finalmente decide presentarse en Miami». James levanta una ceja: «No está mal, ¿no?». Su aire cómico me hace reír. Me siento a mil leguas del temario de ciencias políticas que empollo en estos momentos. Su ligereza me ha seducido. Cuando vine a este país, me juré ser otra persona, esa chica nueva, popular e inalcanzable con la que te cruzas en los pasillos del instituto, esa chica a la que todo le queda bien, la melena por encima del hombro despeinada, pero deslumbrante, el jersey de cuello en V un poco grandote, pero supersexi, los vaqueros rotos de color crudo que nunca consigo encontrar en las tiendas. La perfección sin esfuerzo. Mi ropa, por el contrario, siempre es rígida, combina mal, básica, de calidad mediocre. Por más que lo he intentado, nunca he conseguido hacerla más flexible, un poco más mullida.

Pero aquí puede que todo sea diferente.

Al principio de la película no estaba muy a gusto. Me he sentado en el borde del sofá, sin atreverme a apoyar la espalda. No es la primera vez que oigo la historia de un padre de familia que liga con la niñera. Pero no veo en James ese deseo retorcido, fuera de lugar. Por eso he conseguido relajarme, he pensado en qué habría hecho la chica más popular de mi instituto y me he pasado la mano por el pelo, he sentido el cabello suave deslizarse entre mis dedos, he recogido las piernas bajo los muslos, he disfrutado del momento y me he reído mucho.

Esta tarde no me he cruzado con James y, como Monica ha subido a acostarse temprano otra vez, aprovecho la tranquilidad para estudiar. Me estoy quedando dormida sobre mis apuntes, he atacado el capítulo sobre la Guerra Fría del temario de historia. De pronto, oigo unos ruidos leves detrás del tabique que me separa de la inmensa habitación de mis jefes. Estoy en alerta, a la escucha, no me atrevo a moverme, los apuntes apretados contra el pecho, son las once y cuarenta y tres de la noche. ¿Alguien está llorando? ¿Riendo? ¿Están haciendo el amor? ¿Se pelean? Toda mi atención está concentrada y orientada hacia la pared detrás de mi cabeza; mi cuerpo está rígido, me duele todo, tengo miedo de haber hecho algo mal, miedo de esos desconocidos en su privacidad. Puede que esa habitación sea una caja de secretos inconfesables, como muchos dormitorios. ¿Se intensificarán los ruidos, rezumarán hasta mí? Distingo la voz de Monica, está sollozando, no para, es desgarrador. No quiero oírlo, no es asunto mío. ¿Alguien la consolará, la hará callar? Estoy inquieta: ¿y si tiene que ver conmigo y la responsable soy yo? Porque me quedé viendo una película con su marido o porque él le ha hablado de nuestra complicidad. No entiendo mucho de parejas, de relaciones entre dos personas, mis padres nunca se peleaban, nunca mostraban emociones ni discordia, son una misma persona silenciosa, trabajadora. De repente, el silencio. El sueño se apodera de mí y vence la tensión de mi cuerpo.

El martes acaba de empezar. Es la hora del desayuno. James se ha ido, dejando sus migas puntiagudas en la mesa. Corto la fruta en rodajas. Semana sin fin. Solo que Monica no es la misma de siempre. Si no la conociera, resultaría imperceptible. Intento no mirarla de frente, le lanzo miradas de soslayo. El pelo no le cae como de costumbre, sus rizos de brushing no están perfectamente redondos, no sabría decir, algunos parecen aplastados, y sus ojos... No los abre del todo, los tiene como hinchados. Simon está muy alterado, no para quieto un instante, canta a pleno pulmón, Lewis le acaricia la mano para calmarlo. Tienen una relación muy bonita, es como si el hermano mayor transmitiera su sabiduría al más joven. A sus diez años, es muy maduro. La mirada de Monica no se cruza con la mía, sorbe su té en silencio. Me concentro en mi tarea diaria, que consiste en cortar manzanas, plátanos, naranjas, pomelos y fresas, soy toda una experta. Dispongo los trozos de fruta en cuencos blancos. Me enjuago las manos y me las seco con el paño azul marino con ribete blanco. Todo el mundo picotea de los boles, nadie me da las gracias.

Cuando Monica vuelve del gimnasio, estoy arrodillada en medio de la pila de ropa. Separo lo que puede ir directamente a la lavadora de la ropa que tiene manchas y debe lavarse aparte. Monica está por encima de mí, emperifollada, un pibón, fresca como una rosa. Tengo ganas de preguntarle por qué tira la ropa de su familia desde lo alto de la escalera, por qué no me deja recogerla delante de cada habitación, sería mucho menos humillante. Pero su aire inocente y alegre es como un jarro de agua fría. Ella no se da cuenta, le parece normal. Eso es lo que resulta paralizante. Ya no tiene la mala pinta de esta mañana. Es otra Monica.

Exhala un suspiro de alivio, se quita las zapatillas de deporte y las deja en la entrada. Entra en el salón, donde he desplegado la tabla de planchar, y se sienta a la gran mesa sin pronunciar palabra. Saca una agenda de su precioso bolso. Un monstruo de cuero negro desbordante de notas. Se ajusta las gafas de carey y se sumerge en el libro de su vida. Desde mi sitio, no veo nada, me gustaría enterarme de sus citas, sus actividades, los lugares y la gente que frecuenta, sus obligaciones, sus aficiones, lo que subraya, lo que tacha. Me encantaría hojear esa agenda cuyo sobrepeso anuncia a gritos lo importante que es. Monica está mirando una fecha que podría ser hoy o mañana, imposible saberlo. Con la cabeza entre las manos, de súbito parece disgustada. Pasa unas páginas hacia atrás, compara, no está contenta. Entonces arranca una hoja, la arruga y la tira encima de la mesa. Resopla. Se levanta, va a la cocina a servirse un vaso de agua y vuelve. Da unos pasos hacia el ventanal del salón. No entiendo qué puede cansar tanto a un ama de casa. Yo he clasificado la ropa y voy a planchar camisas durante dos horas, no tengo tiempo para quejarme. Ella vuelve a la mesa y al objeto de su cólera. Cierra la agenda con un golpe seco, la introduce en su bolso Yves Saint Laurent y se vuelve hacia mí: «¡Es increíble todo lo que tengo que hacer en un día! ¡Y solo tiene veinticuatro horas!». No sé si busca mi aprobación, pero se marcha antes de darme tiempo a reaccionar.

La hoja excluida de la vida de Monica se ha quedado encima de la mesa, arrugada. En este momento me dedico a planchar sus vestidos, una tarea más delicada y menos aburrida que alisar una camisa de hombre, siempre cortada por el mismo patrón. La página arrancada me despierta interés. Siempre he sentido debilidad por los rechazados, los renegados. No le quito ojo a Monica, creo que ha ido a tumbarse a su habitación; es lo que habría hecho yo si estuviera al borde del colapso como ella. Me río sola. Dejo la plancha, me inclino y cojo el trozo de papel. Lo despliego con el mayor de los sigilos. Leo en una cuadrícula negra y crema: «Martes, 15 de octubre – 17 h M».

El 15 de octubre es hoy. Pero Monica ha decidido que el día ya ha terminado.

¿17 h M?

Son las diez y media.

17 h M.

Más enigmático y te mueres. Arrugo la página otra vez, la dejo más o menos en el mismo sitio donde estaba y vuelvo a mi tabla de planchar. ¿Mi tabla o mi cruz?