Corinthians 134-7
Love is patient and kind; love does not envy or boast; it is not arrogant or rude. It does not insist on its own way; it is not easily angered; it keeps no record of wrongs. Love does not delight in evil but rejoices with the truth. It bears all things, believes all things, hopes all things, endures all things.
Traduzco como buenamente puedo: «El amor es paciente y lleno de bondad; el amor no envidia, no se jacta; no es arrogante. No hace nada deshonesto, no sospecha el mal. No se alegra de la injusticia, sino de la verdad. Todo lo perdona, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta».
Hojeo rápidamente las páginas siguientes, otros pasajes subrayados, pero no tengo tiempo de leerlos, una puerta se abre en el piso de arriba. Dejo la biblia en su sitio. Me pone los pelos de punta. ¿En qué cree esta gente? ¿Cuáles son sus prácticas, sus oraciones? La puerta se cierra.
¿De verdad el amor puede perdonarlo todo?
Mientras planchaba la pila de camisas blancas del padre, he tenido la desagradable sensación de remar en medio de un lago sin orillas. Aquí tengo la impresión de conocerlo todo. Cada día, la misma rutina. Todo parece cortado por el mismo patrón: una casa, un aparcamiento delante y un jardín detrás. Una pareja y sus hijos perfectos, su au pair —avistada a lo lejos— servicial y discreta. Un universo sin sorpresas. La gente va al trabajo, hace deporte, se cruza, se saluda, todos sonríen, se invitan a cenas pese a que rara vez disponen del tiempo para organizarlas. En resumen, una comunidad engrasada, fluida, perfecta. Ya no tengo ganas de cruzar el umbral de la urbanización, un pegajoso letargo me inmoviliza. Cansancio, hastío. Mis jefes llevan razón, lo tengo todo aquí: trabajo, techo y comida. Tampoco tengo dinero para gastar en la ciudad. Gano el equivalente a cincuenta francos a la semana, y mis padres no me han dado nada. A fin de mes, apenas puedo pagar un bono de metro. Y, cuando lo pienso, me digo que no tengo tiempo de salir. Trabajo, trabajo, trabajo. En el fondo, esta rutina protectora me conviene, es un marco que contiene mi ira y mis inquietudes.
No tengo noticias de mis padres. Pero, bueno, tampoco es que en casa hablaran mucho, así que escribir cartas... Y el teléfono es demasiado caro. Mi familia de acogida me lo ha explicado: los costes de las llamadas a Francia son desorbitados. También me han pedido que no conteste al teléfono cuando suene, debido a la cantidad de personas que incordian a James. Por eso te escribo. ¿Escribirle a tu mejor amiga muerta no es el colmo de los colmos? Eres mi único vínculo con mi vida anterior. Por cierto, todavía no te he contado lo paranoicos que son los ricos. Esta mañana, Monica me ha aconsejado que le diera mi carné de identidad para guardarlo en la caja fuerte del despacho de James. Me ha parecido raro, un carné de identidad es algo personal. Ante mi cara de sorpresa, me ha explicado: «Es por los robos». ¿Robos? He hecho como que me enteraba en ese momento, pero me he quedado bastante flipada. Con la altura de la tapia que rodea el recinto, la verja siempre cerrada, las puertas de las casas blindadas y siempre con dos vueltas de cerrojo... «No te creas», me ha dicho Monica, «los ladrones prefieren precisamente los lugares más protegidos, porque saben que encontrarán cosas que robar. La semana pasada forzaron la puerta de Eve y John, los vecinos que estaban en la barbacoa y viven al fondo de la urbanización. Los que tienen una au pair que se llama Nela, ya la conociste, ¿no? Les robaron joyas y documentos». «Esto lo hago por ti», ha añadido Monica. «Pedir un nuevo carné de identidad es un trámite largo y caro. Imagina que quieres volver antes a casa por el motivo que sea. Si no tienes tus papeles, estás atrapada, porque aquí, en Inglaterra, es difícil salir del país sin tu identity card». Así que me he dicho que no necesitaba un marrón así. Mejor aprovechar su caja fuerte, bien protegida. Le he dado mi carné y he respirado aliviada.
Aparentemente, ella también.
