El secreto de la niñera Plouhernec, lunes 2 de septiembre de 1996 #4
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Plouhernec, lunes 2 de septiembre de 1996 #4

—Los estudios de abogado deben de ser muy difíciles, pero ahora estará saboreando el placer de ejercer la profesión que le gusta, ¿no?

Asiente con humildad. Me percato de que mi inglés mejora y de que me atrevo a mantener conversaciones. Mi jefe tiene un don para que la gente se sienta cómoda con él.

—Justamente estaba pensando que me gustaría estirar las piernas, tomar el aire, me ayudaría a estudiar mejor. ¿Cómo se puede salir a pie de la residencia? ¿Con un mando a distancia, tal vez?

James no pierde su semblante despreocupado y responde:

—Tú sigue mi consejo y céntrate en los estudios. La ciudad de Londres es demasiado deslumbrante y vertiginosa para sumergirse en ella. No te dejes engañar. Es una auténtica trampa. Tú tienes un objetivo y no debes desviarte de él. Es un trabajo casi monacal, lo sé, yo también he pasado por eso, pero créeme, es la única solución para salir de esto, to get you out of this.

«To get you out of this». No sé qué hay en esta expresión, en el tono de James, pero percibo un peligro, una amenaza. No he entendido «salir» en el sentido profesional, sino en el sentido de: «Si no sigues mi consejo, no saldrás viva».

Soy incapaz de pedirle a James que entre en detalles. Estoy petrificada, pero el guiño que me hace me tranquiliza. Da buenos consejos. Eso seguro.

He decidido permanecer en vela. Quiero saber si Lewis se levanta por la noche, si se acerca a mi habitación para observarme, para escucharme respirar. Esta idea y esta sensación tan desagradable me han perseguido durante todo el día. Son las diez, los padres están acostados, pero los oigo hablar en su dormitorio. De pronto, el ruido de un objeto al caer. ¿Será un cuerpo? Es pesado, ha sido un golpe sordo. Pego la oreja a la pared, me gustaría saber qué pasa. La voz de Monica perfora las capas de yeso y la lana de vidrio. Es aguda e irritante. Percibo el tono grave de James, intenta apaciguar a su mujer. No distingo lo que dicen, pero el volumen alto y el ritmo de sus palabras indican una pelea. No tengo ganas de oírlos. Espero a que sus voces se apaguen y miro fijamente a los animales del bosque del papel pintado. A veces intento separarlos unos de otros, pero los vibrantes colores se mezclan, verde pino, violeta oscuro, rojo carmín, naranja amargo. Prefiero mi habitación de cinco metros cuadrados a su planta baja inmensa, me siento menos sola. Aunque no puedo abrir la puerta del todo, porque choca con la cama dispuesta debajo de la ventana que da al jardín. A la izquierda, un pequeño escritorio de madera con una estantería a juego encima; a la derecha, un armario empotrado para guardar algunas prendas. Mi vida y mis necesidades son minúsculas, me ha quedado muy claro.

La calma reina de nuevo. Bajo por las escaleras con pasos cautelosos. No hay ninguna luz verde parpadeante, la roja está inmóvil. A través de la rendija de la habitación de Lewis, compruebo que duerme, me siento aliviada. No sé si subir a acostarme. Pero la casa vacía me llama. Atravieso las estancias desiertas. Puedo tomarme mi tiempo para observar los detalles, la decoración. Las lámparas piloto encendidas en cada estancia me sirven de guía, la luz es tenue, apenas veo, pero me basta. Sobre el sólido aparador de madera oscura del comedor, ese gran cuadro que me intriga en cada comida. Un paisaje de campo otoñal, una granja a lo lejos, a la derecha, y a la izquierda fardos de paja. Desentona con el interior moderno de la casa, no es bonito, pero su banalidad apacigua. Como el rincón para la oración. Durante el día, nunca me he atrevido a acercarme y hojear el libro que hay allí. Cuando no va a su clase de gimnasia, Monica siempre está en casa. Esta noche tengo tiempo. En el mes que llevo aquí, nunca he visto a los padres sentarse ahí ni rezar. Son discretos en su fe. El libro me llama la atención, es muy grueso, de cuero negro. Mis dedos rozan la cubierta, pero mi palma los reclama de inmediato y los aparto. Parece piel. Una piel humana por la que discurren largas venas deformes, dibujadas por el tiempo. En el lomo leo: THE HOLY BIBLE, «La Santa Biblia». Mi abuela tiene una biblia, pero no se parece en nada a este libro espeluznante que parece venir de tiempos inmemoriales. La cubierta reza:

THE LORD

is my STRENGTH

And

SONG

And he has

Become my

SALVATION

Exodus 15:2

Con las palabras importantes en negrita y mayúsculas. Las letras parecen haber sido grabadas con la punta de las uñas, son espantosas, me repugnan, como si alguien las hubiera inscrito durante largas horas de cautiverio, como si la sangre hubiera goteado y se hubiera secado. La sangre del esfuerzo, de la penitencia. Lo traduzco con bastante facilidad: «Mi Dios es mi fuerza y mi canción, y Él es mi salvación». A mí, que no soy creyente, estas palabras no me evocan nada, como no sea lo importante que es para los seres humanos tener un hombro en el que apoyarse, una compañía, una referencia.

Abro el libro sagrado. La primera página, muy fina, reza: HOLY BIBLE, KING JAMES VERSION. No sabía que existían otras versiones. Más adelante, descubro un pasaje subrayado, intento descifrarlo.