Me gusta ponerme delante de la bow-window de la habitación de Monica y James, tengo una vista ideal de Hidden Grove. Desde ahí arriba, veo las cuatro casas, bien separadas unas de otras por jardines y setos podados geométricamente. Ni una hoja, ni una sola brizna sobresale. Incluso el viento que intenta enmarañarlo todo se rompe los dientes y se va con la música a otra parte. Pienso en la casa adosada de mis padres, achatada, pegada a su gemela en desgracia, de tamaño pequeño, de vida pequeña, cercada por árboles enclenques que dan pena. Como si no bastara con no tener dinero, además hay que compartir las paredes y los ruidos que corren sin avisar por las venas del hormigón, sonidos que no identificas al instante pero que se te clavan en el oído y te ponen en alerta. Cuando el vecino —gran aficionado al vino, como decíamos pudorosamente en mi casa— tenía el mal beber del sábado por la noche, su vozarrón nos llegaba a chorros y la pared del salón rezumaba su verborrea de mentecato dando lecciones al mundo entero. Mis padres se sobresaltaban, pero sin atreverse a rechistar. ¿Qué hacemos?, parecían decir sus cuerpos. Y eso me repugnaba, me entraban ganas de golpear las paredes, de pegar la boca al papel pintado de mierda y gritar aplastando los labios y desgarrándome la garganta, gritar para pedir silencio. Lo recuerdo con terror, porque fue en ese momento cuando la aguja de la inquietud comenzó a clavarse bajo mi piel.
Aquí, en High Barnet, el aire es blanco, neutro. En la casa de la derecha, la más cercana a la nuestra, veo a Mitchel con una chica en el jardín. ¿Será una amiga o su au pair? No la vi en la barbacoa. No estaba allí. Este Mitchel es muy simpático. Muy relajado. Me gustó su forma de abordarme, no me trata como a una empleada. Aunque James y Monica son agradables, no son tan naturales como él. ¡Qué suerte tiene su niñera! Desde pequeña siempre me pareció que los Michel eran gente simpática. De hecho, los amigos más simpáticos de mis padres se llaman Michel. Los Patrick tampoco están mal, pero los Michel, no hay color, son lo más. A menudo tienen el pelo rizado, la cabeza un poco redonda, bigote y una voz suave, apaciguadora. Buscaré la etimología de ese nombre cuando suba a mi cuarto. En su jardín perfectamente conservado, Mitchel acaba de tocar el brazo de la chica. Eso es muy propio de los Mitchel, saben cuidar de los demás.
Mitchel: derivado del nombre Mika’el, que significa «semejante a Dios» en hebreo. En los escritos bíblicos, san Michel es uno de los tres arcángeles enviados por Dios. Michel es el príncipe de todos los ángeles, lo que explica su popularidad en los países de tradición católica. A menudo se le representa como un caballero alado.
«El príncipe de todos los ángeles...». Sí, en esta urbanización de ricos, él tiene que desempeñar ese papel. Miro con envidia a la familia de al lado. Aún no conozco a su au pair, debe de ser muy discreta. Todo el mundo tiene la vida muy ocupada «al servicio de».
Mi familia es rara, percibo un desequilibrio entre los padres: él simpático y ella cada vez más distante, permanentemente estresada. Parece proteger en exceso a sus hijos. A mi madre, en cambio, le traíamos sin cuidado. Monica lleva a menudo a Lewis y Simon al médico, entra muchas veces en su habitación por la noche para comprobar que están bien, escucharlos, olerlos. Se inclina sobre las camas y los cuerpecitos. Más de una vez la he sorprendido comprobando si Simon o Lewis respiraban, con la palma de la mano abierta debajo de la nariz. Envidio que los mimen tanto. Para mí, estar en esta familia es una forma de disfrute, de robar un poco de atención, sobre todo cuando James hace que me sienta valorada al preguntarme por mis estudios, mi examen de periodismo, mi oficio soñado.
La cena ha sido muy rápida, los niños se han acostado pronto. Monica no tenía buena cara y ha subido a su habitación. Puede que me haya pasado de curiosa. Les he preguntado quién vive en la quinta casa, porque de momento solo he conocido a cuatro parejas. Monica me ha respondido: «Nadie, la casa está en venta». Fin de la conversación. He ayudado a James a recoger la mesa. Hemos metido los cubiertos en el lavavajillas, estorbándonos, lo que nos ha hecho reír, nuestros brazos se entrecruzaban: «Perdón, pero voy a poner el plato hondo aquí, ¡glups!, voy a dejar el tenedor ahí». Lo he encontrado seductor y, al instante, me he avergonzado de pensarlo. Es un adulto, es mi jefe, un hombre casado, un tipo rico. Yo solo soy una chica a su servicio.